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Ingrid Guardiola / Santiago Gerchunoff

“La paranoia de que las tecnologías van a acabar con la libertad vuelve una y otra vez desde hace miles de años”

Roberto Valencia 7/11/2020

<p>Ingrid Guardiola y Santiago Gerchunoff.</p>

Ingrid Guardiola y Santiago Gerchunoff.

Cedidas por los entrevistados

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Los confinamientos e imposiciones de teletrabajo han disparado la comunicación a través de las pantallas. Pero la adaptación (dicha sea esto con toda la dubitación) de nuestros hábitos sociales a las circunstancias de la pandemia no ha hecho más que afianzar una dinámica que llevaba tiempo asentándose en nuestras sociedades: el amoldamiento de nuestros usos, necesidades y costumbres al formato digital. Ingrid Guardiola (Girona, 1980) editó en 2019 El ojo y la navaja, ensayo en el que examinaba de forma crítica las distintas formas de lo digital –el arte, la comunicación, la producción de imágenes, etc.–. Santiago Gerchunoff (Buenos Aires, 1977) es autor de Ironía On, texto de 2019 en el que se preguntaba por la naturaleza y la función de la conversación pública actual. 

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Si un mago de la lámpara les ofreciera la posibilidad de volver a la situación pre-Internet, pre-móvil y pre-computadoras, ¿aceptarían?

Ingrid Guardiola: Tengo que decir que mi escuela teórica de aproximación a la teoría de los medios es crítica, pero no ludita: Mumford, McLuhan, Wajcman, Virilio, Lanier… Si pudiera regresar, a lo mejor me iría al sintomático 1984, a la conferencia hacker organizada por Steward Brand y Kevin Kelly de The Whole Earth Catalog en Sausalito, California. Allí un buen puñado de techies algo nerds creaban el futuro de la electrónica como un nuevo arte. Les diría que les faltan mujeres y una visión menos prometeica de la tecnología, menos mesiánica; también que las capacidades lúdicas, creativas y logística de la tecnología digital enseguida derivarán en totalitarias formas de control, que California arderá cada año por el cambio climático. Y, ya puestas, me gustaría que Richard Stallman hablase con Steve Wozniak y que protegieran lo que tanto aman (las ciencias de la informática) de la economía financiera, la emprendeduría egotista y el capitalismo de plataforma.

Santiago Gerchunoff: No me gusta el lugar de sommelier de épocas, que puede “preferir” o no esta o aquella y dar argumentos como un jurado de Got Talent sobre cuál es más afinada y cuál mejor compañera. Pero tomándome la pregunta de un modo no filosófico, sino más bien personal, sin ninguna duda diría que no: vivo desde hace más de veinte años a doce mil kilómetros de mi familia y todos mis amigos de la infancia y de la ciudad en la que crecí, y desde el advenimiento de Internet, cada vez más, he disfrutado (y recuperado y agrandado) relaciones más cotidianas e intensas con toda esa gente que tanto quiero y necesito. Mis antepasados, que huyeron de Rusia para ir a Argentina a finales del XIX, prácticamente se desconectaron por completo de los que quedaban del otro lado del mundo. Ese dolor y esa pena se transmite de generación en generación y para mí es glorioso poder compartir la vida con mis padres, mis hermanos y mis amigos.

En un escenario post-pantallas (por ejemplo, derivado de una crisis energética o del horizonte medioambiental), ¿cómo creen que cambiarían las condiciones de vida y de relación?

IG: Ahora no recuerdo quién decía que la Internet de las terminales desaparecería porque la habríamos integrado tanto en nuestras vidas que no se distinguiría de una función del cuerpo. Desde este punto de vista hay dos mundos post-pantallas posibles, uno biotecnológico donde desaparecen todos los gadgets tecnológicos porque la Internet de las Cosas se ha sofisticado tanto que los sensores los llevamos dentro del cuerpo y precisan de niveles energéticos bajos o se retroalimentan con el cuerpo o con alguna nueva sustancia energética. El segundo, más apocalíptico y estrechamente vinculado con la crisis energética y medioambiental, un mundo cercano a The Road de Cormac McCarthy donde la lucha es por la supervivencia, puesto que un horizonte de catástrofe climática no se carga las pantallas, se lo carga todo.

Las tecnologías tienden a superponerse, a acumularse, como mínimo en forma de escombros; lo raro es que se sustituyan por completo

SG: Entiendo que, si es por una crisis energética y medioambiental, no sólo desaparecería Internet, sino también la televisión, los aviones, los tomógrafos, las ecografías y hasta los coches… Creo que entonces iríamos a una realidad más bien miserable y localista, encerrada, más desinformada, pobre y supersticiosa. A verdaderas “cámaras de eco” sociales y no las que de manera fatua se denuncian hoy. La vida, comparada con la nuestra sería, sin duda, nasty, brutish and short.

¿Por qué afirma que la vida sin hiperconectividad sería más pobre? ¿No llegó el intelecto a la emancipación en épocas en las que ni siquiera se había inventado la luz eléctrica?

SG: Lo primero que habría que sincerar es que la idealización de una “vida sin hiperconectividad” se refiere a 1990 más o menos. No quiero gastar caracteres en triturar la nostalgia por 1990 (época en la que ya triunfaba una sociología depre que consideraba al público de la TV una masa idiotizada y manipulable por un oscuro poder oligopólico que convertía en una pantomima la democracia liberal). Pero, si nos tomamos en serio “técnicamente” la idea de la imposibilidad material de la hiperconectividad por algún colapso medioambiental, estamos pensando en un momento muy anterior, en el siglo XVII más o menos; es decir, estamos pensando en una sociedad sin posibilidad de fabricar antibióticos masivamente, quizás hasta sin cloacas y con una esperanza de vida de cuarenta años. No quiero siquiera discutir la idea de que como Descartes escribió El discurso del método, era una época más “rica” (con un elitismo y una desigualdad social inconmensurables para nuestro mundo, por cierto). Entiendo que con la idea de “época en la que el intelecto llegó a la emancipación sin luz eléctrica” te refieres a la gran Ilustración europea moderna. Lo que me parece equivocado es creer que la sociedad digital es simplemente antimoderna y no una en la que lo moderno es supuesto, es sedimento; y horma insoslayable, por cierto, para el propio desarrollo de lo digital. Descartes (o la geometría analítica, es igual) está metido como pieza constituyente de cada streamer, no solo no existirían sin él, sino que él pervive en su interior. Eso no puede cambiar, las tecnologías tienden a superponerse, a acumularse, como mínimo en forma de escombros; lo raro es que se sustituyan por completo. En eso coincido totalmente con McLuhan. Y creo que acertaba cuando explicaba cómo el cine, aun siendo exteriormente “pura” imagen y sonido, no podría existir (ni ser comprendido) en una sociedad prealfabética. La lógica del cine supone la lectoescritura y la imprenta afianzadas, y sin ellas no existiría. Del mismo modo que no existiría tampoco Internet sin Qué es la ilustración de Kant. Pero lo más notable para mí no es que Internet necesite Qué es la ilustración para existir, sino que Qué es la ilustración haya necesitado que Internet exista para cobrar un sentido más pleno. 

IG: Si viviéramos en una época sin hiperconectividad no sé si seríamos más pobres o más ricos. La hiperconectividad yo la fecharía entre 2012 y 2016: auge de las redes sociales, de las gigantes plataformas de contenido online, la Internet de las cosas (los gadgets con sensores), el machine learning y la inteligencia artificial… La cultura es un diálogo con lo que tenemos a mano y con lo que proyectamos. Quizás no lo plantearía de forma tan taxativa como Régis Debray en Vida y muerte de la imagen o como José Luis Brea en Las tres edades de la imagen, como si existiera una historia lineal de la cultura visual en función de su relación con la tecnología (yo no lo veo así), pero lo que está claro es que cambiarían los modos de ver, de leer, puesto que los formatos y soportes condicionan las formas de comunicación; con ello se desplazarían algunas ideas, tendrían otras connotaciones e impactos. Es una tesis cercana (pero no idéntica) a Postman cuando habla –haciendo un détournement de McLuhan– de que el medio es la metáfora, que no se pueden expresar las mismas ideas con medios diferentes. A mí me parece que sí que se pueden expresar ideas similares, pero nunca las mismas porque hay un condicionante que tiene que ver con la estructura material y política del medio. El condicionante político es más determinante, más que el técnico-material que siempre puede prestarse a la reapropiación, a la reutilización. Ahora que la televisión (TDT) está perdiendo fuelle en la pugna por la hegemonía cultural, sería el momento de soltar amarras y poder recuperar su vocación pública y experimental. 

Comparto el diagnóstico de Santiago de los sedimentos tecnológicos, tan acertado y brillante. Pero, ¿no les parece que la tecnología introduce modificaciones demasiado importantes, hasta el punto de que puede condicionar nuestras interacciones de un modo fatal? Estoy pensando en las fake news, los trolls, las identidades falsas, la violencia de las intervenciones, la gratuidad de las agresiones verbales, pero también en la hegemonía actual de una conversación digital demasiado condicionada por estas desviaciones. 

SG: Me gustaría decir algo nuevo, pero vuelvo a decir lo mismo de siempre: lo que a mí me llama la atención es el parecido de todas estos males o enfermedades que se rechazan de la actual conversación pública de masas con aquello que se viene rechazando de “lo político” en los en los últimos dos mil quinientos años, pero especialmente desde la lectura racionalista, habermasiana, (inconsciente pero hegemónica) de lo que debería ser el espacio público. Podemos citar a Platón o a Santa Teresa de Jesús, o a Byung-Chul Han, pero la idea es siempre que las características del espacio público real son execrables: irracionalidad, mentira, emotivismo, narcisismo, inutilidad, agresividad. Siempre, como vio tan bien Arendt, bajo el anhelo de reducir la naturaleza, efectivamente ambigua, incierta, turbia y acientífica de lo político a las características del espacio privado, de lo utilitario, de lo productivo: racionalidad, pragmatismo, verdad, precisión, predictibilidad, reversibilidad. La conversación pública de masas actual, en efecto, decepciona a cualquiera que, confesándolo o no, espera que la vida política (la vida de la ciudad) tenga las características de una industria o de una ciencia.

Ahora que la televisión (TDT) está perdiendo fuelle en la pugna por la hegemonía cultural, sería el momento de soltar amarras y poder recuperar su vocación pública y experimental

IG: La cultura del odio ha encontrado un gran aliado en las redes, lo cuentan muy bien la tecnosocióloga Zeynep Tufekci cuando analiza la masacre de los rohingya (comunidad musulmana de Myanmar) o el aumento del supremacismo blanco, o Michela Marzano cuando se refiere al uso ideológico-religioso de las redes en la diseminación de los vídeos de degollaciones de formaciones religiosas radicales como los islamistas. Pero el odio y las fake news tienen un largo alcance histórico y cultural. Las decapitaciones, mutilaciones y fratricidios varios están en la raíz de muchos mitos de la Grecia y Roma clásicas, egipcios, nórdicos, mesoamericanos… Y las distorsiones de la comunicación pública con objetivos políticos es algo muy antiguo también. Quizás lo inquietante de las redes es que son un altavoz infalible de alcance global y que su estructura es violenta en la medida en que se aprovecha del aislamiento social y la vulnerabilidad a través de los filtros burbuja y las cámaras de eco, o la polarización de los discursos fruto de una determinada lógica algorítmica (entre otros). Es decir, lo raro es que no nos matemos entre todos. Por eso los más jóvenes duplican cuentas, una pública (Rinsta, “Real Instagram”, la identidad digital formal) y una privada (Finsta, “Fake Instagram”, la identidad digital informal), para protegerse. La clase política de tinte más populista también usa esas mismas estrategias en el mundo offline del Congreso: polarización, fake news, violencia y cultura del odio…

¿Qué es lo que más les preocuparía en ese hipotético escenario post pantallas del que hablábamos antes?

IG: Me imagino tres posibles escenarios: el monopolio definitivo de las corporaciones transnacionales, pero frenando su crecimiento exponencial en cuanto a prestaciones y demás; una estructura red de nodos de servidores propios, rutas paralelas y circuitos de proximidad (versión utópico-naif). O quizás se nacionalizaría Internet, prestando los servicios mínimos de información pública a través de un alquiler de parte de la infraestructura de las grandes corporaciones. Pero si hablamos de crisis energética, entonces también hablamos de crisis general de movilidad, lo que limitaría la circulación de información y contenidos offline. Quizás habría un retorno a una cierta clandestinidad para que la información traspasara fronteras. Volveríamos a formatos e infraestructuras menos pesadas: texto, radio… Y eliminaríamos una cantidad ingente de ruido de fondo. Qué difícil de imaginar.

SG: Vuelvo al tono personal: tener que elegir dónde vivir de un modo absoluto; quedar desconectado de la gente que quiero o que me interesa y cuyas opiniones, sentimientos y pensamientos ahora mismo puedo conocer cada día, aunque vivan lejísimos. Vivir en aldeas otra vez, pero ya no globales. Pero lo que más me preocuparía es la pobreza, el resentimiento y la tristeza de las generaciones que vivieran ese apocalipsis, porque lo sentirían como una vejación, como una extirpación brutal. Prueba a quitar Internet (o la electricidad) selectivamente de algunos barrios de una ciudad cualquiera y verás el sentimiento de violación e injusticia que mostrarían los afectados. 

¿Creen que en ese apagón se reestablecerían usos y equilibrios de poder anteriores? 

IG: Nota previa: el apagón tendría que ser de todo lo conectivo, no sólo de las pantallas. Hoy en día Internet es casi una antigua metáfora (exagero un poco) para hablar de lo conectivo, de nuestra vida digital conectada: redes, wearable technology, lo neurobiológico, los sensores del espacio público, nuestro entorno virtual, nuestra identidad digital, AI…). Tal como nos enseña la ciencia ficción (Matrix, Al filo del mañana, Terminator…), podemos imaginar un futuro de máquinas sin humanos y donde la energía se focalice en optimizar el mundo-máquina. También podemos imaginar un futuro humano sin máquinas algorítmicas, pero con máquinas más rudimentarias y autosuficientes y quizás desvinculadas de la gestión del poder. Donde la fuerza y el trabajo humano sustituyan los procesos de automatización, donde la industria pesada y las exportaciones tengan un peso relativo. Un escenario antitético del que proyectan tanto los aceleracionistas como los de la Singularidad. Un futuro decrecido, ralentizado, más ensimismado, donde la libertad de consumo desaparecerá en pro de una libertad de supervivencia comunitaria, quizás con algunas redes mutualistas de carácter más amplio; un futuro muy Béla Tarr, pero futuro al fin y al cabo. 

Para quien aprendió a leer con hipervínculos, la lectura lineal exclusiva es un cercenamiento, una amputación

SG: El problema con estas fantasías es que suponen que los humanos tenemos una individualidad cerrada, constituida de antemano, ahistórica, que se va adornando con distintos gadgets (escritura, alfabeto, imprenta, TV, Internet). Pero esas tecnologías nos constituyen, nos conforman; sabemos, por ejemplo, que en las sociedades previas al alfabeto no existía el “yo”; o que en la era del manuscrito, en la Baja Edad Media, la “autoría intelectual”, tan cara para nosotros, era irrelevante. Entonces, no es tan simple como que se apaguen las pantallas y volvamos a ser el hombre de Gutenberg. Para quien aprendió a leer con hipervínculos, la lectura lineal exclusiva es un cercenamiento, una amputación. Sólo los que nacieran mucho después, no se verían de un modo triste y es probable que construyeran una civilización distinta. Pero no descarto que al cabo de algunas décadas volvieran a inventar los instrumentos técnicos para volver a una situación de conectividad global. 

Santiago afirma que la tecnología nos constituye. Pero quizás esa conformación inevitable de la dimensión comunicativa del ser humano a través de la conectividad podría resultar menos estresante. Menos utilitarista, incluso, ¿no?

SG: Menos estresante será seguro, poco a poco, porque estamos en la adolescencia de la conectividad; tenemos que aprender y moderarnos mucho. Pero me llama la atención lo de la “utilidad”, porque el utilitarismo es el sostén (muchas veces inadvertido) de los críticos más furibundos de la conectividad: se les imputa a las redes sobre todo que solo sirven para perder el tiempo. Creo que lo que más molesta de la conversación pública de masas es su inutilidad esencial, su carácter compulsivo alrededor del mero deseo de aparecer, de mostrarse, de ser reconocido, lo que se liquida con la pobre etiqueta de “narcisismo”, sin preguntarse por la historia del impulso a “aparecer frente a un público” que pensadores como Hannah Arendt vincularon a la esencia de lo político. Lo insoportable de nuestra época es la preeminencia creciente de la dimensión política (e inútil) de la existencia. Algo que, en términos del siglo XX, quizá se llamaría, módicamente, “alienación en lo social”. 

IG: Yo llevé gafas desde que tenía un año y medio hasta los 24, cuando me operé. Sí, la tecnología nos constituye. Franco Berardi ‘Bifo’ habla, en Fenomenología del fin, de que vivimos el paso de un modo conjuntivo (concatenación de cuerpos y máquinas que pueden generar significado sin seguir un diseño preestablecido) a un modo conectivo (concatenación operativa entre agentes de significado previamente formateados de acuerdo con un código). El problema con lo conectivo no es su funcionalismo, sino que es sintáctico y predictivo, sirve para hacer taxonomía, deducir, predecir y moldear todo lo que forme parte de su contexto de información, de su protocolo. La relación entre las formas de predicción y el capitalismo es antigua y Lewis Mumford lo explica muy bien en El mito de la máquina (1967). Pero ahora, además de convencernos de comprar cosas que no hemos visto ni necesitamos, las plataformas digitales (matriz cultural de lo conectivo) intentan moldear nuestros comportamientos futuros y hacer de ello un mercado, como explica Shoshana Zuboff. Capitalismo de plataforma, narcocapitalismo… hay varias nomenclaturas para describir este contexto comunicativo. Para que estos procedimientos sean eficientes se necesitan muchos datos, con lo que se necesita hacer rendir al sujeto de la investigación, estresarlo, también en el sentido anglosajón de presionarlo para que mute de forma, para que se inscriba en una forma determinada. Si saltas de una de estas plataformas a la misma plataforma pero de código abierto (por ejemplo pasando de Twitter a Mastodon), verás que lo que rige la primera (violencia, odio, polarización), no es válido para la segunda, que forma parte de una red descentralizada de servidores, no tiene como fin la extracción de datos y cuya lógica algorítmica es otra. Se puede tener una experiencia social sin necesidad de sentirse usado o agotado.

Siguiendo con la tecnología, parece que, a nivel gubernativo, goza de cierta inmunidad crítica. Todo lo que sea tecnológico ya es progresista e igualitario. ¿Creen que es un mito interesado o los poderes públicos carecen de una visión crítica de lo tecnológico?

SG: No estoy de acuerdo con esta descripción. En nuestra sociedad, el discurso público hegemónico más expandido es (de lejos) el oscuro, pesimista e hipercrítico. El documental tecnológico mainstream que lo peta hoy (¡y que recomiendan hasta los políticos!) es uno que trata a Internet como a la heroína mal cortada. Lo mismo que pasó con la TV y mucho antes con la imprenta, la escritura y el alfabeto. Mientras estas tecnologías se expandían de facto en la sociedad y la modificaban, el discurso público más extendido era temeroso y conservador. En concreto, la paranoia sobre cómo las tecnologías de la comunicación (desde hace más de cinco mil años) van a acabar con la libertad humana vuelve una y otra vez. Y, al mismo tiempo, son esas tecnologías triunfantes de facto las que sirven de vehículo fundamental para su propia demonización: era necesariamente mediante la escritura que Platón despotricaba contra la escritura y es necesariamente en las redes donde se construye y expande el mensaje contra las redes

Además de convencernos de comprar cosas que no hemos visto ni necesitamos, las plataformas digitales intentan moldear nuestros comportamientos futuros y hacer de ello un mercado

IG: Creo que la tecnología es un mito interesado en el momento en que Pedro Sánchez se reúne con Jeff Bezos (Amazon) o se implementa el paquete educativo Google Suite en todas las escuelas públicas, cediendo toda la producción de información a Google. Lo que perdemos aquí es soberanía tecnológica. Estos gigantes de la información juegan la baza de la eficiencia, de la funcionalidad, de la integración (“todos los servicios en uno”), y es difícil competir con ellos a este nivel. La otra cosa es que exista un discurso crítico a nivel académico o desde él, incluso siendo muy difícil ser coherente. Marta Peirano decía que esto es un problema colectivo y que tendríamos que encararlo como tal. En el colegio de mi hijo tienen cuentas de redes, paquete de Google Suite para gestionar la información con las familias… Sólo tiene tres años, no necesita nada de esto, pero la pandemia lo ha justificado todo. Si me niego a ello me quedaré sola. Así que no es verdad que tengamos asumido el discurso crítico respecto al peligro de estas herramientas. La gente ve El dilema de las redes y duerme mal esa noche, pero al cabo de una semana el cerebro ya se ha saciado de muchas otras ricas sustancias. Los mismos que te ofrecen el diagnóstico, procuran que pienses en ello como una hipótesis basada en el malestar y te ofrecen tranquilizantes (otros productos) para que te olvides pronto.

Del anterior estado pre-Internet, yo echo de menos cierta lentitud en los procesos y en el pensamiento. También, el hecho de que la información no se multiplique de un modo infinito a cada paso, o que ciertas referencias culturales sean, efectivamente, referenciales. Sé que todo esto tenía una contrapartida negativa: la lentitud no era tal, el control de la información era casi absoluto y las referencias culturales no siempre eran las más ejemplares o las mejores. Ustedes, ¿añoran algo del pasado? 

IG: De la época pre-Internet (sobre todo de pre-Internet en tu teléfono móvil) echo de menos la improductividad y la búsqueda del conocimiento. Me explico. La improductividad en la habitación propia, un lugar donde estar con “tus cosas”, que eran tus amuletos, completamente sin valor social, sólo simbólico. El convocar al otro sin que el otro respondiera. Proyectar. Pensar las cosas sin tener la respuesta de forma inmediata, porque a menudo es una respuesta parcial, ilusoria, un parche. Echo de menos la tensión familiar en una época pre-smartphone, como en los cuentos de Clarice Lispector. Escuchar desde tu cama qué pasa al otro lado de la habitación y del tabique, escuchar a los vecinos, mirar por la ventana (aún lo hago mucho), y esas reuniones sociales artríticas. Esta incomodidad sin escapatoria de los lazos de sangre o de los grupos de trabajo que han dado lugar a tan buenas historias, experiencias y buenas dosis de humor costumbrista. 

SG: “El pasado” fue creado para ser añorado, y yo, ciertamente, lo añoro muchísimo. Cada vez soy menos ágil, más gordo y más tonto; y encima tengo la certeza de que el proceso es irreversible. Respecto al advenimiento de Internet, comparto con Ingrid la nostalgia de la lentitud, de lo no inmediato y de las ensoñaciones que los hiatos de las esperas y el aburrimiento producían. Pero una cosa muy concretamente “pre-Internet” que también extraño es la fantasía sostenida de ser singularmente conocedor de algún tema o muy bueno en alguna disciplina. Internet te muestra en muy pocos minutos que está lleno de gente en el mundo que sabe tanto o más de aquello en lo que te creías un connaiseur, o experto. Es muy deprimente para quien fue criado en el paradigma liberal individualista de la originalidad.

Ya que estamos, vayamos al asunto clave. ¿Qué tiene que ver la tecnología con la felicidad?

IG: Sobre la felicidad… Hoy en día nos encontramos frente a algo que llamaré “el mito de la abundancia”, un entorno de múltiples posibilidades ofrecido por las grandes plataformas digitales: más contenidos, más amigos, más relaciones sexo-afectivas, más productos… Pero este exceso edénico es falaz. Además, uno de los principales elementos limitadores de la elección múltiple es lo que Barry Schwartz (2004) llama “la paradoja de la elección”. Schwartz explica que un marco con muchas alternativas, un entorno de abundantes elecciones, conduce al ser humano a estar menos satisfecho con las decisiones que toma. Con ello desmonta el tópico de que cuanto más pueda decidir la gente, más libre se siente y mejor está. Schwartz indica que esto es así por varios motivos: porque con las decisiones de muchas opciones es muy difícil pensar en la alternativa a lo que se ha conseguido con la elección, también tiene que ver con la relación entre el valor y la comparativa (se proyectan las bondades de lo que hemos rechazado), con la satisfacción de las expectativas (en una situación de abundancia estas son excesivas) y con la reducción de las experiencias sorpresivas. Vivimos en entornos excesivos no abundantes, puesto que las ofertas están limitadas algorítmicamente.

Era necesariamente mediante la escritura que Platón despotricaba contra la escritura y es necesariamente en las redes donde se construye y expande el mensaje contra las redes

SG: La propia idea de felicidad que manejamos vulgarmente hoy en día es una idea más o menos hedonista, heredada del utilitarismo decimonónico, desde el cual se dio el mayor paraguas teórico posible a la producción tecnológica moderna. La tecnología moderna tiene, desde este punto de vista, una relación esencial con la felicidad, en la medida en la que lo tecnológico es el epítome de lo útil. Sin embargo, creo que la tecnología de la que estamos hablando más en esta entrevista (la hiperconectividad) es, precisamente, una excepción. Tiene mucho más que ver con algo que desde el punto de vista utilitarista es una pérdida de tiempo y una fuente de infelicidad: la mera relación pública agónica con el otro, el mero aparecer frente a otros y mostrar quién es uno; una probable fuente de problemas y confusiones más que de satisfacción hedonista.

¿Es posible hoy en día intervenir en la esfera pública a través de las redes sociales sin sentirse presionado o vigilado por fuerzas económicas o políticas dominantes?

IG: Qué buenas preguntas… Quizás podemos ir un paso atrás: ¿es posible intervenir en la esfera pública tradicional? ¿Organizaciones políticas, familiares, laborales? Según la clásica definición de Kluge y Negt… Algo queda frente a la uberización de todo, pero poca cosa. Quizás las victorias judiciales de los trabajadores de Glovo son iluminadoras o la propuesta de ley del Sindicat de Llogaters. Por ejemplo, el colectivo Sindillar nos da mil vueltas en potencia colectiva respecto a grupos precarios como los profesores asociados de la Universidad. Han conseguido poder de negociación, una interlocución directa, intervención en la esfera pública. Por otro lado, el salto post-15M de los movimientos sociales a la política tiene un lado triste, difícil de asumir, el de la dificultad de intervenir en estructuras fijas heredadas, que más que gestionar el contrato social gestionan el poder económico y la persuasión pública, que impiden cualquier intento de transformación social. En las redes sociales creo que aún hay menos capacidad de intervención, quizás con motivos similares: de la misma forma que en la esfera pública tradicional los límites entre los intereses privados y públicos son muy difusos, en las redes sociales aún más. No se trata sólo de que estemos en los lares privados de grandes corporaciones tecnológicas, sino que son herramientas de ingeniería social algorítmica mucho más perfeccionadas que el campo del trabajo o de la política.

SG: Tomo la idea de estar vigilado por fuerzas poderosas como un enorme halago, que no termino de creerme: me hace sentir mucho más importante de lo que soy. Si me lo creyera y lo viera como un problema, desde luego sería un problema que un campesino analfabeto del XVIII (o un concienciado obrero metalúrgico del XX) no tenía, aunque ellos tampoco (y quizás menos que yo) pudieran intervenir de ningún modo demasiado efectivo en la esfera pública. 

La actual hiperconectividad, ¿es disgregadora o puede constituir una herramienta de gestión política aprovechable, tal y como han intentado algunos movimientos sociales? 

IG: No sé si disgregadora sería la palabra, podría servir; en el caso de las redes sociales quizás es un espacio de quemar etapas, de ensimismar procesos y de agotar individuos. Como los algoritmos polarizan las conversaciones, se pasa de la euforia a la ira con demasiada naturalidad, con lo que son espacios poco dados al diálogo y a formas productivas de consenso y disenso. En el caso de otras plataformas sociales de grandes ofertas de contenidos como Netflix, YouTube o todo el universo Amazon, aquí sí que podríamos hablar de disgregación o de una especie de zombificación, actualizando la terminología de Debord y los situacionistas, que equiparaban el espectáculo al deseo civilizatorio de dormir. De dormir despiertos, claro, un dormir que nada tiene que ver con el soñar. El sistema conectivo de sugerencias, los contenidos que se activan de forma automática, las opciones de sugerencias de nuevos productos o entradas de informaciones… todo eso crea una red de disgregación, aunque escondiendo muy bien la puerta de salida. Para algunos movimientos más globales como Extinction Rebellion o el Me Too o Black Lives Matter, las redes sí son una herramienta de política aprovechable, sobre todo si luego esto se traduce en protestas públicas vinculantes que sean escuchadas y se traduzcan a una modificación de las leyes o a diferentes formas de justicia social. Luego están las herramientas puntuales, espacios como https://hkmap.live que, como cuenta Liliana Arroyo, se usó en las protestas de Hong Kong para marcar la presencia policial, los protestantes o el peligro.

SG: Para mí la cuestión de que las herramientas digitales faciliten o no las movilizaciones o los “movimientos sociales” es algo casi anecdótico dentro del hecho, mucho más relevante, que vengo afirmando, de que son tecnologías esencialmente “hiperpolíticas”. Lo innegable es la brutal novedad de la multiplicación y distribución del poder de conversar con (o contra) otros y a la vista de otros, aunque sea desde el anonimato, ebrios de emotivismo, de mentiras y atrapados por decenas de miles de intereses cruzados, materializados en algoritmos demoníacos. Este (imperfecto) reparto de la voz es algo nuevo, pero que, a la vez, parece consumar un deseo muy antiguo, fundacional. Tan antiguo, probablemente, como las primeras ciudades, las primeras experiencias de convivencia entre extraños y del privilegio de poder aparecer frente a otros, desconocidos, no familiares, iguales, pero distintos.  

––––––––

Ingrid Guardiola es realizadora, responsable del docuensayo Casa de ningú (Boogaloo Films), comisaria del proyecto Soy Cámara del CCCB y profesora asociada de la Universidad de Girona.

Santiago Gerchunoff es editor de Clave Intelectual y profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III.

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Autor >

Roberto Valencia

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