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GRAMÁTICA ROJIPARDA

Familiares y allegados

Vivo en un lugar donde hasta el jefe del Estado lo es por lazos de sangre, pero imagino que una sociedad republicana se asentaría en acuerdos entre iguales, y no hay lazo afectivo entre iguales más poderoso que la amistad

Xandru Fernández 6/12/2020

<p>Los reyes almuerzan con sus hijas. La imagen fue difundida por el 50 cumpleaños de Felipe VI.</p>

Los reyes almuerzan con sus hijas. La imagen fue difundida por el 50 cumpleaños de Felipe VI.

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El gobierno permitirá los desplazamientos navideños para visitar a familiares y allegados. Está por ver que, con la Constitución en la mano, pudiera ser de otra forma, pero aún así el anuncio ha despertado indignaciones varias entre los que esperaban que solo se autorizaran las reuniones estrictamente familiares. Se ha dado algún furor difícil de catalogar, a medio camino entre el pánico moral del que ve amenazadas sus costumbres ancestrales y el escándalo lingüístico del que cree que la gramática le fue dada a Moisés como un anexo a las Tablas de la Ley. Se preguntan los puristas del idioma por el significado de “allegados”, y si esa figura admitirá equiparación con la del familiar consanguíneo de toda la vida. No falta quien ve en esa palabra el preludio a la disolución fatal de todas las fronteras conceptuales, una innovación léxica quizá tan peligrosa como la ósmosis de los sexos que la “ideología de género” y el “pensamiento queer” han inyectado en nuestras costumbres. El final de la familia cristiana, así de fácil. Bastaba con un ministro y un micrófono.

Se trata, con todo, de una pregunta pertinente: ¿qué es un allegado? Y sobre todo: ¿qué género de discurso será el que nos permita identificar, clasificar al allegado, distinguirlo del familiar y, sobre todo, de ese tercer hombre, por usar la expresión platónica, que no es ni una cosa ni la otra, que quizá ni siquiera sea hombre y, si me apuran, tampoco mujer? No el discurso biológico, afortunadamente. Tampoco el administrativo, en la medida en que no hay todavía un registro oficial de allegados. ¿Qué tal el discurso estadístico? ¿Permitirán Google y los jueces el mapeo de nuestros contactos para que un agente de la ley pueda determinar si las personas que viajan en mi coche habían coincidido antes conmigo en un radio de veinte kilómetros? Tengo la sensación de que, de momento, no van por ahí los tiros, es más, apostaría a que una de las virtudes del término “allegados” será la de evitar enojosas discusiones con la policía. Ya veremos.

La ambigüedad se lleva por delante el orden natural de las cosas, que es, desde Aristóteles, un orden conceptual y lingüístico y, desde Porfirio, una jerarquía

El escándalo lingüístico suele ser, en España, una de las marcas del pensamiento conservador. Nada une más a los nostálgicos de la España eterna que la pasión que ponen en defender la tilde en “solo”. Las proposiciones las usan como les viene en gana, pero las tildes las emplean con rigor integrista, como si solo un loco o un terrorista pudiera entender “guion” sin tilde. Con la semántica no son menos entusiastas que con la ortografía: “matrimonio” es lo que dice el diccionario, “región” es preferible a “comunidad autónoma” y si dices “miembra” se abre la tierra y te traga sin masticar ni nada. Pero, más aún que la incorrección semántica, el conservador lingüístico aborrece la ambigüedad, por más que en su vida diaria siga sin distinguir un higo de una breva o un antibiótico de un analgésico. La ambigüedad se lleva por delante el orden natural de las cosas, que es, desde Aristóteles, un orden conceptual y lingüístico y, desde Porfirio, una jerarquía. Si un allegado, sea eso lo que sea, es algo equiparable a un familiar, la primacía de la familia sobre el resto de la Creación se vuelve inestable y, en el límite, desaparece. Los allegados son la antesala de la sodomía.

El pánico moral, por su parte, viene a ser la versión afásica del escándalo lingüístico y es, como este, transversal, lo padecen por igual las personas muy de derechas y las muy de izquierdas, no digamos ya las del extremo centro. Igual que el tradicionalista lingüístico sueña con conversaciones gongorinas sin anglicismos ni adverbios terminados en “mente”, el integrista moral añora los tiempos en que se llamaba al pan, pan, al vino, vino y al mariconeo, mariconeo. Y aquí es donde las picazones de ambos se vuelven intercambiables.

Es plausible, aunque difícil de probar, que al introducir la etiqueta “allegados” se estuviera pensando en parejas ocasionales, o en parejas estables pero no formalizadas como matrimonio. Que se quisiera tener en cuenta que la familia tradicional ha quedado desbordada y sobrepasada por nuevas formas de relación y de convivencia, no necesariamente mejores, ni peores, que las que protagonizan los anuncios de turrón. “Allegados”, en efecto, implica cercanía, y la cercanía lo es en relación a un punto de llegada que se supone central, natural e incontestable. Así, el allegado pertenece a un círculo íntimo, es el asimilado, el que se acerca a la condición de familiar, el análogo. Primero el familiar, luego el que se parece al familiar. Pueden estar tranquilos los integristas morales: por muchas modificaciones que haya padecido la familia tradicional, sigue siendo el modelo por el que se rigen nuestras relaciones sociales incluso en tiempos de pandemia.

Lo que no es, ni de lejos, una buena noticia, permítanme que se lo diga. Demasiado tiempo ha cumplido la familia el cometido de proporcionar legitimidad e inteligibilidad a las sociedades civiles, como si estas no pudieran entenderse sin el concurso de las relaciones familiares. Así, puesto que la familia es el orden heteropatriarcal, no tiene nada de llamativo que las leyes civiles adopten su mismo lenguaje y su mismo sistema de desprecios. La familia es natural y, por ende, sabia y predispuesta a la justicia, de ahí que el parentesco genérico dé derechos, no tanto a la prole como a los progenitores, a los que se supone propietarios de sus hijos o hijas. Esa misma sabiduría se extiende a la crianza y a la idoneidad para ser padre o madre, que se da por supuesta desde el mismísimo momento de la concepción, no así en el caso de la paternidad y la maternidad adoptivas, para las que se exige una certificación oficial emitida por psicólogos y trabajadores sociales.

Por mi parte, siempre he preferido las relaciones de amistad a las de parentesco. No solo por la simple y un tanto simplona razón de que las amistades se eligen mientras que los parentescos nos vienen impuestos, pues tampoco es exactamente así en todos los casos. No, la razón principal que me hace preferir la amistad como modelo de relación entre seres humanos es que al amigo se le quiere por lo que es y no por lo que se le supone, no es su identidad genérica, colectiva, gregaria, lo que se valora en primera instancia. No queremos a Gómez por ser un Gómez, porque en tal caso lo mismo nos daría nuestro amigo cooperante en Tinduf que su hermano mayor, el ultra de la peña futbolística Millán Astray.

Tal vez me equivoque, porque vivo en un lugar donde hasta el jefe del Estado lo es por lazos de sangre, pero imagino que una sociedad republicana se asentaría en acuerdos entre iguales, y no hay lazo afectivo entre iguales más poderoso que la amistad. Puede que no sea un modelo muy fomentado por la sentimentalidad jesuítica que tan alto cotiza en España, lo mismo entre las derechas que entre las izquierdas, ese fervor de capilla que invita siempre a considerar mejor al que más se parece a uno, ya sea por el apellido o por los rasgos físicos o por cualquier otra condición que le allegue o aproxime a la de familiar: el allegado es ahora el que comparte con uno la parroquia, el folklore, la nación o el equipo de fútbol. Lo importante es ser parte de algo más grande que uno, donde uno no sea nada y devenga intercambiable si vienen mal dadas. Lo siento, pero no me seduce la idea de que toda mi identidad quede reducida a ser parte de algo más grande que yo y que por tanto se me pueda caer encima en cualquier momento y aplastarme.

Una sociedad republicana no debería insistir tanto en la familia, por más que a veces se nos aparezca como el último reducto de lo colectivo en un océano de inseguridades

Eso no significa que una sociedad basada en la amistad desdeñe lo colectivo. No hay nada aquí que sugiera afinidad por la palabrería neoliberal del individuo emprendedor y devorador de prójimos. De hecho, es justo lo contrario: el hábitat de ese individuo feroz suele ser la familia como colchón de prioridades y frontón de solidaridades, el nicho ecológico que determina si el cachorro tendrá éxito o no en su lucha por la supervivencia.

Una sociedad republicana no debería insistir tanto en la familia, por más que a veces se nos aparezca como el último reducto de lo colectivo en un océano de inseguridades. Lo vimos durante la última crisis económica: las solidaridades familiares hicieron de amortiguador de desgracias individuales, y más de un hogar salió adelante gracias a la pensión del abuelo o de la madre. Pero un Estado para el que contaran todos los individuos por igual no debería permitir que la familia le sustituya en el cumplimiento de sus responsabilidades, porque al hacerlo deja fuera a miles de ciudadanos que no son allegados de nadie y que tampoco, me temo, están incluidos en la cena navideña ideal de nuestros inefables gestores de pandemias.

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