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Educación

El futuro es el presente

La reapertura de las escuelas merece ser estudiada y planteada ya. También la libertad y la responsabilidad son virus, los contagian los profesores, los contagian los espacios, las actividades, los tiempos, los materiales

Maite Larrauri 15/05/2020

<p>Patio de un colegio público madrileño.</p>

Patio de un colegio público madrileño.

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La educación y la escuela son dos grandes ausentes de esta crisis de la pandemia. La escuela ha permanecido aparcada en las discusiones y cerrada en la práctica. Sólo se ha hablado de ella a propósito de la brecha digital como causa de desigualdades. Y a la educación de los ciudadanos se apela cuando se insta a la prudencia. Desde la izquierda se habla de la necesidad de cuidar lo común, pero las referencias son la sanidad y los servicios sociales. Algunas voces escasas han planteado públicamente que la conciliación sin escuela es imposible. Y algunas voces privadas me han ido contando que han mandado a paseo los deberes digitales de sus hijos por repetitivos y estúpidos, o que han tenido que contactar con un psicopedagogo porque el comportamiento de sus hijos se había vuelto insostenible, o que su trabajo con niños dentro de la casa sólo se puede llevar a cabo robando muchas horas al sueño. ¿Han tenido la mala fortuna de caer en una mala escuela o con malos profesores?, ¿no saben educar a sus criaturas y por eso se les suben a la parra?, ¿son pésimos organizadores y por eso no pueden teletrabajar y atender a sus hijos al mismo tiempo? Definitivamente no, no y no. Es otra cosa.

A medida que crecemos la adhesión a los modos de vida en los que hemos nacido es muy posible que se resquebraje o se anule. Pero durante la infancia es total

Quiero argumentar a partir de ciertas reflexiones acerca de lo que es la educación  y lo que debe ser la escuela en una sociedad emancipadora y democrática.

La educación es una relación de poder. La expresión foucaultiana es acertada: “conducir conductas”. Cuando se hace queriendo, se emplea la fuerza o la persuasión. Pensemos en cómo le enseñamos a comer a un niño: con recriminaciones y normas acompañadas de cierta violencia verbal o corporal, o bien con trucos, historias y buenas palabras. Pero lo que de verdad cuenta, y eso lo sabemos todos, es cómo ven comer a los de su familia o su tribu. De los rituales de las comidas, en muchas ocasiones, no somos conscientes, pero las criaturas aprenderán una forma de estar en la mesa, aprenderán a ser miembros del grupo al que pertenecen, al que quieren pertenecer. El ambiente contagia. Y su contagio es más poderoso que la represión o la persuasión.

La potencia del ambiente consiste en que es una forma de vida a la que la totalidad de los humanos, de entrada, deseamos unirnos. A medida que crecemos esa adhesión a los modos de vida en los que hemos nacido es muy posible que se resquebraje o se anule. Pero durante la infancia es total. Porque es un contagio del deseo, porque circula entre adultos y niños, y la infancia es extremadamente vulnerable. Yo quiero que tú hagas esto, yo quiero que tú seas así –dice la madre. Y yo quiero hacer esto porque tú quieres que yo lo haga –dice la criatura. Roland Barthes llamó a este movimiento del deseo “maternaje” . La mamá que se pone a una cierta distancia de su hijo y lo anima a que camine hacia ella contagia con su deseo al niño que quiere avanzar hacia ella. El deseo de aprender, de caminar, resulta en definitiva lo más esencial de la educación. Sin él, todo lo demás se viene abajo. 

El filósofo americano John Dewey tomó la educación como objeto de estudio y afirmó tres principios que me gusta repetir como un mantra:

1.- Educa el ambiente.

2.- Una escuela es un ambiente elegido y construido.

3.- La educación no es una preparación para la vida sino que es vida.

De su observación acerca del modo en que la infancia recibe buena o mala educación por el ambiente en el que se mueve, Dewey concluyó que una escuela, si quiere educar para una sociedad emancipadora y democrática, tiene que crear un ambiente; no copiar el ya existente fuera de la escuela sino modificarlo en aquellos aspectos en los que se realice esa mejor sociedad. Si queremos un mundo más justo, sin desigualdades sociales, libre y creativo tenemos que crear un ambiente de utopía materializada que contagie a todos los que vivan en él. 

Por eso, una escuela no es una preparación para una vida futura sino que es una forma de vida presente que subjetiviza mediante la inclusión en un grupo social nuevo, que no es ni la familia, ni la tribu. La vida de una escuela en una sociedad democrática tiene que ser un ambiente mejor y corregido, y sólo así educará en el sentido deseado. 

No sé cuántas veces me he repetido este mantra, cada vez que a algún listo en algún Ministerio de Educación se le ocurría la feliz idea de poner una asignatura que modificara los hábitos de los jóvenes para hacerlos menos racistas, más ciudadanos, menos machistas, más honestos. El papel de una orden por la que se cambia el currículum o se introduce una materia es muy agradecido y permite al legislador soñar en que está cambiando el país. Y lo que más risa da es pensar que los opositores a que nuestros jóvenes mejoraran en el sentido propuesto por la orden ministerial creen igualmente en la magia de cambiar el mundo mediante una asignatura. Me he preguntado siempre a qué escuela fueron unos y otros, si se han olvidado de cómo eran y de cómo vivieron sus propias experiencias. 

Si queremos un mundo más justo, sin desigualdades sociales, libre y creativo tenemos que crear un ambiente de utopía materializada que contagie a todos los que vivan en él

El futuro de nuestros jóvenes es el presente de nuestras escuelas. También la libertad y la responsabilidad son virus, los contagian los profesores, los contagian los espacios, las actividades, los tiempos, los materiales. Cualquier profesor enseña comportamiento con su comportamiento, no hace falta que sea profesor de filosofía. Y todos recordamos, si hemos sido afortunados, a aquella profesora de matemáticas o de lengua, o de lo que sea, que nos abrió el mundo enamorándonos platónicamente,  haciéndonos desear con pasión ser reconocidos por ella. Una adulta que no era de nuestra familia ni de nuestra tribu, una promesa de otro mundo posible.

Entiendo que se hayan tenido que cerrar las escuelas por la gravedad de la pandemia de la covid-19. No quiero cuestionar decisiones políticas. O mejor dicho, quiero cuestionar una: la decisión tácita de no pensar en la escuela, ni ahora, ni cuando se plantea la reconstrucción de una sociedad que quedará muy maltrecha después de esta crisis. Y de lo que no se habla todo se da por descontado. Que no se haya reflexionado sobre la famosa “enseñanza digital”, que se piense que si todos los niños tuvieran acceso a internet los problemas estarían resueltos es una barbaridad del mismo calibre que inventarse asignaturas para educar en valores. Lo que los niños y los jóvenes pierden es ese ambiente, que no siempre reviste el sentido democrático y participativo de la escuela que quería Dewey, pero que intenta la mejora de los pequeños ciudadanos y que les permite esa libertad de salir del estrecho marco de sus familias.

La reapertura de las escuelas merece ser estudiada y planteada ya. Las condiciones para hacerlo son las mismas que para todo tipo de actividades: distancia física e higiene. Habiéndome pasado gran parte de mi vida trabajando en la enseñanza, sé que, si hay un lugar hecho de reglas y de seguimiento de unas reglas, ese lugar es la escuela. 

Si el profesorado enseña a su alumnado a comer y a vestirse, a mantener silencio y a levantar la mano para hablar, a permanecer sentados hasta que suene el timbre, a no correr por los pasillos, a salir al patio y a almorzar en una determinada franja horaria y no en otra, a respetarse mutuamente, a dirimir sus disputas racionalmente, ¿cómo no va a poder enseñar las medidas de higiene y de distancia necesarias? 

Si nuestros jóvenes tienen que aprender la prudencia que esta situación exige, puede ser que en su mayoría no la aprendan ni en sus casas (donde quizá la ideología o la ignorancia de sus progenitores los inclinen a comportamientos claramente opuestos a la cautela que exige la situación), ni en las tiendas, peluquerías o terrazas, donde será más difícil orientar los comportamientos de los adultos.

El Gobierno tiene que cuidar de los siete millones de no votantes, y cuidar significa no recortarles la vida, esa vida en la que tienen que contagiarse de buenas cosas. Y hay que cuidar a los diez millones más o menos de progenitores de los no votantes, muchas más madres que padres (millón y medio de familias monomarentales), que viven el infierno de tener que seguir trabajando con sus hijos en casa.

Pensemos en cómo reabrir la escuela, lo que implica estudiar los espacios, los horarios y, claro está, las ratios, aumentar la plantilla de profesores. Descartemos la distopía de la educación a través de las pantallas y los deberes realizados en casa. Es también el momento de plantearnos a fondo cómo queremos nuestras escuelas, cómo orientar la educación para vivir mejor ahora y en el futuro.

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Maite Larrauri

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