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N. DE LOS T. (XIII)

Veinte apuntes de amor a la traducción y una petición desesperada

Notas dispersas sobre el oficio de traducir, con la reciente presentación de la Mesa del Libro en trasfondo

Marta Rebón 14/11/2020

<p>Biblioteca Nacional de San Petesburgo.</p>

Biblioteca Nacional de San Petesburgo.

Ferrán Mateo

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Uno. Toda traducción es una suerte de salvoconducto a otra zona que despierta nuestro interés; en principio, un “coto vedado” debido al desconocimiento del idioma original. El hambre de alimentarnos de historias no se sacia solo con el consumo de obras cercanas. Al leer, somos nómadas. Apátridas que burlan fronteras. En busca de nuevos paisajes narrados, encontramos a autores que ya amábamos incluso antes de conocerlos. “No he conocido / a mis poetas preferidos. / Viven en países distintos / en épocas distintas”, escribió Adam Zagajewski.

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Dos. Al traducir, se moldea la lengua de destino. Este proceso es similar a como actúa una horma, pues da forma a los idiomas y los ensancha. Nos permite llegar más lejos. Gracias a los traductores –hablamos en este caso del español– podemos hundir los pies en la nieve siberiana del gulag (Varlam Shalámov / Ricardo San Vicente), habitar en la corte del Japón del siglo X (Sei Shōnagon / Amalia Sato) o deambular por las calles tangerinas (Mohamed Chukri / Malika Embarek).

Tres. En épocas de sequía y de cosechas escuetas en una lengua, la traducción sirve de abono para hacerlas más ricas y abundantes. En 1937, unos meses después de que detuvieran en Barcelona a Andreu Nin (y lo hicieran desaparecer), la escritora y traductora Anna Murià reivindicó la figura del político en su faceta de traductor al catalán de obras como Crimen y castigo o Anna Karénina. En el artículo, titulado “Magnífica aportación a nuestra literatura”, Murià afirmó: “En una literatura, la traducción es una cosa tan importante como la propia creación. Las letras de un pueblo resultarían de una aridez y de una limitación rayanas en la miseria si no se vertiera en ellas el diverso contenido literario de los demás pueblos. Ser un buen traductor es casi tan difícil como ser un buen creador”. 

Cuatro. Según Milan Kundera, el primer esfuerzo de quien traduce debería ser comprender las transgresiones lingüísticas del escritor o escritora cuya obra vierte; es decir, aquellos rasgos en que su estilo se desvía de lo normativo, del estilo complaciente, aceptado, previsible. Ahí está el gran reto. Antes de trasladar esa impronta distintiva, hay que saber apreciarla. Y el doble salto mortal sería identificar en esos autores la originalidad que resulta poco visible, sutil, velada. Kundera no se deshace en elogios hacia los traductores que tienden a “mejorar” un texto (supresión de repeticiones, perfeccionamiento de sintaxis, etc.). “Sin duda alguna, se podría escribir mejor una u otra frase de En busca del tiempo perdido. Pero ¿dónde está ese loco que quiera leer a un Proust mejorado?”.

Cinco. Decía Borges que el original es infiel a la traducción. Esto, que podría parecer una ocurrencia, resume, en realidad, una poética del oficio de traducir que, en vez de priorizar la correspondencia palabra por palabra, entiende la traducción como un género literario.

Seis. ¿Perdemos algo al traducir un texto de una lengua a otra? Todo acto comunicativo está salpicado de errores y confusiones. Según un antiguo proverbio yiddish, una persona oye una palabra, pero comprende dos. Traducir es el arte de la aproximación y, por ello, hay que saber convivir con despistes y deslices. Apuntaba Ivo Andrić que es fácil descubrir imperfecciones, o incluso errores, en la obra de los mejores traductores, pero muy difícil comprender la complejidad y el valor de su trabajo.

El acto de nombrar es una manera de articular la visión que se tiene sobre el mundo. “Cada pueblo calla unas cosas para poder decir otras”, sentenció Ortega y Gasset

Siete. Se tiende a olvidar, escribió Nina Berbérova en Nabokov y su Lolita, que no pocos libros se han leído y valorado más en traducción.

Ocho. Maurice Blanchot llamaba a los traductores los “dueños secretos de la diferencia de las lenguas” y los “escritores de la más rara especie”. En su ensayo Traducir, el crítico francés ahondó en el misterio que rodea a la práctica de la traducción y que, aun estándoles agradecidos a los traductores, ese agradecimiento suele ser “silencioso, un poco despectivo”.

Nueve. Aunque la traducción, en principio, tiene que aspirar a sustituir el texto original, debe conservar huellas, rastros, señales de su identidad extranjera. “El extravío de un pórtico griego en la latitud de la tundra… eso es la traducción”, comentó Joseph Brodsky.

Diez. Isaak Bábel, apasionado de la literatura francesa, escribió sus primeros textos en la lengua de Victor Hugo. En un relato de su ciclo autobiográfico, el protagonista, recién llegado a San Petersburgo procedente de Odesa, consigue trabajo como asistente de traducción de una mujer adinerada. En la primera revisión que hace de su versión de Miss Harriet, de Maupassant, advierte que no ha quedado en ella rastro alguno de la frase del autor francés, “libre, fluida y con el largo respirar de la pasión”. Cuando le devuelve la traducción corregida, la mujer, visiblemente excitada, le pregunta cómo lo ha hecho. Poco antes, el narrador ha desvelado a los lectores cuál es el secreto de la precisión: “Una frase ve la luz, a la vez, buena y mala. El secreto está en hacer un giro casi imperceptible. La manivela debe reposar en tu mano y calentarse. Y hay que darle la vuelta una vez, no dos”.

Once. La energía creadora que se necesita para escribir y traducir es muy similar. Por eso, Ósip Mandelstam se mostraba reticente a aceptar encargos de traducción, por mucho que le asediara la pobreza. Decía que por ahí se le escapaba el hálito de la inspiración. Una vez le dijo a Pasternak, en presencia de Anna Ajmátova: “Sus obras completas constarán de doce tomos con traducciones y de uno solo con sus poemas”. A Pasternak, en cambio, traducir le permitía dar rienda suelta a su voz –Shakespeare o Goethe mediante, por ejemplo– en un momento en el que, si escribía su propia obra, se arriesgaba a caer en el punto de mira de las autoridades. La traducción: escudo y acto de resistencia.

Doce. Cuando se dice que una palabra que designa una emoción es intraducible, ¿también lo es la emoción en sí? En su ensayo sobre Gógol, Nabokov respondía a esta cuestión así: la ausencia de una expresión particular en el vocabulario de una nación no supone necesariamente la ausencia de la noción correspondiente, pero dificulta su percepción. El acto de nombrar es una manera de articular la visión que se tiene sobre el mundo. “Cada pueblo calla unas cosas para poder decir otras”, sentenció Ortega y Gasset.

Entre algunos de los placeres de la traducción, Lydia Davis destaca el estado placentero de olvidarse del propio ego

Trece. “Las palabras apuntan. Son flechas. Flechas clavadas en la piel áspera de la realidad”, observó Susan Sontag. Se habla de la importancia de la “intuición” o del “oído” del traductor. La metáfora de esta escritora me hace pensar también en “puntería”. El traductor arranca esas flechas y apunta con ellas para clavarlas en otra piel. En el tiro con arco son muchas las variables que entran en juego: la concentración, la velocidad, la dirección del viento, la distancia, el arco, etc. 

Catorce. En el único registro sonoro que se conserva de Virginia Woolf –una emisión de la BBC de 1937– habla de las palabras. “Las palabras […] llenas de ecos, de recuerdos, de asociaciones. Llevan tantos siglos rondando en los labios de la gente, en las casas, en las calles, en los campos…”. Y esa es una de las dificultades principales de emplearlas, decía. Y de traducirlas, añado yo. Las palabras (en su caso, se refería a las inglesas) viven en la mente, no en los diccionarios. Se enamoran y aparean con palabras francesas, alemanas, indias, africanas… Las lenguas son errantes, promiscuas.

Quince. La traducción es un taller de escritura. Esta actividad se podría comparar con la que se llevaba a cabo en los anfiteatros anatómicos, como el del siglo XVI que una vez visité en Padua, donde se diseccionaban cadáveres para comprender el funcionamiento del cuerpo humano. “Teatro” deriva del latín, “escena, escenario”, y este, a su vez, de la voz griega que significa “mirar, contemplar”. El teatro es el lugar donde se ven o se descubren las verdades ocultas de la vida. El texto que se traduce se coloca en la mesa de disección –como en la lección de anatomía representada en el cuadro de Rembrandt–, se abre con el bisturí y se analiza su sistema circulatorio, su corazón, el esqueleto, la médula… Para luego, como dijo Paul Valéry, coserlo de nuevo y “poner de pie a un nuevo ser vivo”. Por eso, se suele citar esta recomendación de Julio Cortázar: “Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura […] que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta de que puede escribir con una soltura que no tenía antes”.

Dieciséis. San Jerónimo es el patrón de los traductores. Tradujo del griego y del hebreo la Biblia al latín, su lengua materna. Ya entonces formuló el eterno dilema: “Si traduzco palabra por palabra, suena absurdo; si, por necesidad, cambio en la frase algo que está en un orden parecerá que me he apartado de mi deber”. Para perfeccionar el hebreo viajó a Belén, donde acabó muriendo. A menudo aparece representado sentado a la mesa, abstraído en la tarea de escribir, casi siempre con la mirada gacha. En un grabado de Durero de 1514, sobre su cabeza tiene un reloj de arena. Junto con el cráneo o las velas casi consumidas, es un recordatorio de que el tiempo apremia. A veces aparece acompañado de un león; según se dice, le curó una pata herida. Agradecido, el animal lo siguió hasta la tumba. Pero la historia, aunque llamativa, le fue atribuida a él por descuido, pues le corresponde a otro santo de nombre similar, Gerásimo. Una anécdota ilustrativa de que, al traducir, se lidia sin descanso con el error.

Diecisiete. Entre algunos de los placeres de la traducción, Lydia Davis destaca el estado placentero de olvidarse del propio ego. Ese distanciamiento de uno mismo se parece a un intenso viaje. Al traducir, “uno deja de habitar exclusiva y constantemente en su propio país y su propia cultura para situarse a una altura más elevada, con una perspectiva más amplia, más consciente del mundo”. Entre los fastidios de ganarse la vida como traductora, comentó: “A los traductores se les paga por palabras... Cuanto más cuidado ponen en su trabajo, menos se les paga por su tiempo: si son muy meticulosos no ganarán mucho. Con un par de libros difíciles le dediqué tanto tiempo a cada página que gané menos de un dólar por hora”.

Dieciocho. No existe eso que se llama “traducción canónica”. Con cada lectura de un texto literario, se descubren nuevos matices y se deshacen malentendidos. Cuanto más compleja es una obra, más difícil resulta “agarrarla de las solapas” para verle la cara. Un clásico, advertía Italo Calvino, es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Josep M. Boix i Selva tradujo al catalán El paraíso perdido de John Milton y, durante décadas, no dejó de corregirla. Su última versión se publicó póstumamente con la inclusión de los cambios que el poeta y traductor de Barcelona dejó apuntados con vistas a una nueva edición.

Diecinueve. Escribe Anne Carson en Nox: “Nunca logré la traducción del poema 101 de Catulo como me habría gustado. Pero, a lo largo de los años en que trabajé en ella, empecé a considerar la traducción como una habitación donde se busca a tientas el interruptor de la luz. Tal vez nunca se termina”.

Veinte. En un mundo cada vez más distraído, la traducción exige una escucha atenta.  Hoy, cuando es habitual silenciar la opinión contraria con un solo clic, dar espacio para incorporar la alteridad significa ir a contracorriente. La traducción crea un diálogo enriquecedor basado en la hospitalidad. 

Petición desesperada. En la nota sobre la reciente presentación de la Mesa del Libro como “foro multilateral entre el sector y el Gobierno”, publicada en la web del Ministerio de Cultura, leo que la “apuesta por la traducción” se limita a “impulsar la traducción de libros españoles”. Como viene siendo habitual, no se contempla la situación de los traductores en nuestro país, cada vez más precarizados, como si su labor no fuera relevante para la industria del libro y no repercutiera directamente en la calidad de lo que luego se escribe en España. Hay que recordarlo: no hay escritor que no lea traducciones. Los ejes transversales de la Mesa del Libro, dice la nota, serán la distribución, los hábitos de lectura y su promoción, la pluralidad lingüística, la igualdad de género, el reto demográfico y el vínculo entre creación y comercio. En el texto antes citado de Blanchot, se afirma que los traductores, como los poetas, los novelistas e incluso los críticos, son responsables, “a igual título”, del sentido de la literatura. ¿La Mesa del Libro arranca con menos sillas de las necesarias? Esperemos que no.

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Autor >

Marta Rebón

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