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Valores

Pandemia y cosmovisiones sociales

Si agrupamos la mayoría de las reacciones que se pueden dar en relación con esta crisis se pueden establecer cinco grandes grupos de personas: rojos, amarillos, naranjas, verdes y turquesas

Jaume López 4/06/2020

<p>Una mujer con mascarilla en una estación de Zurich.</p>

Una mujer con mascarilla en una estación de Zurich.

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“La madre Tierra nos avisa, el sistema actual colapsa, el virus no es más que un recordatorio”. “Esto es una guerra contra un enemigo invisible que nos ha llegado de fuera, la ganaremos unidos como una gran nación que ha sido atacada”. Es evidente que estas dos expresiones, escuchadas estos días con estas u otras palabras, no pueden salir de la misma boca. No es difícil ver la distancia que las separa, las diferentes concepciones que implican del mundo que nos rodea.

Las crisis hacen aflorar los valores y las percepciones más profundas que tienen las personas, más allá del lenguaje políticamente correcto que aprendemos a utilizar y que refleja unos valores que pueden ser, en realidad, poco asumidos, poco sinceros, pero que se supone que son los dominantes en un momento y un entorno dados. Las crisis nos ponen contra las cuerdas y permiten que reflejemos nuestras posiciones con más transparencia y sinceridad y eso podríamos considerarlo positivo para conocer mejor las sociedades en las que vivimos.

Cualquier sociedad contemporánea, cualquier democracia moderna, es un crisol de puntos de vista y alguien podría considerar que hay tantos sistemas de valores como individuos forman parte de esta sociedad. Sin embargo, al igual que podemos hablar de caracteres o de perfiles psicológicos, probablemente también sea posible hablar de lo que en una monografía Daniel Gabarró y yo denominamos cosmovisiones sociales, es decir, el marco de referencia básico desde el que los diversos ciudadanos entienden la vida social y política, lo que deberían esperar de las instituciones, lo que es justo y, sobre todo, normal.

Estamos acostumbrados a distinguir las posiciones sociopolíticas a partir del eje izquierda-derecha, pero muchas veces no nos encaja demasiado bien

Algunos valores compartidos que esta crisis aflora son, por ejemplo, los que un reciente estudio del CSIC-IESA sobre la pandemia en España muestra: una confianza similar en el papel del ejército y la policía, y en el de los expertos y científicos, para gestionar la crisis sanitaria (p.8). Ahora bien, también hemos podido constatar, y lo podemos conectar con las expresiones con las que comenzaba el artículo, que no a toda la ciudadanía le resuena igual ver la bandera española o los militares en las ruedas de prensa de la crisis. Es posible que pueda gustar a una mayoría, o a un grupo importante de la población, pero no a todo el mundo; más aún, a muchos otros estas imágenes le generarán desconfianza o, incluso, rechazo.

Otro tipo de datos que recogen algunos sondeos a nivel europeo constatan, estos días de crisis, el creciente apoyo entre los ciudadanos de Europa a medidas para salir de ella de tipo autoritario, a la vez que crece el apoyo a la introducción de una renta básica universal. Habitualmente estamos acostumbrados a distinguir las posiciones sociopolíticas a partir del eje izquierda-derecha, pero muchas veces no nos encaja demasiado bien. Por ejemplo, en relación con estos sondeos, nos resulta complicado hacer casar una posición que asociaríamos con la izquierda, como la defensa de la renta básica, y una postura de apoyo al autoritarismo que fácilmente vincularíamos con posturas más de derechas. Pero como veremos a continuación las dos posiciones posiblemente partan de una misma cosmovisión.

Si agrupamos la mayoría de las reacciones que se pueden dar en relación con esta crisis y, en general, ante cualquier situación en el ámbito sociopolítico, nuestra hipótesis es que se puede establecer un eje de cosmovisiones sociales, de igual manera que podemos hablar del eje izquierda-derecha, del eje socioeconómico o de clase, o un eje de género. El eje de las cosmovisiones sociales nos situaría al conjunto de la población en 5 grandes grupos, aunque la gran mayoría se distribuiría en 3 y cada sociedad (nos referimos exclusivamente a democracias de corte occidental) puede tener distribuciones ligeramente distintas. Denominamos a estos grupos con colores siguiendo la estela de la teoría integral propuesta, entre otros, por el filósofo Ken Wilber (¡no confundir con ideologías y, menos aún, con el cromatismo partidista!): rojos, amarillos, naranjas y verdes (el quinto grupo sería el de los turquesas pero por su poca presencia social y en relación a las respuestas a la crisis no los voy a abordar aquí).

En primer lugar, hablemos de los rojos, aquellos que tienen posiblemente una capacidad de pensamiento abstracto más bajo y un ámbito de solidaridades más limitado a su círculo próximo o clan. Los rojos, con respecto a la crisis, son aquellos a quienes no les interpela ninguna de las recomendaciones ni las prohibiciones de las administraciones públicas porque consideran que cualquiera de estas medidas es una decisión que no va con ellos, es una herramienta de control de los poderes públicos, de los “otros”. Ellos deben intentar continuar la vida que hacían antes, obviamente en estos momentos limitada por las nuevas restricciones, que intentarán saltarse porque, en el fondo, no las entienden. Saben que hay una emergencia, pero es una información que no les llega directamente a través de un telediario o un periódico, sino de las conversaciones con familiares y amigos, y la autoprotección o la capacidad de contribuir a la reducción de la expansión de la enfermedad son conceptos que no acaban de interiorizar.

Hay que pensar qué tipo de comunicación política puede llegar a ser motivadora para todos a la hora de conseguir compromisos ciudadanos y pactos sociales

Los que nosotros llamamos amarillos, en cambio, se ven interpelados directamente y ven esta crisis fundamentalmente como una crisis nacional que debe resolverse a través de actuar todos como un solo pueblo, haciendo piña y sin distinciones. Esto les reconforta, a pesar de la crisis sanitaria, porque les permite superar antiguas divisiones entre “connacionales” en una lucha común contra un enemigo que viene de fuera, aunque también es verdad que genera algunos comportamientos divisorios como es el del “policía de balcón” autoencargado de señalar “traidores” a estos altos objetivos. La perspectiva de cumplir con unas órdenes, sin mucho cuestionamiento, por el bien del país, resulta completamente resonante a sus filtros mentales. Tienen la esperanza de salir de la crisis con un espíritu de país reforzado, reunificados, unidos.

Después tenemos los naranjas que lo analizan todo fundamentalmente desde un pragmatismo que encaja muy bien con la abstracción de la racionalidad económica, en términos de costes y beneficios. No es tanto que los demás no puedan ver que la crisis tiene unos costes y que su salida tendrá un precio, sino que para los naranjas la medida básica para interpretar lo que está pasando y valorar las actuaciones de los gobiernos no tiene tanto que ver con implicaciones morales o de solidaridad nacional, sino con cómo repercutirán en la renta per cápita de una ciudadanía que conciben como individuos separados, autónomos, que deben espabilarse y que deberían recibir un trato de las administraciones públicas en consonancia con su posición social y los méritos que esa posición reflejan. Sueñan con volver a una economía que vuelva a crecer indefinidamente, sin poner en duda el hecho de que el planeta es limitado.

Finalmente, tenemos a los verdes. Son los que entienden la crisis del coronavirus como un síntoma de una crisis más global, sistémica, que nos interpela para revertir algunas tendencias del mundo actual, desde el cambio climático al consumismo, o al comercio internacional desigual. El principio que guía cualquier acción o discurso en este caso es la solidaridad, entendida como ayuda mutua y asumiendo plenamente la diversidad colectiva. Sueñan, por tanto, con aprovechar la ocasión para transformar la sociedad, lo ven como una “gran oportunidad”.

Todas estas perspectivas conviven en estos momentos en nuestras sociedades y lo que hay que preguntarse es cómo podremos llegar a un acuerdo entre las diversas cosmovisiones sociales para salir de la crisis. Más aún, y previamente, hay que pensar qué tipo de comunicación política puede llegar a ser motivadora y resonante para todos a la hora de conseguir grandes compromisos ciudadanos y pactos sociales. Pocas veces ha habido una necesidad tan clara de que toda la población haga algo igual. Podríamos hablar de otras políticas públicas que afectan a mucha gente como los impuestos, pero incluso estos no afectan a los niños, o a la gente joven, o a cierta gente mayor. Estamos ante unas políticas públicas o decisiones que tienen como destinatarios el conjunto total de la población. Esto significa completar los mensajes con perspectivas diferentes, pero no sólo eso, hay que entender que todo el mundo tiene sus lógicas implícitas, y legítimas.

Esto será importantísimo en la post-crisis, cuando llegue el día después, y las diversas interpretaciones de lo ocurrido y sus causas, y sobre todo las esperanzas y los miedos que se proyecten, en consonancia también con lo que se entiende como justo y normal, sean muy diferentes en cada uno de estos grupos. Es fácil avanzar que los amarillos, por ejemplo, generarán una gran tensión hacia los extranjeros, hacia los colectivos que no identifican con su comunidad, esto forma parte de su lógica interpretativa y seguramente lo harán desde el “sentido común” y la buena fe de ayudar a los “iguales”. Desde esta perspectiva puede encajar perfectamente lo que veíamos antes: defender al mismo tiempo medidas autoritarias y una renta básica “para los nacionales”, tanto si se es de izquierdas como de derechas.

En cambio, a los naranjas la distinción entre “nosotros” y “ellos” les importará menos con su perspectiva individualista, pero a la vez estarán menos abiertos a que ciertas ayudas se puedan dar a aquellos que no aportan menos para superar la crisis (que, por ejemplo, no tienen empresas para reavivar la economía), o lo merecen poco por no contribuir a las arcas del estado. Los verdes, por su parte, plantearán cualquier salida de la crisis como la oportunidad para el inicio de un cambio sistémico, al que se opondrán abiertamente los naranjas que quieren volver a la normalidad anterior.

No es nada evidente que en este caso la perspectiva verde pueda superar la coalición de amarillos y naranjas, atemorizados ambos ante la oportunidad de cambio que los verdes ven. En la historia reciente los verdes han acostumbrado a liderar, al menos a nivel de lenguaje, la evolución de los valores identificados con los ideales de progreso que han acabado siendo adaptados de manera más o menos sincera por las otras cosmovisiones, a menudo cristalizando en el lenguaje políticamente correcto (desde el sufragismo al reconocimiento de la diversidad LGTBI). Pero la crisis generada por la pandemia del Covid-19, y todas las penalidades socioeconómicas que se vislumbran, no parecen favorecer que esto se dé de nuevo.

En este cruce nos encontramos en estos momentos. Qué será lo que acabará pasando no lo sabemos, pero tanto Daniel Gabarró como yo insistimos en la importancia, la necesidad y la utilidad de analizar estos y otros retos sociopolíticos desde la perspectiva del eje de las cosmovisiones sociales.

[Si desea descargarse el libro “Las cosmovisiones sociales: La pieza que faltaba” lo puede hacer aquí.]

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Jaume López es profesor de ciencia política en la Universidad Pompeu Fabra.

“La madre Tierra nos avisa, el sistema actual colapsa, el virus no es más que un recordatorio”. “Esto es una guerra contra un enemigo invisible que nos ha llegado de fuera, la ganaremos unidos como una gran nación que ha sido atacada”. Es evidente que estas dos expresiones, escuchadas estos días con estas u otras...

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Jaume López

Es politólogo y autor de El derecho a decidir. La vía catalana (2017), Referéndums. Una inmersión rápida (2017) y Cosmovisiones sociales. La pieza que faltaba (2019).

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