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OLA POPULISTA

Chalecos naranjas: la ultraderecha italiana también niega la pandemia

Más allá del color de sus atuendos y sus mascarillas, la estrategia de la extrema derecha 2.0 es global. Va de Washington a Brasilia, de Roma a Berlín, de Madrid a Buenos Aires

Steven Forti 3/06/2020

<p>Concentración de los chalecos naranjas en Roma. </p>

Concentración de los chalecos naranjas en Roma. 

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“Es un cagada increíble. ¡La pandemia no existe!”. Así empezó su mitin el pasado domingo en una plaza de Bari (Apulia) el exgeneral de los Carabinieri Antonio Pappalardo delante de unas 500 personas que vestían chalecos naranjas. La mayoría de ellas no llevaba mascarilla y no respetaba la distancia de seguridad. “¡Libertad! ¡Asesinos! ¡Payasos!” gritaban refiriéndose al gobierno italiano, después de cantar más de una vez el himno nacional. 

El día anterior, sábado 30 de mayo, Italia había descubierto a los llamados ‘chalecos naranjas’. En una treintena de ciudades del país se habían convocado a través de las redes sociales manifestaciones en defensa de la “libertad” para protestar contra el gobierno y las restricciones impuestas para evitar una mayor difusión del coronavirus. A algunas plazas acudieron apenas cuatro gatos, en otras se reunieron varios centenares de personas. La más importante, con un millar de asistentes, fue la que se celebró en la plaza del Duomo de Milán, la ciudad más golpeada por el virus en Italia: en la región de Lombardía, los muertos han superado los 16.000, casi la mitad del total a nivel nacional. Ahí, entre banderas naranjas, muchas tricolores y algún que otro brazo levantado haciendo el saludo romano, Pappalardo, que se ha autodenominado líder del movimiento, clamó, ataviado con una chillona americana naranja, contra la “dictadura sanitaria”, pidió el fin del Gobierno liderado por Giuseppe Conte, la formación de un nuevo ejecutivo nacional y la vuelta a la lira. “El coronavirus no existe, es una invención para vender Italia a los chinos, controlarnos y obligarnos a que nos vacunemos”, explicaban algunos de los asistentes. 

Todo esto puede parecer esperpéntico, y en buena medida lo es. Puede que el movimiento de los chalecos naranjas, que de momento tiene poco más de 15.000 seguidores en Facebook, sea un fuego fatuo y no volvamos a saber nada más de él. Se quedaría como una nota a pie de página de las extravagancias políticas italianas en tiempos de pandemia. O puede que el movimiento vaya creciendo en un momento de incertidumbres y miedos, cabalgando la rabia y la frustración de una parte de la población que, sin duda alguna, irán en aumento cuando se perciba el impacto real de la crisis económica. No nos olvidemos que las estimaciones hablan de una caída de entre el 9% y el 13% del PIB italiano para 2020, además de una deuda pública que podría llegar al 160% del PIB.

La estimaciones hablan de una caída de entre el 9% y el 13% del PIB italiano para 2020, además de una deuda pública que podría llegar al 160% del PIB

Pase lo que pase, los chalecos naranjas ya nos muestran algunas cosas. Por un lado, representan un síntoma más de la crisis de las democracias liberales en la estela de otros fenómenos que en la última década han conformado la llamada ola populista global. Por el otro, utilizan la misma estrategia y los mismos lemas de la ultraderecha a nivel internacional: libertad, dictadura sanitaria, gobierno asesino, banderas nacionales… A grandes rasgos, es algo similar a lo que hemos visto en las manifestaciones convocadas en España por Vox, en Estados Unidos por la Alt-Right, en Brasil por los partidarios de Bolsonaro o en Alemania por el cocinero vegano conspiracionista Attila Hildmann. Cada país tiene sus peculiaridades pero, en el fondo, las analogías son notables.

La experiencia de los Forconi

En realidad, los chalecos naranjas habían aparecido en Italia a finales de 2018, cuando la bacteria de la xylella golpeó duramente los olivos de la Apulia, infectando un tercio de las plantas de la región. Durante unos meses los olivicultores, apoyados por los alcaldes de los pueblos más afectados, realizaron algunas protestas vistiendo chalecos naranjas y llegaron a manifestarse, también en Roma, para pedir la intervención del gobierno. Los chalecos naranjas de ahora son otra cosa, obviamente, pero pueden aprovechar una imagen que ya existía y, de paso, hacer un guiño a los ‘chalecos amarillos’ franceses.

De hecho, aunque nadie se dio cuenta de ello, Pappalardo había fundado los chalecos naranjas en enero de 2019 declarando su hermandad con los ‘gilet jaunes para luchar contra un “régimen de parásitos, incapaces, incompetentes e ilegales”. Eran los tiempos en que gobernaban la Liga de Salvini y el Movimiento 5 Estrellas (M5E) de Di Maio, que apoyaban las protestas en el Hexágono y que tensaron la cuerda con Macron hasta el punto de que el presidente galo llamó a consultas a su embajador en Roma. En un vídeo en las redes sociales, Pappalardo anunció que quería concurrir a las elecciones europeas del siguiente mes de mayo, aunque luego no lo hizo. Se presentó, eso sí, a las regionales de Umbría, en octubre de 2019, donde obtuvo la friolera de 587 votos, el 0,13% del total. 

Pappalardo fundó los chalecos naranjas en enero de 2019 declarando su hermandad con los ‘gilet jaunes’. El objetivo: luchar contra un “régimen de parásitos, incapaces e ilegales”

¿Payasadas de un egocéntrico favorecido por las redes sociales? Sin duda hay algo de eso. Pero hay más cosas. Los chalecos naranjas tienen en su ADN otra experiencia que, aunque se olvidó muy rápidamente, tuvo un protagonismo notable en Italia al principio de la pasada década. Se trata del movimiento de los Forconi, literalmente “horcas”, escogidas como símbolo por representar las revueltas campesinas populares del pasado. El movimiento nació en Sicilia en enero de 2012 organizando bloqueos de las carreteras que se expandieron durante una semana a gran parte de la península con el objetivo de paralizar el país. En la base del movimiento se encontraban sobre todo camioneros y agricultores que protestaban contra el aumento del precio de la gasolina y las políticas austericidas aprobadas por el gobierno tecnocrático de Mario Monti que, a finales de 2011, tras el aumento de la prima de riesgo y las presiones europeas, había puesto fin al último ejecutivo de Berlusconi. Los Forconi eran un movimiento heterogéneo y difícilmente catalogable que fue infiltrado por los neofascistas –sobre todo Forza Nuova y CasaPound Italia–, y que mostraba los clásicos brotes de antipolítica tan en boga en Italia desde los tiempos del escándalo de Tangentópolis, a principios de los años noventa. “Luchamos contra la clase dirigente que, una vez más, quiere que seamos nosotros los que paguemos la cuenta” o “los políticos son unos hipócritas” eran algunas de las declaraciones que se insertaban en un génerico programa de rebelión, construido a partir de la contraposición entre ciudadanos honestos y una clase política corrupta. 

No por casualidad, el periodista Leonardo Bianchi, autor del imprescindible La gente. Viaggio nell’Italia del risentimento (Minimum Fax, 2017), los ha catalogado, junto a los No Vax, el movimiento anti-vacunas, como una de las muchas expresiones del “gentismo”, una especie de populismo todavía más indeterminado, basado en la gente que está fuera de las instituciones, y cuyo máximo referente es el “sentido común” que surge de índices de audiencia, encuestas y de sentimientos difusos en las redes sociales. En el fondo de este discurso se encuentra algo de  Liga Norte de los orígenes –con sus protestas en contra del Estado y los impuestos– y, aún más, del Movimiento Cinco Estrellas donde confluyeron muchas de estas personas. 

En diciembre de 2013, los Forconi tuvieron un segundo momento de supuesta gloria con la convocatoria de la manifestación “Paramos Italia”, con la que pretendían, esta vez sí, paralizar todo el país. El movimiento se había ampliado territorialmente –con diferentes siglas locales también en el Norte, incluidos sectores de los independentistas vénetos– y sociológicamente –con los denominados “perdedores de la globalización”: desempleados, pequeños empresarios, artesanos, comerciantes, estudiantes, etc.–. Sus reivindicaciones viraron mucho más claramente hacia una extrema derecha con un toque social; decían luchar contra el “Far West de la globalización”, la UE, el euro, el gobierno y la austeridad, con el objetivo de recuperar la dignidad, la democracia y la “soberanía de los pueblos y la moneda”. Los camioneros se desvincularon a última hora y los Forconi no consiguieron parar el país, pero organizaron manifestaciones que, sobre todo en Turín, acabaron en choques con la policía. Manifestaciones hegemonizadas claramente por CasaPound y Forza Nuova, en las que lucían chupas negras y banderas italianas.

Pappalardo, un personaje de vodevil

Tras ese fracaso, el movimiento prácticamente desapareció. Pero, en 2016, de sus cenizas nació el Movimiento Liberación Italia, que quiso capitalizar el nombre de los Forconi. Se trataba, realmente, de cuatro gatos a cuya cabeza se situó Pappalardo. Tuvieron una cierta visibilidad mediática por el intento de detención del exdiputado Osvaldo Napoli a finales de ese mismo año delante del Parlamento italiano. En 2017 el mismo Pappalardo montó otro teatrillo cuando “entregó” una especie de acta de detención al presidente de la República, Sergio Mattarella, al que calificó de “usurpador”, declaración que le ha llevado a ser procesado por injurias al jefe del Estado. Evidentemente, se trata de memeces que no merecerían la más mínima atención, pero ahí estaban periodistas y cámaras de televisión para darle visibilidad. 

Pappalardo intenta cabalgar las protestas más disparatadas: así, lo encontramos con los Forconi, los No Euro y los No Vax y ahora con los chalecos naranjas

Pero, ¿quién es Antonio Pappalardo? Su trayectoria es realmente peculiar. Nacido en Palermo en 1946, hizo carrera en los Carabinieri hasta convertirse en general a principios de los años 2000. En 1992 dio el salto a la política, y fue elegido diputado en las filas del Partido Socialista Democrático Italiano (PSDI). Al año siguiente, en medio de la mayor crisis política del país por el escándalo de Tangentópolis, fue nombrado subsecretario de Finanzas en el Gobierno liderado por el expresidente del Banco de Italia y futuro presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi. No duró ni dos semanas: tuvo que dimitir por una condena por difamación del comandante general de los Carabinieri. A partir de entonces, Pappalardo ha tenido una trayectoria cada vez más esperpéntica, mientras seguía ocupando cargos importantes en los Carabinieri hasta su jubilación en 2006. En 1993 montó un minipartido, Solidaridad Democrática, con el cual se presentó a las municipales de Roma –obtuvo el 0,5% de los votos–; se afilió unos meses más tarde a los post-democristianos de Mariotto Segni; se presentó a las europeas de 1994 con Alianza Nacional, la transformación de los posfascistas del Movimiento Social Italiano, sin ser elegido. A principios de los 2000 se acercó a los autonomistas sicilianos y en 2011, con su nueva creación, Granada Mediterránea, intentó el asalto a la alcaldía de Palermo. En definitiva, una frustración política tras otra. 

El exgeneral Antonio Pappalardo, líder de los 'chalecos naranjas'

En la última década, su incansable táctica de bajo transformismo, mediante la que se sumaba a cualquier organización política para obtener algún cargo o prebenda, se convierte en algo distinto, fruto de los tiempos del populismo anti-casta grillino y del “gentismo”. Pappalardo intenta cabalgar las protestas más disparatadas: así, lo encontramos con los Forconi, los No Euro y los No Vax y ahora con los chalecos naranjas. Clama contra el “régimen comunista” que, según él, existiría en Italia, proclama que se debe imprimir moneda nacional, utiliza una retórica machacona contra los partidos y a favor del pueblo italiano. Ahora, en tiempos de pandemia, todo esto se junta y yuxtapone y Pappalardo, cómo no, intenta explotarlo una vez más.

La galaxia No Vax

Además de los Forconi, para entender los chalecos naranjas hay que añadir dos elementos más. El primero es el ya citado movimiento No Vax que, en Italia, ha tenido un protagonismo nada desdeñable en los últimos años. Sobre todo, tras la aprobación por el Gobierno de centro-izquierda de una ley que establecía la vacunación obligatoria para niños y niñas. Nacieron grupos como “Padres por el NO” [a las vacunas] y asociaciones como “Libres de la obligación de las vacunas”, que pasaron rápidamente de las redes a las calles hasta organizar en abril de 2017 en Roma una “Manifestación nacional para la libertad de elección sobre las vacunas”. Sostenían que se trataba de un complot de las grandes multinacionales farmacéuticas para ganar más dinero, que las vacunas provocaban autismo y que todo estaba hecho para controlarnos. Ahí encontramos ya todo ese negacionismo que ahora ha explotado a escala planetaria con la covid-19. El negacionismo se juntaba a todas las teorías conspiranoicas –las estelas químicas, los superpoderes del grupo Bilderberg, el señoreaje bancario, los planes mundialistas para sustituir a la población europea con inmigrantes africanos y asiáticos, etc.– que se sustentan las unas a las otras. No es casualidad que el ínclito Pappalardo haya afirmado hace poco que el coronavirus se cura haciendo yoga.

Todo ese mundo aparentemente subterráneo, fortalecido tras la crisis de 2008-2010, encontró un megáfono político en el Movimiento Cinco Estrellas que, tras el Vaffanculo Day de 2007, cabalgó la rabia anti-casta y obtuvo sus primeros éxito electorales a nivel municipal en 2012, al conquistar, entre otras, la alcaldía de Parma. No olvidemos que su lema ha sido durante una década el de “honestidad”, repetido como un mantra, contra la supuesta corrupción de todo el sistema. Sin embargo, los grillini no solo capitalizaron esa rabia, sino que dieron visibilidad y asumieron muchas de esas teorías del complot, como la del movimiento anti-vacunas o la del señoreaje bancario. Algunos de los portavoces de esos comités nacidos en las redes se convirtieron así en diputados de la Cámara italiana en 2013 y 2018, cuando el Movimiento obtuvo el 25% y el 32,7% de los votos, respectivamente, en las elecciones legislativas. Entre estos, por ejemplo, encontramos a una de las líderes de los No Vax, Sara Cunial –expulsada en la primavera de 2019 del propio M5E; ahora ha fundado un movimiento que se llama Resistenza 2020–, que volvió a tener protagonismo recientemente con una intervención en la Cámara de Diputados, donde llegó a sostener que el coronavirus es una invención de Bill Gates y que debería ser llevado a juicio por esto.  El vídeo que colgó en diferentes canales de YouTube tiene centenares de miles de visualizaciones: entre estas, más de 370.000 en una versión con subtítulos en español. No es casualidad pues que el supuesto responsable regional de los chalecos naranjas del Trentino-Alto Adige, Renato Calcari, haya explicado que el nuevo movimiento liderado por Pappalardo esté formado por “ex Cinco Estrellas decepcionados como lo están muchos electores del centro-derecha por el inmovilismo de los partidos que votaron, No Vax y ciudadanos que jamás se han interesado por la política”.  

Los fascistas del tercer milenio

El segundo elemento es la ultraderecha neofascista que nunca pierde la ocasión para pescar en río revuelto. CasaPound Italia, los autodenominados fascistas del tercer milenio, lo hace desde su mismo nacimiento, entre ocupaciones de edificios, ayudas a los italianos que se quedaron sin casa tras el terremoto de L’Aquila en 2009, proselitismo entre los estudiantes y un largo etcétera. Es la versión más exitosa de esa renovación del neofascismo que intentó en España Hogar Social Madrid. Luego están los neofascistas de Forza Nuova –que parecen vivir una crisis interna por las críticas a su líder histórico, Roberto Fiore, activo desde los setenta– y toda la galaxia de grupos neonazi y skinheads conectados con el mundo del fútbol y la criminalidad organizada. De hecho, el mitin de Bari de los chalecos naranjas lo preparó y difundió en las redes Roberto Falco, miembro de una de las familias más activas de la criminalidad de Apulia. Falco, al que se vio aplaudiendo a Pappalardo en la plaza de la ciudad, gestiona la página Facebook de los chalecos naranjas de Bari, que ya cuenta con unos 10.000 seguidores. 

En pleno confinamiento, CasaPound organizó una manifestación en Roma contra el cierre de los comercios y las medidas supuestamente “autoritarias” del Gobierno

CasaPound no se ha quedado de brazos cruzados durante la pandemia: ya el 16 de mayo, en pleno confinamiento, organizó una manifestación en Roma contra el cierre de los comercios y las medidas supuestamente “autoritarias” del Gobierno. Todos portaban mascarillas con la bandera italiana. El pasado 30 de mayo CasaPound se unió a los chalecos naranjas en la manifestación romana que reunió a unas doscientas personas: ahí nadie llevaba ya mascarilla y solo ondeaban banderas italianas. Se juntaron también gente del grupo Facebook “Marcia su Roma” [en referencia a la de 1922 que llevó Mussolini al poder], que tiene casi 7.000 seguidores, reconocibles por sus camisetas negras con una corona de laurel. Hubo gente que vino también del norte de la península. Desde unos megáfonos se gritaban consignas dirigidas a las fuerzas del orden que le impidieron el paso: “Hay gente que ya no come y no recibe el sueldo desde hace meses. Tenemos hambre. El gobierno nos ha traicionado”. Algunos se plantearon también acampar en plaza Venecia. 

De momento queda la duda de si realmente había desempleados que no llegan a fin de mes entre los asistentes a la manifestación de CasaPound, “Marcia su Roma” y los chalecos naranjas en la capital italiana. Puede que fuesen eslóganes preparados por activistas neofascistas. O puede que no. Sin duda, con el paso del tiempo, podrían sumarse personas alejadas de la política, presas de la desesperación que pican el anzuelo de los neofascistas. Ya pasó en los últimos años con las protestas en contra de la redistribución de los migrantes en el territorio italiano. ¿Por qué no podría pasar ahora? 

De hecho, está pasando ya con los chalecos naranjas. En la plaza del Duomo de Milán el pasado sábado 30 de mayo estaban también los activistas neofascistas de la red Ragazzi d’Italia (Chicos de Italia): fueron ellos los que hicieron el saludo romano mientras aplaudían a Pappalardo. El próximo sábado 6 de junio, cuando ya se pueda circular libremente por todo el país, esta misma red ha convocado en Roma otra manifestación contra el Gobierno. Acudirán grupos de hinchas de toda la península, liderados por el Véneto Fronte Skinhead, una de las más antiguas formaciones neonazi italianas. Como comentó el periodista Paolo Berizzi, autor de NazItalia. Viaggio in un paese che si è riscoperto fascista (Baldini+Castoldi, 2018), “se escribe chalecos naranjas, se lee chalecos negros”.

Una estrategia global

Nos faltan unos elementos más para entender lo que se está gestando. En primer lugar, la Liga de Salvini se basó en las redes neofascistas para asentarse en el centro-sur de la península en 2014-2015. Hermanos de Italia viene de esa misma tradición política, hija del Movimiento Social Italiano y sus diferentes declinaciones. Existen, pues, contactos y buenas relaciones entre el neofascismo propiamente dicho y la nueva extrema derecha en camisa y americana que aspira a ser fuerza de gobierno. En segundo lugar, el discurso de fondo es muy similar: los diputados y senadores liguistas ocuparon el Parlamento el pasado 30 de abril para protestar contra el autoritarismo del Gobierno y clamar para que reabriesen empresas y comercios, además de cargar contra los inmigrantes y la UE. Aunque de forma menos directa que Bolsonaro, Trump o Pappalardo, en el fondo dicen las mismas cosas. Salvini no ha parado de difundir bulos sobre el origen del coronavirus y el filósofo rojipardo Diego Fusaro, colaborador del periódico de CasaPound, ha alabado la lucha de los “No Mask” [los que se oponen a las mascarillas] utilizando de forma vergonzosa “I can’t breathe”, las palabras repetidas por el afroamericano George Floyd, asesinado por la policía de Minneapolis.

Son todos estos sectores, aparentemente desvinculados, los que podrían llegar a juntarse. La amalgama la hemos visto ya el 2 de junio, fiesta de la República en Italia. Bajo el lema “Día del orgullo italiano”, la Liga de Salvini y Hermanos de Italia, de Giorgia Meloni, convocaron una manifestación en Roma para “dar voces a los italianos” contra la mala gestión del Gobierno. Participaron también los dirigentes de Forza Italia, encabezados por el expresidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani. Salvini, en horas bajas, tuvo su baño de masas: en la Piazza del Popolo de la capital italiana se desplegó una enorme bandera italiana. Algunos millares de personas, sin mascarillas, se congregaron sin respetar la distancia de seguridad coreando: “Conte, Conte vaffanculo”. Aparecieron también, muy organizados, los militantes de Azione Libera Italia, una franja de Forza Nuova. Poco después, unos cuantos centenares de chalecos naranjas montaron su concentración en la misma plaza. El daliniano exgeneral Pappalardo, ahora enardecido por el protagonismo mediático obtenido, los había convocado afirmando que “será la segunda de las cinco jornadas para echar esta dictadura nazi de Italia”. Subido a una furgoneta, esta vez solo con corbata naranja, Pappalardo repitió sus consignas – “la pandemia es una mentira”, “nosotros somos el pueblo”, “el pueblo es soberano”, “los políticos son criminales que han vendido el país a potencias extranjeras”, “la UE nos ha aniquilado”– junto a ataques a la magistratura, la prensa y el presidente de la República, mientras la gente cantaba el himno italiano y coreaba “libertad” y “lira”. No han faltado críticas a Salvini y al M5E. Entre los que tomaron la palabra, había también activistas del grupo “Marcia su Roma”: uno de ellos, con una camiseta negra que llevaba impresa una frase de Ezra Pound, pidió la salida del euro y de la UE. En general, se trató de una payasada bastante patética –Pappalardo tiene más de payaso que de otra cosa. Pero, ¿no pensábamos lo mismo de Trump y Bolsonaro? En estos tiempos revueltos pueden pasar las cosas más inesperadas.

Lo que es evidente es que, en el fondo, hay una estrategia clara que no se ciñe tan solo a “cuatro gatos” liderados por actores de vodeviles o a los grupúsculos neonazis, sino que es compartida por la extrema derecha 2.0 que gobierna ya en diferentes países. Una estrategia, y esto es quizás lo más importante y preocupante, que no es solo italiana, más allá de que sus protagonistas lleven chalecos naranjas o mascarillas con la tricolor, sino que es global. Va de Washington a Brasilia, de Roma a Berlín, de Madrid a Buenos Aires. Atención porque es por aquí por donde van los tiros.

Autor >

Steven Forti

Profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

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