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Lectura

Inés

Primer capítulo de 'El jardín de los espejos', la última novela de Pilar Ruiz, publicada por Roca Editorial

Pilar Ruiz 17/09/2020

<p>Leyendo en la estación. </p>

Leyendo en la estación. 

Mo Riza

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Tengo que contar una historia que todavía no conozco. La busco porque sé que está ahí, escondida en alguna parte, muy cerca, tanto que casi puedo tocarla con los dedos. ¿Se puede tocar una historia? No lo sé; la mayoría son como fantasmas. Casi invisibles, vaporosas, tenues; una gasa siempre a punto de romperse. En ocasiones se aparecen como ellos, en la oscuridad y el silencio, como si la luz les hiciera daño. Otras veces son espíritus inquietos, juguetones o aterradores, que persiguen a los mortales para sorberles la vida o demandarles que cumplan sus deseos. También son tenaces y escurridizas, pueden colarse por cualquier rendija e incluso poseer a otros seres para hacerse reales. 

El fantasma de esta historia me encontró hace solo dos días, cuando recibí la llamada de Andrea.

—¿Te interesa? 

Y ahora estoy en un vacío vagón de tren encajonado entre montes tan juntos que no dejan ver el cielo, ante un paisaje que corre hacia un lugar desconocido. El verde se ha comido la luz y una lluvia invisible desenfoca todo lo de afuera, tan cerca y a la vez imposible de alcanzar. Algunas gotas se han quedado quietas, agarradas al vidrio de la ventana, pero tiemblan como de frío hasta que resbalan y caen cuando el tren traquetea en las curvas. No hay horizonte: bajo la ventana aparecen y desaparecen pedazos de un río pequeño y rabioso que también escapa de la garganta cubierta de bosque enmarañado. La roca, la tierra y todo lo que crece sobre ella se levantan sobre las vías del tren en muros gigantes dispuestos a aplastar como una nuez ese objeto ridículo y pequeño que se desliza bajo sus pies. Y, sin embargo, el tren sigue su camino. 

—¿Inés? 

La voz al otro lado del teléfono sonó con un titubeo de temores remotos; eso me pareció. Quizá Andrea no confiaba en mí, no creía que fuera capaz de hacer este trabajo. Pero entonces, ¿por qué me había llamado?  

—Perdona… Se pierde tu voz –mentí–. Ahora me doy cuenta de que yo, que no soporto la mentira más inocente, empecé esta historia mintiendo a Andrea. 

—Entonces, ¿te interesa? ¿Quieres hacerlo? 

Por supuesto que quería: necesitaba el dinero después de más de tres meses sin trabajo, incluso hubiera abrazado a Andrea si la hubiera tenido delante; por suerte no estaba allí, solo su voz a través de un móvil y antes una presencia escrita en un mensaje de whatsapp.

«Hola, Inés. ¿Cómo estás? Espero que todo te vaya genial. Estoy con un proyecto que quizá te interese. Dime cuándo me puedo poner en contacto contigo y hablamos. Es urgente. BSS, Andrea.»

¿Qué sabía ella de mí? ¿Qué sabía yo de ella? Solo habíamos coincidido en aquel taller de edición y producción. Nos llevamos bien, estuvimos quedando durante un tiempo, conocí a algunos de sus amigos, luego desapareció o quizá fui yo quien lo hizo; no lo recuerdo. Desde entonces tenía su teléfono y ella el mío. Andrea. Siempre resuelta, sin miedo a opinar, imponiendo sus ideas mientras agitaba la coleta larga y rubia. La imaginaba alzando la voz en una reunión: «Yo sé cómo solucionarlo, dejadme a mí, solo tengo que hacer una llamada». Y así volvió a aparecer, en forma de llamada urgente y un problema aún más urgente que resolver, como era habitual en este trabajo. Pero ¿qué trabajo? No supe en qué consistía hasta mucho tiempo después y ni siquiera ahora puedo estar muy segura de ello. Debería haberte preguntado muchas cosas, Andrea, todos los detalles posibles antes de aceptar tu oferta; tendría que haberte dicho: «Encantada de que te acuerdes de mí, pero ¿cómo ha surgido mi nombre para esto? ¿Por qué me ofreces algo así? Hay muchos otros y con más experiencia, pero me has llamado a mí para un proyecto tan extraño, tan urgente. ¿Por qué?».

Me encontré con ella en su oficina a última hora de la tarde, quizá por eso estaba vacío el edificio acristalado reflejado en los ventanales de otros edificios acristalados casi idénticos e infinitos, un caleidoscopio de complejo financiero. La propia Andrea salió a recibirme, sin la coleta rubia que yo recordaba, sino con un pelo muy corto y el flequillo tapándole la mitad de la cara. «No has cambiado nada», dijo al verme, y no supe si era una crítica o un halago. Seguí su andar sinuoso, la cadencia de la cadera envuelta en pantalones caros por pasillos enmoquetados y puertas cerradas hasta la sala de reuniones. Nos sentamos en torno a una mesa enorme rodeada de sillas vacías, frente a una pared sobre la que lucía, troquelado en grandes letras de acero, el nombre de la empresa: Gaula. 

—Se trata de documentar el proyecto y localizar para él exteriores interesantes, algo muy sencillo. Y creo que bien pagado, la verdad.

Hablaba con un tono amable pero lejano. Me enviaría un guion, en realidad solo unas notas; aunque no fuera definitivo eso no debía preocuparme, ni siquiera se había decidido quién lo dirigiría. Por supuesto Gaula también pagaría los gastos de mi estancia, material, viajes y dietas. Todo lo necesario. Temí decirle algo inconveniente y que se echara atrás, como que no tenía carné de conducir ni coche, una condición imprescindible para esa clase de trabajos. Pero se lo dije porque no me gusta mentir y contestó que no importaba: corría prisa. Me dio la impresión, quizá equivocada, de que estaba intentando desembarazarse del encargo cuanto antes. 

—Hay algo importante: por las especiales características del proyecto tendrás que firmar un documento de confidencialidad y todo el material grabado deberá ser archivado en nuestra nube; tampoco puedes enseñar a nadie ninguna documentación ni hablar del proyecto. Ni antes ni después.

Debí de poner cara de extrañeza: no era habitual.

—No te preocupes, es un contrato tipo: cosas de los inversores internacionales —explicó.

Un escalofrío y un pinchazo en la garganta: hace frío dentro del vagón, así que me echo por encima el plumífero que tengo en el asiento contiguo. No me he acordado de traer un pañuelo para el cuello o una bufanda; las prisas, supongo. La libreta y el portátil sí están sobre la bandeja abatible. 

«¿El tiempo cura todas las heridas? Sería mejor decir que el tiempo cura todo menos las heridas. Con el tiempo, el dolor y la muerte pierden sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo amado desaparecerá y, si ha dejado ya de existir para el otro, entonces, lo que queda es una herida sin cuerpo.» Así comenzaba el documento que Andrea envió justo el día anterior a mi salida. Tras la marca de agua con el nombre de Gaula bien presente sobre el envío digital y el recordatorio de la prohibición de hacer copias para mantener la confidencialidad, las notas no guionizadas de las que habló Andrea, un listado de localizaciones de interés y un perfil del autor del proyecto, Román Samperio. Ni siquiera tenía título definitivo: la productora lo identificaba como «Proyecto S», supongo que por la inicial del apellido de su autor. Acompañaba al texto una fotografía en blanco y negro brumoso, espectral, de un hombre de pelo rizado y oscuro vestido con un chaquetón de piel, apoyado sobre un muro con un fondo de árboles y paisaje montañoso. Mira a cámara con unos ojos brillantes al fondo de una sombra. La mirada es lo único definido de la imagen, parece taladrar el objetivo, clavarse en él. Casi obliga a apartar los ojos. Los míos.  

¿Quién era Samperio? «Artista heterodoxo –decía su biografía–. Nacido en Bayona en 1945, cambia su verdadero nombre –Eduardo Larios y Osorio– para alejarse de su familia, poseedora de una gran fortuna y títulos nobiliarios. Estudiante de arte y de cine, vive en París hasta que vuelve definitivamente a España en 1976». No encontré más datos biográficos y sí vaguedades recopiladas aquí y allá: «Poeta visual», «cineasta hermético», «de obra escasa y polémica». También averigüé que «no concede entrevistas y no permite que se le fotografíe». La imagen que ilustraba el texto, una de las escasas del hombre misterioso, había sido tomada tras su vuelta a España, pero no se sabe cuándo, ni por quién, ni en qué lugar. Y al final una frase que lo cambiaba todo: «Desaparecido en 1980». Revoloteaba sobre la biografía. ¿Desaparecido? ¿Murió? ¿Dónde estaba Román Samperio? 

La escueta biografía de la documentación aportada por Gaula no hablaba de las circunstancias de su desaparición y el resto de los datos se repetían una y otra vez sin aportar nada nuevo. Tampoco era fácil encontrar cortes de sus películas, más allá de algunos planos de mala calidad. ¿Por qué? Su nombre aparecía en publicaciones del Festival de Gijón, de Berlín y de Sitges, también en un ensayo sobre cineastas alternativos ya descatalogado. Apunté el nombre de su autor para contactarlo: cualquier documentación que encontrara resultaría valiosa. No sabía nada. Acababa de conocer el proyecto, pero la oscuridad que lo rodeaba me inquietaba, como si estuviera estudiando el examen final de una asignatura sin materia y sin profesor. Quizá por eso Andrea me había contratado, sabía que soy buena buscando pistas, rastreando, buscando y encontrando. Supongo que eso habría contado para que Gaula –«empresa vinculada a canales de televisión, especializada en grandes eventos y muestras internacionales como la Bienal de Venecia y producciones audiovisuales internacionales para fundaciones, bancos y corporaciones», según su web– se decidiera a contratarme. Un nombre dicho por la persona adecuada: así funcionaba este negocio, ya lo sabía. Pero ¿por qué un gigante como Gaula se habría interesado en un outsider, un francotirador del arte como Samperio? Lo único que parecía importarle a Andrea era que comenzara el trabajo cuanto antes. Y ahora estaba en el tren. Faltaba media hora para llegar a la estación. 

«Te espera un coche para recogerte y llevarte directamente al alojamiento. El chófer y el vehículo están a tu disposición».

Ese era el mensaje de Andrea. Agradecí que me mandara personalmente los e-mails y whatsapp sin intermediarios, aunque dada su tarjeta rimbombante plagada de management resultara un tanto extraño que no delegara estas minucias en algún subordinado de los muchos que pulularían por los pasillos enmoquetados de Gaula; tenía que haberlos, aunque yo no los hubiera visto. «Prefiero que hablemos directamente», había dicho ella.   

No me había movido del asiento desde que salimos de Madrid a las 7:45, hacía casi cuatro horas, y noté el cuerpo entumecido al levantarme. Los escasos viajeros seguían adormilados o enfrascados en sus móviles caros de clase preferente –mi billete lo pagaba Gaula, claro–, pero el lavabo era tan pequeño como el de clase turista, con el mismo espejo desgastado y la terrible luz verduzca que me devolvía una yo pálida y ojerosa. Saqué el neceser del bolso como un arma, dispuesta a borrar con colorete y rímel la cara de madrugón y mis casi cuarenta años. «Todavía no, Inés». El espejo hablaba como el de la reina malvada de Blancanieves: «Hagas lo que hagas no eres guapa, no lo has sido nunca». Calla, espejo. Intenté domar mi pelo impredecible –no como el de Andrea–, siempre dispuesto a súbitos cambios de ánimo como una prolongación de mí misma y de mis peores defectos. «Eres bajita, poca cosa y de cadera ancha… Vulgar», reverberó la voz despectiva de Naná dentro de mí y solo entonces me entraron ganas de hacer pis. 

Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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