1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

lectura

La maternidad bollo airea armarios (y nos encierra en algún otro)

El deseo de ser madre, estimulado por el mercado, puede devenir en mandato. Las lesbianas feministas tenemos recursos para cuestionarlo, reafirmarlo si corresponde y desarrollarlo con crianzas alternativas y ‘queer’

June Fernández 24/07/2020

Piqsel

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

El primer armario

Caminamos por el supermercado y estoy de los nervios. He decidido que de hoy no pasa. Siempre he sido un libro abierto para mis relaciones; cada vez que me ilusionaba con un chico no tardaba ni un mes en contarlo en la familia y ni un año en invitarle a las celebraciones familiares. Desde hace un tiempo, mi vida sentimental es un misterio. Es muy extraño ser visible –primero como bisexual, luego como lesbiana política– en todos los espacios menos en el supuestamente más incondicional: la familia.

—Aita, te quería contar que… estoy saliendo con una chica… bueno, y más que eso, pues que creo que a partir de ahora mis parejas van a ser mujeres…

—Ah… A mí con que seas feliz, hija, me da igual que salgas con hombres, con mujeres o con caballos. ¿Entonces quieres decir que me olvido de ser abuelo?

—No, aita, salir con mujeres no me convierte en estéril.

Hace unos ocho años de esa conversación. Después tocaría la torpe y solemne conversación con mi madre, con mis tíos, con mi prima, con mi hermano –que entonces era un niño–, con mi abuelo y con mi abuela. A veces por iniciativa propia, a veces porque se enteraron y me pidieron cuentas con disgusto. “¿Es verdad eso que dicen?”. “Sí, es verdad”. “¡Pero si tú nunca has presentado indicios de homosexualidad!”, “Yo creo que ese desgraciado te hizo tanto daño que ahora ya no confías en los hombres”, “Bueno, tú haz tu vida. Pero no hablemos más de eso”.

Ya sabemos que ahí no termina la cosa, que los silencios no se disipan de un plumazo. Una evita las comidas de Navidad por no coincidir con la familia extensa. Una se enamora, se empareja, tarda en contarlo pero lo cuenta y la acogida no es la misma que antes. “¿Cómo está tu amiga?” ya es un triunfo. Cuando mi abuela la llama “tu chavala” casi se me saltan las lágrimas.

Pero el silencio también tiene sus ventajas: nadie me pregunta que el anillo para cuándo, nadie me alerta de que se me va a pasar el arroz.

El segundo armario

Todo fue muy rápido cuando conocí a S. Yo estaba a punto de cumplir los 30 años y se suponía que me había mudado indefinidamente a Managua. Nos conocimos en unas jornadas y no nos despegamos en todo el fin de semana que duró el evento. Cinco días después se venía a Bilbao a visitarme antes de mi regreso a Nicaragua. Dos meses después vendría a verme al país de los lagos y los volcanes. Tres meses después decidí regresar y otros tres meses después ya nos habíamos ido a vivir juntas y habíamos adoptado un gato. Todo un cliché.

Pero algo que no sé si es tan cliché entre lesbianas es que ese primer fin de semana en ese congreso ya hablamos de nuestro deseo materno. S. –orgullosa bollera golden y queer– me contó que siempre había querido ser madre, que no había encontrado ninguna pareja que quisiera compartir ese proyecto y que ahora que rozaba los 40 años se debatía entre iniciar los trámites de adopción como madre sola o inseminarse.

Me pregunto si existen estudios que comparen el deseo materno en heteros, lesbianas y bisexuales. Me pregunto cuál será el resultado y si habrá variado de generación en generación.

Cuando yo me signifiqué como lesbiana, hacía tiempo que se había aprobado el matrimonio igualitario. Tenía referentes, tanto cercanos como de la cultura popular. La escena de Bette y Tina (The L Word) inseminándose en casa me marcó tanto como el gesto de Shaine quitándose la camiseta. Así que, cuando mi padre me soltó ese “Entonces me olvido de ser abuelo”, me pareció un comentario del todo absurdo. ¿Qué tendrá que ver? En ningún momento se me había pasado por la cabeza que salirme de la heteronorma implicase renunciar a la maternidad. Sí implicaba, tal vez, hacerlo de una manera más libre y consciente. ¿O tal vez ya no?

En 2011 el entonces primer ministro del Reino Unido, David Cameron, dijo una frase que se me quedó grabada: “No apoyo el matrimonio homosexual pese a ser conservador. Apoyo el matrimonio homosexual por ser conservador”. El activismo queer  planteó una pertinente crítica al “matrimonio homosexual”, la adopción y la reproducción como una forma de asimilación. El sistema nos prefiere casades y procreando que en saunas o encuentros pornopunk. Es preferible que nos organicemos en familias nucleares con hipoteca, bebés y mascotas, simulando monogamia, a que sigamos probando y extendiendo prácticas sexoafectivas y familiares no normativas.

El caso es que, en los espacios lesbianistas y queer en los que me muevo, prima el discurso antimaternal. Probablemente también en los espacios feministas de mayoría hetero, donde las pocas integrantes que son madres terminan a menudo abandonando la militancia. Siguiendo la tradición de Simone de Beauvoir, buena parte del feminismo ha visto la maternidad como un mecanismo de opresión que frena nuestra autonomía y nuestra participación en el espacio público; en el caso de las lesbianas, se añade el argumento de que el lesbianismo es precisamente una forma de disidencia ante la madre-esposa. Monique Wittig dice que somos desertoras de género: ¿qué necesidad de apuntarnos voluntariamente al batallón supuestamente más alienante? Siguiendo con Wittig, si las lesbianas no somos mujeres, ¿tampoco somos madres?

Y así llegamos al segundo armario.

Después de un año de feliz convivencia, S. y yo tuvimos LA CONVERSACIÓN. Y empezamos a dar pasos:

1-. Informarnos en un centro de atención a personas LGTB sobre las distintas formas de acceder a la maternidad. Conclusión rápida: si no pasamos por el aro del sistema, el sistema no nos reconocerá a las dos como madres.

2-. Pedir a la médica de cabecera que nos derive a la unidad de reproducción humana del hospital público.

3-. Esperar un año de lista de espera.

4-. Hablar mucho con amigas madres bollo y crear un grupo privado en Facebook para compartir experiencias e inquietudes. Se llama “Reproducción Invertida”.

5-. Comprar semen danés por internet para una inseminación casera, una experiencia divertida. Aprender lo desquiciante que es la famosa betaespera y lo doloroso que es un resultado negativo, aunque racionalmente lo diéramos por hecho.

6-. Casarnos. Aprovechamos la imposición heterosexista para pasar un fin de semana estupendo celebrando nuestro amor con quienes son capaces de celebrarlo. Y para irnos de viaje de novias a Nicaragua.

Entre el punto 4 y el punto 6 es donde nos vemos encerradas en un nuevo armario. Ese “hablar mucho con madres bollo” contrastó con el silencio que nos autoimpusimos en el caso del colectivo lesbofeminista en el que las dos militábamos. El consenso antimaternal nos cohibía y se dio la paradoja de que contamos las situaciones marcadas por la lesbofobia y el heterosexismo con las que nos topábamos a todo el mundo menos a nuestro propio grupo de militancia bollo. Invitaron a nuestro colectivo a participar en unas jornadas sobre gestación subrogada aportando la perspectiva lesbianista y el debate del que salió nuestra ponencia exigía empezar por conversar sobre el deseo materno: una tras otra –salvo la única que tiene una hija, de un pasado hetero– argumentaron por qué la maternidad era una institución burguesa, opresora y heteronormativa. Ahí fue cuando salimos de este inesperado armario.

Seguimos:       

7-. Someterme a regañadientes a la temida histerosalpingografía. Aprendes a decir el palabro del tirón cuando ya ha pasado.

8-. Empezar el primer ciclo de inseminación en el hospital, hormonándome a regañadientes. Y luego el segundo. Y luego el tercero.

9-. Escribir un reportaje para Pikara Magazine sobre las contradicciones que supone para una feminista invertir años, dinero, salud física y emocional en el empeño contrarrevolucionario de ser madre biológica. Lo acompañaba un cómic de S. sobre el rol de acompañante.

10-. Irme a una casa de reposo a hacer un programa de ayuno higienista, yoga y meditación.

11-. Afrontar un resultado positivo que 48 horas después se quedó en aborto bioquímico.

12-. Afrontar un nuevo resultado negativo. Culparme, claro: “Seguro que fue el estrés, no me he cuidado lo suficiente…”.

13-. Pedirme una reducción de jornada, apuntarme a chi kung, seguir las directrices de un médico naturista e intentar estar zen.

14-. ¡Estoy embarazada! A ver cómo se lo explico a mis abuelos. No fui capaz de contarles lo de la boda.

Entre la heteronorma y la visibilidad

Participé en unas jornadas de lesbianas rurales en Cáceres y me quedé perpleja cuando varias de ellas se presentaron tal que así: “Me llamo Isabel, soy de Mérida y estoy casada con Carmen”. Me dejó pensativa el orgullo con el que decían “mi mujer”. En la cena saqué el tema y me confirmaron que para ellas el matrimonio había sido una forma de legitimación social: “¿Que no nos reconocéis? Pues a mí plin, porque el Estado sí que nos reconoce. Esa a la que tan fácil era llamar ‘tu amiga’ ahora es mi mujer, pese a quien pese”.

Es otra forma de ver el asunto.

En mi caso, el matrimonio, más que motor de asimilación, fue sinónimo de conflicto y de ausencias. Mi madre decidió no ir a la boda. Pudo ser un empujón para que mi familia cercana saliera del armario con la familia extensa, pero no ocurrió así. Cuando avancé en el pedregoso camino de la reproducción asistida, mi padre me dijo algo así como “Me he dado cuenta de que, cuando vengáis al pueblo con el bebé, ya no voy a poder escaquearme”. Ha tardado cuatro años en hablar a sus hermanos de S. En cambio, cuando le conté que estaba embarazada, no tardó ni una semana en contárselo a uno de ellos: “¡Voy a ser abuelo!”.

Casarnos y procrear puede que nos heteronormativice, pero también nos hace visibles. Obliga a ciertas conversaciones –“¿Quién es el padre?”– y abre nuevos espacios de activismo: el parque, la AMPA, la consulta pediátrica.

Imagino, aunque todavía no lo he vivido, que la lesbofobia internalizada también cambia. No, no somos amigas. No, no hay padre, hay dos madres: amatxu y mama. No, no nos sirve una habitación con dos camas individuales. Somos una familia. Somos bolleras okupando –¿o recuperando?– la sacrosanta institución de la familia.

Pasar por el aro

Pero no nos casamos para legitimarnos ante la familia ni para tener 15 días de vacaciones ni para organizar una fiesta con la que celebrar nuestro amor ni para irnos de viaje de novias. Nos casamos bajo amenaza. La boda fue una celebración y, al mismo tiempo, una cesión.

Cuando una mujer hetero gesta y pare un bebé y se presenta en el Registro Civil con un hombre que dice ser el padre, no importa su estado civil ni mucho menos se les pregunta cómo concibieron a la criatura. En el caso de las lesbianas, topamos con dos imposiciones discriminatorias: si no demostramos que estamos casadas (no vale con ser pareja de hecho) y que la criatura ha nacido por técnicas de reproducción asistida, es probable que nos denieguen la filiación conjunta. En ese caso, si también falla el periplo por las oficinas del Registro Civil de los municipios cercanos, la alternativa será que la no gestante inicie una solicitud de adopción de su bebé. Hasta entonces no podrá disponer de permiso de maternidad –en realidad, todavía se llama “de paternidad”–, entre otras consecuencias. Si la pareja se separa, la adopción tampoco será una posibilidad, a no ser que acuerden fingir amor y convivencia. Unas valencianas recurrieron el requisito de certificado de clínica de fertilidad argumentando que vulneraba su derecho a la intimidad y con su pelea lograron que muchas oficinas ya no exijan ese papel, pero no todas. El requisito del matrimonio sigue siendo impepinable.

La maternidad lésbica no surgió en el siglo XXI. Estar en los márgenes implicaba falta de reconocimiento y de garantías legales. Ahora podemos maternar dentro del sistema, si aceptamos las reglas del sistema, que son más estrictas para nosotras como castigo a nuestra disidencia.

El reconocimiento a las familias homoparentales coincide con la popularización de las técnicas de reproducción asistida. España es la segunda potencia del mundo en este sector, solo por detrás de Estados Unidos. Y es el país europeo en el que se realizan más tratamientos de fertilidad al año, entre otras razones porque no se excluye a las madres lesbianas y solas y porque se permiten técnicas vetadas en otros países del entorno, como la ovodonación o la técnica ROPA. Esta última, en la que una mujer gesta los óvulos de la otra, es vendida por las clínicas privadas como el milagro científico por el que las lesbianas pueden tener un bebé “de las dos”.

El requisito de demostrar que hemos concebido mediante técnicas de reproducción asistida es un elemento disuasorio a la hora de apostar por formas de reproducción alternativas, no medicalizadas y más baratas. El lobby de la reproducción asistida se ha empleado a fondo contra el boom del semen danés –la compra de muestras de esperma por internet al banco Cryos para realizar inseminaciones caseras– alegando que contraviene el anonimato del donante que exige la ley de reproducción española (el catálogo de la empresa escandinava permite elegir las características físicas del donante y conocer datos sobre sus antepasados familiares, sus aficiones o incluso escuchar su voz en una grabación). Por otro lado, los casos de sentencias lesbófobas que han concedido la patria potestad a un donante dejando desprotegida a la madre añaden un reparo añadido a la tradicional opción de contar con el semen de un amigo.

Ese panorama beneficia y lucra a la industria de la reproducción asistida. ¿No resulta un poco problemático que nos parezca que la forma más segura de ser madres sea la medicalizada y de pago? ¿Es más probable que un amigo vulnere los términos pactados o que salgamos de la clínica de fertilidad con el cuerpo, el alma y el bolsillo hechos polvo? ¿Por qué sería tan terrible que ese donante conocido que no pedía nada a cambio plantee que quiere ejercer como padre? ¿Por qué imaginamos como traumática esa posibilidad y no, en cambio, el viacrucis que para muchas termina siendo el paso por la unidad de reproducción humana del hospital?

En nuestro caso, la del donante conocido, incluso con posibilidad de que se convirtiera en una figura de referencia para nuestra criatura que participase en su crianza, nos resultaba atractiva, pero ninguno de los pocos amigos hombres que tenemos se ofrecieron. Me pregunto si hace 20 años hubiera sido distinto. Tal vez la reproducción asistida se perciba como opción por defecto también para nuestro entorno.

Raquel Cediel, en su Libro sobre la reproducción asistida para lesbianas y mujeres solas (ed. La Calle), recomienda la inseminación casera a través de bancos de semen europeos o acuerdos con hombres conocidos de confianza. Y lo hace partiendo de la crítica hacia una industria que se está beneficiando económicamente del deseo materno de las lesbianas. También critica duramente el publicitado método ROPA.

Resulta decepcionante, aunque previsible, que, en vez de extender las prácticas de diversidad familiar y crianzas alternativas en la sociedad mayoritaria, la tendencia haya sido que en la comunidad LGTB se impongan los caminos más funcionales para el sistema.

Deseos normativos, prácticas disidentes

La mayoría de las lesbianas que hoy tienen más de 40 años han construido su identidad lésbica sintiéndose libres del mandato de la maternidad obligatoria. Esto no significa que no hayan sido madres. Hay lesbianas que han tenido criaturas en el contexto de relaciones sexuales y/o afectivas con hombres (pasadas o presentes, deseadas o impuestas). Algunas luego han compartido esa maternidad con sus parejas mujeres. Hay lesbianas que han sido madres mediante acuerdos con amigos. Y otras muchas se han involucrado activamente en crianzas, ya sea de sobrinas y sobrinos, de las criaturas de amigas o, por qué no, de animales domésticos.

Saber que las lesbianas podemos acoger o adoptar criaturas –aunque con limitaciones en el caso de la adopción internacional– y que podemos gestar y parir mediante técnicas de reproducción asistida se puede interpretar en dos direcciones: podemos celebrar que tenemos un imaginario más amplio para desarrollarnos, pero también podemos temer que ese imaginario nos devuelva a la identidad tradicional mujer-madre. Enlazando de nuevo la cuestión del deseo materno con la de la reproducción asistida, las lesbianas que en otra época nos sentíamos libres de esa presión podemos vernos en el laberinto de querer ser madres biológicas a toda costa, dejándonos los ahorros, la salud física y emocional en fecundaciones in vitro. El deseo, estimulado por el mercado, puede devenir en mandato, aunque sea autoimpuesto.

En todo caso, creo que las lesbianas feministas tenemos recursos para cuestionar nuestros deseos, para reafirmarlos si corresponde y para desarrollarlos practicando crianzas alternativas y queer. Seguro que este libro aporta a una conversación necesaria e incómoda que nos ayude a seguir cuestionando todo.

–––––––––––

Capítulo del libro de reciente publicación Maternidades Cuir (Editorial Egales, 2020) editado por Eva Abril y Gracia Trujillo, 2020

El primer armario

Caminamos por el supermercado y estoy de los nervios. He decidido que de hoy no pasa. Siempre he sido un libro abierto para mis relaciones; cada vez que me ilusionaba con un chico no tardaba ni un mes en contarlo en la familia y ni un año en invitarle a las celebraciones...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autora >

June Fernández

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí