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Análisis

Pequeña gran historia de la nada

Diez años de la sentencia al Estatut. No ha sido un proceso de autodeterminación. Ni ha sido política convencional. Ha sido, me temo, el inicio de una época. Dos formas autoritarias de populismo

Guillem Martínez 1/07/2020

<p>Manifestación en Barcelona contra la sentencia del TC el 10 de julio de 2010.</p>

Manifestación en Barcelona contra la sentencia del TC el 10 de julio de 2010.

CDC

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Este finde se cumplieron 10 años de la sentencia del TC sobre la reforma del Estatut de Cat. Y el inicio del mayor conflicto territorial en Esp desde el siglo XVII, tal vez finalizado, aún no cerrado, y que ha supuesto que dos conceptos conflictivos, Esp y Cat, lo sean mucho más. Tal vez del todo. De hecho, en las cunetas de Cat y Esp se han dejado muchos cadáveres. Afortunadamente, yupi, en esta ocasión, epistemológicos. Veámoslos. Hagamos una autopsia al conflicto, ahora que el mundo –como por otra parte, siempre– mira hacia otra parte.

Desde 2015 hasta el 1-O, el procesismo consiste en crear un objeto con el que negociar. Cualquier cosa que acabe bien y se pueda celebrar con banderita

Aquella sentencia, lenta, tardía, retrasada –en el sentido temporal y, tal vez, en el otro; se fijaba en algún voto particular que Esp es un Estado unitario con descentralizaciones administrativas; es decir, se iba más lejos, en el tiempo, que la propia CE78; esa es, me temo, la gracia de aquella sentencia: interpretar la CE78 no a partir de la CE78, o de la voluntad del legislador ese de las narices, sino a través del constitucionalismo, la escuela de interpretación constitucional que vino, en los 90, a quedarse; guau, qué paréntesis–, supuso el inicio del llamado procés. Un objeto lioso para conseguir objetos difusos. De lejos puede parecer un visionado épico del triunfo de la voluntad. Pero pasa a ser otras cosas cuando te acercas. Acerquémonos. Sometamos ese periodo a cronología.

Todo empieza con la sentencia. Pocos días después –y tal y como estaba planificado desde hacía meses–, se celebra una manifestación histórica de rechazo en BCN. En esa mani gigantesca, CDC sale del armario vestida de indepe. Y esa es la gran sorpresa de la mani. El votante de CiU, de orden, por el orden, ha pasado a recibir otras órdenes. Al punto que en esa mani un espontáneo, recogiendo el sentir colectivo, intenta partirle la cara al MHP Montilla. ¿CDC ha iniciado un giro hacia la cosa indepe? No. Está haciendo una pirueta lingüística, ese deporte tan peligroso. De hecho ese mismo mes, en el Parlament se aborta –con la ayuda de ERC– una propuesta de una minoría convergente para un referéndum de autodeterminación –legal, en aquel momento; e inteligente; hubiera ganado, diría; después, vete a saber lo que hubiera pasado; nadie se acuerda de eso; los patriotas, menos–. A finales de año, elecciones cat. Gana Mas. De calle. No se inicia un proceso hacia la indepe, sino los recortes, votados por CiU y PP. Radicales, anteriores y más profundos que los realizados en Esp dos años después. El Govern dels Millors –el Gobierno de los Mejores, así se llamó a sí mismo ese Govern; como en su día el de Esparta– se presentó como una respuesta a la crisis. Una respuesta racial, que Esp, por su temperamento débil, no sería capaz de acometer. Uno de los Millors fue el presi de las mutuas de sanidad privadas, conseller de Sanitat tan recordado en estos días de pandemia. El eje político de aquel Govern no fue la indepe –oh, sorpresa–, sino un pacto fiscal, inspirado en las autonomías forales. Algo que, si bien ha funcionado y ha marcado la diferencia entre las CC.AA. forales y las de broma, contradice el catalanismo del siglo XIX y del XX –salvo en su tramo carlista y derechista, poco dado a fórmulas medievales y muy dado al federalismo y al control del Estado, incluso de un Estado cat–. Por falta de familiaridad, diría, la propuesta no recibió electricidad social. Denegada por Rajoy –ya en el poder–, dejó sin pack reivindicativo-nacional al pack Govern dels Millors. Sumamente deslegitimado en 2012, desde donde les hablo ahora. Para aquel entonces el 15-M va a tutiplén. Parece que la crisis de Régimen va calentita en Cat. El 15-M, en verano, rodea el Parlament, y trata de impedir la votación más compacta de austeridad. Mas, que hace semanas que no pisa la calle, acude al Parlament en helicóptero, en modo Saigón’75. Ese 11-S se produce una manifestación histórica en BCN, organizada por Òmnium y ANC, una asociación empezada a formular en 2009, tras el primer referéndum indepe en Arenys de Munt –ese referéndum propició una ola de referéndums en municipios de todo el territorio; curiosamente, CDC y ERC participaron pidiendo una pregunta menos nítida/indepe–. Unos días después de esa mani, Mas recibe a Òmnium y ANC –a partir de este punto, el nexo entre Govern y una parte de la sociedad, fundamental en lo que en breve sería un periodo, no concluso aún, de agitación, propaganda y pocos o ningún hecho político–. Con ese as, Mas convoca elecciones. Se presagia una mayoría bonita. Pero baja by a tube. Gobierna apoyado por ERC, que pasa a votar la austeridad en lugar de PP.

Desde 2012 a 2015 se retira del mercado el pacto fiscal. Y se pone en su lugar la cosa referéndum. Rajoy no se opone a un referéndum pactado y simbólico, bajo una serie de condiciones y entre caballeros, que pasa a denominarse consulta. Un palabro que no significa nada jurídicamente. Todo el mundo ríe la gracia en Cat. En 2014-15 se produce algo inesperado. La Familia Pujol empieza a ser investigada. Oriol Pujol, el heredero político de Pujol, es pillado con el carrito del helado en un asunto de venta de políticas. Mas, una persona que calentaba la silla para el hijo de Pujol, para dilatar el relevo y que nadie hiciera chistes de Kim II Sung, se queda en la silla. Prosigue la austeridad. En 2015 Mas convoca elecciones. Plebiscitarias. Algo que no existe en el mundo mundial. La idea es que si gana una mayoría de votos indepe, esto supone la indepe. Alehop. Más chulea a Junqueras, ese genio, de manera que CDC y ERC van juntos en la lista JxC. El bloque procesista no gana. Mas es jubilado por CUP. Puigdemont, el nuevo presi, avanza sin políticas, salvo la austeridad, hasta la primavera de 2017. Momento en el que se decide volver a hacer una consulta. En septiembre se votan dos leyes de ruptura, que nunca fueron aplicadas. Una de ellas era la del referéndum, lo que tiene guasa y lo explica todo. La otra era una suerte de Constitución, que copiaba de la realidad esp una justicia vinculada al Ejecutivo. La consulta se hace, duramente reprimida y de manera desmesurada e ilógica por policía y GC. El 3-O, mientras Puigde mira de pactar algo vía el lehendakari Urkullu –llevan en eso desde el verano–, el rey ofrece al mundo un discurso agresivo, que demuestra que en Esp no sólo ha fallado también la inteligencia, sino los servicios de inteligencia, que al parecer no se enteran de que, desde 2015 hasta el 1-O, el procesismo consiste en crear un objeto con el que negociar. Cualquier cosa que acabe bien y se pueda celebrar con banderita. Después de varias semanas de no-sé-lo-que-tengo, y breves horas después de haber decidido ir a elecciones y aquí paz y después gloria, por dinámicas internas –el famoso chicken game–, Puigde opta por declarar una DUI. Más fake que un euro de Popeye. Sinopsis: se declara –llorando y solemnemente, eso sí– que el Parlament, algún día, estudie declarar una DUI. El Estado no se implementa, vamos. Una parte del staff de la Gene se va, la otra se queda. Se proclama en el Senado el 155. Un 155 raro: alargado, y más parecido a propuestas descartadas en la Ponencia Constitucional del 78 que al 155 alemán por el que finalmente se optó. Todos los partidos Cat –todos; pero es que todos– aceptan ese 155, al aceptar las elecciones. Las elecciones las gana Puigde, con la promesa de que volverá –como MacArthur, o el recibo del gas–. No volvió –oh, sopresa, indeed–. Fue proclamado presi Torra, un individuo cercano a la cosmovisión ultraderechista –esto es, racista, emisor de propaganda como política, y usuario de una democracia sustentada en el concepto pueblo, no en el concepto sociedad–. Inhabilitado por poner, en campaña electoral, una pancarta partidista en el balcón de la Gene –lo que habla de democracia procesista, pero también de deep-state: esas cosas se solucionan con multón, y a otra cosa–, Torra es el portador de anillo hasta que Puigde le diga que convoque elecciones. En el mandato Torra las asociaciones peronistas –Òmnium, ANC– fueron sustituidas por Tsunami Democràtic. Esto es, por una app anónima, a través de la cual las masas iban a tomar instalaciones del Estado. Otra vez –oh, sorpresa– no pasó.

Rajoy no supo o no quiso entender que todo este embrollo era la defensa del R’78 en Cat por parte de unos políticos que, desde 2010, habían proclamado la austeridad, y ya 

El Gobierno Rajoy no supo o no quiso entender que todo este embrollo era la defensa del R’78 en Cat –esto es, una lectura de la política, y no otra; una forma de vivir de/la política–, por parte de unos políticos que, desde 2010, habían proclamado la austeridad, y poco más, y que estaban defendiendo su puesto de trabajo. Su puesto de trabajo ya no era como el de Pujol. Ya no había nada que saquear. Simplemente el sueldo y el desglose de contratos de manera que no vayan a concurso. Puestos a ponerse chulo, Rajoy tampoco supo hacerlo. El resultado último fue la prisión preventiva desmesurada de los acusados, la exhibición, vía juez instructor, de cargos también desmesurados e irreales, tanto que las euroórdenes repletas de esos cargos fueron condenadas al peor de los fracasos: el ridículo. Los cargos, por otra parte, posibilitaron que la cosa fuera juzgada en el TS, y no en el TSJC. Lo que sometió a erosión, y no a la grandeza pretendida, a las instituciones afectadas: el propio TS –aparte de la erosión natural vía judicialización de la política, metió la pata, y así lo señaló el TJUE, con la denegación de derechos parlamentarios europeos a Junqueras–, y el Legislativo –negó alegremente, diría, el acta de diputado a los acusados que la adquirieron, todo ello amparándose en legislación anti-ETA–. La sentencia y sus retales fueron aprovechados, por otra parte, por el deep-State, para dificultar un Gobierno de coalición. El TS desestimó, como no hubiera podido ser de otra forma, el delito de rebelión. Pero cargó, de manera muy creativa, el de sedición. El resultado: unos abusadores –de la mentira, en este caso– han sido abusados por el Estado. Lo que no es de recibo, y enrarecerá el ambiente y el todo hasta que los condenados no salgan de la cárcel de una manera certera, vía amnistía o gracia. 

Bueno. Todas estas son las tripas de lo ocurrido en 10 años. Desde luego, no ha sido un proceso de autodeterminación. Ni ha sido política convencional. Ha sido, me temo, el inicio de una época. Dos formas autoritarias de populismo, dos formas de derecha, dos formas, también parecidas, de entender el Estado nacional han chocado, y han mostrado sus posibilidades como género. Una, el procesismo, dotado de lo que puede dotarse: un lenguaje, medios de comunicación, una idea vertical de democracia, una idea de pueblo susceptible de verse representado. Y el constitucionalismo. También es Estado. Es el único Estado posible según la sentencia de hace 10 años. Tiene mucho más poder. Todo. Integra, visto lo visto, regiones de la policía y GC, regiones de la Justicia, varios partidos, de los que alguno, en ocasiones, es Gobierno. Un TC desprestigiado y reformado, en la forma de un tribunal político. Y un rey. Todo ello ha quedado salpicado. Tendrá consecuencias. Me inclino a pensar que, en esta ocasión, las veremos a lo largo de nuestra vida.

La erosión ha sido absoluta. Quizás es mayor en un país pequeño, que necesita, para subsistir, empatías, alegría, sexo, consensos sociales, informalidad, rebeldía, gamberrismo, bienestar, solidaridad, criterios amplios en los que quepan mayorías sociales, una idea de cultura y de lengua inclusivas. Antes que crispación, supremacismo, autorreferentes esencialistas, periodismo de Estado, verticalidad, fe mariana y postfascismos sustentados en propaganda. El procesismo, que nunca fue lo que dijo, ha ubicado, por primera vez en la historia reciente, una mayoría de partidos cat en el lado equivocado de la Historia. El restrictivo. En Esp eso puede ser un oficio remunerado. En un país pequeño es el fin de algo que moló y que sobrevivió al Estado durante siglos. Es el fin de una inteligencia reconocible y creativa, y el inicio de otra que parece no tener ni necesitar objetivos reales. De esos sitios cuesta salir. Yo al menos, no sé cómo se hace. Supongo que con chistes. Y así me va.

Este finde se cumplieron 10 años de la sentencia del TC sobre la reforma del Estatut de Cat. Y el inicio del mayor conflicto territorial en Esp desde el siglo XVII, tal vez finalizado, aún no cerrado, y que ha supuesto que dos conceptos conflictivos, Esp y Cat, lo sean mucho más. Tal vez del todo. De hecho, en...

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Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección. Su último libro es 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama).

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