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Dinastías: 200 años de endogamia en la política estadounidense

Desde la fundación del país, unos 400 dúos de padre e hijo y casi 200 pares de hermanos han tenido asiento en el Congreso a la vez. En el escalón más alto, dos miembros de cuatro familias han llegado a ser presidentes

Alberto Mesas 28/10/2020

<p>La familia Kennedy en 1948. De izquierda a derecha:John F., Jean, Rose, Joseph P., Patricia, Robert F., Eunice, y debajo, Edward. </p>

La familia Kennedy en 1948. De izquierda a derecha:John F., Jean, Rose, Joseph P., Patricia, Robert F., Eunice, y debajo, Edward. 

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Por su enorme peso económico, militar y geoestratégico, cuando en Estados Unidos es año electoral el resto del mundo presta toda la atención. A lo largo de muchas décadas, la propaganda interna ha ido rebozando el proceso con toneladas de merchandising, banderitas, globos, guirnaldas y mítines con estrellas de Hollywood y la NBA. El país vende un ritual sagrado y sin mácula en el que los americanos –se empeñan en hacer creer que EE.UU. es toda América– eligen solemne y legítimamente al hombre –jamás ha sido una mujer– más poderoso del “mundo libre”.

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Sin embargo, debajo de toda la pompa mediática, la suntuosa ceremonia de investidura, las pegatinas de apoyo a las tropas y el himno a capela en cada evento deportivo, la política norteamericana está aquejada de un vicio que compromete la calidad democrática, pero que está muy asumido y normalizado en la sociedad del país: la endogamia. Desde 1776, cuando las 13 colonias se independizan y nacen los Estados Unidos, su esfera de poder público ha estado monopolizada por los apellidos de una serie de familias que, durante varias generaciones, han tenido a uno o varios de sus miembros en  puestos de responsabilidad.

Por los siglos de los siglos

La Revolución Americana se basó en el rechazo radical a la monarquía y a los privilegios de los aristócratas británicos, pero no a los de las élites de las 13 colonias. Ya en las primeras Cortes –tenía escaño el industrial de Nueva York, no el campesino de Maryland–, casi la mitad de los cargos electos del Congreso tenía un pariente consanguíneo que también formaba parte de la Cámara, una costumbre que ha ido perpetuándose a lo largo de la historia política del país. Por ejemplo, hasta la victoria de Donald Trump, el Partido Republicano no había ganado unas presidenciales desde 1928 sin que un Bush o un Nixon fuesen el candidato o el compañero de fórmula electoral.

Tal y como expone el investigador en Estudios de Gobernanza Stephen Hess en su libro America’s Political Dynasties: From Adams to Clinton (Brookings Institution Press, 2015), hasta la actualidad, en torno a 400 dúos padre-hijo y casi 200 pares de hermanos han tenido asiento en la Cámara a la vez.  Según el análisis de Hess, más de 700 familias –todas blancas y todas ricas– han contado con dos o más miembros en el Congreso desde el siglo XVII; casi 200 han visto su apellido en cargos públicos durante, al menos, tres generaciones; y son 22 las que han retenido puestos de poder durante cuatro generaciones. Entre toda esta amalgama de cargos y nombramientos apenas hay una decena de mujeres.

Hay 22 familias que han retenido puestos de poder durante cuatro generaciones

En la política regional la costumbre es la misma, y en algunos estados ciertos apellidos están automática e incontestablemente ligados al poder. Es el caso de los Kennedy en Massachusetts, los Taft en Ohio, los Long en Luisiana o los Udall en Arizona; linajes cuyos nombres llevan muchos decenios reflejados en una papeleta electoral.

En el escalón más alto, hasta dos miembros de cuatro familias han repetido como presidentes de EE.UU.: los Adams, los Harrison, los Roosevelt y los Bush.

La era de la televisión

Desde la segunda mitad del siglo XX, con la consolidación de la todopoderosa televisión como medio de comunicación de masas, muchos de los anteriores personajes incluso rebasaron las fronteras de su país para convertirse en personajes mediáticos reconocidos en medio mundo. El audiovisual permitió que, además de nombre, los electores pudiesen ponerle cara y voz a los políticos, lo que hacía a los más conocidos todavía más populares.

“Los medios, y en especial la televisión, convierten a las figuras públicas en celebrities, estrellas de la cultura de masas, y la política no es una excepción”, asegura el sociólogo Luis García Tojar, profesor de sistemas mediáticos y orden político en el máster de Comunicación Política de la UCM. Estados Unidos, explica, “como cualquier país joven se apresuró a crear un santoral de figuras políticas, empezando por los llamados padres fundadores y siguiendo por héroes militares o de los negocios. De ahí surgen esas familias de poder. El mito del hombre fuerte es muy importante en la cultura política de ese país, y no hay hombre fuerte sin familia fuerte”.

“Un periodismo enfocado al servicio público podría haber contrarrestado ese fenómeno”, añade el profesor, “pero eso no es propio de la cultura informativa norteamericana [...] De repente el presidente del Gobierno cena contigo en tu casa o tú cenas en la suya. La televisión convierte la política en un espectáculo, simplifica los problemas políticos y rebaja la cantidad de información necesaria para poder tener una opinión política. En un sentido la democratiza, en otro la hace pueril”.

Con todo, y a pesar de que los medios retroalimentan la popularidad de unas familias que ya eran conocidas de por sí, la cuestión se encuentra precisamente en eso, en por qué esas familias y no otras llegaron a la política y se han perpetuado en las instituciones públicas. Es “la selección económica por razón de clase social”, expone García Tojar, lo que hace que aumenten las posibilidades de un individuo de tener una carrera política exitosa, pero también influye “que EE.UU. tiene una cultura política poco desarrollada”.

Dinastía Kennedy

John F. Kennedy y Jacqueline Kennedy con sus hijos.

Los Kennedy son el paradigma de esa mediatización de la política. Aun así, antes de la popularidad mundial y de las tragedias, en Massachusetts ya llevaban casi cien años siendo una celebridad y, desde que el primer Kennedy desempeñó un cargo electo a finales del siglo XIX, la dinastía ha producido siete políticos muy conocidos entre presidente, senadores y congresistas a lo largo de cuatro generaciones.

Todo empezó con el abuelo John F. Fitzgerald, que en 1891 llegó al ayuntamiento de Boston como concejal, para poco después ser el alcalde de la ciudad. Hasta 1914 la alcaldía fue un puesto itinerante para él, ya que mientras tanto fue senador y congresista por Massachusetts. Solo tuvo una hija, Rose, que fue la verdadera matriarca de la familia.

Con el enlace entre Rose Fitzgerald y Joseph P. Kennedy –un diplomático que hizo fortuna especulando en el negocio inmobiliario y con la importación de alcohol tras la ley Seca– quedaron unidas dos de las familias más poderosas de Massachusetts. Entre sus nueve hijos están John Fitzgerald Kennedy (JFK) y Robert y Ted Kennedy, tres de los grandes nombres de la política estadounidense de los años 60. Precisamente detrás del éxito de los tres hermanos –sobre todo el de JFK– están el dinero y los contactos de su padre.

John Fitzgerald Kennedy estudió derecho, pero con apenas 30 años ya era congresista por Massachusetts –en el escaño de su abuelo–, y solo seis años después se convirtió en senador, cargo que ostentó hasta que se convirtió en presidente de los Estados Unidos (1961-1963). JFK fue el primer político moderno, con él se experimentaron las nuevas tácticas de la mercadotecnia. En su notoriedad jugó un papel fundamental la televisión, donde Kennedy siempre aparecía impoluto y sonriente. Su matrimonio con Jacqueline Lee, una aristócrata descendiente de banqueros de Wall Street e inversores del petróleo, favoreció que su figura superase la esfera de la política para adquirir una dimensión sensacionalista que encandiló a millones de estadounidenses.

El nombramiento más polémico durante la breve administración Kennedy fue el de su hermano Robert como fiscal general de EE.UU. Tras el asesinato de JFK, Robert renunció al cargo para entrar en el Senado por el estado de Nueva York. Fue asesinado en 1968, cuando se postulaba para la carrera presidencial –lo tenía todo a favor, era el candidato más respaldado en las primarias demócratas.

Ted es el tercer hermano Kennedy que sostuvo la dinastía política familiar. Mucho menos conocido e influyente que los otros dos, Ted estuvo toda su vida política –lo retiró la muerte– en el Senado, donde pasó 47 años. Como sus dos hermanos, Ted también tuvo ambiciones presidenciales pero sus opciones se vieron truncadas cuando, en 1969, se salió del puente por el que conducía y murió su acompañante. Ted se fugó del lugar del accidente y fue condenado a dos meses de cárcel, una pena que jamás cumplió.

Como ocurre en la familia Bush, los Kennedy todavía cuentan hoy con un miembro activo en política. Se trata de Joseph P. Joe Kennedy III, el nieto del exfiscal Robert, que posee un escaño en la Cámara de Representantes por Massachusetts –se encuentra en su tercer mandato– y tiene aspiraciones al Senado.

Dinastía Bush

 George H.W. Bush y su hijo George W. Bush.

Al igual que los Adams, los Bush lograron que tanto un padre como su hijo llegaran a ser presidentes de Estados Unidos. Además, durante cuatro generaciones, varios miembros de esta familia han ostentado puestos políticos a nivel estatal y nacional. Principalmente integrado por empresarios y banqueros de la costa este, el renombre de los Bush se remonta al siglo XIX, cuando Samuel P. Bush hizo fortuna en la industria del acero tras ser gerente de la empresa petrolífera de Frank Rockefeller, el hermano del famoso magnate.

El hijo de Samuel, Prescott Bush, continuó haciendo dinero como ejecutivo bancario de Wall Street, y fue el primer miembro de la familia que llegó a la política, en concreto como senador por Connecticut. El descendiente de Prescott, George H.W. (Bush padre), comenzó su carrera política como congresista por Texas después de invertir en el lucrativo negocio del petróleo. Antes de ser vicepresidente y presidente de EE.UU. (1981-1989), fue diplomático y dirigió la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Bush padre tuvo dos hijos: George W. y Jeb. Antes de entrar en política, George era un conocido empresario del petróleo en Texas, el estado del que después fue gobernador durante cinco años. Sin ningún cargo institucional intermedio, llegó a la presidencia de Estados Unidos en 2001. En sus ocho años de mandato, Estados Unidos lideró dos guerras (Afganistán e Irak), torturó a prisioneros, prohibió el matrimonio homosexual y sufrió la peor crisis económica desde la gran depresión.

Por su parte, Jeb siempre se dedicó a la política y también consiguió ser gobernador, aunque del estado de Florida, durante ocho años. En 2016 se presentó a las primarias del Partido Republicano para intentar llegar a la Casa Blanca, pero en esta ocasión el apellido actuó como un lastre y la nominación fue para Donald Trump. Actualmente la dinastía Bush continúa con George P., el hijo mayor de Jeb, que es abogado y empresario en la industria del petróleo, y está empezando en política como comisionado de la Oficina General de Tierras de Texas. Todo apunta a que continuará con la saga familiar.

Dinastía Clinton

Hillary y Bill Clinton. Foto: Karen Murphy (Flickr)

Otra de las dinastías mediáticas. Pudo haber sido la quinta familia con dos de sus miembros en llegar a presidir los Estados Unidos si Hillary Clinton hubiera ganado a Trump en 2016.

Después de haber sido gobernador por Arkansas durante 11 años y fiscal general de ese estado durante dos, Bill Clinton llegó a la Casa Blanca, donde estuvo dos mandatos (1993-2001). Por su parte, la carrera política de Hillary ha sido más variada; tras dos legislaturas como representante de Nueva York en el Senado, en 2008 concurrió a las primarias demócratas, que perdió contra Barack Obama. No obstante, fue su Secretaria de Estado durante cuatro años. Más tarde, en 2016, consiguió ser la primera candidata a la Presidencia de la historia del país pero, a pesar de ganar en votos, el sistema electoral estadounidense le otorgó la mayoría de los delegados a Trump.

Desde entonces, los Clinton se han dedicado a las conferencias, think tanks y a la fundación que lleva su apellido. Hace unos años, la revista Forbes publicó que el matrimonio Clinton había amasado 240 millones de dólares (unos 200 millones de euros) en 15 años.

Los Trump

Donald y Melania Trump.

Donald Trump llegó a la política dando espectáculo. Para muchos su candidatura era un chiste, la manera extravagante de un multimillonario de llamar la atención. Pero Trump no era ningún desconocido para el público, llevaba décadas apareciendo en la televisión, nutriendo las páginas amarillas de las prensa y transitando el círculo de poder empresarial que siempre orbita alrededor de la clase política.

“Desde sus mismos orígenes, EE.UU. es una sociedad que vive una guerra cultural interna”, aclara el profesor García Tojar. “Si en la guerra civil fue el norte contra el sur, la lucha cultural actual parece enfrentar a las costas contra el centro. Dos américas muy distintas viven en esos lugares, y se odian. [...] Trump supo leer bien este odio de clase, exacerbado por la crisis económica, la rebelión de las mujeres y las minorías raciales, y el sentimiento de ocaso del gran siglo americano”.

Tras la victoria, Trump ha empezado a construir su propia dinastía a través de un nexo muy poderoso e influyente: Trump Organization, un gigante empresarial cuya actividad principal es el sector inmobiliario, aunque está diversificado en múltiples negocios, y de cuyo consejo de administración forman parte casi todos sus hijos. El próximo mes de noviembre Trump se enfrentará en las urnas al candidato demócrata, Joe Biden, que lleva casi 50 años en política, desde 1972.

El primogénito, Donald, es economista y empresario. Hace unos años participó en The Apprentice, un programa de televisión basado en la vida de Trump padre –que, por supuesto, también aparecía en el show– como magnate inmobiliario, donde el premio eran 250.000 dólares y una licencia para dirigir una de sus empresas. Donald hijo no ganó el concurso, pero igualmente es vicepresidente ejecutivo de la Organización Trump.

Su segunda hija, Ivanka, es la vicepresidenta ejecutiva de Desarrollo y Adquisiciones de la empresa. Como su hermano, también participó en The Apprentice, pero ella desempeñaba el papel de jueza y asesora de su padre. Nada más llegar al despacho oval, Trump permitió que Ivanka participase en reuniones con líderes internacionales y le dio un cargo formal, el de consejera del presidente. Está casada con Jared Kushner, dueño del periódico The New York Observer y a quien Trump nombró asesor principal recién iniciado su mandato.

Eric Trump, el tercer vástago, es vicepresidente ejecutivo de Desarrollo y Adquisiciones de Trump Organization. Con 23 años creó una especie de ONG orientada a la infancia y poco después fue nombrado uno de los 20 filántropos menores de 40 años más destacados por The New York Observer, el periódico de su cuñado.

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Autor >

Alberto Mesas

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