1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

  289. Número 289 · Octubre 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

TRANSFORMACIÓN Y PROGRESO

Lo real distópico

Lenguajes y usos pandémicos

Irene D. Castellanos 7/05/2020

<p>Intervención digital en la campaña del Ministerio de Sanidad, 2020</p>

Intervención digital en la campaña del Ministerio de Sanidad, 2020

Antonio Ferreira

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Adoro las distopías. Por sus críticas a los sistemas reales y por sus dosis de fantasía que me permiten desplazarme a escenarios en los que me encanta imaginar mi probabilidad de sobrevivencia. Me planteo cómo protegería a mi familia, si me escondería, si me rebelaría contra el malvado orden opresor, si me uniría a algún bando, si huiría, si sabría luchar cuerpo a cuerpo –improbable–, si aprendería a utilizar alguna clase de arma –no muy claro–, si la usaría contra otra persona –…–. Sin embargo, las famosas ficciones distópicas sirven para el después, no para el durante. Suelen colocarse directamente tras la hecatombe o, como mucho, pasan en panorama o breve analepsis las gestas intermedias. Será porque la incertidumbre no tiene mucha épica visual, pero ¡ojo qué tensión! Pase lo que pase en unos días, unos meses, incluso unos años, despierte en una realidad completamente nueva o el dinosaurio siga ahí, todas las posibilidades con las que juego se despliegan en el campo mítico estructurado por la pandemia, cuya vigencia en el imaginario colectivo sucumbirá a la vez que la incertidumbre que lo ha fundado. Pero, para eso, falta un tiempo indeterminado. En estos instantes, el contenido, de la índole que sea, creado en dicho campo mítico responde a lo real distópico. El desconcierto impacta a tal nivel que no se dispone de un lenguaje prefigurado ni de un vocabulario oportuno. No hay términos para referir de forma no subjetiva lo que no existía antes. El realismo se tiñe de distopía.

Detesto el aislamiento. La incertidumbre no me permite buscar alternativas a las ilimitadas problemáticas que conjeturo en el horizonte mítico. Estrictamente, sólo dispongo de opiniones para pensar, hablar, escribir, emitir mi opinión sobre una realidad a la que no tengo acceso y que, de esta forma, no puedo saber si es real. El tinte distópico tiene base acuosa pero una gran adherencia. Si antes de la cuarentena tenía una visión sesgada, en cuarentena tengo una visión completamente parcializada. Ante el desmoronamiento de la percepción común de la realidad y la apertura a las creencias, la comunidad deja de existir para dejar sola a la individua. Yo, en mi caso. La pregunta es cuán consciente soy de esta parcialización desde donde yo miro, con las opiniones que yo elijo recibir, sin contacto con el exterior. No sé si se trata de una pregunta retórica o debo intentar responder. El confinamiento forzoso me debilita intelectualmente y me hace ser más vulnerable que nunca a las falacias, a las posverdades y a otras estrategias de dominación más discretas alimentadas por la ausencia de un lenguaje no contagiado, ausencia que desde luego no enmudece. Para hacer frente a los vacíos léxicos se desempolvan lenguajes, reutilizados, divulgados y contrargumentados con lenguajes a su vez desempolvados. Es decir, la terminología subjetiva se basa en una apropiación o reapropiación de lenguajes conformados en y para otros contextos. La dinámica es regida por leer, pensar, escribir, traducir, publicar rápido. Curioso: a pesar de la parálisis sistémica, la prisa infecta la producción intelectual. Para empeorar la situación, las apologías de bar se trasladan al soporte escrito y la comunicación social se entabla mediante un lenguaje ciberoral –nombra Paul B. Preciado– posteado en redes sociales que viraliza en las subjetividades individuales ciertos usos lingüísticos vinculados al estado de alarma. Mi intención no es buscar dardos en las palabras, sino explorar los límites del lenguaje en el campo mítico estructurado por la pandemia.

Gran parte del sector intelectual de izquierdas parece desterrar de sus filas posmarxistas la crítica feminista y el uso del lenguaje inclusivo

El mayor riesgo de contagio masivo lo representan los casos asintomáticos. Un contagio que se extiende sin poder identificar el foco. De forma similar tiene lugar la perpetuación subrepticia del lenguaje machista. Y el lenguaje es, siempre, un arma. Lo comparo con un caso asintomático porque no quiero referirme al vocabulario propagandístico del sector sabidamente machista, antiintelectualista y neofascista. Lo verdaderamente preocupante es que un poso machista se está generalizando en ideologías de izquierda y las prisas no justifican este uso como descuido. No se trata de erratas ni despistes por falta de revisión; se trata de falta de premeditación. Gran parte del sector intelectual de izquierdas, muy enfocado a idealizar la utopía en lo real distópico, parece desterrar de sus filas posmarxistas la crítica feminista y el uso del lenguaje inclusivo. Es decir, parece desterrar el pos-. Lo que no logro entender es a qué sistema neoliberal se presume enfrentar de esta manera. Textos y textos como, por ejemplo, el de Santiago Alba Rico y Yayo Herrero, donde utilizan el masculino genérico, pero para referirse al personal de enfermería escriben “enfermeras”, ayudando a calar en la ideología de la izquierda la feminización machista del trabajo. Un reflejo identificativo de cómo el pensamiento feminista es excluido sin porqué. Como si la atención a la crisis sanitaria fuera incompatible con la urgencia de igualdad, cuando son necesariamente simultáneas.

Un uso que me resulta altamente irritante, particular de quienes quieren, ya no ser o no ser, sino parecer feministas es la salpicadura inclusiva. Consiste en decir el primer vocativo en ambos géneros y después seguir en masculino acudiendo a la economía lingüística. Se puede volver a recurrir al desdoblamiento en alguna frase con el fin de recuperar el postureo. Es el uso predilecto de las portavoces del actual Gobierno. Puede que sea uno de los más peligrosos, pues lo que hace es subrayar que lo femenino, por defecto, se contiene en lo masculino, pero jamás al revés. De este modo, crea la ilusión de lenguaje inclusivo, progresista e igualitario, cuando implicita que la mujer se incluye en el mundo, los oficios, la vida del hombre. ¿Igualdad? ¿Dónde?

Serias dudas surgen en el uso del lenguaje filosófico, que por el momento no parece contemplar la inclusión en ciertas estructuras arcaicas y herméticas propias de su esfera. Las grandes filósofas de nuestro tiempo, denunciantes del patriarcado y del sistema neoliberal, conservan en sus escritos formas exclusivamente masculinas. Porque para evitar deshumanizar a “la mujer” empleando “el hombre” se utiliza como recurso “la humanidad”, pero no se contemplan alternativas para referirse al “sujeto” o al “individuo”. No existen femeninos en el lenguaje filosófico. Un ejemplo de escritora feminista es Patricia Manrique, quien utiliza el femenino genérico o lo desdobla, pero el lenguaje filosófico del que se sirve es plenamente masculino. Si no se dispone de un lenguaje filosófico inclusivo hay que inventarlo, por erróneo que suene al principio, como ocurre con las formas femeninas de ciertos trabajos que tiempo atrás no eran desempeñados de manera oficial por mujeres. Lo que mina cualquier posible cambio hacia el progreso es leer “limpiadoras”, “enfermeras” y “médicos” o “patriarcado” e “individuo” en el mismo texto.

María Galindo en Desobediencia, por tu culpa voy a sobrevivir, un ejercicio propositivo en más de un sentido, exhibe todas o casi todas las innovaciones lingüísticas, formales y gráficas que surgen en la evolución hacia una sociedad feminista. Femenino genérico, desdoblamiento y masculino genérico se entrelazan con la creación de formas neutras en e y las marcas x y @ para simbolizar la presencia morfológica de ambos géneros. Lamentablemente, parece que los experimentos lingüísticos desde el feminismo se quedan relegados a hacer crítica feminista o a composiciones más artísticas o literarias, como es el caso del texto de María Galindo. Sin embargo, apremia buscar nuevos usos lingüísticos, redefinir acepciones y formar palabras nuevas. Para lograrlo, hay que superar lo normativo y perder el miedo a lo incorrecto. La lengua es un continuum. El tiempo y no la academia es quien “fija” los estándares. A mis amigas: el feminismo no está en cuarentena. 

Según el mito, Pandora, la primera mujer, es creada con el fin de seducir a Epimeteo y liberar todos los males para que se propaguen irremediablemente por el mundo de los hombres. Entre los males están la avaricia, la pobreza, la enfermedad y el odio inicial sin el que no habría mito. Parece que no hay demasiada inventiva en los principios elaborados por Joseph Goebbels, resumibles en individualizar a los adversarios en un único enemigo y atribuirle todos los males, creando al mismo tiempo impresión de unanimidad. Este adoctrinamiento respalda culpar del origen de la pandemia a escala mundial al estilo de vida chino y del crecimiento exponencial de la epidemia española a las manifestantes del 8 de marzo. Queda feo y es políticamente incorrecto identificarse con el odio, pero ahí quedan los prejuicios, naturalizados mediante artificios oratorios cuya finalidad es influir en la voluntad subjetiva individual. Con más o menos consciencia es lo que ocurre en la esfera política al utilizar los pronombres en primera persona, masculino, plural. El uso constante de “nosotros” ensalza al estado macho, masculiniza a la población, abole simbólicamente la existencia de clases y exalta peligrosamente el sentimiento de unidad nacional. Pretender que todas las personas que habitan un territorio entren en ese “nosotros” es una medida de dominación. Como consecuencia, en el plano psicosocial, el miedo sustituye a la empatía. Este concepto, construido mediante la otredad, enmascara una postura victimista y ofensiva desencadenada por la amenazante pérdida de privilegios. Atmósfera perfecta para buscar en el saquito del rencor.

Sopa de Wuhan, la antología de pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemia de Pablo Amadeo, es un gran ejemplo de cómo la hostilidad se propaga también culturalmente bajo los estados de excepción. Lo que podría haber sido un proyecto editorial interesante dedicado a recolectar comentarios diversos de la realidad actual –o no tan diversos– se ve reducido en su título desacertado y en su portada agresiva a un ataque directo a la población china. Sin un solo testimonio asiático (a este respecto me permito no contar a Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, por vivir en Berlín, escribir en alemán y pensar desde Europa), el diálogo interno que debería establecerse en la lectura dirigida de los textos no funciona –o sí, según se mire–. La réplica perfecta a la ofensa de Amadeo se encuentra en un texto publicado unas semanas antes: Contagio social, un análisis realista de la epidemia en China y de la pandemia mundial. Firmado por el colectivo Chuang, en sus páginas se demuestra la falacia que es achacar la pandemia al comercio y a la alimentación china en un mundo capitalista y globalizado.

Una vez destapada la vasija y culpado a Pandora, qué mejor estrategia comunicativa contra el mal que la apropiación del lenguaje bélico, en el que además tampoco se estilan los femeninos. Al parecer hay un “enemigo” al que “nosotros” vamos a “vencer” (emoji perplejo). El uso de este tipo de retórica siempre incluye alguna forma de violencia que no se explica de ningún modo con la crisis sanitaria. La aplicación de medicina táctica es indemostrable, pues no hay zona de combate, ataques violentos ni pacientes heridas por fuego enemigo. Hay hospitales colapsados y personas enfermas por contagio. No se aplica medicina de guerra porque no se trata de víctimas de guerra. Se recurre a esta imagen por no disponer de otra capaz de ilustrar mejor el nivel de crisis al que se enfrentan en los hospitales. A lo mejor el problema es que existe un término para la medicina de combate y no para la de pandemia, que la ontología identifica la guerra con la condición humana y no la pandemia. Buscar términos eufemísticos como “catástrofe capitalista” para fomentar la lectura biopolítica y remarcar una postura ideológica tampoco lo veo necesario. En cambio, las propuestas de Patricia Manrique de utilizar “lenguaje e imaginario que promovieran la inmunidad comunitaria, no a la inmunidad batallante” y la de María Galindo de fomentar la ayuda comunitaria sobre individualización y la pérdida de derechos me parecen, al menos, constructivas.

El idealismo en tiempos de pandemia es un lujo geopolítico y de clase. La lucha ideológica activada entre la vasta bibliografía publicada con motivo de la pandemia aviva el populismo

Conjuntamente, el uso de “nosotros” y el lenguaje bélico sedimentan una falsa creencia de igualdad batallante. La campaña “este virus lo paramos unidos” es un resumen perfecto. Sin embargo, el virus no “ataca” –como dice Judith Butler– a todas las personas por igual, sino dependiendo de la comunidad, la región y la clase social. No es debatible que las personas mal nutridas o desnutridas, sin acceso a medicamentos y sin atención sanitaria son más vulnerables a las enfermedades. Lo que ocurre es que este tipo de realidad parece ajena a los países desarrollados y afecta de forma transversal a la praxis del bienestar. Si bien la desigualdad es más radical que nunca aún dentro de cada país. Difícilmente puede existir un “nosotros”.

Pero al fondo de la vasija, Pandora encontró la esperanza. El idealismo en tiempos de pandemia es un lujo geopolítico y de clase. La lucha ideológica activada entre la vasta bibliografía publicada con motivo de la pandemia aviva el populismo. De un lado, las falacias neofascistas preocupadas por salvaguardar el capital y los privilegios que de él emanan. Del otro, el intelectualismo que se vale de un lenguaje reaccionario tan rancio como la misma opresión contra la cual se rebela, aspirando a acabar con el neoliberalismo desde una postura intrasistémica. No obstante, la creencia en la caída del capitalismo es una experiencia muy satisfactoria tanto para quien la escribe como para quien la lee, no lo voy a negar. La lectura es gozosa hasta tal punto que hace pasar por alto el uso de lenguaje machista y el trasfondo de insulto a la pobreza. Hasta que algo hace clic.

Como llamamiento antisistema y para desprestigiar el uso generalizado del lenguaje bélico, lundimatin publica su Monologue du virus. El virus, literariamente personificado, se dirige en primera persona a su narrataria, la humanidad, para constatar que la única guerra que existe es intrínseca a la especie humana. Después ridiculiza la sociedad del bienestar e invita a la reorganización social. Sin embargo, se opta por el masculino genérico, una vez más se feminiza la enfermería y en Monólogo del virus –traducción oficial del original francés del Grupo Coquelicot revisada por un amigo– leo “No por no tener dinero se va a dejar de comer”. Clic. Entonces me corrijo: el narratario es el individuo cuyas necesidades básicas están cubiertas y no peligran. Aunque la utopía suceda al poscapitalismo, la brecha económica sigue existiendo. Hasta el desplome la economía y la anulación de las deudas, la propiedad y los sistemas monetarios, unas personas dejan de comer antes que otras. Por lo tanto, incluso en la protoutopía poscapitalista, la sobrevivencia se jerarquiza económicamente. Para sobrevivir a la caída del sistema económico hay que tener dinero.

Idealizar el día después de la pandemia implica cierta aceptación de la historia de la salvación divina

Tras aprender a convivir con los males gracias a los consejos falaces de la esperanza, Pandora tiene una hija, Pirra, la única mujer que sobrevive al Diluvio y de quien desciende la humanidad. Idealizar el día después de la pandemia implica cierta aceptación de la historia de la salvación divina. Así, la ilusión de la caída del neoliberalismo cohesiona con las creencias religiosas apocalípticas y el vocabulario escatológico –también reflexionado por Giorgio Agamben– da lugar a la creación de miedos irracionales y supersticiones fácilmente manipulables. Según Bifo, el virus, leviatán aceleracionista, logra la parálisis que mata el sistema. Por lo tanto, no queda más que esperar. Tras la muerte del sistema, comenzará la vida. Por el contrario, como el propio Bifo reconoce, Srecko Horvat señala desde una postura más realista que el virus propicia el ambiente perfecto para la ideología neoliberal, restringiendo la libre circulación de personas y dejando impune la circulación de mercancías. Para Bifo hay dos opciones: salir de esta situación como dice Srecko Horvat o con ganas de abrazar. La segunda opción la respalda en el entorno de falsa igualdad creado por la pandemia del que ya he hablado. Recurrir a la romantización de la cuarentena no es un recurso de Bifo en exclusiva. Personalmente, veo una diferencia abismal entre potenciar la empatía como medio para derribar las desigualdades existentes y trivializar el amor como cura de todo mal sin promover cambios sociales mínimos. El romanticismo también es un producto del capital.

Las posturas idealistas se valen de un pasado mítico para imaginar un futuro utópico. Al igual que la mayoría de las ficciones distópicas, critican el antes y visualizan el después, sin pasar por el durante. En la revisión antropológica de pandemias anteriores, se ve que las sociedades son obligadas a transformarse. Apostar a que esa transformación se incline hacia un lado o hacia otro es jugar con lo real distópico. Tras un tiempo indeterminado en vez de apuestas habrá que formular soluciones y el tiempo presente es el de cultivar la ideología como operadora de las futuras decisiones. La lengua, los diferentes usos y lenguajes son las herramientas para incentivar el progreso. Sin cambios lingüísticos no hay cambios ideológicos y viceversa. Como defiende Donna Haraway, las nuevas soluciones pasan por la aplicación de nuevos lenguajes. Y esta es la única revolución que puedo empezar en confinamiento.

Adoro las distopías. Por sus críticas a los sistemas reales y por sus dosis de fantasía que me permiten desplazarme a escenarios en los que me encanta imaginar mi probabilidad de sobrevivencia. Me planteo cómo protegería a mi familia, si me escondería, si me rebelaría contra el malvado orden opresor, si me uniría...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autora >

Irene D. Castellanos

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí