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poesía

La época de las vanguardias

Réplica a las objeciones que Mario Campaña hizo a Tierra negra con alas, la antología de la poesía vanguardista latinoamericana de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla

Juan Bonilla 14/08/2020

<p>Los poetas latinos Girondo, Oswald y Mario de Andrade, Vallejo y Huidobro.</p>

Los poetas latinos Girondo, Oswald y Mario de Andrade, Vallejo y Huidobro.

CC

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Aprovechando la invitación del Ministerio a responder algunas de las informaciones y conclusiones que teje Mario Campaña en su “severa impugnación” a Tierra negra con alas, compongo estos apuntes.

Empezando por el final: que encuentre excelente pero poca poesía en el volumen no es más que un juicio personal contra el que no cabe recurso, toda vez que no se sabe qué considera poesía, si bien la vaguedad de definir la experiencia poética como un trance en el que la contemplación –¡la contemplación!– del poema nos agita y transforma, parece tomada de las bases de un premio o flor natural. En cualquier caso, ante una conclusión así sólo cabe encogerse de hombros, dado que en el libro están Borges, Vallejo, Huidobro, Neruda, Drummond de Andrade, Mario de Andrade, Oswald de Andrade, Manuel Bandeira, Coronel Urtecho, Joaquín Pasos, Pablo Antonio Cuadra, Salomón de la Selva, Nicolás Guillén, José Juan Tablada,  Maples Arce, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Gorostiza, Girondo, Oquendo de Amat, Gangotena, César Moro, Westphalen, Adolfo Mario Ferreiro, Serafin Delmar, Magda Portal... Puedo entender que los muchos poetas olvidados que se rescatan no le parezca que merezcan rescate, pero dado que en la antología no falta uno solo de los grandes de la vanguardia latinoamericana, me parece poco generoso decir que hay poca excelente poesía: la que sale mal parada de una afirmación así no es la antología, sino la poesía latinoamericana de la época.

Resulta hasta tierno que Campaña dé por bueno que Huidobro publicó en 1916 El espejo de agua porque Braulio Arenas testimonió haber visto un ejemplar. El asunto del fechado de ese libro ha generado una bibliografía fascinante, pero ya en 2003 pareció rematarse el asunto cuando en la compilación de la Obra poética de Huidobro, a cargo de Cedomil Goic, se afirma: “El espejo de agua se publicó en Madrid en tres ediciones diferentes, sin variantes y de idéntica tipografía. Queda establecido que la primera edición del libro no se publicó en Buenos Aires en 1916 sino en Madrid en 1918”. El jueguito de adelantar una fecha de publicación era cosa muy vanguardista: Lasso de la Vega, en la Italia de los años treinta, gozaba datando sus libros a finales de los años diez para que su condición de epígono, por un simple golpe de imprenta, quedara convertida en condición de precursor. Las muchas pruebas que se han juntado acerca de la inexistencia de la edición argentina del libro de Huidobro pueden repasarse en el completísimo examen de Waldo Rojas, “El fechado dudoso de El espejo de agua”. Nada empece ello para reconocer la personalidad y el encanto de los poemas.

A propósito de Huidobro, cuando, sin duda haciéndose el gracioso, el prologuista dice que acertó la quiniela del domingo el lunes por la mañana, obviamente parece referirse a lo que aconteció en Europa antes de 1914, no a lo que va a suceder en América a partir de entonces. Un vistazo a la impresionante biblioteca que Huidobro se hizo de papeles vanguardistas antes de viajar a Europa no desmiente su alucinante y plausible curiosidad, pero también confirma que estaba enterado de lo que se dio en Europa antes de inventarse a sí mismo como nuevo poeta de vanguardia. No veo reproche en ello. Difícilmente pueden restársele méritos o importancia a Huidobro cuando Non Serviam se copia íntegramente en el prólogo y cuando, de los grandes poetas de la vanguardia americana, es del que de más piezas se reproducen.

Lasso de la Vega, en la Italia de los años treinta, gozaba datando sus libros a finales de los años diez para que su condición de epígono, por un simple golpe de imprenta, quedara convertida en condición de precursor

El reproche de que al libro acaso le falten los poetas en francés del Caribe, como Leon T. Damas o Aime Cesaire, y en inglés de Jamaica, como Claude Mckey, ya lo solté yo mismo en una entrevista en la que lamentaba no haber tenido más páginas para meter ahí una serie de poetas que completaran el mapa de América. Estoy de acuerdo con Alberto Hidalgo en que el adjetivo “latinoamericano” es una concesión excesiva a los yanquis, de ahí que cuando hiciera su gran antología de 1926 la titulara Indice de la nueva poesía americana. Lo que por cierto hubiera obligado a tener en cuenta el Renacimiento de Harlem, a John Dos Passos, y a los gigantes Ezra Pound y T.S. Eliot.

La enumeración de libros de los años cuarenta que hace el reseñista para tender un puente entre décadas contiene algún error importante: el libro de Gonzalo Rojas debe de ser La miseria del hombre, pues Contra la muerte es de los años sesenta. Ver ahí Libertad bajo palabra de Octavio Paz puede suscitar alguna duda, dado que ese fue un libro recopilatorio cambiante, y de la edición de los cuarenta a la que en los sesenta dio por definitiva el autor los cambios son muchos (por ejemplo, en los cuarenta aún no se había publicado La estación violenta, donde aparece “Piedra de sol”, ni desde luego ¿Aguila o sol?, que integran ediciones posteriores de Libertad bajo palabra). En cualquier caso, una enumeración de títulos sueltos, por excelentes que sean, no es un argumento de una pervivencia, sino una demostración de que los latidos de la vanguardia fueron apagándose durante un tiempo hasta que renovaron su fuerza más adelante y con otros modos y alcances (no se olvide que treinta años antes de los antipoemas de Nicanor Parra, Bustamante y Ballivian ya publicó un libro de Antipoemas).  La discusión parecería versar, pues, acerca de si las vanguardias son una época o son un discurso –un discurso contradictorio, por cierto, en el que caben variantes que lleven  tanto a la poesía pura como a la poesía social (las ganas que muestra en su reseña Mario Campaña de restarle importancia a la tentación social de muchos poetas vanguardistas son desmentidas fácilmente por la apabullante cantidad de libros y poetas que, sin romper con el discurso vanguardista, hicieron poesía política, sin que ello signifique que no haya muchos otros que se entregasen a la poesía como expresión máxima del “arte por el arte”). Bien, Campaña afirma categórico que las vanguardias no son una época, sino un discurso, una actitud, un ímpetu. Tierra negra con alas defiende que son las dos cosas, y que se va a ocupar de las expresiones de la segunda en la primera. Ya que a Campaña le da por jugar al siempre gustoso juego de las etimologías para explicarnos qué significa antología, podía haber reparado en qué significa época: ‘apogeo’, apogeo de un astro en principio y luego de un tiempo cualquiera marcado por unos hechos o un personaje. Según eso, parece claro y aprobado que el apogeo de las vanguardias se dio en las décadas del diez, de los veinte y los treinta en todo el mundo. Que sus terminaciones nerviosas no acabaran ahí no impide que reconozcamos esa época como la de las vanguardias. Títulos famosos que así lo determinan hay para cansar a cualquiera. El razonamiento mediante el cual las vanguardias no pudieron ser una época porque en ese periodo de tiempo se produjeron acontecimientos nada vanguardistas se desmiente solo: según eso, todo lo que ocurrió durante el romanticismo fue romántico, durante el barroco no se escribieron sonetos petrarquistas, en la época victoriana no pudo haber poesía erótica porque la moral era tan estricta que se mandó que los manteles de las mesas cubrieran las patas en su totalidad para no suscitar tentaciones. Un modo de razonar así no parece muy convincente. Diría que en el fondo Campaña sabe bien que las vanguardias son una época, sólo que habría que alargarla hasta otros ismos y alcanzar acaso a los punks. No sería el primero. Abundan tesis y libros que explicitan ese tránsito con etiquetas innegociables: pre-vanguardias, vanguardias históricas y postvanguardias, tomando como modelo los estudios que dividen el barroco en tres periodos: temprano, intermedio y tardío. No me parece mala táctica, pero es una cuestión de etiquetaje y ya se sabe que una etiqueta es lo último que se le pone a algo cuando ya está hecho y lo primero que se le quita para empezar a usarlo. 

Campaña afirma categórico que las vanguardias no son una época, sino un discurso, una actitud, un ímpetu. Tierra negra con alas defiende que son las dos cosas

Se da por bueno, y es imposible no estar de acuerdo, que la vanguardia es un espíritu, y por tanto se le puede buscar tanto antes –y tan atrás como se quiera, hasta los neotéricos de Roma, con Catulo luciendo brazalete de capitán de la nueva poesía– como después de su legítimo e indiscutible apogeo, momento en que ese espíritu se encarna en una cabalgata de movimientos, revistas, libros, performances que se destacan por su energía, por su alcance y –no se olvide este detalle sustancial– por sus conexiones, como lo más significativo de un tiempo preciso, al que de esa forma pueden perfectamente bautizar. “El modernismo ha sido una época y un idioma...”, dice Conolly en uno de sus artículos de Horizon, y no hará falta recordar que una traducción adecuada para el modernism inglés –como para el modernismo brasileño– es vanguardias. Tan era así que muchas reseñas antivanguardistas trataban a las vanguardias como un idioma: “Este libro está escrito en vanguardista”, se lee más de una vez en reseñas categóricas contra voces nuevas. Por cierto, comparten las vanguardias con el barroco el mérito de convertir un adjetivo que quería ser insultante en una etiqueta identitaria.

No se niega pues que la vanguardia no siguiera adelante ganando adeptos y que estos fueran importantes, no sólo en América, también en la tan poco vanguardista España –no se olvide a Francisco Pino, a Miguel Labordeta, a Ory, a Cirlot, y luego a los novísimos, y a ZAJ, y a la Briggite Bardot de Gradolí y la poesía visual de Fernado Millán y la de Ullán, y más tarde a Blanca Andreu y su renovación surrealista, y la aventura solitaria de Pedro Casariego Córdoba. La vanguardia siguió adelante, por supuesto, pero se sale de las fechas que los antólogos eligieron para componer el mapa americano de su apogeo. ¿Que es una decisión discutible? Sin duda. Pero lo que el libro se propone es precisamente eso, y juzgarlo por lo que ni siquiera se propone es un derecho acaso excesivo del lector contra el que poco se puede hacer. Por cierto, que al hacerlo así sigue y comunica una tradición ya venerable que va de Las vanguardias literarias en Hispanoamérica (Manifiestos, proclamas y otros escritos) de Hugo Verani a Las vanguardias latinoamericanas, de Jorge Schwartz, entre otras muchas compilaciones que incluyen textos de las mismas fuentes: del creacionismo de Huidobro al ultraísmo argentino pasando por el estridentismo mexicano, la vanguardia nicaragüense, el agorismo mexicano, etc... Sólo la de Schwartz tiene en cuenta a Brasil –como lo tenía en cuenta la Antología de la poesía de vanguardia latinoamericana de Mihai G. Grunfeld. Todas ellas respetan una periodización histórica que va, aproximadamente, de 1916 a 1935. Sin duda todos se equivocaban por considerar que lo que vino luego ya era postvanguardia o neovanguardia. En cualquier caso, episodios herederos del apogeo vanguardista del que se ocupa Tierra negra con alas. Lleno de nombres interesantes y libros inesquivables, no lo discuto, pero no sé si se da cuenta Campaña de que, al querer colocarlos en el mismo nivel que los vanguardistas del apogeo, los está convirtiendo en meros epígonos. Nosotros, más flexibles, consideramos que tienen voz propia, que se enfrentan a otras circunstancias, y que, en definitiva, las diferencias son suficientes como para no meterlos en el mismo saco: el de una época en la que, a pesar de juicios como el de Campaña, consideramos que América produjo poesía tan inmensa y memorable como la que produjo Europa, como consideramos también que muchos ejemplos de esa gran poesía se pueden encontrar en Tierra negra.

 

 

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Juan Bonilla

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