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IDENTIDADES

Un año sin Orgullo

El movimiento LGTBI debería dejar de lamentarse por las carrozas perdidas y buscar alianzas con otras corrientes. Solo así será útil en la defensa de la liberación sexual y de género

Pablo Castaño 26/06/2020

<p>Participantes en la manifestación del Orgullo Crítico 2018 en Madrid. </p>

Participantes en la manifestación del Orgullo Crítico 2018 en Madrid. 

Dani L.

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Se acerca un día del Orgullo LGTBI que será radicalmente distinto al de otros años. No habrá carrozas, ni desfiles, ni las decenas de miles de turistas que acuden cada año a Madrid y Barcelona, ni marchas políticas multitudinarias. Debido a las restricciones impuestas por la situación sanitaria, como mucho habrá algunos pequeños actos o manifestaciones menos masivas que otros años. La situación es un desastre para las empresas que organizan el macrodesfile de Madrid y el Pride de Barcelona, pero también es una oportunidad para repensar políticamente este día y, ya que estamos, el papel del movimiento LGTBI en la nueva época post-covid.

Ya es casi un tópico decir que estamos atravesando la crisis más profunda de nuestras vidas. La del 2008 fue la primera gran quiebra del capitalismo neoliberal, pero la depresión social y económica provocada por el nuevo coronavirus y el confinamiento va más allá. Por cómo ha trastocado nuestra vida cotidiana, por el carácter repentino y la profundidad del hundimiento de la economía y por su origen externo a los mecanismos del capitalismo. El sociólogo William Davies afirma que estamos viviendo la actual crisis más como una guerra que como una recesión económica.

El confinamiento ha sido traumático para todo el mundo, pero especialmente para niñas y niños, mujeres que sufren violencia machista, personas mayores y gais, lesbianas, bisexuales o trans, que han sufrido la soledad más intensamente que otros colectivos. Pero lo peor de la cuarentena sanitaria son las desastrosas consecuencias sociales de la parada repentina de la economía, una crisis que ha golpeado con especial dureza a quienes vivían de la economía informal y en muchos casos se han quedado sin nada. Por otro lado, la pandemia nos ha recordado lo profundamente interdependientes que somos. Sin enfermeras, médicas, cajeras de supermercado y otras profesiones altamente feminizadas que parece que ahora descubrimos como esenciales, nuestra sociedad no habría sobrevivido al cataclismo. Sin la responsabilidad colectiva de aguantar un durísimo confinamiento, no habríamos logrado contener el avance del virus. De nuevo, se revela la mentira del sujeto autónomo liberal, ese sujeto “reacio a la dimensión relacional y obsesionado con la independencia” del que habla la filósofa Wendy Brown en Estados del agravio (1995).

En un contexto de crisis sistémica –la primera de muchas que vendrán de la mano de la emergencia climática– tiene más sentido que nunca que los movimientos emancipatorios rompamos las inercias y nos preguntemos qué papel queremos jugar ante la nueva situación. También el movimiento LGTBI. En el citado libro, Brown hace una crítica radical de las llamadas “políticas de la identidad”, un concepto que engloba una gran cantidad de movimientos. La filósofa critica el esfuerzo que dedican estos movimientos a conseguir “la compensación legal para los agravios relacionados con la subordinación social por atributos o comportamientos marcados: raza, sexualidad”, una estrategia que según Brown legítima poderosamente al Estado y la ley. La alternativa sería luchar por transformaciones más profundas que cuestionen cómo las estructuras de poder denunciadas (racismo, colonialismo y heteropatriarcado, entre otras) son elementos constitutivos del Estado. 

Black Live Matters está tejiendo alianzas con el movimiento de liberación sexual y de género, e impugnando la distopía reaccionaria y ultra-neoliberal que representa Trump

Afortunadamente la crítica de Brown –formulada en los años 90, cuando las “políticas de la identidad” estaban arrebatando protagonismo a la política de clase en Estados Unidos– no es aplicable a todos los movimientos organizados en base a una identidad. Un buen ejemplo es el resurgir de Black Live Matters, una rebelión racial y social que también está tejiendo alianzas con el movimiento de liberación sexual y de género, e impugnando la distopía reaccionaria y ultra-neoliberal que representa el gobierno de Donald Trump. Además, Black Live Matters no se limita a exigir políticas de compensación legal y reconocimiento al Estado, sino que cuestiona su carácter inherentemente racista, como demuestran las acciones militantes contra estatuas de esclavistas y colonizadores. En palabras de Brown, podríamos decir que el movimiento antirracista estadounidense ha pasado de “la gramática del “soy” –con su clausura defensiva sobre la identidad […]– por la gramática de “quiero esto para nosotros”, un nosotros cada vez más amplio que va más allá del sujeto que inició el movimiento, la población negra. En nuestro caso, este cambio implicaría pasar del movimiento LGTBI (definido por las identidades que lo componen) a un movimiento por la liberación sexual y de género, definido por qué queremos para nosotras, para todas.

Un caso distinto es el del movimiento feminista en nuestro país. Entre 2017 y 2019, las masivas huelgas feministas pusieron en el debate público cuestiones profundamente transformadoras, como el reparto de los cuidados. No sin tensiones, se establecieron alianzas enormemente productivas entre distintas corrientes feministas, lo que permitió que demandas no exclusivamente relacionadas con los derechos de las mujeres –como la regularización de trabajadoras y trabajadores sin papeles o la preservación del medio ambiente– ocupasen buena parte de los manifiestos que inspiraban las protestas. Solo tres años después de la primera huelga feminista masiva, esta dinámica parece rota, con un sector reaccionario del feminismo que reúne varios de los elementos que fundamentan la crítica de Wendy Brown a las políticas de la identidad: una tendencia a moralizar en lugar de argumentar políticamente, más interés en el castigo de los agresores que en el poder de los subordinados (pretendiendo en algunos casos excluir del sujeto político del feminismo a colectivos como las personas trans y las trabajadoras sexuales) y la dificultad para formular propuestas transformadoras que vayan más allá de la petición de protección al Estado. Es un feminismo que prefiere “sujetos aislados armados con derechos e identidades establecidos a pluralidades inmanejables y cambiantes que deciden sobre sí mismas y su futuro”, en palabras de Brown. Cierto sector –minoritario pero muy ruidoso y con una gran influencia en el PSOE– ha caído en una deriva tránsfoba, rompiendo los puentes con el movimiento LGTBI.

La mayoría de las organizaciones LGTBI también están bastante atrapadas en la lógica del castigo y la demanda continua al Estado que denuncia Wendy Brown, en algunos casos con una obsesión sancionadora que no tiene nada de progresista. Además, sus alianzas con otros sectores movilizados son débiles: el movimiento LGTBI ha tenido un papel poco destacado en la nueva ola feminista iniciada en 2017, una oportunidad perdida para estrechar los lazos con el feminismo.

El movimiento LGTBI ha tenido un papel poco destacado en la nueva ola feminista iniciada en 2017, una oportunidad perdida para estrechar los lazos con el feminismo

El abismo de un año sin Orgullo debería ser un acicate para que el movimiento LGTBI repensase su papel como fuerza transformadora. El colectivo LGTBI nos enfrentamos a dos grandes amenazas: una depresión económica y social sin precedentes y el ascenso de fuerzas reaccionarias que llevan el heteropatriarcado en el ADN, además de una desregulación climática cada vez más desastrosa. Nos afectan de forma particular por tener una identidad de género o una orientación sexual minoritaria, pero son amenazas compartidas con el resto de la humanidad. Y son amenazas a las que no se puede hacer frente con compensaciones legales por parte del Estado por las discriminaciones que sufrimos. Las leyes antidiscriminación son necesarias, pero no detendrán el cambio climático ni nos proporcionarán la seguridad material que necesitamos para ser realmente libres. Estas normas sancionadoras que tanto preocupan a muchos activistas LGTBI ni siquiera nos podrán proteger de la violencia social e institucional si el ascenso de la extrema derecha legitima la LGTBIfobia, como está sucediendo en países como Brasil, Hungría o Polonia.

Un movimiento por la liberación sexual y de género que quiera ser útil debería dejar de lamentarse por las carrozas perdidas y buscará alianzas con otros movimientos y abrazará demandas compartidas con otros sectores. El ejemplo de unidad de luchas de Black Live Matters ya ha llegado a Barcelona, donde diversos colectivos LGTBI han convocado una manifestación el día 27 en la que entre otras participarán activistas antirracistas, kellys, ecologistas y movimientos por el derecho a la vivienda. Además, está teniendo cierto éxito la propuesta del activista David Jiménez de una “renta básica transmaribollera”, o, dicho de otra forma, de que el movimiento LGTBI asuma esta como propia esta demanda transversal, más justificada que nunca por la actual crisis económica y social. Este es el camino. 

Se acerca el 28J, un día para gritar que estamos orgullosas de ser maricas, bolleras, trans, bi, intersexuales (“de todo lo que quieras menos neoliberales”, como canta Chocolate Remix). Pero estas identidades no deben ser castillos donde encerrarnos y ensimismarnos, sino que, como propusieron Amy Gluckman y Betsy Red, nos deben servir para “iluminar la injusticia y mostrar qué cambios económicos, sociales y políticos mejorarán las vidas de gais y lesbianas – y de todos los demás también”.

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