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Resistencia

La disciplina social y el cuidado de lo común: “Solo el pueblo salva al pueblo”

Una reflexión sobre aquellas expresiones que circulan estos días para documentar los cambios en nuestras vidas y los riesgos e incertidumbres a los que nos enfrentamos, pero también para imaginar otros mundos posibles

MIRCO 7/05/2020

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Nos resistimos a aceptar la advertencia de Camus de que “la peste anula el porvenir” y constantemente nos preguntamos “si volveremos al mismo tipo de vida, al mismo modelo productivo y mercado de trabajo precario, al mismo modelo de sociedad desigual” (Moreno). Nos inquieta si retornaremos a la destrucción del planeta, a la crisis como estado normal (Klein), a las democracias que se vuelven autoritarias (Laval y Dardot), a la austeridad de los recortes y las privatizaciones (Navarro), y al cierre ineficaz de fronteras, o a una poderosa vigilancia digital (Han). O si, en cambio, esta crisis sanitaria y social puede asestar un golpe letal al capitalismo (Žižek), al consumismo acelerado (Harvey), al dualismo cartesiano humano/naturaleza (Lebrón) y a nuestra destructiva movilidad (Han), que actúe como catalizador de luchas sociales existentes (Mezzadra) o para producir nuevos marcos de movilización social (Alba Rico y Herrero). Ante estas preguntas, toda respuesta resulta limitada. Aun así, durante el confinamiento, hemos hecho esta reflexión, asumiendo el reto gramsciano de reunir el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad para transformar lo que puede parecer un mal sueño en oportunidad.

Este estado de excepción biopolítico, por lo tanto, no solo instala la restricción de libertades, sino que transforma nuestra forma de relacionarnos y actuar

Aquí, reproducimos parte de un Diario discursivo de la cuarentena, una reflexión sobre algunas expresiones que circulan durante la pandemia, antes de que se hicieran cotidianas y perdiéramos la sensibilidad para detectarlas. Esta colección reflexiva e intuitiva, al igual que la que escribió Klemperer sobre la Lengua del Tercer Reich (LTI), refleja una búsqueda colectiva de sentido. Creemos que permite entender el potencial transformador de los discursos, que influyen en nuestra comprensión y acción ante la pandemia, y contribuye a detectar cómo distintos sectores de la sociedad responden con reflexiones y proponen alternativas. El recorrido empieza con el término disciplina social, la medida impuesta institucionalmente ante la emergencia, para desembocar en lo que creemos una vía de salida propuesta desde los movimientos sociales: los cuidados. En el camino iremos desbrozando expresiones que circulan estos días para dar cuenta de los cambios en nuestra forma de vida y los riesgos e incertidumbres a que nos enfrentamos, pero también para imaginar o facilitar el porvenir de otros mundos posibles. 

En el siglo XVII, explica Foucault en Vigilar y Castigar, surgió una forma nueva de afrontar las enfermedades infecciosas. Hasta entonces se había luchado contra la lepra aislando y expulsando de la comunidad al leproso, mientras que para evitar los contagios de la peste negra se confinó a toda la población en casa y se vigilaron sus movimientos. Este cambio “sanitario” dio lugar a otro “político”, el nacimiento de un régimen disciplinario. ¿Podríamos estar viviendo una situación equivalente?, ¿están emergiendo o consolidándose nuevas formas de gobierno, nuevas racionalidades políticas? En realidad, la situación actual no se aleja mucho de esa forma de tratar la peste: confinamiento, compartimentalización, vigilancia absoluta y análisis de la expansión viral en la población. Sin embargo, mientras que en aquella época contravenir la prohibición de salir era castigado con pena de muerte, hoy el confinamiento se presenta por encima de todo como una responsabilidad que, mayoritariamente, se autoimpone; lo que estaría en sintonía con el paso de un régimen disciplinar a otro gubernamental, en el que los sujetos interiorizan los discursos de poder dejando que estos gobiernen su conducta. De hecho, en muchos países, el confinamiento solo ha funcionado al presentarse como un acto de solidaridad, que se autoejerce por el bien común. En el Estado español el eslogan #YoMeQuedoEnCasa se ha viralizado y el lema de la campaña del Ministerio de Sanidad ha sido “Si te proteges tú, proteges a los demás”. El Gobierno apela así a la “disciplina social”, la responsabilidad y la unidad de acción como ingredientes centrales para recuperar la nación. 

En pocos días, este discurso neoliberal de autocontrol, generado desde las instituciones de gobierno, ha impregnado las prácticas ciudadanas y ha trasladado la disciplina tradicionalmente ejercida por fuerzas del orden al ámbito de la responsabilidad individual, activando la autovigilancia y la vigilancia entre iguales. Para evitar que se transgreda la disciplina social nacional, la gente vigila por las redes sociales lo que hacen otras personas y reprende desde los balcones a quien sale de casa. La llamada policía de balcón o los balconazis imponen la cuarentena de una forma más eficiente que las fuerzas de orden público y las sanciones económicas (como las multas aplicando la famosa ley Mordaza). El control se ejerce así a través de una multiplicidad de nodos, y no solo desde arriba, y ahí reside el éxito de esta forma de gobierno: todos estamos realizando medidas de control social. Este estado de excepción biopolítico, por lo tanto, no solo instala la restricción de libertades, sino que transforma nuestra forma de relacionarnos y actuar, y, como nos alerta Giorgio Agamben, puede conllevar una degeneración de las relaciones entre seres humanos y preparar un terreno fértil para que afloren la apatía y el miedo al otro(a), causando un daño irreversible a nuestra capacidad afectiva hacia el prójimo.

Sin embargo, ante el confinamiento, las respuestas no son unívocas, han surgido también prácticas individuales y colectivas de la ciudadanía que han reforzado los vínculos y la autoorganización en pro del común. Las prácticas comunicativas (por teléfono y redes sociales) se han vuelto más afectivas o de acompañamiento, y hemos creado nuevas formas de participación social. Desde la exterioridad de los balcones han aparecido prácticas performativas que canalizan socialmente las emociones de una parte de la población: los aplausos reconocen diariamente la labor de trabajadores esenciales, mientras que las caceroladas vehiculan el descontento ante la gestión institucional de la epidemia. Los recursos culturales se han abierto al común en el confinamiento y todo el mundo comparte listas de sugerencias, juegos para los más pequeños, memes y vídeos para poner humor al aislamiento.

En este escenario, en las redes sociales ha circulado un lema con excepcional poder movilizador: Solo el pueblo salva al pueblo. Los movimientos ciudadanos se han organizado para lanzar iniciativas autónomas de apoyo mutuo o releer en clave de cuidados aquellas que ya existían. De hecho, las iniciativas que están surgiendo nos ayudan a entender cómo los distintos territorios y colectivos experimentan la crisis sanitaria, social y económica derivada de la propagación de la covid-19. Es cierto que el virus invade por igual cuerpos más o menos precarizados, como apunta Butler. Sus efectos, sin embargo, operan de forma específica en cada territorio de acuerdo al acceso desigual a recursos materiales y simbólicos para hacerle frente; y nos atraviesan de forma particular según nuestra clase social, raza, género, sexualidad, edad, condición física y mental. 

Frente a las formas de violencia y desigualdad estructural que se intensifican en momentos de crisis, emergen alianzas interesantes entre trabajadoras, vecinos y organizaciones de base

Frente a las formas de violencia y desigualdad estructural que se intensifican en momentos de crisis (precariedad laboral y habitacional, racismo institucional, violencia machista y del sistema carcelario, feminización de los trabajos reproductivos, etc.), emergen alianzas interesantes entre trabajadoras, vecinos, organizaciones de base y otros actores sociales que, como descubre Mezzadra en el contexto italiano, se articulan en torno al “cuidado de lo común”. Es el caso de la ya existente lucha por la vivienda en el Estado español y las estrategias de sindicalismo social que, ante la emergencia social actual, ha devenido en una Huelga de Alquileres bajo los lemas: “Si no cobramos, no pagamos” y “Que paguen los [fondos] buitres”, llamando a la solidaridad de quien no ha visto sus ingresos reducidos. Esta huelga forma parte  del Plan de Choque Social, en respuesta al escudo social del Gobierno de España, entendido como un conjunto de medidas socioeconómicas insuficientes para paliar la crisis. La metáfora bélica y estática del escudo que protege se desplaza hacia un reconocimiento de la acción colectiva coordinada desde movimientos sociales e instituciones, y de la agencia de las afectadas por la actual crisis. Y lo mismo sucede con los movimientos de trabajadores y trabajadoras del campo, incluidas migrantes, que exigen al estado la regularización y el cumplimiento de sus derechos laborales. Todos estos movimientos convergen, además, en una defensa de una transformación ecosocialista decrecentista (Riechmann) y en impulsar alternativas postcapitalistas hacia formas de vida más sostenibles. Así, frente a la imagen de la ciudadanía que pasivamente recibe medidas asistencialistas, se consolida una imagen colectiva y autoorganizada en redes de apoyo mutuo y cuidados. 

La pandemia aparece no solo como distopía que evidencia las mutaciones del neoliberalismo y de las formas de gubernamentalidad, sino también como “un portal entre este mundo y el que está por venir” (Roy). Los cambios que conducen ineludiblemente hacia la distancia social y a una vida virtual nos reclaman que poner en marcha urgentemente formas de resistencia. Los discursos que están surgiendo abren así la posibilidad de visualizar y realizar en el presente otros mundos posibles. En este contexto, el discurso de los cuidados –pieza clave del debate ecofeminista y anticolonial contra el extractivismo y la desposesión– se expande más allá de la dimensión economicista relacionada con el reparto, la redistribución y el reconocimiento. El sostenimiento de la vida pasa entonces por construir vínculos fuera de la lógica mercantil del consumo (de personas, de cosas, de espacios, etc.), y nos conduce hacia nuevas formas de hacer política y de habitar territorios. Tal vez, como predice Han, “el virus no vencerá al capitalismo”, pero es posible que uno de sus efectos (al menos en nuestro ámbito más cercano) sea el fortalecimiento de los movimientos sociales existentes, el refuerzo de los discursos y prácticas de cuidados, y la reactivación de una parte del tejido social adormecido tras el ciclo de movilizaciones de 2011, que en este caso toman el espacio digital para autoorganizarse. Las preguntas que surgen ahora son: ¿trascenderán la pandemia estas formas de organización social? ¿Podemos extraer claves comunes de estas iniciativas que nos ayuden a pensar cómo enfrentar nuevas (y viejas) luchas sociales? 

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Este texto surge del intercambio de lecturas, vivencias e inquietudes durante el confinamiento en Madrid en un grupo de investigación MIRCO (Multilingüismo, Discurso y Comunicación) de la Universidad Autónoma de Madrid, en el que participaron, Lara Alonso, Marta Castillo, Paloma Elvira, Luisa Martín Rojo, Katrin Ahlgren, Camila Cárdenas, Fleur de Montbel, Noelia Fernández, Héctor Grad, Elisa Hidalgo, Adil Moustaoui, Lucia de la Presa y Anna Tudela.

Nos resistimos a aceptar la advertencia de Camus de que “la peste anula el porvenir” y constantemente nos preguntamos “si volveremos al mismo tipo de vida, al mismo modelo productivo y mercado de trabajo precario, al mismo modelo de sociedad desigual” (

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