1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Crispación

El asco y la violencia política: España 2020

La cancelación del interlocutor como un igual es lo que destruye el terreno de juego democrático, como destruiría cualquier conversación el hecho de negarle el respeto elemental a un participante

Cristina Peñamarín 30/10/2020

<p>Todo bajo control.</p>

Todo bajo control.

J.R. Mora

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

En ocasiones, quienes sufren ciertas políticas quedan como anonadados, demasiado vapuleados para reaccionar, para hacer otra cosa que no sea evitar ver y oír a sus gobernantes. Procuran desentenderse de ellos para vivir como si pudieran olvidar cuánto condicionan sus vidas. Pongamos por ejemplo España y Madrid este otoño de 2020. Vivir en Madrid se ha convertido en una experiencia de miedo y de hartazgo, el hastío que sigue a la reiteración de la rabia impotente. No sólo hemos tenido en el mes de septiembre la más alta tasa de infección por covid 19 de Europa, lo que da mucho miedo. Además, las personas que han necesitado atención médica por motivos diferentes del covid cuentan de centros de salud y hospitales saturados, personal médico y sanitario desbordado que, incapaz de atenderles, les da cita para uno o varios meses después de cuando la necesitan. El gobierno de Madrid no ha hecho ninguna de las cosas que hoy sabemos eficaces contra este coronavirus. Es bien sabido, y me disculpo, pero quiero repetirlo, dejan abandonado, sin apoyo ni refuerzo suficiente al personal sanitario, agotado tras el enorme esfuerzo de la primera ola de covid, para afrontar ahora la segunda y terrible ola de la infección con el mismo triste estado de la sanidad madrileña; nunca ha habido rastreadores, la primera medida que funciona, según los epidemiólogos, para aislar infectados y contener la difusión del virus; la gente sigue viajando apiñada en los vagones del metro en las horas punta, etc., etc.

La pandemia ha golpeado duro a CTXT. Si puedes, haz una donación aquí o suscríbete aquí

Como ciudadana no veo ineficacia en una administración que ha tenido meses para tomar esas medidas necesarias para contener la propagación del virus, medidas que había prometido y para las que ha recibido recursos extra, y no las ha tomado. Veo sobre todo descaro. Al igual que a mí, supongo que a muchos se nos hace evidente que la salud de los habitantes de Madrid les importa muy poco a sus gobernantes. Pero inmediatamente comprendemos que nuestro punto de vista está descartado, esos gobernantes lo ignoran porque sus políticas y sus discursos se dirigen a otro público. Y fácilmente sentiremos rabia ante ese desprecio por lo que vemos como evidente e indispensable. Pero no es nada nuevo, Berlusconi, Bolsonaro, Trump y el propio PP ya lo han probado antes. Se llama polarización, si bien ese término, como crispación y confrontación, blanquea esas políticas trumpistas, porque supone dos partes enfrentadas e igualmente responsables del enfrentamiento. Sin embargo, no es verdad que dos no luchan si uno no quiere, pues hay formas de confrontación política que destruyen el terreno de juego democrático y que hay que llamar violentas.

En esta forma de violencia política coinciden la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, IDA, la ultraderecha de Vox y el PP como líder de la oposición nacional, aunque está por ver si quiere ahora marcar perfil propio y diferenciarse de la ultraderecha. A la presidenta madrileña, como a esa derecha, qué sea eficaz contra la pandemia no le importa (por algo se producen en la consejería de sanidad de Madrid continuas dimisiones y deserciones). Nos parece claro que no pretenden controlar la pandemia, aunque sí la percepción de la pandemia y de la situación en general. Hacen política (por ejemplo, a principios de octubre se aprobó la nueva ley del suelo de Madrid, que suprime las licencias y liberaliza el suelo, e inmediatamente después ciertas grandes constructoras incrementaron su valor en bolsa ante el regreso de la economía del ladrillo). Hacen su política, y, sin embargo, todo lo que se percibe de ellos es la declamación continua, dedicada a caldear el espectáculo y la batalla. No es sólo la lógica de los medios, ávidos casi siempre de drama y espectáculo, es un diseño político que tiene en cuenta las preferencias de los medios en una estrategia que los utiliza y pervierte, como hace con las instituciones de la representación política.

En la grave crisis sanitaria, social y económica en que nos encontramos, esta derecha pone en primer plano siempre la intrínseca maldad de su enemigo político. Desde que se formó en enero el gobierno de coalición PSOE–UP, las voces de esta derecha declaman en mil modos que es ilegítimo y que es a esa izquierda en el gobierno del país a quien se deben todos los males, cualesquiera que sean. E insisten en esa terrible pintura hasta que la maldad de ese enemigo adquiere, para quienes las escuchan, unas proporciones mucho más peligrosas y amenazantes que la pandemia y la crisis mismas. El objetivo prioritario y perentorio de sus discursos es salvarnos del desastre mayor que supone ese gobierno, acabar con él. La inquietud que la grave situación suscita sirve como palanca para orientar la atención y las emociones, para hacer ver a su público esa crisis multifacética como una situación de riesgo vital necesitada de urgente intervención contra el enemigo deleznable al que hace responsable del desastre.

Es una estrategia transparente para buena parte de la población, la denuncian sin cesar políticos, periodistas, comentaristas y públicos relativamente favorables a la otra opción, a dar un apoyo más o menos crítico al actual gobierno PSOE–UP. En esta terrible situación, lo que le importa a esta derecha, dicen, decimos, es sobre todo el relato, poner en primer plano su relato del enemigo feroz. Han creado un arma narrativa singular, aunque repita un esquema consabido, con sus particulares personajes monstruosos encarnando el papel del villano y sus distintivas villanías. Un relato que tiene que persuadir a su audiencia y construirse como extremo pero verosímil. Y que para funcionar como se pretende debe reforzar dos aspectos, el factual, los “hechos”, y el emotivo, hacer que el antagonista sea percibido por su público como inadmisible y como enemigo personal y propio.

La construcción del enemigo se dirime en el terreno de los sentimientos morales. En los años 2000 no era raro oír a personas de derechas decir que el presidente Zapatero les daba asco. La actual estrategia ya está muy probada, la derecha española la ha utilizado a fondo antes y, como entonces, tiene el objetivo de negar a la izquierda, o a cierta izquierda, el derecho a ser una voz autorizada y a realizar las políticas para las que los electores la han elegido. El ataque en cada momento denuncia algo gravemente inmoral, repelente e indigno en el otro, le define por la bajeza, la hipocresía, la depravación, que un destinatario con un mínimo de dignidad e integridad no puede no rechazar (quien se indigna ante tal bajeza queda por eso mismo elevado, a sus propios ojos, en su estatura moral). La reiteración de estas formas de desprecio profundo, exasperado con los más graves insultos, y “justificado” (por los “hechos” que crea como evidentes para su público) produce, primero una naturalización de la imagen degradada del otro, que puede ser tratado siempre con desdén y hasta con grosería. Al fin, la presencia reiterada de esos personajes desdeñables produce una saturación y una repugnancia moral a menudo indistinguible del asco físico, el afecto que nos impide soportar la mera presencia de lo que nos repugna. El asco señala la barrera a la vez moral y física, sentida como una natural reacción corporal, por la que ‘yo’ espontáneamente rechazo a otro como indigno, insufrible, sin lugar en el mundo aceptable.

Hemos podido hacernos la ilusión de que este aborrecimiento de la izquierda en el poder afectaba únicamente a los votantes de VOX y al sector más tradicional del PP. Pero hoy muchas personas que entendíamos como no fanatizadas por ese discurso, y que incluso han podido votar anteriormente otras opciones, repiten sus mantras y vemos en ellas el mismo rechazo convencido, cargado de rabia y asco hacia esa izquierda. El poder del relato de la maldad de quienes hoy están en el poder parece extenderse más allá del sector tradicional de seguidores de esa derecha y, en cualquier caso, alcanza en buena medida su objetivo. El bloqueo de las instituciones democráticas, el Parlamento, el poder judicial, la coordinación entre autonomías y gobierno central, están plenamente justificados por su público (dada la urgencia de acabar con el insufrible antagonista) e impide u obstaculiza cuanto puede el ejercicio del poder, por ejemplo, para combatir eficazmente la pandemia. Y, sobre todo, destruye el espacio mismo del ejercicio de la democracia. No hay interlocutor de ese discurso. No se dirige a un ámbito político de discusión y confrontación con otros. Sólo admite la expulsión del otro fuera del espacio común, la negación del pluralismo democrático.

El terreno de juego democrático, o la esfera pública, sólo existe si existen las reglas que hacen el juego posible, las reglas que permiten discutir, negociar y acordar soluciones entre los jugadores, los representantes de los “demos”. Son reglas bien conocidas porque son, básicamente, las que nos permiten cada día conversar con quien sea y que tienen como condición primera que haya dos o más interlocutores que participen con igual derecho en esa conversación. Cuando un participante autorizado, protegido por las reglas de la institución, el Parlamento, pongamos, insulta gravemente a un interlocutor, le niega el respeto que define la relación con un igual. El insulto es como la bofetada, si no se rechaza de inmediato, se acepta, o al menos se acepta que esa imagen de la propia degradación quede sin respuesta, como si fuera posible o admisible. En la política mediatizada esa imagen de algo o alguien degradado se hace pública, a menudo ocupa el primer plano de la escena, y queda como una prueba o una evidencia en el espacio abierto a todos de que es posible tratar así a ese interlocutor. Este, evidentemente, ha de rechazar el insulto, con lo que el efecto que ese intercambio produce en las audiencias, tras la selección mediática de lo más llamativo, es inevitablemente el de una pelea de gallinero. En esto, muchos públicos muestran un gran acuerdo, los políticos no hacen más que pelearse –y de la manera más inaceptable, supuestamente todos –. Esos insultos pesan, porque no son las expresiones propias de un desacuerdo o de la crítica a un adversario, son invectivas e injurias que sólo merece el antagonista más falaz, traidor y peligroso. Presuponen ese despreciable enemigo y son fundamentales para crearlo. Con esas mismas armas embisten en el Parlamento como un elefante en una cacharrería y así han hecho inviable durante meses el parlamentarismo en España, han destruido ese espacio clave de las democracias.

Es la cancelación del interlocutor como un igual lo que destruye el terreno de juego democrático, como destruiría cualquier conversación negarle el respeto elemental a un participante. Los méritos que ha hecho ese antagonista para merecer su expulsión del espacio común se desgranan en el relato que enlaza ciertos “hechos” clave. El primer “hecho” que sirve para caracterizar al gobierno del país es el haber alcanzado el poder gracias a un engaño, una moción de censura fraudulenta, como esos discursos martillean constantemente. No importa que este gobierno haya llegado al poder tras dos elecciones generales, como tampoco que el Tribunal Supremo haya confirmado las condenas por la enorme corrupción del PP. No importan esos hechos, esa derecha tiene sus propias “evidencias” (La sentencia del TS supone una “reparación moral” para el PP, afirma Rajoy). Mantener el relato requiere una continua construcción de “hechos” que actúan como evidencias en sus discursos y justifican los argumentos y, sobre todo, las descalificaciones. Son hechos alternativos, como se dice, sostenidos unánimemente por esos políticos y por los medios que les secundan que, desde la fundamental labor de Aznar en este campo, son muchos y poderosos, tanto en el ámbito mediático convencional, como en las redes. Pero esas estrategias se amplifican porque se apoderan de un requisito fundamental de la información periodística. En democracia los medios deben ser imparciales, al menos en el sentido de que deben dar espacio a las varias posiciones en una controversia. Así, incluso los medios que no necesariamente los secundan, están obligados a reproducir las descalificaciones e insultos que sobresalen en esos discursos, aunque los discutan o rebatan. Los empecinados discursos de esa derecha no sólo han dividido y polarizado el país, le hacen vivir en dos realidades paralelas que no tienen punto de encuentro posible y han afectado a los sentimientos. Los detalles repugnantes con que su relato pinta a sus monstruos favoritos quedan adheridos a esas figuras y el asco que producen introduce un tempo de urgencia: lo insoportable debe ser expulsado de inmediato. En el sector de los convencidos por ese relato, el desprecio y el asco crecidos e intensificados cada día, sólo dejan una salida, la victoria, el desalojo de ese enemigo deleznable. La negociación o el diálogo, el ejercicio de la democracia, quedan fuera del campo de lo posible.

La violencia de esta política comenzó con la formación del gobierno de coalición y se exacerbó con la pandemia. Romper los aplausos colectivos fue un gran golpe de la derecha en la primera cuarentena de marzo a junio. El empeño y los medios que puso esa derecha para contrarrestar el aplaudir de tantos desde las ventanas al personal sanitario, cuando insistió en la cacerolada ‘contra el gobierno’ que, de modo brutal, interrumpía cada día con su estridencia el momento del aplauso compartido, iba mucho más allá de posicionarse contra ese gobierno. Sus agudos asesores descubrieron que lo importante era destruir la definición casi unánime de la realidad. Cierto es que estábamos en la oscuridad acerca de lo que pasaba y de lo que podría pasar en ‘la realidad’. Pero una cosa estaba clara, la situación requería algo de nosotros, pedía nuestro apoyo y nuestro reconocimiento a quienes apoyaban, como lo hacía, costara lo que costara, el personal médico y sanitario. Además de a ese personal, nos dirigíamos a todos los otros, a la propia situación, como si pudiéramos decirle ‘estamos aquí’, ‘cuenta con nosotros’, ‘haremos lo que haga falta’. Queríamos sentir que en esta circunstancia terrible nosotros también contamos; y de hecho sentimos que nuestra disposición puede ser útil –ya que los epidemiólogos insisten en lo fundamental que es que la población siga las medidas de protección ‘de forma responsable’–. Con independencia de si éramos la mayoría o no quienes sentíamos así, esa era la percepción dominante.

Ahora prosperan formas en que el odio se asienta sobre el ultraje, el asco y el enaltecimiento del personaje que desdeña el respeto por los otros

Encerrados, pero hiperconectados, participábamos en una conversación compartida, sintiendo un miedo, una esperanza y una determinación comunes. En aquel tiempo, hace apenas unos meses, percibíamos que estar doblando la curva, como dice la célebre metáfora, cada día una micra casi imperceptible, era estar actuando colectivamente en beneficio de todos. Y esa capacidad de acción, precisamente cuando estábamos inmóviles y encerrados, nos hacía sentirnos movidos por un impulso hacia algún futuro, desconocido, pero seguramente mejor que el presente. Un impulso común hacia algo mejor, casi nada, en estos tiempos posmodernos y descreídos. Fue fugaz, como anticiparon los pesimistas. Entre la primavera y el otoño hemos pasado a otro mundo posible, otra era. Aquello está tan fuera de la realidad actual como un sueño. La esperanza, el impulso que nos llevaba a imaginar y compartir posibles soluciones, han desaparecido, junto con el humor expansivo de aquella primera ola, y en su lugar queda una sensación de frustración y desánimo. También sentimos una rabia sorda, que no nos incita a actuar porque está unida a la sensación de impotencia y de desconcierto, pues sabemos lo que habría que hacer, pero sabemos aún mejor que no se hará. La conversación común languidece, quizá porque nada invita a compartir lo que es demasiado obvio y amargo. Sin duda, también pesa el hecho que durante estas semanas hayamos sido el país europeo con mayor número de contagios por covid, incluso hayamos multiplicado varias veces las cifras de cualquiera de ellos, que nos lleva a preguntarnos si somos más incompetentes que nadie, o si las decisiones políticas son aquí sistemáticamente las más equivocadas.

Cuando la presidenta de Madrid, IDA, se refiere a la pandemia dice cosas como que el aumento de los contagios se produce “por el modo de vida que tiene nuestra inmigración en Madrid y por la densidad de población de esos distritos y municipios”. Y cierra los barrios del sur sin molestarse en procurar rastreadores o más personal médico en atención primaria y en los hospitales (por algo Madrid es la Comunidad española que menos invierte en salud pública). O dice que el covid no debe afectar a los negocios, porque “los accidentes de tráfico dejan cifras de muertos mayores y no porque ocurran le decimos a la gente que no conduzca más”. Al igual que Trump, compone un personaje chusco, casi surrealista, que desprecia la razón, la ciencia y la gestión que se basa en sus recomendaciones y desvía la atención de la audiencia, la suya y la del resto, hacia su personaje y sus exabruptos, que siempre incluyen a sus despreciables enemigos. Si, como ha hecho siempre su partido, el PP, en Madrid, sus políticas sirven para privatizar la sanidad o las residencias de ancianos, si reducen cuanto pueden la inversión en salud, educación, vivienda social, servicios públicos, para favorecer la inversión privada que, como comprobamos cada día, degrada esos bienes y servicios, de nada de esto hablamos. En el primer plano está siempre la pantalla del esperpento o la del ataque gravemente ofensivo al enemigo tapando las cuestiones clave, que quedan fuera de la atención pública.

¿Qué pueden hacer los demócratas? Durante estos meses, los parlamentarios de la izquierda lo han intentado todo, responder al insulto con datos, hacer oídos sordos, replicar descalificando a su vez al otro… Todo ha sido inútil. Es falso que dos no luchan si uno no quiere, pero es muy cierto que dos no dialogan si uno no quiere. Quienes niegan al adversario, junto con su perspectiva, sus aspiraciones y su discurso, al punto que hacen todo ello repugnante, niegan la comunicación y hacen imposible cualquier diálogo. Lo que nos jugamos, además del bloqueo político en una situación en la que es preciso actuar en todos los terrenos –sanitario, económico, social, político a nivel europeo, nacional y local–, es la destrucción del espacio público.  Como decía Arendt, el espacio público es el lugar virtual o actual donde todos nos encontramos con nuestras diferencias y donde compartimos una definición de la realidad desde la que poder confrontarnos y acordar. Estas políticas tratan de destruir la posibilidad de compartir un marco de sentido, una visión común de la realidad, o de partir de un “acuerdo sobre el contexto del desacuerdo”, sin los cuales no existe el espacio público.

 Se ha reflexionado a menudo sobre las políticas que generan odio. Ahora prosperan formas en que el odio se asienta sobre el ultraje, el asco y el enaltecimiento del personaje que desdeña el respeto por los otros y por las reglas comunes. Hasta ahora no hemos encontrado la forma de romper el bloqueo que impone esa violencia. Sólo se ha conseguido algún diálogo político cuando el PP se ha visto obligado a diferenciarse de la ultraderecha de Vox, a marcar perfil propio, o ha tenido que atender a los requerimientos de poderes interesados en que el país funcione mínimamente. Hasta ese momento han juzgado rentable políticamente esa violencia destructora. Por ello es indispensable preguntarse qué es posible hacer ante esas políticas a las que esas derechas españolas recurren tan a menudo y que sus seguidores justifican afirmando que “eso es la política”. Preguntarnos si es posible romper esa negación de la comunicación y de lo común, y por tanto de la política, con los recursos de la propia comunicación, por ejemplo, jugando al difícil arte de desplazar el marco de sentido a otro nivel. Este cambio no pediría eludir la confrontación, sino evitar defendernos del ataque, rechazar el papel que se nos quiere adjudicar de “parte ofendida” y afirmar una posición moral confrontando en otro plano, en el terreno de la cosa común. No “defendernos” como parte singular, sino hacerlo como parte del todo, el común en cuyo nombre debemos hablar, haciendo presente que alguien tiene que hablar en nombre de lo que es de todos, de las reglas de trato y de conversación que hacen posible la supervivencia de la colectividad que se rige a sí misma y que esas fuerzas arrollan violentamente. Ante esas estrategias es preciso afrontar el objetivo de recuperar en la práctica el espacio que nos permite hablar de las políticas que cuestan vidas o las salvan; hablar de políticas, punto.

La pandemia ha golpeado duro a CTXT. Si puedes, haz una donación aquí o suscríbete aquí

Autora >

Cristina Peñamarín

es catedrática de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Profesora de semiótica en Campus de Excelencia Internacional Moncloa.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí