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Extrema homofobia

No sea cínico, señor Abascal, ¡ustedes odian a los gays!

Vox nació para atacar a todo otro grupo de seres humanos al que fuese rentable odiar: los inmigrantes pobres, las feministas, los homosexuales...

Bruno Bimbi 12/05/2020

<p>Santiago Abascal durante el pleno de solicitud de prórroga del estado de alarma, el pasado 6 de mayo.</p>

Santiago Abascal durante el pleno de solicitud de prórroga del estado de alarma, el pasado 6 de mayo.

Congreso de los Diputados

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“Le ruego que abandonen ese odio histórico de la izquierda a los homosexuales”, dijo como si nada y sin que se le cayera la cara de vergüenza Santiago Abascal Conde, 44 años, nacido en Bilbao, sociólogo, beneficiario de un sueldazo tras otro gracias al Partido Popular y líder de Vox, el partido más homófobo de España. Un partido que él mismo fundó sobre la base del odio y las mentiras contra los inmigrantes pobres, los gays y las feministas, entre otros grupos difamados.

Para colmo, lo dijo en el Congreso y dirigiéndose al presidente Pedro Sánchez, líder del PSOE, el partido de Pedro Zerolo y José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo gobierno impulsó el matrimonio civil entre personas del mismo sexo en España cuando apenas dos países –Holanda y Bélgica– reconocían ese derecho. La izquierda española ha sido pionera en la lucha por los derechos de la comunidad LGTB en Europa, una labor que continúan con orgullo tanto el PSOE como Unidas Podemos. Quienes venimos de América Latina sabemos cuánto nos ayudaron muchos dirigentes de ambos partidos a avanzar, también, en nuestros países.

“No estamos legislando, señorías, para gentes remotas y extrañas. Estamos ampliando las oportunidades de felicidad para nuestros vecinos, para nuestros compañeros de trabajo, para nuestros amigos y para nuestros familiares, y a la vez estamos construyendo un país más decente, porque una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros”, dijo el entonces presidente Zapatero antes de la votación de la ley de matrimonio igualitario, en ese mismo Congreso donde ahora usted acusa a su partido de odiarnos. Pero es el suyo, señor Abascal, el que lo hace. Más que eso: usted es uno de los principales organizadores políticos del odio en España.

Y muy caradura para decir lo que dijo. Si no fuera porque viví diez años en Brasil y ya me aprendí todos los trucos de esta nueva ultraderecha –que en cierto sentido es una farsa, como decía Marx sobre los remakes de la Historia, pero Bolsonaro nos muestra que también puede volver a ser tragedia–, no podría creer tanto cinismo.

Durante siete años, el PP mantuvo en el TC un recurso contra la ley de matrimonio igualitario. Fue rechazado en 2012 cuando ya había más de 22.000 parejas casadas

Lo que diré, usted lo sabe, señor Abascal, pero así como su provocación hacia Sánchez fue retórica, mis palabras hacia usted también lo son. La diferencia es que son honestas. No tengo esperanzas en convencerlo de nada, apenas le hablo para hablarle a quienes nos leen y recordarles quiénes son ustedes y desde dónde hablan. Recordarles, por ejemplo, que fue ayer nomás que su compañero Espinosa de los Monteros se quejó en una entrevista porque en España se había pasado –él dijo “pasamos”, en primera persona– “de pegar palizas a los homosexuales a que ahora esos colectivos impongan su ley”.

¿Cuál ley, señor Abascal? ¿La que permite que nos casemos, igual que cualquier otra persona? ¿Las que prohíben darnos palizas, como en aquellos tiempos que añora su amigo Iván, discriminarnos, despedirnos de nuestros empleos por nuestra orientación sexual, echarnos de lugares públicos, maltratarnos en las escuelas o negarnos derechos?

El partido al que usted pertenecía antes de fundar Vox, cuando su líder era Mariano Rajoy –y su hada madrina, Esperanza Aguirre– se opuso a cada una de esas leyes como si se acabara el mundo.

En el Congreso, decían que nuestras relaciones de pareja eran “antinaturales” porque la heterosexualidad era un “elemento constitutivo esencial” del matrimonio y que, si la ley nos permitía casarnos, sería un atentado al diccionario de la Real Academia Española, como si este tuviese facultades legislativas. Fernández Díaz aseguró que el matrimonio homosexual ponía en riesgo la supervivencia de la especie humana. Manuel Fraga dijo que era una ley asquerosa. Su amigo José María Aznar dijo que llamar “matrimonio” a nuestros matrimonios ofendía a la población. Ana Botella dijo aquella pavada de las peras y las manzanas y Rajoy vomitó una catarata de barbaridades y se quejó de esa “manía” del gobierno socialista por ser “moderno”. Concejales y alcaldes del PP fueron aún más lejos: que somos desagradables, repugnantes, asquerosos, tarados, peligrosos para los niños, que nacimos con los “cromosomas equivocados” y que nuestras relaciones son como las de “un hombre con una cabra y una mujer con un perro” o “como la unión entre dos hermanos”. Dos hermanas viudas, diría usted mismo años después.

Todo textual, señor Abascal. Lo decía su gente, sus compañeros de partido, los que le daban trabajo. El matrimonio igualitario se aprobó con el voto favorable de toda la izquierda y el voto contrario de toda la derecha –como luego sucedería con otras leyes que ampliaron la libertad y la igualdad para las minorías sexuales–, y contra hechos, no hay argumentos. Podría no haber sido así: en otros países, hay derechas más civilizadas, más leídas, más cultas, menos odiosas, que son liberales no solo para hablar del dinero y que no le tienen tanto miedo, como decía Rajoy, a la modernidad, o al menos son pragmáticas y saben cuándo no hay que hacer papelones históricos. Pero España no tiene esa suerte: los tiene a ustedes.

Lo veo con ganas de escaparse del presente y hablar de historia. No tengo problemas. Lo hago bastante en mi libro El fin del armario, que ya se ha publicado aquí en España, si tiene usted ganas de leerlo. Nuestra historia es dura. A los homosexuales nos han tratado con extrema crueldad en muchos lugares, desde el Tercer Reich de Hitler hasta la Unión Soviética de Stalin (no así la de Lenin). Nos perseguían Franco en España y Fidel en Cuba, aunque este último cambió cuando cambió el mundo, pidió perdón e impulsó cambios, como lo hizo también Obama cuando declaró a Stonewall –donde nació el orgullo– como monumento histórico nacional y apoyó el matrimonio igualitario. Antes, algunos estados norteamericanos habían mantenido ilegal la homosexualidad hasta los años noventa.

El director de prensa de Vox, Juan Pflüger, dijo que los gays no deberíamos celebrar San Valentín porque lo nuestro “no es amor, es vicio”

En el Reino Unido, condenaron a Alan Turing por sodomía después de todo lo que hizo para derrotar a los nazis, como antes lo habían hecho con Oscar Wilde, y llevaron su maldita legislación homófoba a muchas colonias en las que siguió vigente cuando ellos la derogaron (recién en 1967, en Inglaterra y Gales, y en 1981, en Irlanda y Escocia). En Alemania, ya era crimen ser homosexual antes de Hitler, que nos mandó a los campos de concentración con el triángulo rosa, y siguió siéndolo después, tanto del lado socialista como del capitalista y hasta poco después de la caída del Muro de Berlín. Aún nos siguen persiguiendo y ejecutando en buena parte de África, en el Irán de los ayatolas, en la Arabia de la familia saudí y en muchos países islámicos. Nos tratan muy mal en la Rusia de Putin, en la Hungría de su amigo Orbán y en la Venezuela de Nicolás Maduro, como también cuento en el libro. Hay odio en muchos lugares.

Sin embargo, en buena parte de Occidente, y en particular en España, la división entre izquierda y derecha se nota mucho. Quizás porque la inmensa mayoría de esos a los que, en este país, ustedes llaman “rojos” no reconoce sus orígenes ideológicos en el estalinismo y otros regímenes horribles, sino en los ideales libertarios de la República Española, el trotskismo, la socialdemocracia europeísta y nuevas izquierdas ligadas al feminismo, el ecologismo, las plataformas de los nuevos excluidos y el movimiento LGTB. En cambio, ustedes, en sus diferentes versiones, con sus gritos nacionalistas y sus banderas gigantes, no han dejado aún de ser nostálgicos herederos del general Franco.

Quizás por eso, durante siete años, el PP –en el que usted aún militaba– mantuvo en el Tribunal Constitucional un recurso contra la ley de matrimonio igualitario, finalmente rechazado en 2012 cuando ya había más de 22.000 parejas casadas a las que la derecha quería retirarles la libreta y los derechos que la izquierda nos había ayudado a conquistar. Si pudieran, hasta las fotos de la boda quemarían, ya que en estos tiempos tan modernos no pueden más quemarnos a nosotros.

Pero el tiempo es implacable, aunque a algunos les llegue tan tarde. La Real Academia actualizó su diccionario. Rajoy se rindió y, en 2015, diez años después de marchar junto al cardenal Rouco Varela y el Foro Español de la Familia –de algunas familias y contra otras–, fue a la boda de Javier Maroto y Josema Rodríguez, posó para la foto y hasta bailó la conga. También fueron Sáenz de Santamaría y Cospedal. Los populares –aunque algunos nos sigan teniendo asco– comenzaron a actualizarse un poquito.

Y fue ahí que llegó usted, señor Abascal.

Usted fundó Vox para representar a los que esa actualización les revolvía el estómago. Llegó hablando de los inmigrantes, las feministas, los gays y todo otro grupo de seres humanos al que fuese rentable odiar. Llegó para devolverles a los extremistas de ultraderecha un partido que odie lo suficiente, que grite lo suficiente, que insulte lo suficiente, que mienta lo suficiente y que diga sin miedo las barbaridades que sus excompañeros del PP, esa “derechita cobarde”, ya no se animaban a decir. Tanto que ahora, asustado por la competencia y creyendo –equivocadamente– que debe dar la batalla en los extremos y no en el centro, Pablo Casado a veces se disfraza de usted y fracasa tratando de imitarlo.

En esa guerra están, compitiendo patéticamente a ver quién rebaja más la calidad del debate político, quién miente más, quién insulta más, quién odia más. Y ustedes lo hacen mejor. Por ejemplo, el director de prensa de Vox, Juan Pflüger, dijo que los gays no deberíamos celebrar San Valentín porque lo nuestro “no es amor, es vicio”. Sus portavoces en Madrid propusieron sacar al Orgullo del centro de la ciudad porque –dijeron– nosotros lo impregnamos de “un hedor insalubre e insoportable”. Usted mismo, el año pasado, prometió acabar con el matrimonio gay, porque “matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer” y afirmó que las parejas hétero deberían tener preferencia en los trámites de adopción. En diferentes discursos, ustedes hablan de la inexistente “ideología de género” y, en las redes sociales, tratan de asociar la homosexualidad a la pederastia.

La colección de expresiones homófobas de concejales, diputados y candidaturas de su partido es de no creer y podría continuar citándola, pero es que no hace falta. Es horrible, pero es anecdótica.

El año pasado, Abascal prometió acabar con el matrimonio gay, porque “matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer” y afirmó que las parejas hétero deberían tener preferencia en las adopciones

Lo importante, más allá de sus frases estúpidas, burras, prejuiciosas, llenas de odio y de mal gusto, es a qué han venido. ¿Cuál es, sino el odio, el sentido de ser de su partido, señor Abascal? Lo que ustedes hacen todo el tiempo, sea mintiendo abiertamente o fabricando bulos que distribuyen por las redes, es atacar a los grupos difamados: inmigrantes pobres, feministas, homosexuales y otros. ¿Cuál fue la iniciativa política más importante de Vox en el último año? El “pin parental”, una acción de propaganda homófoba destinada a atemorizar a algunas familias con la idea ridícula de que en la escuela les van a enseñar a sus hijos a ser gays, como si eso fuera posible. Ya hablamos sobre eso en otra columna, a la que me remito.

Pero el día en que todo esto quedó muy claro fue el 28A, cuando los españoles votaban. La cuenta oficial de Vox en Twitter publicó una imagen de Aragorn, de El señor de los anillos, con la bandera de España y el logo verde del partido, enfrentándose a los orcos, que venían identificados con símbolos de todos aquellos a los que ustedes consideran enemigos de España. Fue una declaración de principios.

Algunos de esos símbolos eran políticos, como la hoz y el martillo o la bandera republicana. Otros, como los que llevaban los logos de los medios de comunicación, mostraban el desprecio de su formación por las libertades democráticas, como la de prensa. Pero hubo uno en particular que a mí me llamó mucho la atención, y no solo porque soy gay. Era el dibujito de un fantasma –ahora conocido como Gaysper– con los colores del arcoíris, símbolo de nuestra comunidad en todo el mundo. Con esa imagen, la comunicación oficial de su partido nos presentaba a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales como enemigos de España.

¿Sabe qué otra formación política importante de la historia de Europa también identificó a un grupo entero de seres humanos como enemigos públicos y se propuso, como el Aragorn de Vox, combatirlos?

Los nazis, señor Abascal.

Autor >

Bruno Bimbi

Periodista, narrador y doctor en Estudios del Lenguaje (PUC-Rio). Vivió durante diez años en Brasil, donde fue corresponsal para la televisión argentina. Ha escrito los libros ‘Matrimonio igualitario’ y ‘El fin del armario’.

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