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El efecto Simón

Su estilo consiste en disolver toda distancia jerárquica que no venga avalada por la relación con la prueba científica

Xandru Fernández 28/05/2020

<p>Fernando Simón.</p>

Fernando Simón.

Luis Grañena

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Cierto escritor español, de esos que se dicen de carnívoro cuchillo, uno que trata de “tronco” al vicepresidente del gobierno y le felicita por lo mucho que se lo está “currelando”, evita citar a Fernando Simón sin sustituir su nombre de pila por el calificativo de “pijo”: el “pijo Simón” esto, el “pijo Simón” lo otro. Se supone que hace eso por canallita y rojeras, pero, si me preguntan un día de poco feriar, yo les diría que creo que lo hace por puro rencor estético: cuando has llegado a los cincuenta creyendo que tu vida es una canción de Gabinete Caligari, no hay manera de que encajes en tu santoral doméstico a un hombre como Simón que, quizá sin pretenderlo, se ha convertido en algo así como el novio de España.

Hay varones ibéricos que antes se apuntan a un cursillo de legionario por correspondencia que se dejan liar para hacer lo que Fernando Simón viene haciendo estos últimos meses en horario de máxima audiencia y sin demasiado maquillaje: explicar cosas. Aspirantes a novio de la muerte hay muchos, últimamente salimos a pretendiente por descapotable, pero para aspirar a científico expiatorio no parece que baste con ser o parecer pijo. Lo intentó Ana Mato durante la crisis del ébola, allá por 2014, y al cabo de cinco días, ¿a quién dirían que recurrió? Efectivamente.

No es solo un conflicto de masculinidades: la voz suave, cascada, la mirada un poco entre el loco sibilino y el capataz con callo, a Fernando Simón cuesta ubicarlo en entornos ruidosos, pero se somete a la tensión diaria del ruido mediático como si fuera un tardígrado, esos bichos que (dicen) pueden soportar una presión de 6.000 atmósferas sin inmutarse. Se equivocará el que pretenda reducir su atractivo a una cuestión de estereotipo de clase: a la gente no le cae bien (o mal) Simón por parecer pijo o dejar de parecerlo, sino por parecer un sabio y saber parecerlo.

A la gente no le cae bien (o mal) Simón por parecer pijo o dejar de parecerlo, sino por parecer un sabio y saber parecerlo

En 1922, el cineasta ruso Lev Kuleshov mostró a sus alumnos un curioso experimento. Proyectó una película en la que aparecía el primer plano de un actor intercalado entre varios planos diferentes: en uno un plato de sopa, en otro un ataúd y en el tercero una niña jugando. El público, cuando le pedían que describiera la expresión del actor en cada una de las situaciones, respondía atribuyéndole gula o apetito después de ver la sopa, horror y repulsión después del plano del ataúd y, tras el de la niña, ternura y sosiego. Pero el primer plano del actor en los tres casos era exactamente el mismo y, por consiguiente, también era la misma su expresión.

El efecto Kuleshov ha sido el clavo ardiendo al que se han agarrado docenas de malos actores, confiando en que el montaje y una iluminación obsequiosa conseguirían de ellos lo que no podían fiar a sus escasas dotes interpretativas. A veces funciona y a veces no. Por regla general, en la comunicación política es un desastre. Ves un petrolero hundiéndose en el Atlántico y piensas que no hay político que, después de eso, no sepa transmitir preocupación sincera, emoción contenida y deseo de estar a la altura. Y aparece Rajoy con sus hilillos de plastilina. De la tragedia ecológica al chascarrillo de cantina cuartelera sin cortinilla ni fundido a negro. Imaginemos qué habría hecho semejante poeta del absurdo con una pandemia para él solo.

Dirigir el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad no parece que requiera mucha preparación teatral. Se supone que es cosa de cuadro técnico, de muchos títulos enmarcados y papers en revistas científicas de medio mundo, y ya. Te ponen al lado de un señor de uniforme, de una ministra o un ministro, y hala, a cantar cifras como un niño de San Ildefonso con ronquera y todo convalidado. ¿Por qué la gente se declararía adepta de un tipo semejante, disponiendo de todo un surtido de futbolistas, tertulianos, rockeros devenidos cantautores y hasta un rey en ejercicio de sus funciones reales?

Tal vez el rey habría podido y debido servir de vector de contagio de optimismo y confianza en la ciencia y en el sistema público de salud. Risas. En todo caso, no parece que Fernando Simón haya operado, ni siquiera de manera simbólica o subliminal, como sustituto o valido de ese rey desvalido, desaparecido, eludido o elidido por una opinión pública que, sean cuales sean sus sentimientos al respecto, necesariamente asociará a Felipe VI con la intransigencia berroqueña del “a por ellos” de la crisis catalana de 2017. Mientras la prensa nos informaba de la sin duda apasionante entrevista entre el rey español y el de Marruecos para hablar de la pandemia, Simón exponía con paciencia la justa y rigor no exento de pedagogía las cifras del contagio, de la mortandad, de la ocupación de las unidades de cuidados intensivos, hacía que conceptos abstrusos y poco atractivos se convirtieran en tema y obsesión conversacional, orquestaba ánimos y templaba avenencias y discrepancias, y todo sin ofender ni insultar ni tampoco rebajarse al colegueo ni al chascarrillo impostado. ¿Fácil? No lo intenten sin la supervisión de un adulto. Lo inevitable es pasarse de frenada, meter la pata, no dar siempre la respuesta que el periodista quiere, que el redactor jefe desea o el gobierno necesita. Lo difícil es hacer todo eso sin quedar como un gilipollas.

No, no está sustituyendo a un rey que se ausentó solo y al que nadie exigió que se presentara. Tampoco es la altivez jerárquica, la primacía dinástica, la distinción de clase. Yo al menos no capto esas connotaciones cuando Simón comparece a detallar el día a día de la pandemia. No oficia de brazo ejecutor de una élite política, social o económica: si de élites hablamos, es de élites intelectuales, y no parece que el personaje contenga trazas de endogamia universitaria o cooptación departamental. El efecto Simón consiste en disolver toda distancia jerárquica que no venga avalada por la relación con la prueba científica. No con la verdad científica: véase el párrafo siguiente. La sabiduría que Simón representa en sus comparecencias públicas no es función de la posesión improbable y poco eficaz de una verdad oculta, sino el ejercicio de una prudencia que casa mal, es cierto, con la seguridad monolítica que pretende transmitir el resto del reparto de esas comparecencias y suele ser el preludio de una ulterior y torpe rectificación.

Con Fernando Simón ha entrado en nuestras vidas la confianza en la ciencia, con todas sus ventajas y algunos de sus inconvenientes

Con Fernando Simón ha entrado en nuestras vidas la confianza en la ciencia, con todas sus ventajas y algunos de sus inconvenientes. Las ventajas: que, por primera vez en un país con seis veces más iglesias que bibliotecas públicas, el Estado confíe en el criterio y los conocimientos de una comunidad, la científica, a la que ha negado sistemáticamente el apoyo (el dinero) y la legitimidad (dinero, también) mientras instituciones hoy día mudas y asintomáticas como la Iglesia católica recibían ingentes cantidades de apoyo y legitimidad libres de impuestos; que el público/cuerpo electoral se acostumbre a que le traten con dignidad e inteligencia, sin prisas, sin edulcorantes ni estimulantes artificiales, asumiendo que los argumentos esgrimidos son racionales, esto es, no fáciles de entender ni convincentes per se sino inteligibles con cierto esfuerzo y atención, discutibles por necesidad y susceptibles de mejora; que las decisiones se tomen después de haber oído a un colectivo para el que no todo es blanco ni negro, no todo es claro u oscuro, sino altamente probable, empíricamente contrastable o estadísticamente predecible.

Los inconvenientes: que nos creamos que la ciencia es simplemente el desvelamiento de secretos ubicados a un nivel demasiado elevado para el común de los mortales, como si bastara con decir “confiemos en los científicos, ellos sabrán qué hacer” cuando lo cierto es que los científicos no son ni tienen por qué ser los que decidan qué hacer, sino solamente (y nada menos) los que expliquen los datos de los que disponemos y en los que nos fundamos (nosotros, el común; nuestros representantes, empleados nuestros) para tomar decisiones; que esperemos tanto de la ciencia que, al primer resbalón, nos sintamos traicionados y la despachemos en beneficio de cualquier discurso alternativo que nos prometa esa verdad revelada que ningún científico honrado dice poseer; que volvamos a los tiempos en que las intoxicaciones las causaba “un bichito del que conocemos el nombre y el primer apellido. Nos falta el segundo. Es tan pequeño que, si se cae de la mesa, se mata”: palabras no tan lejanas de un ministro de Sanidad que (sorpresa mayúscula) también lo era de Trabajo.

Nadie envidia a Fernando Simón: España nunca ha envidiado a sus novios, los ha idolatrado a su pesar (al pesar de ambos) y es muy frecuente que reniegue de ellos en cuanto un pretendiente con más salero se ponga flamenco o violento o las dos cosas. Lo mismo que el escritor invocado al principio de estas líneas, que está muy lejos (créanme) de ser ningún cretino y únicamente es víctima, esperemos transitoria, de un error o espejismo de su conciencia de clase, el seguidor acérrimo de Simón puede convertirse, a toque de corneta, en su peor enemigo, a poco que crea que el científico es invulnerable, omnisciente o todopoderoso. Ninguna esas tres cualidades ha exhibido y por ninguna de ellas deberíamos juzgarl a este servidor público. Aplaudamos su trabajo y dejémosle retirarse discretamente, cuando sea el momento, sin reverencias ni caceroladas. Puede que volvamos a necesitarle.

Cierto escritor español, de esos que se dicen de carnívoro cuchillo, uno que trata de “tronco” al vicepresidente del gobierno y le felicita por lo mucho que se lo está “currelando”, evita citar a Fernando Simón sin sustituir su nombre de pila por el calificativo de “pijo”: el “pijo Simón” esto, el “pijo Simón” lo...

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