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Bruno Bimbi / Autor de ‘El fin del armario’

“Hay ciertas tácticas políticas de Vox que copian lo que hizo Bolsonaro hace ya más de diez años”

Mar Calpena 20/05/2020

<p>Bruno Bimbi, autor de <em>El fin del armario.</em></p>

Bruno Bimbi, autor de El fin del armario.

Mireya de Sagarra

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Esta es una entrevista de récord. La nota de voz que la contiene dura ya dos horas, pero, en realidad, su escritura ha durado dos meses. Tres días después de la presentación de El fin del armario (Editorial Anaconda) se declaró el estado de alarma, cuando ya el libro había salido en España (con dos capítulos suplementarios que verán la luz también cuando se lance en Portugal y México en breve, así como en las nuevas ediciones de Argentina y Brasil, en las que se cuenta el ascenso de Bolsonaro). Bimbi es periodista y activista. Fue uno de los estrategas de la aprobación del matrimonio igualitario en Argentina y mano derecha de Jean Wyllys, primer diputado federal gay de Brasil, país en el que ha vivido durante diez años. El fin del armario es la casi imposible crónica de algo tan diverso, por definición, como la comunidad LGBTI. Con razón el tiempo se nos quedó corto.

¿Cómo ha afectado la crisis de la covid a los derechos de los LGBTI?

Una de las primeras cosas que pasó desde que comenzó la pandemia, como ocurre cada vez que sucede algún desastre natural, un terremoto, un tsunami, o surge un nuevo virus, es que aparecieron en diferentes lugares del mundo líderes religiosos fundamentalistas que dijeron que era un castigo de dios contra los homosexuales. El pastor norteamericano Perry Stone dijo que era un “ajuste de cuentas” de dios por el matrimonio igualitario, aunque no explicó por qué entre los primeros países afectados estuvieron China, Corea del Sur o Italia, donde no existe ese derecho, e Irán, donde a los homosexuales nos condenan a muerte. Ralph Drollinger, que también es pastor y coordina un grupo de estudios bíblicos en la Casa Blanca, dijo algo parecido y, además de a gays y lesbianas, culpó también a los ambientalistas. El rabino ultra ortodoxo israelí Meir Mazuz dijo que dios está enojado por las marchas del orgullo, como la que se hace en Tel Aviv, y el clérigo chií Muqtada al-Sadr, iraquí pero muy ligado a los ayatolas iraníes, dijo que el coronavirus era un acto de penitencia por la legalización del matrimonio gay en varios países. Hasta un patriarca de la iglesia ortodoxa de Ucrania repitió esas cosas, citando el mito de Sodoma y Gomorra. Pueden parecer estupideces, y de hecho lo son, pero se trata de gente influyente en diferentes lugares del mundo y sus palabras producen odio y sufrimiento. Ese mismo discurso lo vimos, inclusive mucho peor, cuando apareció el sida, al que directamente llamaban “peste rosa”. Lo que a mí me parece curioso es que, quizás sin darse cuenta, estos líderes religiosos pintan a su dios como un tipo obsesivo, caprichoso, vengativo, lleno de ira, violento, perverso, sádico, que disfruta masacrando poblaciones enteras con huracanes y terremotos o viendo a miles de seres humanos morir en los hospitales por algún nuevo virus o bacteria, creado en una especie de laboratorio celestial de armas biológicas. No entiendo quién le rezaría a un dios así.

La cuarentena obliga a muchas personas a volver al armario en diferentes lugares del mundo

Otra cuestión, yendo a algo más del cotidiano de las personas, es que la cuarentena –que es necesaria y con la que obviamente estoy de acuerdo para prevenir el contagio– obliga a muchas personas a volver a los armarios en diferentes lugares del mundo, principalmente a muchos jóvenes cuyas familias no saben de su orientación sexual, o bien lo saben y no la aceptan.

La primera edición de El fin del armario salió en 2017, ¿qué ha cambiado desde entonces?

Después de la elección de Bolsonaro era imprescindible actualizarlo, porque no tenía sentido que, habiendo vivido diez años en Brasil y con lo que significa esta elección, no tuviera un capítulo al respecto. También quería vincularlo a lo que está pasando en España, para ver qué enseñanzas se podían sacar.

...que son?

De entrada, hay ciertas tácticas políticas de Vox, como el veto parental que copia algo que hizo ya Bolsonaro hace más de diez años. Era el diputado de los militares y hacia 2011 da un giro. Con el avance de los derechos LGBT y de la mujer en América Latina, se produce una reacción conservadora, y en particular de las iglesias pentecostales y él encuentra un nicho electoral representando a toda esa gente que odia. En ese momento comienza a elaborarse un programa de “Escuelas contra la homofobia”, auspiciado por la UNESCO, y Bolsonaro crea una campaña de difamación sobre un teórico “kit gay”, un paquete de materiales no especificados que se suponía que el gobierno preparaba para transformar a los niños en homosexuales. Esta tremenda estupidez ganó una enorme difusión en las redes sociales, y a través de las iglesias y sus medios. Empiezan a presentar otros materiales, para confundir, como un folleto de prevención de enfermedades venéreas destinado a prostitutas, por ejemplo, o un cómic erótico portugués y otros materiales que no tenían nada que ver con nada. La idea era bombardear a la población con mentiras que configuraran en el imaginario colectivo la idea de que algo pasaba. Todo esto termina usándolo al final la bancada evangélica en el congreso como palanca política, y el gobierno cede al chantaje, lo que legitima la mentira. La primera lección es que no hay que retroceder

¿El retroceso en derechos es posible?

Se puede volver atrás, si no se produce además de un cambio legal un cambio cultural. Si se ganó la batalla del matrimonio igualitario en un país es porque seguramente se ha producido ese cambio cultural que dificultaría volver atrás, pero no hay nada seguro, claro. En Argentina, el debate público de la ley fue más importante que la propia ley, y mira que la ley fue importantísima. En Brasil los esfuerzos se centraron en la batalla legal contra la homofobia, pero en realidad esta no se detuvo, y en cambio los que la promovían salieron de rositas, porque la ley siempre se aplicaba en casos menores, que no hicieron cambiar el clima cultural. En cambio, cuando se aprobó la ley en Argentina en pocos meses salieron miles de personas del armario, que vieron que tenían que dar la cara. No son solo las personas las que salen del armario; son las sociedades. Cuando la mayor parte de una sociedad está en el armario, la representación del LGBT es la del discurso de Vox o del Opus Dei o de Bolsonaro. Lo único que se ve es eso, y cala en la gente. Cuando la gente comienza a salir del armario y ves que tu tía es lesbiana, o que tu médico no se come a los niños en estofado, la percepción cambia, porque el discurso entra en contradicción con la realidad de la gente que conoces. Cambian las narrativas de la tele, cambian las políticas.

En Estados Unidos se ha dicho incluso que esto ha matado la cultura gay, el camp, etc. y ha “gentrificado” al movimiento.

Si hiciéramos un ejercicio de ciencia ficción y lleváramos a un joven homosexual del siglo XVII al siglo XIX, su mundo sería distinto en moda, música, algunas costumbres, ciencia… pero en relación a la forma en que se trata a las personas LGBT la situación sería la misma, pese a los dos siglos pasados. Si en cambio haces lo mismo con una persona LGBT de los años setenta a nuestros días, o al revés, en medio siglo los cambios serían brutales. Esto que para las nuevas generaciones está naturalizado, para alguien que vivió todo este tránsito, aunque ahora esté más feliz, ha destruido todo el mundo que conocía, sus lugares de sociabilidad, sus formas de ligar han desaparecido.

¿Cómo lee la parte de la sociedad no LGBT esos cambios? ¿Se aceptan tan bien como parece?

Es importante entender estos cambios porque hay un discurso de ultraderecha que puede incluso llegar a convencer a personas de izquierdas o liberales, y es que esta ultraderecha representa a una mayoría silenciosa. Hay quien atribuye, por ejemplo, la victoria de Trump a la idea de que el Partido Demócrata fue demasiado lejos en sus posiciones liberales y hubo una reacción de la sociedad americana, cosa que los datos desmienten y más a la luz del sistema electoral que tienen. Si este discurso se impone, todo se vuelve más difícil, y los temas desaparecen de la agenda por miedo a perder votos. Cuando buscas los datos te das cuenta de que esa mayoría silenciosa no existe, y que incluso los que votan a estos partidos están a menudo en desacuerdo en sus posiciones homófobas o antiabortistas o lo que sea. La opinión pública española tiene opiniones más cercanas a las de los países escandinavos que a las de la Italia de Salvini, y Vox trata de convencernos de lo contrario.

Usted ha citado el aborto. ¿Qué ha aprendido el movimiento LGBT de, por ejemplo, el feminismo? ¿Y a la inversa?

Cuando en 2006 empezamos a preparar la campaña por el matrimonio igualitario en Argentina, Pedro Zerolo me enseñó que teníamos que llegar al debate muy preparados. Teníamos que saber de historia, de derecho, de teología, de lo que hiciera falta para tener mejores argumentos. Así que me leí los debates parlamentarios de todo el mundo, las sentencias, los editoriales. Nos pusimos a estudiar cómo en Estados Unidos se había logrado el fin de la segregación racial. Hay muchísimas cosas, inclusive en términos argumentales, que la ultraderecha recicla. Estudiamos la lucha de las sufragistas, la historia del antisemitismo, las fake news… y hay ideas que se repiten una y otra vez, la idea de que unos y otros somos asesinos o corruptores. Las fake news ya existían.

Si me preguntas qué cosas faltan en sociedades avanzadas como la española diría en primer lugar mejorar la situación de las personas trans

¿Qué pasa cuando estas luchas entran en conflicto, o cuando una persona por ejemplo defiende unos postulados progresistas en una pero retrógrados en otra? ¿Cómo se gestiona la contradicción, las fricciones?

Esto demuestra que los que somos activistas no nos podemos quedar en nuestras cajitas. Las políticas identitarias han sido muy importantes para visualizar algunas de las cuestiones que no estaban presentes en la izquierda marxista clásica, que dejaba fuera todo lo que no fuera lucha de clases, pero sin caer tampoco en querer ver solo la propia cajita de una manera individualista y neoliberal. Si soy activista de los derechos humanos, puedo defender mi identidad LGBT, porque me toca muy de cerca, pero desde un lugar distinto tengo el mismo compromiso con la lucha por el aborto. La visibilidad es importante, pero no lo es todo. Buttigieg era menos liberal que Sanders. Jean Wyllys, del que fui mano derecha en Brasil, era el único representante abiertamente LGBT de Brasil, pero no era su único programa. Ojalá hubiera un presidente gay en España o Estados Unidos o Brasil, pero no a toda costa. Las luchas se comunican entre sí, y las que luchan por el aborto aprenden de nuestra campaña.

En el libro desmonta el concepto de “pinkwashing”...

Hay tres grandes regiones del mundo en las que la situación es terrorífica. Una es África, con la excepción de Sudáfrica y poco más. En la mayoría hay persecución estatal y/o religiosa. La otra son las exrepúblicas soviéticas, donde el simple hecho de hacer esta entrevista haría que ambos fuéramos a prisión. La tercera región es Oriente Medio, donde la mayor parte de los países criminalizan la existencia de los homosexuales. Ojo, la existencia, no los actos. En ese contexto, Israel es el único país de la zona donde esto no solo no pasa, sino que el Estado reconoce los derechos de la población LGBT en una gran medida. Es la única democracia de Medio Oriente. Hay un sector de la izquierda, del que discrepo, que cuando se habla de los derechos LGBT lo atribuye al pinkwashing, es decir, que utiliza los derechos LGBT para quedar bien por el mundo. Tengo varios problemas con esto: el primero, que subyace la idea de que los judíos son incapaces de hacer nada bueno si no es por un interés espurio, lo que huele a antisemitismo. Y luego que los países son desiguales, las sociedades son complejas y a veces van muy avanzadas en un tema y están atrasadas en otros. ¿Por qué iba a ser diferente en Israel? La tercera idea es que los derechos son una concesión del Estado. Se conquistan con mucha lucha, y esto pasa porque el movimiento LGBT tiene una serie de garantías que no tiene en otros sitios de la zona. Como activista de derechos humanos, me indigna que en la izquierda haya no sé cuántas declaraciones al año sobre Israel y ninguna sobre los derechos de las mujeres o de la población LGBT en Irán o Arabia Saudita. ¿No vamos a decir nada de eso? Y el pinkwashing no es solo antisemita, sino también homófobo. Parece que los gays seamos tan estúpidos o tan individualistas que eso sea lo único que nos importa.

Pero aún quedan cosas por hacer...

Si me preguntas qué cosas faltan en sociedades avanzadas como la española diría en primer lugar mejorar la situación de las personas trans. En el libro doy datos concretos de por qué tantas acaban refugiándose en la prostitución. Hacen falta políticas públicas de inclusión y en algunos casos de reparación. También falta trabajar la educación en todos los niveles, adecuados a la edad, para desterrar prejuicios que ya están en la cabeza de mucha gente. No solo por los niños LGBT, que se sentirán mejor y menos solos, sino porque seguramente los niños heterosexuales –que lo seguirán siendo– tratarán mejor al mundo. Y la terceras son los derechos de las personas migradas y refugiadas, a las que debe reconocerse, y los países deben luchar también los derechos LGBT en el ámbito exterior. Es vergonzoso el papel del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que está integrado por un montón de países que criminalizan a los homosexuales. ¿Qué autoridad tiene esta gente para hablar de derechos humanos? En Brasil tenemos más de 300 asesinatos de crímenes de odio, en Chechenia campos de concentración, y nada: el Consejo no dice ni palabra.

Esta es una entrevista de récord. La nota de voz que la contiene dura ya dos horas, pero, en realidad, su escritura ha durado dos meses. Tres días después de la presentación de El fin del armario (Editorial Anaconda) se declaró el estado de alarma, cuando ya el libro había salido en España (con dos...

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Autora >

Mar Calpena

Mar Calpena (Barcelona, 1973) es periodista, pero ha sido también traductora, escritora fantasma, editora de tebeos, quiromasajista y profesora de coctelería, lo cual se explica por la dispersión de sus intereses y por la precariedad del mercado laboral. CTXT.es y CTXT.cat son su campamento base, aunque es posible encontrarla en radios, teles y prensa hablando de gastronomía y/o política, aunque raramente al mismo tiempo.

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