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Margo Glanzt / Escritora

“La mirada femenina puede tener otra dimensión, advertir cosas que suelen pasar inadvertidas por los hombres”

Esther Peñas 17/10/2020

<p>Margo Glantz.</p>

Margo Glantz.

HECTOR JESUS HERNANDEZ / Cedida por Ediciones Ampersand

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Sus noventa años llevan por báculo una lucidez y un sentido del humor formidables. También una coquetería, una conciencia acendrada de lo estético, lo cual, en tiempos del feísmo, se agradece como un don. En su último ensayo, El texto encuentra un cuerpo (Ediciones Ampersand), Margo Glanzt (Ciudad de México, 1930) analiza los procesos de escritura en relación con la corporeidad, en especial la femenina, entre los siglos XVIII y XX, profundizando en cómo la literatura en ese periodo incorpora a la mujer, tanto como sujeto como como objeto.

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Leyendo su ensayo da la sensación de que en las últimas décadas nos hayamos vuelto más pacatos escribiendo…

No lo sé, no puedo generalizar, quizá antes había otras cosas prohibidas y escribir sobre ellas era una transgresión que se permitían algunos escritores (Sade, Casanova, Choderlos de Laclos, Diderot…) abiertamente, y los ingleses de manera más hipócrita, quizá hasta Joyce y Lawrence que fueron censurados, o a lo mejor también estoy generalizando. Hay muchos textos muy libres que se están escribiendo ahora y creo que hay muchas mujeres: Diamela Eltit en Chile, Ariana Harwicz y muchas más en Argentina y en México, y también muchos varones, por ejemplo Mario Bellatin. ¿No estaban antes Arlt u Onetti?

Si durante tantos años fue el hombre quien “decidía la psicología de la mujer, quien la narraba”, ¿de qué modo ha influido el modo de contar masculino en nuestra feminidad?

Creo que hemos estado desmontando estereotipos desde hace ya tiempo, las Brontë, Jane Austen. Virginia Woolf en Un cuarto propio lo dijo literalmente, aunque su libro se haya quedado a veces para muchos lectores en la simple frase del título, un cuarto propio,  que en tiempos de su autora era fundamental, pues las mujeres no podían tener fortuna personal y dependían totalmente de sus maridos o de sus padres, situación que duró hasta hace muy poco, aunque mitigada; pero, por ejemplo, una mujer no podía obtener un crédito en los Estados Unidos hasta la década de  los setenta del siglo pasado. La habitación propia va unida a la libertad económica para la Woolf y eso lo escribió ella en 1929, año en que se publicó su famoso ensayo. A menudo se completa el estereotipo y se habla de la famosa inexistente hermana de Shakespeare, personaje inventado también por Woolf. Hay que recordar que hasta hace muy poco tiempo la mayoría de las universidades no permitían la entrada a las mujeres y en la Antigüedad no tan antigua era famoso el proverbio: “Mujer que sabe latín… no tiene buen fin”. Sor Juana quería disfrazarse de hombre para poder estudiar en una universidad, como también muchas de las heroínas del teatro de los Siglos de Oro se travestían para poder actuar como los varones. En mi libro menciono a un personaje negativo, la triste hermana de los James, ambos notables personajes en sus disciplinas, y la hermana apocada y fea. Creo que, a pesar de todo y de muchos avances, queda bastante por hacer, empezando por leer en profundidad y evitar caer en los clichés. Otro ejemplo sería el libro de Hannah Arendt, La banalidad del mal; se piensa que simplemente con mencionar el título se da por resuelto cualquier análisis sobre los totalitarismos, como pregonar que se necesita un cuarto propio para ser completamente una feminista…

Muchas de estas protagonistas literarias mantienen su reinado en el hogar. ¿Esto les hace más propicias a mirar como usted escribe, a reparar en el detalle?

Conrad y James reparan en el detalle. Antes que ellos, Richarson al escribir sus novelas Pamela y Clarissa reparaba en el detalle. Proust, de manera prodigiosa, mencionó solamente a ese personaje fabuloso, la cocinera Françoise. Es evidente que la mirada femenina puede tener otra dimensión, ser más acuciosa, más fina, advertir cosas que suelen pasar inadvertidas por los hombres. Veo como un bello ejemplo Mrs Dalloway de Virginia Woolf y de nuevo Un cuarto propio, en donde se evidencia el comportamiento diferente con que una universidad diferenciaba a los hombres de las mujeres, simplemente por dos maneras de servir una comida: una en el colegio de los varones y otra en el de las mujeres. En el de los hombres se ofrecen manjares deliciosos, ricamente condimentados, preparados con los más exquisitos productos, magnífico vino, un postre excelso; en cambio en el colegio femenino se sirven platos desabridos, ordinarios, de pésima calidad, postres míseros, agua en lugar de vino. Pero, en última instancia hay muchas variantes y eso es lo que he intentado descifrar en mis ensayos de El texto encuentra un cuerpo. Y menciono a tantos autores de otras lenguas porque esos fueron los personajes que privilegié en ese libro.

Creo que el orden en que se van escribiendo los textos altera totalmente su sentido

¿Por qué “el orden de los factores cambia radicalmente el producto” a la hora de escribir?

Creo que el orden en que se van escribiendo los textos altera totalmente su sentido, creo que en la escritura se ejercen operaciones muy distintas a las de las matemáticas, en donde el orden de los factores nunca altera el producto. 

Hablando de Las amistades peligrosas y de Sade, usted afirma que “su virtud no es equívoca, porque la violencia es verdadera”. ¿Cuándo la mujer debe ejercer la violencia?

Creo que el resultado es evidente, nunca equívoco, preparado como una operación militar, aquí sí matemática; Choderlos de Laclos era él mismo un militar, un estratega, y pensaba que las relaciones amorosas eran como un campo de batalla mortal. En Las amistades peligrosas, Madame de Merteuil es la más mortífera, valga la redundancia; Choderlos deja entrever que es un resultado de la hipocresía de la sociedad en la que vive y de los lugares estrictos con que se pretende estratificar a las mujeres, aunque vuelvo a reiterar que esta explicación es epidérmica: es mucho más complejo el problema, pero definitivamente rompe con el estereotipo de la mujer avasallada, víctima perpetua y demuestra cómo su maquiavelismo es superior en todos los sentidos al de su compañero de infamias, Valmont, que por ser hombre puede permitirse mucho más libertades que la marquesa. Stendhal relata que él conoció a la verdadera marquesa de Merteuil y cuando crea a su personaje Julien Sorel en su novela Rojo y negro, este desarrolla una muy complicada y perversa estrategia para seducir a Mathilde de la Mole, él, un plebeyo, simple bibliotecario, y ella, una condesa. Es evidente que al final de la novela, Merteuil es castigada, pero es una forma lógica de ceder a las convenciones de su época, sin las cuales no hubiera podido evadir la censura, pero los que la leían entendían perfectamente su verdadero sentido, no en balde Marie Antoinette leía despojando a la novela de su portada. Sade describe dos tipos de mujeres grosso modo, Juliette y Justine, una ejerce el mal y triunfa, la otra es la perpetua y consabida víctima.

Incluso cuando se atreven a cumplirse, o por lo menos a intentar cumplirse, muchas protagonistas literarias cargan con un sufrimiento adicional. ¿No le está permitido el goce lúdico, sin consecuencias trágicas, a la mujer?

En efecto, suele suceder: hay muchos ejemplos: Madame Bovary, Anna Karenina, la propia Jane Eyre de Charlotte Brontë, que logra casarse con su amado Rochester, pero cuando este ya está ciego y desvalido: un triunfo pírrico. Madame de Merteuil cumple sus deseos y aunque su progenitor la castigue al final todas sus estratagemas le han servido espléndidamente. Otro personaje triunfante a fin de cuentas sería la Pamela de Richardson, quien a pesar de ser asediada y perseguida logra casarse con su perseguidor, a pesar de las diferencias de clase.

Entre el libertinaje y el sentimentalismo, ¿qué características son apropiables de una y otra manera de vivir?

No sé, creo que ninguna.

Como decía Pizarnik, ¿se escribe con el cuerpo? ¿Y leer, que aparentemente es un ejercicio más pasivo, también requiere la escucha del cuerpo?

Pues sí.

¿Cómo es la mujer que más conmueve a Glanzt?

He trabajado mucho dos figuras fundamentales en la historia de México. Malintzin, la Malinche, la concubina y esclava de Cortés que se convirtió en su consejera, su traductora y, como se la llamaba en el siglo XVI, en su lengua, pero como se decía también entonces, en su faraute, es decir su embajadora, la que resolvía todos los entuertos que hubieran podido impedir que Cortés ganase la batalla. La Malinche es imprescindible para entender la conquista de México. Luego, he estudiado con entusiasmo y profundidad a Sor Juana Inés de la Cruz, la última gran figura del Siglo de Oro, reconocida tanto en España como en los virreinatos y capitanías generales de América. Extraordinaria poeta, gran pensadora, matemática, compositora, música, cortesana, erudita, oradora, retórica humanista, protofeminista, defensora de los derechos de la mujer y de su inteligencia igual o mayor que la de los hombres en muchos casos.

Utilizo el fragmento porque es la única manera en que puedo, sé y me gusta escribir, quizá por eso soy tan adicta al tuit

¿Qué tiene en común con la larga lista de mujeres que aparecen diseminadas en este libro?

No sabría decirle. Quizá la pasión por la escritura y la lectura, la cultura y el arte en general y el feminismo, y muy especialmente por sostener una pelea perpetua por el derecho que tienen las mujeres de disponer libremente de su propio cuerpo, que en demasiados países no se les concede.

¿De qué modo las lecturas han configurado su manera de estar en el mundo, su personalidad, ese extrañamiento que llamamos ‘yo’?

Muchísimas lecturas, sería muy largo enumerarlas, soy además profesora, académica, pero creo que algunas de mis obsesiones se han explicitado en este libro que estamos comentando: El texto encuentra un cuerpo.

¿La escritura fragmentaria, en la que usted se encuentra tan cómoda, tiene que ver con el modo en que la postmodernidad entiende el mundo?

No creo que mi escritura, que privilegia el fragmento, tenga nada que ver con la posmodernidad; mejor dicho, nunca pensé que al practicarla entrara a la posmodernidad, utilizo el fragmento porque es la única manera en que puedo, sé y me gusta escribir, quizá por eso soy tan adicta al tuit, al aforismo, por otra parte muy frecuentado por muchísimos autores desde la Antigüedad.

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Esther Peñas

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