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Parte II: la Fiebre del Oro

2. ¿Y si vemos morir San Francisco desde la 306?

Ya en 1850 aparecen las primeras referencias al Chinatown de la ciudad, actualmente el barrio chino más importante del mundo fuera de Asia

Fernando Mahía San Francisco , 18/05/2020

<p>La mujer china que recoge latas por las calles de San Francisco. </p>

La mujer china que recoge latas por las calles de San Francisco. 

F. M.

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De una forma u otra, la mayoría de los relatos que conforman la cosmogonía actual de San Francisco se pueden rastrear hasta llegar a una sola palabra. Una que, cuenta la leyenda, fue vociferada por Samuel Brannan en mayo de 1848, al poco de llegar de su expedición al norte de California: “Gold! Gold! Gold! Gold from the American River!”.

Oro. Esas tres letras modificaron radical e instantáneamente el destino que tenían por delante tanto el autor de esas palabras como el lugar que lo acogía. Aquel mayo de 1848, Samuel Brannan todavía era un miembro intermedio de la iglesia mormona con la misión de llevar a su comunidad hasta Utah y San Francisco, poco más que un pequeño pueblo de casas de adobe junto a una fortificación militar. Al poco tiempo, él ya era el rostro de una Fiebre del Oro californiana que hizo de aquel asentamiento, uno más en la inhóspita Costa Oeste, un destino migratorio a nivel mundial. Todo por tres letras.

La enajenación que provocó el descubrimiento de Brennan por las cuatro esquinas del mundo fue tal que, 171 años después, San Francisco todavía se puede explicar gracias a ello. Incluso eventos insospechados y que, en teoría, parecen no guardar relación en absoluto con ella, encuentran cierto contexto en la fiebre dorada de 1849. Entre ellos, una escena que Paul Glodich contempla a diario desde su ventana de la habitación 306, allá en la esquina de Post con Taylor.

Paul ha tenido mucho tiempo para contemplar el mundo desde su llegada al hotel en 1980. Desde la tercera planta, observa los movimientos del barrio y ha llegado a saber sobre la vida de los demás mucho más de lo que otros saben de la suya, que es muy poco. O nada. 

Probablemente, de todas las escenas que puede ver desde su ventana, la aparición de una pareja china de nombres desconocidos ha sido la más repetida y constante en todo este tiempo. Estos llegan a las cuatro de cada tarde desde hace años a la puerta principal del hotel y son un combo anodino, fácilmente reconocible. De unos 60 años, entre 1,50 y 1,60 metros de estatura, los dos visten un chubasquero, guantes de plástico, gorro de pescador y una sonrisa eterna a la vez que empujan un carrito de metal de cuatro ruedas, al que una bolsa negra cubre su parte interior. Entre ellos se reparten los días de trabajo. Cada día, pues, llega uno. Y, pese a todo, esto no supone variaciones en su estilo ni en su modus operandi, que se repite de forma exacta desde hace años.

El 18 de marzo, tercera jornada de shelter in place en San Francisco, fue el turno de la parte femenina de la pareja, que llevó a cabo la rutina al llegar al hotel: saludar al recepcionista con su sonrisa y un leve movimiento de mano –y un “hellooooo” que se alarga mucho en la o final–, bajar al sótano, recoger todas las latas y envases metálicos de los cubos de basura para ponerlos en el carrito de metal, despedirse del recepcionista con el mismo movimiento de mano y la misma sonrisa –y un “thank youuuuuu” que se alarga mucho en la u final– y poner rumbo a su siguiente parada.

El método, inquebrantable, no solo tiene lugar en el hotel de Post con Taylor, sino que abarca todo el barrio. Saludan, recogen y se despiden por restaurantes, hamburgueserías, hostels, peluquerías, aparcamientos y otros hoteles del vecindario hasta que, unas dos horas más tarde, cerca de las seis, acaban con su jornada laboral. Al finalizar su última recogida, suben la cuesta con el carrito cargado hacia su casa en la parte alta de la colina, en Nob Hill, lugar reservado hoy para los más privilegiados. Con ellos se llevan su botín en forma de latas y envases de metal, que salen rebosando del carrito. Cuantas más acumulen, más dinero.

Fútbol en Post con Taylor. 

Fútbol en Post con Taylor. 

Es curioso, sin embargo, que después de tantas tardes de repetición, siendo parte de la rutina de cientos de personas que los ven cada día a la misma hora, ni Paul, ni los recepcionistas de su hotel, ni muchos de los otros trabajadores de establecimientos del barrio los conozcan por su nombre. Siquiera saben nada de su vida más allá de que, cada tarde, aparecerán haciendo su pasada diaria. Más allá de que saludarán, recogerán, darán las gracias y se despedirán. Son como un fenómeno natural en las épocas en las que solo había supersticiones: aparecerán, eso es seguro, pero del resto no se sabe nada.

La enigmática de la pareja está reforzada porque, además, ambos solo dominan tres términos en inglés, los mismos que utilizan en su proceso de cada tarde: hello, bye y thank you. Cuando cualquiera quiere indagar un poco más en su vida, las respuestas llegan de vuelta con esas mismas cuatro palabras. Ya sea cuál es su nombre, cuánto tiempo llevan en la ciudad o desde qué hora empiezan su proceso, la respuesta siempre es la misma. 

O Hello! o “Bye! o Thank you! 

Y una sonrisa, que como el gorro de pescador o el carrito, siempre va con ellos.

La comunidad china es una presencia constante en San Francisco desde 1849 y el Gold Rush provocado por aquellas palabras de Samuel Brannan. El descubrimiento de oro en las montañas de Sierra Nevada hizo que una bahía prácticamente deshabitada recibiese a cientos de miles de personas en unos pocos años. Llegaron personas buscando su pellizquito de oro desde otras partes de Estados Unidos, México, Sudamérica, Europa o Australia, pero la corriente más longeva y permanente y definitoria para la ciudad –más allá de la propia estadounidense– fue la que cruzó el Océano Pacífico desde China. 

En aumento progresivo casi que desde 1849 –exceptuando la época en la que el Chinese Exclusion Act y otras medidas racistas prohibieron o acotaron la llegada de inmigrantes chinos a Estados Unidos–, la comunidad procedente de China ha ido asentando su ascendente y preponderancia en San Francisco. En la actualidad, más un 20% de la población de la ciudad es de ascendencia china, convirtiendo a Frisco en la urbe con mayor influencia del país asiático en todo el continente americano. 

La primera oleada de esta emigración, como suele ocurrir, llegó desde China con la idea de ser temporal, formada principalmente por hombres que acudían a la llamada del oro y otros que acabaron en la construcción de los ferrocarriles que comunicaron California con la Costa Este. Mas con el tiempo, una parte importante de esta corriente migratoria empezó a instalarse en la ciudad. En parte por la aparición también de la emigración femenina, más orientada a la vida urbana, ya en 1850 aparecen las primeras referencias al Chinatown de San Francisco, actualmente el barrio chino más importante del mundo fuera de Asia. 

En la actualidad, la huella cultural china en la ciudad es enorme, presente en celebraciones como la del año nuevo chino hasta la vida diaria en barrios como Clement Street o ciertas zonas del Sunset District. Estos, a diferencia del más turístico y céntrico de Chinatown, son ecosistemas residenciales y completamente asiáticos en San Francisco, donde las costumbres no se asemejan a las del resto de la ciudad y en los que el inglés no es el idioma principal. Son mundos paralelos al anglosajón, casi igual de poblados y, además, tan antiguos como él. No son pues un apéndice migratorio en la ciudad, sino parte de ella desde sus inicios, desde 1849.

De ahí que todavía sea posible, como le ocurre a Paul a las cuatro de la tarde de cada día, encontrarse a una pareja de san franciscans que solo manejen cuatro palabras en inglés. Porque, al final, lo que vertebra San Francisco no es un idioma o un origen común, sino un año –1849– y un sueño –el oro–. El resto es circunstancial.

De la misma forma, esa evolución que a mediados del siglo XIX hizo de Frisco una ciudad nacida de un boom minero también se convirtió en la espina dorsal de su personalidad, de su cultura como ciudad. Una época, la del Gold Rush, que no se puede narrar de mejor forma que a través de la obra y milagros de Samuel Brannan, el autor de aquella frase de Gold, gold, gold! en 1848. En su biografía, este personaje guarda los rasgos que permanecen hasta hoy en la ciudad de San Francisco: hedonismo, pasiones y ambición.

Letrero de un restaurante en Nob Hill. 

Letrero de un restaurante en Nob Hill. 

Nacido en 1819 en Nueva Inglaterra, al otro lado del continente, e hijo de padre alcohólico, Brannan se fugó de muy joven al estado de Ohio. Allí, a donde había llegado con su hermana y cuñado, Brannan se convirtió al mormonismo en 1842 y comenzó una rápida carrera por el organigrama de la iglesia.

Tras dejar a su primera mujer en Ohio y mudarse a Nueva York en una misión de la oficialmente conocida como Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Brannan emprendió a los años la peripecia de su vida: llevar un grupo de pioneros mormones en barco desde NY hasta la Costa Oeste, y de allí emprender la ruta hasta la nueva tierra prometida de los mormones. Ésta, según profecía del líder de la iglesia, Brigham Young, se encontraba en el Lago Salado del actual estado de Utah, un territorio árido y deshabitado en aquella época en medio de las Montañas Rocosas. Su idea, en parte, se cumpliría: hoy los mormones tienen su capital en Salt Lake City, en el lago. La parte de Brannan, sin embargo, no se cumplió. 

El Brooklyn, el navío que llevó a Samuel Brannan y al resto de discípulos hasta la Costa Oeste, cruzó un 1 de agosto de 1846 el Golden Gate tras un viaje de meses que pasó por el Cabo de Hornos, Valparaíso y Hawái. Tras llegar a la Bahía de San Francisco, su siguiente misión sería emprender la marcha hacia el Lago Salado, pero las pasiones de Brannan se interpusieron en el camino de lo divino. Cuando éste pudo comparar las veleidades geográficas y climáticas de la Bahía con el árido paisaje y temperaturas extremas del Lago Salado, Brannan se dio cuenta de que allí se iba a quedar otro. Y optó por volverse para San Francisco. 

Tras varios enfrentamientos previos con los altos cargos de la iglesia motivados por un caso de adulterio y por sus ambiciones individuales, Brannan decidió seguir su propio camino. En 1848 tuvo su golpe de suerte: conoció de primera mano que en el Río de los Americanos, al norte de la Bahía, se había descubierto oro. Y se preparó. 

Brannan ocultó todo lo que pudo dicha información y con el dinero de la iglesia mormona, que recolectaba de los miembros de su expedición y otros conversos, levantó dos tiendas y embarcaderos cercanos a los lugares donde se había encontrado el metal precioso. Acumuló material de minería y cuando estuvo preparado publicitó en su periódico, el California Star, la noticia de que se habían encontrado cantidades importantes de oro en aquel rincón de la Costa Oeste. A los meses comenzaron a llegar aventureros y mineros de todo el mundo. La fiebre del oro había comenzado.

Brannan, el primer millonario de California tras invertir en propiedades inmobiliarias el capital que generó en sus tiendas y almacenes, fue expulsado de la iglesia mormona. También, aún sin haberse separado de la primera, acabó divorciado de su segunda mujer, que se llevó mitad del dinero tras la separación. El primer capitalista salvaje de la Bahía murió en la pobreza en 1889, pero con sus actos había marcado el futuro de la ciudad.

A imagen y semejanza de los lugares que nacen en medio de un boom que ofrece mucho dinero en poco tiempo, Frisco vivió desde 1849 un crecimiento rápido y desenfrenado. Llegaron personas ávidas de enriquecerse en el menor tiempo, otros con dinero suficiente para engañarlos y vendedores de entretenimientos –culturales, espirituosos, sexuales o de cualquier otro tipo– que hicieron su agosto en medio de todo aquello. 

Hoy, igual que la demografía ha estado vertebrada por 1849, la dinámica en la personalidad de la ciudad tampoco ha cambiado tanto después de 171 años. Solo se ha modificado el nombre que se le ha ido dando a las pepitas de oro, el sueño tras el que se llega a esta ciudad de buscadores. El oro se pasó a llamar libertad, LSD, o, ahora, start-up; los mineros se convirtieron en beatniks, en hippies y, últimamente, en emprendedores; pero los ricos siguen siendo magnates y el individualismo y el hedonismo no han dejado de ser algo congénito en la cultura de la ciudad. San Francisco, a su manera, sigue siendo una ciudad minera, un pueblo hedonista de buscadores del nuevo oro.

Curiosamente, Brannan Street ha sido durante tiempo una calle olvidada en el antiguo sector industrial de la ciudad, empequeñecida ante los honorables nombres de las calles más céntricas, dedicadas a presidentes, congresistas, padres y generales de los Estados Unidos: Geary, Polk, Washington, Taylor, Madison y un largo y muy oficial etcétera. Sin embargo, más que de ninguno de ellos, la historia de la ciudad vive de Samuel Brannan y de la fiebre provocada por sus palabras. Esas que pueden explicar mejor que nada San Francisco, la pareja del carrito y todo lo que llegó después de 1849:

 ––“Gold! Gold! Gold! Gold from the American River!

Autor >

Fernando Mahía

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