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Tribuna

Ajustando por país de nacimiento

La crítica es más persuasiva, y veraz, cuando tiene en cuenta las circunstancias de partida y las alternativas reales

Miquel Porta 7/05/2020

<p><em>La gloria del pueblo</em> (1895)</p>

La gloria del pueblo (1895)

ANTONIO FILLOL GRANEL

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Algunas mañanas en los primeros instantes de conciencia al despertar me encuentro intentando ajustar por país de nacimiento. Y me digo: “Ten en cuenta que el disgusto de ayer, la chapuza con la que vas a lidiar hoy... es por haber nacido en España. En Canadá esto no te hubiese pasado. Pero tu tranquilo y palante”.

Aquí el verbo ajustar significa tener en cuenta, mitigar o controlar el efecto de algo. Como, cuando al comentar el calorcillo que hace, tenemos en cuenta que estamos en pleno invierno, o que alguien era muy joven cuando murió. O como cuando en un estudio sobre la influencia de la posición socioeconómica en la incidencia del cáncer ajustamos, tenemos en cuenta o igualamos estadísticamente, los diferentes países de los que proceden las personas que forman cada grupo socioeconómico para evitar atribuir a esa posición efectos que en parte se deben al país de origen.

Por supuesto, lo mío esas mañanas solo es una broma para superar los avatares del día: por haber nacido en España. En cambio, de haber nacido en Noruega... Ya.

Pensemos en las noticias recientes: ¿en qué país nos habría salido netamente a cuenta nacer? Ah, que no está nada claro. La globalización, y en especial la intensidad con la que hoy vivimos la interacción entre lo local y lo planetario, nos han llevado a tener conciencia a cada rato de cómo nos podría haber ido la vida de haber crecido en otros países. Uhm, creo que muchos no sabemos a dónde nos cambiaríamos, ni siquiera jugando a ese imposible.

Problemas culturales y morales de fondo

En su nuevo libro Si puede, no vaya al médico, el cirujano Antonio Sitges-Serra presenta un sugerente análisis cultural y filosófico sobre los daños morales, físicos, económicos y culturales que ocasiona el culto a la tecnología y el excesivo intervencionismo médico (millones de usos de fármacos y pruebas radiológicas innecesarias, por ejemplo), la aversión al dolor, la comercialización de estados vitales (tristeza, soledad, desamparo, aburrimiento), la hipocondría individual y social, la corrupción industrial y académica, la ciencia acrítica consigo misma, la negligencia de las instituciones que eligen no desplegar políticas activas a favor de las personas, el medio ambiente, la salud pública, la justicia o la economía real.

Pero problemas culturales y morales de fondo, corrupción y negligencia política, los hay en muchos países. No sirve de gran cosa ajustar por país de nacimiento. Aunque ciertamente en algunos existen mayores cotas de calidad democrática, instituciones y leyes eficaces.

Teniendo en cuenta nuestra tradición, ajustar por país incluso incrementa el valor de lo que hacemos.

Al principio la mirada crítica de Sitges parece bastante infrecuente en España, y rara en la medicina española. Pero, ante los graves problemas de medicalización y corrupción que analiza el cirujano, lo que ayuda no es resignarse a haber nacido aquí, sino adaptar lo que mejor funciona –para el bien común– aquí o allende. También desde otros ámbitos (salud pública, ciencias sociales) desarrollamos análisis críticos complementarios al de Sitges. De hecho, en España tenemos vigorosas redes y organizaciones más positivamente críticas con la medicina y la salud pública que en otros sitios. De modo que, teniendo en cuenta la pobre tradición de la que partimos, (franquismo, déficits de ilustración y modernidad), ajustar por país incluso incrementa el valor de lo que hacemos en España.

Tenemos pues un abanico de opciones entre dos puntos. Primero, partir de la base de que deberíamos haber nacido en un país ideal (o idealizado) y ajustar a la baja lo que esperamos por el hecho de vivir en la pobre España. Y segundo, apreciar que en muchas cosas hemos superado –imperfectamente, claro– el mal punto de partida y hemos mejorado. Prefiero esta segunda zona.

Quizá mañana al despertar vuelva a ajustar por país de nacimiento, “pero mejor, de otra manera”.

La crítica es más veraz cuando ajusta

Hay ya tantas cosas que van rematadamente mal, que no es necesario exagerar para nada, al contrario: la crítica es más persuasiva, y veraz, cuando tiene en cuenta las circunstancias de partida y las alternativas reales. En cambio, una crítica es menos atractiva y menos cierta si desdeña que casi todo en la vida es imperfecto y problemático, y que así ha sido también en otros tiempos que de nada sirve idealizar. El país o el año de nacimiento o la época histórica, por ejemplo. Porque ajustar por país y edad es a veces imposible, o inútil, o innecesario. O no.

¿Viene la vida ajustada por edad? No y sí. Uno vive en cada momento lo que vive. Pero la vida sí la ajustamos constantemente por edad grosso modo, psicológica y culturalmente. Cuando, por ejemplo, tenemos en cuenta la edad que tenemos y disfrutamos de esa excursión; o de esa intuición o esa seguridad que décadas atrás nos faltaba. Sí podemos tener en cuenta la edad que tenemos o la generación a la que pertenecemos: ayuda un montón a no dramatizar, a aceptar con más tranquilidad y de forma más constructiva el presente, la realidad, los hechos. Como que es imposible volver atrás o nacer en otro sitio.

Valorar lo que antes iba mal y lo que ahora va mejor es más honesto y da más fuerza para criticar lo que ha ido a peor y lo que sigue yendo mal.

La crítica es más persuasiva y veraz cuando compara bien lo que es factible y real, cuando no excluye nada: es un error negar lo que antes iba mal o lo que ahora va mejor. Valorar lo que antes iba mal y lo que ahora va mejor es más honesto y te da más fuerza (personal, moral, intelectual, política) para criticar lo que ha ido a peor y lo que sigue yendo mal.

Criticar sin idealizar a otros o al pasado

Uno debe elegir bien de qué se queja. Que sea poco y merezca la pena. Recurriendo lo mínimo o nada a estas falacias: antes esto no ocurría, nada ha mejorado, en otros países esto no pasa, podría volver a tener veinte años. Ja. Es una actitud cuyo aprendizaje nunca cesa, parte del oficio de vivir. Y es todavía más importante cuando los graves problemas que se critican merecen todas las energías, sin distraernos en espejismos, mitos, idealizaciones, caricaturas.

Quizá esas falacias las vivimos más los hombres y al avanzar la vida, pero no son exclusivas de ningún género o edad. Podríamos darle la culpa a la proteína T2PfM (Todo Tiempo Pasado fue Mejor). Así crearíamos la necesidad de un nuevo test sanguíneo, la esperanza de otro tratamiento para la frustración vital. Mitos coherentes con estos tiempos de tecnolatría. ¿O eso ya ocurría antes de otra manera?

Mitificar las cimas y los cimientos históricos de nuestra cultura no tiene sentido y, por ende, tampoco lo tiene ajustar por época histórica, generación o cohorte de nacimiento

Lo delicado de hacerse el test es que, como siempre, la refutación o confirmación del diagnóstico clínico requerirá algunas biopsias y pruebas de imagen, con el consiguiente riesgo de que el ciudadano sucumba a un VOMIT (acrónimo internacionalmente aceptado de victims of modern imaging technology, víctimas de las técnicas de imagen modernas), problema grave debidamente analizado en el libro de Toni Sitges. En cuya página 166, por cierto, leemos: “Los conflictos de intereses han erosionado los cimientos, otrora sólidos, de la medicina académica.” Ciertamente, son ingentes las pruebas de que demasiados miembros de la medicina académica –de muchos países del mundo– están necrosados por conflictos de intereses. Pero hombre, todos sabemos que hoy y otrora, hogaño y antaño, los cimientos de la medicina académica han sido y son tan sólidos como las playas arrasadas semanas atrás por el temporal Gloria.

Mitificar las cimas y los cimientos históricos de nuestra cultura no tiene sentido y, por ende, tampoco lo tiene ajustar por época histórica, generación o cohorte de nacimiento (ay qué feliz sería yo en el Renacimiento, pero a ver si me acostumbro a lo que hay por aquí). Si mitificar tuviese sentido igual consolaba, pero nunca lo tiene cuando la mirada es amplia: casi todas las instituciones han sido casi siempre maleables al poder como castillos de arena mojada. Excepto las instituciones para algunos privilegiados, a los que acaso añoramos haber dejado de pertenecer o, las más de las veces, no haber pertenecido nunca. Muy humano.

Disfrutemos del saber que, a pesar de todo, hemos creado y apliquémoslo hoy y aquí.

Aparte del consabido detalle: en el Renacimiento los sacamuelas te lo hacían con mucho humanismo pero sin anestesia.

Como es habitual en medicina, y en la vida en general, más allá de las alteraciones analíticas (T2PfM o la que sea), lo importante es el diagnóstico clínico; y en algunos casos procede descartar el Síndrome del Intelectual Melancólico (SIM), afección epidémica en las columnas de opinión celtibéricas (y sí, de medio mundo). Sus manifestaciones postmodernas han sido compasivamente diseccionadas por Jordi Gracia en El intelectual melancólico.

Ajustando por CIPV (Carácter Imperfecto y Problemático de la Vida)

El posible problema de fondo es lo que de forma insoportablemente pedante denominaríamos neglect of baseline imperfection (parafraseando vagamente el denominator neglect y similares de Daniel Kahneman, Amos Tversky y compañía): desdén por la imperfección habitual, olvidar que la base de la vida es imperfecta, empecinarnos en negar que la vida es imperfecta y problemática, pretender ignorar que la vida siempre ha sido problemática e imperfecta. (Los Kahneman nos han enseñado que, para que no miremos a otra parte, estas cosas deben repetirse muchas veces). Muchas. Muy. Imperfecta.

Esta posible verdad –el Carácter Imperfecto y Problemático de la Vida (CIPV)– sería a su vez problemática si debilitase nuestras ganas de mejorar las cosas; pero no tiene por qué y a menudo no es así: no las debilita, al contrario. Y aunque a veces tenga ese efecto, no deja de ser verdad.

Mientras que ajustar por país de nacimiento es falaz, el carácter imperfecto y problemático de la vida es veraz.

Muchas veces –cuando no es momento de mezclar y agitar lo racional y analítico con lo afectivo, emocional o artístico– hay que partir de esa verdad, tenerla en cuenta. Y, sí, cuando tenga sentido y consuele, ajustar por CIPV. Tema relacionado pero algo distinto de la mencionada, ilusoria, posibilidad de ajustar por país de nacimiento. Mientras que ajustar por país es a menudo innecesario o imposible y casi siempre falaz, el carácter imperfecto y problemático de la vida es casi siempre o siempre veraz, creo.

¿A qué viene esa querencia por soslayar el CIPV? O a pretender que no nos afligen otros sesgos, que nuestros análisis no están influidos por experiencias y sentimientos tan humanos –tan merecedores de un entrañable abrazo que aquí te lo doy– como la nostalgia, la ilusión, los cuentos, idealizaciones y simplismos... o la decepción cuando comparamos (sufrimos, lamentamos) lo que pudo ser y nunca fue y no es ni será. Como canta alguien, “contá con mi corazón para ahuyentar a la muerte”. Pero no me pidas que me trague sin masticar tus análisis.

Claro que algo pudo ser y fue mejor otrora.

Por supuesto que también podemos partir de que algo fue cuasi perfecto o mejor otrora. Sí así fue. Pero, no es un argumento necesario para criticar algo.

Aceptar con desparpajo que la vida es problemática e imperfecta es bueno porque es verdad, y porque no hacerlo carece de sentido y tiene efectos adversos

Inquietantemente algunos análisis incluyen recetas para alcanzar estados de perfección. En áreas socialmente relevantes, no me fío. A menudo ni es necesario: si el problema es menor, no lo queramos eliminar del todo, antes centrémonos en un problema más grave y relevante.

Posible problema grave relacionado con la necesidad de ajustar por CIPV: no valorar con ecuanimidad lo que va bien (puesto que T2PfM, cuesta valorar lo que hoy va razonablemente bien, imperfectamente bien). No valorar en su justa medida, por ejemplo, los efectos positivos de muchas políticas sociales. O de muchas tecnologías. Cosas que hace bien la juventud, la universidad, la medicina. ¡Los móviles, la series, las apps! (pega aquí el emoticono que elijas). Dificultad en apreciar a la vez lo que hace bien y lo que hace daño, tanto lo que va bien como lo que va mal. Y mira que no cuesta tanto.

Aceptar con desparpajo que la vida es problemática e imperfecta es bueno porque es verdad, y porque no hacerlo carece de sentido y tiene efectos adversos.

No olvidar que nunca ha habido una sociedad perfecta que aplicase el pensamiento crítico –siquiera el sentido común– a cada momento. Aceptar con desparpajo que la vida es problemática e imperfecta es bueno: porque es verdad, porque no hacerlo carece de sentido, y porque pretender ignorarlo tiene efectos adversos; por ejemplo, falsea nuestras comparaciones entre presente y pasado, generaciones, países. Pero si no estás de acuerdo, pensemos al menos en que alguna idea parecida a esa es importante al construir nuestros edificios críticos, para no mitificar el pasado y, por tanto, para compararlo con el presente de forma más justa que cuando se nos altera la proteína T2PfM y nos afecta el SIM.

Mirar, ver, apreciar y valorar a la vez lo que hace bien y lo que hace daño, lo que va bien y lo que va mal. Con su amplias zonas grises y de todos los otros colores. No idealizar el pasado; ni el histórico ni el personal. Aceptar que el futuro seguirá siendo problemático e imperfecto. Criticar implacable, amablemente. Construir tenazmente. Disfrutar de todo ello sin vergüenza.

Algunas mañanas en los primeros instantes de conciencia al despertar me encuentro intentando ajustar por país de nacimiento. Y me digo: “Ten en cuenta que el disgusto de ayer, la chapuza con la que vas a lidiar hoy... es por haber nacido en España. En Canadá esto no te hubiese pasado. Pero tu tranquilo y...

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