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literatura

Lo mejor de la novela española en 2020: un informe razonado

Lo más estimulante del año ha tenido lugar gracias a las nuevas voces por debajo de la treintena

Nadal Suau 16/01/2021

<p>Livraria Lello e Irmao (Oporto, Portugal).</p>

Livraria Lello e Irmao (Oporto, Portugal).

Michał Huniewicz

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Analizar el estado de una literatura mediante la imposición de un marco temporal, en este caso el de 2020, es una arbitrariedad. Pero también es una práctica consolidada, no carente de espíritu lúdico, y más o menos útil. Otra cosa es determinar qué significa una literatura: ahí empieza la mirada política, dicho en un sentido amplio. El informe que presento a continuación tendría mayor alcance si hiciera referencia a toda la producción internacional en lengua castellana, en cuyo caso España quedaría en una dignísima posición, si bien no exactamente periférica, desde luego que tampoco de liderazgo. Otra forma sensata de tomarnos el asunto sería considerar la escritura en castellano como una más de las que narran quiénes somos en este país, junto a la que se concibe en vasco, gallego, asturiano y catalán. Así lo entiendo yo y así me habría encantado plantearlo, pero mi conocimiento solo alcanza de modo solvente a la literatura en catalán, y me da flato solo de imaginar el desgaste personal requerido para materializar ese enfoque, en caso de abordarlo con el plazo de entrega, la extensión, ¡y la tarifa!, que convergen aquí. Por fortuna, CTXT no necesitaba para nada de esa hipotética exhibición de monomanía lectora por mi parte: les ruego, pues, que lean estas líneas en diálogo con las panorámicas de otras literaturas nuestras publicadas en ‘El Ministerio’, y que jueguen a descubrir convergencias y divergencias entre ellas.

En estas líneas, yo me limitaré a hablar de novelas y relatos concebidos originalmente en lengua castellana, publicados por primera vez a lo largo de 2020, y firmados por escritores a quienes quepa suponer con DNI español en vigor (criterio paródico-funcionarial, supongo que ya lo han pillado, y susceptible de equívocos, dado que las biografías de autor no incluyen tal información). Aun sabiendo que no siempre es fácil determinar si un libro responde a todos esos condicionantes, un repaso al mercado nos permite mapear una geografía de, al menos, 222 títulos, repartidos del siguiente modo: Ediciones B, 29; Planeta, 19; Destino, 16; Alfaguara, 12; Anagrama, 12; Seix Barral, 11; Algaida, 10; Suma de Letras, 10; Tusquets, 9; Tres hermanas, 8; Plaza y Janés, 7; Caballo de Troya, 6; Galaxia Gutemberg, 6; Pre-textos, 6; Random House, 5; Acantilado, 4; Aristas Martínez, 4; Dos bigotes, 4; Páginas de espuma, 4; Candaya, 3; Siruela, 3; Baile del Sol, 2; Barrett, 2; Círculo de tiza, 2; Colectivo Juan de Madre Presenta, 2; Fórcola, 2; Jekyll & Jill, 2; Minotauro, 2; Miss Danvers, 2; La navaja suiza, 2; Niños gratis, 2; Orciny Press, 2; Sloper, 2; Blackie Books, 1; Ediciones del viento, 1; Impedimenta, 1; Libros del zorzal, 1; Lumen, 1; La marca negra, 1; Periférica, 1; Reservoir Books, 1; Sexto Piso, 1; Valdemar, 1. En realidad, al dejar fuera infinidad de sellos menores, juveniles o locales, autoediciones y rarezas, este recuento es tan incompleto que aquí mismo mencionaré otra novela que lo invalida, al sumar con ella 223. Como se ve, ha sido un año marcado por un ritmo de novedades suave, con un hiato pandémico que afectó más a los autores latinoamericanos que a los españoles. Otro matiz: al desglosar a los gigantes Planeta y Random House por sus muy ramificadas divisiones, la impresión de diversidad editorial es engañosa. 

Animales feroces es desde luego la que mejor captura cuáles son las urgencias y los nuevos imaginarios de este siglo

No he leído todos estos libros, ni es necesario. Para empezar, la cifra incluye un larguísimo número de novelas concebidas estrictamente como literatura comercial que no cabe tratar en este artículo, aunque sí merecerían un análisis autónomo que estableciera entre ellas una jerarquía de inteligencia, honestidad u oportunidad. Otras veces, informarse, hojear y finalmente no leer una obra, ya es una posición crítica, un juicio no tanto sobre su “calidad” (ese concepto vacío que propició la mejor canción del pop español, Dame calidad, de Ciudad Jardín, que conviene escuchar cada día durante la temporada de listas dedicadas a “lo mejor del año”) como acerca de su “contemporaneidad”, por así decirlo. Por ejemplo, doy por hecho que los últimos libros de Rosa Montero (La buena suerte) o Almudena Grandes (La madre de Frankenstein) tienen un acabado profesional satisfactorio para su público consolidado, pero no hay forma de creer que vayan a tomar el pulso de nada que a mí me resulte punzante. En otros casos, he evitado algún libro al tomar consciencia de mi propia pequeñez: tras descubrir en una encuesta publicada por Zenda, medio digital fundado por Arturo Pérez-Reverte, que Arturo Pérez-Reverte es uno de los autores universales con mayor número de libros imprescindibles de la historia, la tarea de adentrarme en Línea de fuego me abrumó por completo, aunque a priori estuviera más que dispuesto a dejarme sorprender por el extraordinario descubrimiento de que en la Guerra Civil hubo desalmados y pobres desgraciados en ambos bandos. A cambio, sí que leí pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz, una notable novela con título en minúscula que comete dos desacatos: desafiar al lector en su estructura y estilo, y subrayar la imposibilidad de igualar a vencedores y vencidos en el relato histórico sin poner esa afirmación al servicio de ninguna agenda de partido. Deudora lateral del noir y del horror lovecraftiano, puntuada por un “Orfeón de voces muertas” que nos conduce hasta el dolor terrible de la justicia sin ejercer, el ritornello que caracteriza a esa novela, “lea despacio”, sintetiza bien mi propia idea de la literatura, también de la historia, y ojalá atraviese deontológicamente este informe de principio a fin. Por cierto, se agradece que el papel de la novela popular-literaria que lleva décadas siendo interpretado por los mismos nombres lo empiecen a cubrir obras como Simón de Miqui Otero (algo así como un Marsé en el año de la muerte de Marsé, verdadero festín sentimental para los hijos de los ochenta) o Todo esto existe de Íñigo Redondo (un debut con habilidoso sentido de la tensión y giros logradísimos, que se instala en el borde del efectismo sin precipitarse en él).

Con todo, quiero subrayar que en mi panorámica faltarán algunos libros que debí leer para que fuera, de verdad, completa; disparen al crítico, o mejor, compréndanlo. Pondré seis ejemplos: me habría gustado llegar a tiempo a Cuántas cosas hemos visto desaparecer de Miguel Serrano (un nombre importante de su generación), a San, el libro de los milagros de Manuel Astur, a los relatos de Daniel Monedero en Volar a casa, a Remake de Bruno Galindo, a Animal de nieve de Dara Scully o a Hijos del carbón de Noemí Sabugal. No son los únicos ausentes, insisto. Y ahora, pongamos más historias a danzar.

Identidades, el reboot

No sé si hablamos de “la mejor novela del año”, tal vez sí, pero Animales feroces es desde luego la que mejor captura cuáles son las urgencias y los nuevos imaginarios de este siglo. En un contexto literario que sigue siendo fundamentalmente realista (a propósito, en 2020 regresó un maestro del cuento a lo Carver, Gonzalo Calcedo, con Necios y ridículos, solidísimo en lo suyo), Manuela Buriel lleva ya muchos libros abriendo caminos insospechados en sintonía con su propio tiempo. Lo hizo mientras firmó como Colectivo Juan de Madre, y ha dado lo mejor de sí bajo su nuevo nom de guerre, que sigue sin ser el suyo (hay un “Daniel Miñano” a los mandos de estas obras, si es que quieren saberlo) y multiplica el significado de su máscara-pseudónimo: adiós, binarismo, lo queer nos apela a todos. Mezcla de manga adolescente y remake de las tesis de Donna Haraway en clave narrativa, el libro se sirve de una limpísima voz juvenil para erigirse en texto sagrado de una revolución proletaria y antiespecista. Es una novela imaginativa, transformadora, con un toque de perversidad asiática, que le da voz explícita al rencor y la conciencia de clase mediante la elaboración de una fábula sobre la capacidad emancipadora de los rituales colectivos y la disolución del yo en un tejido primal (adjetivo que encajamos aquí, muy alegremente, aspirando a que resuene en él la segunda definición del sustantivo homónimo en el diccionario de la RAE, ese “cordón o trenza de seda” que podría servir para tejer vínculos sutiles entre cuerpos cómplices). La palabra “clase” es importante, porque, con herramientas menos atrevidas, las cuestiones del origen socioeconómico, la precariedad y la desigualdad caracterizan, de un modo políticamente desinhibido, la narrativa de la generación de Buriel y siguientes (así, el debut Las maravillas de Elena Medel, que habla de cuerpo y dinero con el histórico 8M de 2018 como punto de convergencia; Jávea de Alberto Torres Blandina; o Desencajada de Margarita Yakovenko). Buriel da rienda suelta a la rabia adolescente de su narrador sin interferencias de la decepción o el realismo, para incomodidad de los niños pijos que se ponen en su camino. “Revuelta”, “insurgencia” y “campo de reeducación” son palabras que embaldosan un camino tierno y esperanzado “en la otra dirección”, como diría Bernhard: una que reniega del cinismo adulto. 

Otro excelente ejercicio de imaginación ha sido Centroeuropa, de Vicente Luis Mora. No es solo que el autor se aleje en sus páginas del tono confesional que domina la literatura española actual, algo habitual en él y más previsible todavía tras su ensayo La huida de la imaginación, sino que ha logrado una cuadratura del círculo al someterse a un modelo canónico de novela, enfocando además un tema no menos canónico (¡Europa, que tantos ceños hace fruncir en instituciones de cóctel y mármol!), todo ello para lograr un texto perfectamente en hora con 2020 o 2021 y trazas muy personales. La acción se sitúa en la Prusia de un joven siglo XIX, en una tierra de cuyo fondo emergen los cadáveres de mil guerras pasadas y futuras. La identidad del narrador juega con la fórmula romántica de la anagnórisis, salvo que merece una lectura inevitablemente contemporánea, fluida. Lo mismo ocurre con las reflexiones sobre política, economía, violencia e historia cultural del continente que se entretejen en el libro. Todo ello, sin que Mora fuerce ni un solo paralelismo ni explicite ninguna voluntad de ser interpretado “en clave”: el lector tiene que hacer su trabajo. Y, aunque no se me habría ocurrido si no fuera por la escritura de este informe, doy en emparejar Animales feroces con Centroeuropa porque ambos libros saben que la sangre humana corre allá donde se hace la historia (aunque aborden la cuestión de modos tan distintos que son complementarios), ambos comprenden la distancia que va del atavío de género a la identidad real y llena de posibilidades de los individuos, ambos entienden el tiempo como un constante “prolegómeno de algo”. 

El gran espasmo generacional

Propondré, de modo sin duda tendencioso, otro emparejamiento: Félix de Azúa (1944, Barcelona) vs. Elisabeth Duval (2000, Alcalá de Henares). Mejor, Tercer acto vs. Reina: hemos venido a hablar de palabras. Una novela crepuscular que afronta la muerte frente a un debut escrito con menos de veinte años, veamos si el contraste sirve para comprender la imposibilidad más que probada de que un Escritor Español Patrimonio Nacional ejerza influencia alguna (ya no digamos ansiedad) sobre las Nuevas Escritoras Españolas. Las rupturas generacionales no son nada nuevo; de hecho, Duval habita un mundo por completo ajeno al de Azúa del mismo modo que Azúa pudo haber dicho lo mismo respecto de sus padres y abuelos en 1978, el mismo año en que la pensadora Margaret Mead resumía lo ocurrido en los sesenta y setenta del siguiente modo: “Adultos con más de treinta años debíamos darnos cuenta de que no existiría nunca más gente como nosotros, que fuimos educados en un mundo conocido ya solo en parte […] Ese momento fue como un gran espasmo que nos afectaba a todos, y solo si podíamos comprenderlo podríamos atravesarlo de un modo constructivo”. O, como dice mi suegro, “llega un momento en que no entiendes nada de lo que pasa a tu alrededor, entonces sabes que va tocando morirse”. En los dos casos que he mencionado, los autores gozan de una personalidad pública fuerte que genera expectativas muy concretas en el lector: Azúa se ha convertido en un columnista antimoderno de tomo y lomo, cebolleta a machamartillo; de Duval se espera activismo trans, provocación, y que ondee sin cesar la bandera de su promoción. Ellos son conscientes, y sus novelas utilizan y traicionan esas expectativas por igual. Afortunadamente, existimos quienes las leemos, lo que nos ha permitido descubrir en Tercer acto el mejor libro de su autor desde Autobiografía sin vida. En este recorrido de cuatro décadas en la vida de una generación, Azúa sigue exhibiendo su prosa sáenz-bernhardiana, irónica, cruel, tierna de pronto, intelectualizada, del mismo modo que regresa a buena parte de los hits que tan bien conocemos sus lectores antiguos: las tertulias de García-Calvo, el culturalismo, su latiguillo “carecer de órgano para”, el uso sardónico de cierta frialdad antropológica… Nada en verdad nuevo, pero conducido con brillantez hacia un final demoledor, agotado y sin embargo extrañamente pleno, generoso: hablo de una muerte, claro.     

Viajar de Tercer acto a Reina es dar un salto de cinco décadas en las calles de París. Mi particular y discutible libro-más-amado del año, releído con gusto en dos ocasiones, es una novela que empieza como diario más o menos narcisista de una joven estudiante en la Sorbona, un registro que yo disfruté de lo lindo (tal vez porque no cesaba en mí el deseo de ser Duval), pero que se arriesga a que algún lector carente de imaginación crea estar ante un libro carente de imaginación. Error. El tercio final revela por fin su verdadera trama: la peripecia por la que autora y lector convenimos en considerar a la ficción, ficción, y a la confesión, confesión. Si a Azúa le gusta reírse de la universidad del siglo XXI diciendo que solo enseña naderías como la de ser “diverso sexual” (entre otras caricaturas del progresismo), por su parte Duval incorpora a la narración su propia condición trans desde una normalidad probablemente privilegiada, en todo caso reconfortante. Inteligencia de primer orden, propone una desobediencia en cada página con una complicidad alternativa bajo el brazo. Y aunque no me gusta utilizar la edad como argumento, convengamos en que hacía bastante tiempo que nadie protagonizaba un debut narrativo tan sólido con apenas dieciocho años. Por lo demás, voy a traicionarme: en realidad, el mejor contraste para abordar la incomprensión entre edades sea el que se produce entre el título de Buriel, Animales feroces, y esta cita de Azúa: “Ahora, cuando ya no es posible la guerra de los hombres, y eso significa que el mundo es un lugar cada vez menos recomendable para el humano, ahora que estamos dejando atrás miles y miles de años en los que hemos vivido seriamente de nuestro cuerpo, ahora que dentro de poco seremos animales inútiles” (la cursiva es mía). Estamos ante un problema de disímiles expectativas y fe ante la Historia posible, y es curioso que Duval sea quien lo resuelve del modo más ponderado[1] y transparente: lean, si no, las páginas en las que se pregunta qué papel puede representar ella ante el espectáculo político de los ‘chalecos amarillos’, de una honestidad imposible de encontrar en los personajes que Azúa retrata perdidos en su juventud de la década de los setenta. 

En todo caso, lo más estimulante del año ha tenido lugar gracias a las nuevas voces por debajo de la treintena, que nos han dejado al menos otras dos novelas memorables. Una de ellas, Panza de burro de Andrea Abreu, constituye un fenómeno popular y crítico en toda regla: ventas excelentes y cintillas reproduciendo comentarios entusiastas. Por ejemplo, uno mío. Auspiciada por la no menos brillante Sabina Urraca en el papel de “editora por un libro” para el sello Barrett, Abreu forja una prosa admirable, totalmente nueva si bien absorbe regionalismos canarios, coloquialismos, ritmos preexistentes, y la pone al servicio de una bellísima crónica del descubrimiento de la amistad y el erotismo entre niñas/adolescentes (un tema que ya nos ha dejado, en años anteriores, páginas estupendas de Elisa Victoria o la propia Urraca). Su éxito es motivo de optimismo. En cambio, ha tenido menor visibilidad otra apuesta de la misma casa, La intimidad de Rosa Moncayo, que es una obra sobrecogedora. Es obligado reivindicarla. En parte, Moncayo trata sobre obsesiones recurrentes en nuestra época: la vuelta al mundo rural como expectativa truncada, la imposibilidad tensa de la vida en pareja, el cuerpo como horizonte y límite (su tratamiento me recordó un poco a Lina Meruane). Sin embargo, el suyo es un estilo muy particular, penetrante, extrañamente de vuelta. En fin, añadamos que el ciclo bianual de Antonio J. Rodríguez y Luna Miguel al frente de Caballo de Troya ha permitido descubrir voces significativas. Duval aparte, de 2020 este lector puede responder por Desencajada de Margarita Yakovenko (una indagación en torno a la escisión nostálgica del inmigrante que también vale, sospecho, como amplificación de muchas ansiedades millennial) y Nada ilegal, nada inmoral, de Adrián Grant, que sí alcanzó ya la treintena pero silbaremos despistados. La suya es una historia de intriga ideológica sobre dinero y fiscalidad, lógicamente encabezada por una cita de El rey pálido de David Foster Wallace. Los dos merecen mucho la pena.

Proyectarse en la dureza del mundo

En 2020, han coincidido hasta tres novelas que podrían considerarse westerns, o que al menos reúnen elementos atmosféricos del género. En el caso de Basilisco, de Jon Bilbao, la adscripción es explícita y central; en Ni siquiera los muertos, de Juan Gómez Bárcena, y La forastera, de Olga Merino, la referencia resulta más discutible, pero sirve para enmarcarlas como narraciones austeras, fronterizas, violentas. Mundos de incerteza y en descomposición. Junto a otros libros que mencionaremos a continuación, representan bien la tendencia a servirse de mitologías duras, incluso terribles, para explicar, bien la soledad del individuo contemporáneo, bien la frustración derivada de una Historia en bucle que no logra salvarnos nunca; el primer caso es Basilisco y el segundo, Ni siquiera los muertos, cuya ambiciosa condición de parábola sobre el tiempo la convierte en otra de las novelas importantes del año. La narración de Bilbao me recordó a una canción de Antònia Font, ‘Clint Eastwood’, que habla durante versos y versos acerca de un pistolero solitario que “no siempre se basta” para acometer sus misiones hasta que, de pronto, pasa a identificarlo con un hombre cenando solo y triste en su cocinita de un piso moderno. Añadamos que ese hombre es un escritor, y ya habrá tomado cuerpo el monstruito. “Es asombrosa la peripecia necesaria para que dos personas se sienten y hablen, nada más que eso”, dice el narrador de Basilisco, y esa cita resume casi trescientas páginas en las que Cormac McCarthy convive con Alice Munro. La de Gómez Bárcena, en cambio, me hizo evocar a un Borges extralarge que hubiera incorporado a su estilo la larga tradición fronteriza mexicana para llorar todas las decepciones que nos ha legado la Historia de los hombres. A la espera de que los tiempos sigan corriendo, su novela tuvo un epílogo perfecto, de lo más pertinente, en las escenas del Capitolio de Washington vividas el día 6 de este mes.

En diez años podríamos perder para siempre la posibilidad de leer de primera mano a los hijos de barrios populares

Por su parte, La forastera es una novela más convencional, bien conseguida, que podrían rodar los Juan Antonio Bardem o Carlos Saura de plenitud, protagonizada por una mujer que nació en el entorno rural, lo abandonó (de nuevo: la familia de extracto humilde, la precariedad, la emigración), y regresó a él para instalarse en una pobreza medio cómoda hasta que un abuso de poder se cierne sobre ella. Prosa rápida, seca, sin adornos, cortejada por el tremendismo sin rendirse plenamente a él. La tentación es vincularla a los otros “libros con personajes que escapan al medio rural” de la temporada, como la novela ya mencionada de Moncayo, la divertida parodia Un hipster en la España vacía de Daniel Gascón (he ahí un verdadero éxito: aterrizará en Netflix) y, sobre todo, la terrible Un amor, de Sara Mesa, más seca todavía, menos adornada si cabe, tremenda sin tremendismo, desoladora, rezumando dolor en cada línea. La protagonista de Mesa no vuelve a un territorio propio como la de Merino, sino que huye de la ciudad sin que sepamos muy bien por qué; son dos planteamientos muy distintos, a decir verdad. Lo que se encontrará es una comunidad de engranajes implícitos, bien engrasados, que acrecientan su soledad y su incapacidad para la comunicación. El modo despojado y elusivo en que la prosa de Un amor logra hacer tangible tanta mierda es casi sobrenatural.

Pero también existen la mitología del mar y la del náufrago. Con El mar indemostrable, el traductor Ce Santiago se ha estrenado como autor. Su prosa y su estructura son deudoras de la tradición posmoderna norteamericana que acostumbra a verter en castellano (William H. Gass, Nicholson Baker), todo para recrear el mundo de los pescadores del sur y sus familias. Paternidad, frontera, literatura y pensamiento exigentes como contrapunto a una realidad difícil, y un tono poético fuera de moda: todo ello se encuentra en estas páginas que se cierran con la imagen del ojo de una criatura marina en contacto con la mirada de un hombre. Curiosamente, algo que guarda cierta analogía con el final de Bajamares, de Antonio Tocornal, premio Diputación de Córdoba, publicada en una editorial que vuela bajo el radar más afinado: es nuestra novela 223, ¿recuerdan? Tocornal es un autor de arranque tardío que hasta ahora se ha movido en el circuito de los premios de instituciones públicas, por lo general bastante invisible; sin embargo, Bajamares ha logrado lectores y prescriptores de renombre (Eloy Tizón, Fernando Sánchez Dragó,[2] Abilio Estévez…). Se trata de una narración densa, casi muda, fuera del panorama actual; se me ocurre que podría ser una sublimada novela italiana de los sesenta publicada por Seix & Barral. Su protagonista es una especie de náufrago por elección propia, farero que habita un islote con la única compañía de los dragones que cocina y de la enciclopedia que estudia como si cada palabra fuera una pequeña escultura. Es un libro misterioso, en cierto modo un anacronismo feliz, un islote narrativo en sí mismo, un Pavese meets Tarkovski trabajado con esmero.      

Por último, qué curioso el modo en que determinadas imágenes imprevisibles se repiten en autores distintos. Por ejemplo, tanto Jon Bilbao como Ce Santiago mencionan las hileras de orugas procesionarias como signos equívocos de la naturaleza. Y hay cuevas, grutas o agujeros subterráneos, con toda su carga primigenia o uterina, en Basilisco, Tercer acto, El mar indemostrable, Bajamares, Centroeuropa. ¿Qué se esconde ahí, qué necesidad de excavar o regresar o silenciar el ruido del mundo?

La(s) historia(s) son los padres

A corazón abierto de Elvira Lindo, No entres dócilmente en esa noche quieta de Ricardo Menéndez Salmón, Baricentro de Hernán Migoya, Libro de familia de Galder Reguera y Amor intempestivo de Rafael Reig. Cinco libros que tienen como tema central a los padres del autor, y que cabe relacionar con Irene y el aire, de Alberto Olmos, que representa justo la operación contraria: escribir el relato de convertirse en padre. Tampoco sería descabellado poner en sintonía con todos ellos Jávea, de Alberto Torres Blandina, que no es un libro sobre los padres, pero sí sobre la herencia familiar (nota: qué importante es el catálogo de Candaya, qué ganas le tengo también a Eco, de Carlos Frontera). La coincidencia de todos ellos ya auspició los reportajes de rigor en la prensa cultural, y yo mismo aventuré una hipótesis sobre el fenómeno (porque ¿cuántos libros sobre el mismo asunto tienen que alinearse para que podamos hablar de un “fenómeno”?), a saber: en la literatura de un país atravesado por una indisimulable crisis del crédito de sus instituciones, volver la vista al linaje y su peso casi daimónico sobre la vida del individuo no dejaría de ser una extensión de ese debate en torno a las reglas del juego establecidas, pero cada vez más inciertas. A fin de cuentas, la familia es el grado cero de lo institucional. Creo que la idea tiene su gracia, aunque presente la indudable limitación de no hallar pruebas concluyentes en los textos; pero cuándo detuvieron tales minucias a un reseñista español. En fin, las motivaciones conscientes o declaradas de estos escritores tienen su origen en el lado de lo emocional, a menudo condicionado por la enfermedad o el fallecimiento de sus mayores, y siempre incardinando la memoria personal con el nacimiento de la vocación de la escritura. A corazón abierto y Amor intempestivo deberían gustar mucho a los lectores de Lindo (sencillez, cercanía, naturalidad) y Reig (más naturalidad, lengua castellana arraigada, venga un wiskito), y son disfrutables, aunque, vistos con perspectiva, les pasa un poco lo mismo que a Libro de familia: su sentimentalismo los limita, y acaba por convertirlos en síntoma del agotamiento de la fórmula confesional. El libro de Menéndez Salmón es otra cosa, tan ambicioso y valiente y a ratos hermoso y otros ratos recargado y hasta paradójicamente ingenuo en su solemnidad como es habitual en su obra: pero eso es precisamente tener “una obra” y “un estilo”, lograr que ni halagos ni reticencias tengan mucho recorrido ante la convicción berroqueña del texto. Y, desde luego, no cabe en cabeza alguna interpretar No entres dócilmente en esa noche quieta como un intento de sumarse a una moda o estado de ánimo colectivo (el que propició el éxito artístico y comercial de Ordesa hace un tiempo, ese libro en que los padres eran historia de España, y viceversa), que es una sombra que sí se proyecta un poquito, no necesariamente con malicia, en los otros tres.

De los siete libros mencionados, a falta de leer Irene y el aire (que, en todo caso, parte de otro planteamiento), los que me resultan más sugerentes son Baricentro y Jávea. Migoya es tan sentimental o más que cualquiera, pero en su caso resulta de una coherencia elegante con su desacomplejada mitología pop, con el descaro de sus estrategias habituales, con su papel de escritor sin ceremonia. Además, su retrato de una familia de clase media-baja refleja inquietudes muy 2020; tal vez convenga profetizar, a cuenta de la ya mencionada y rediviva conciencia de clase, que en diez años podríamos perder para siempre la posibilidad de leer de primera mano a los hijos de barrios populares, dado el contexto general de dinamitación tanto de la enseñanza pública como de cualquier mecanismo corrector de la desigualdad, por no hablar de la creciente conversión de la literatura en complemento para outfits urbanos.[3] Sospecho que Torres Blandina estaría de acuerdo conmigo, a juzgar por el modo en que convierte el rencor de clase en el centro de la torrencial prosa narrativa, imparable, arrastrante, que pone al servicio de su crónica familiar y personal. Es un rencor resignado, por otra parte, que se agota en sí mismo y se juzga a sí mismo, que entra en conflicto con el deseo de arrojar una mirada limpia sobre la realidad. “Yo fui el primero de mi familia en conseguir el graduado escolar”, confiesa su narrador, una frase que explica el tipo de progresión que tenía lugar, a veces, en la España anterior a 2010, pero está dejando de darse (y, en caso de darse, está dejando de tener efectos tangibles en la vida de las personas). Admitamos que, en Jávea, se expresan algunas ideas obvias de un modo demasiado explícito, corriendo el peligro de que su crítica a los tópicos del cuñadismo medio se parezca al objeto criticado; pero, si convenimos en que la escritura (su ritmo, su fraseo, su energía) es en sí misma una idea, entonces estamos ante un libro de impacto y pertinencia enormes.

Enguany, això toca

¿Antes hablé de “instituciones en crisis”? En este sentido, la transubstanciación política más divertida de la última década ha sido la del pujolismo, de autoproclamado factor equilibrador del sistema a no menos autoproclamado dinamitador del mismo, i tira milles! La arqueología de esa cultura patrimonial y patriarcal nos ha entregado dos libros extraordinarios, incómodos para todo el mundo que se sienta alineado con algún frente de poder de este país. Lean primero El hijo del chófer, de Jordi Amat. Es eficaz como narración, lo cual no es poco en el debut de un historiador y ensayista como Amat. Pero esto no es lo importante, sino su demoledor retrato de la miasma que ha sido la vida pública en Cataluña y España durante lustros. La figura de Alfons Quintà, un periodista repugnante, manipulador, chantajista, ventajista, obseso y, a ratos, poderoso, nos lleva de la mano hasta las puertas del carisma sociopático de Pujol; a su vez, Pujol nos lleva a otros despachos, felipistas, juancarlistas, todos dizque democráticos. Amat logra un perfil psicológico absorbente, no por los supuestos atributos magnéticos del mal, sino todo lo contrario: por su mediocridad, eso sí, socialmente reveladora. Si todavía existen libros importantes, creo que El hijo del chófer es uno de ellos.  

El hijo del chófer es eficaz como narración, pero lo importante es su demoledor retrato de la miasma que ha sido la vida pública en Cataluña y España durante lustros

Y es el mismo Amat quien, mediante un guiño explícito, invita a leer a Gonzalo Torné como continuación de su “espeleología” moral. No sé si hablamos de “la mejor novela del año”, tal vez sí, pero El corazón de la fiesta es un ejemplo de alta narrativa anglosajona (musculatura norteamericana, humor británico, diálogos de velocidad neoyorquina…) pasada por un conocimiento entusiasta de los salientes más estimulantes de las tradiciones peninsulares. Todo para estirar la saga de los Montsalvatges, aventura central de la novela española de la última década, hacia el pantanoso terreno del poder pujolista: cuáles eran sus mecanismos atractivos, cómo socavaba cualquier discrepancia o taponaba las fisuras, cómo pueden llegar a confundirse familia y nación (y patrimonio)… ¿Y si esta fuera otra novela sobre un padre leído por su hijo díscolo? Sea como sea, a estas alturas del informe no les sorprenderá descubrir que también en estas páginas acude la clase social a tensar el muy precario pacto de no agresión socialdemócrata europeo: choni vs. homenot de la ceba, fight!

En El hijo del chófer y El corazón de la fiesta, el verdadero tema es el poder, y las conclusiones dan risa o dan pena, siempre por las mismas razones.

Unas listas despistadas

Para acabar, quisiera cubrir algunos agujeros que presentaron las listas oficiales de lo mejor del año, también recriminar algún despiste. Por ejemplo, la finalista al Premio Importante de la Industria Más Merecido es Dicen los síntomas, de Bárbara Blasco, Premio Tusquets (calculen ustedes mismos cuáles hojeé o valoré abordar, en cambio, sin entusiasmarme; por ejemplo, la nueva entrega en la que un narrador de Luisgé Martín confunde travesuras del bienestar con desafíos anarquistas), una novela sólida en la que converge la preocupación realista, la indagación acerca del cuerpo, la agonía paterna como interruptor introspectivo, la artesanía estructural. Vida de Guastavino y Guastavino de Andrés Barba llegó en el último minuto del año y ha recibido poca atención. Sintético, hecho un poco con tiralíneas, es un Barba menor y hasta sospecho que coyuntural; sin embargo, no hay Barba malo, y todo lo dicho es compatible con la inteligencia abstracta que recorre esta especulación sobre la vida y obra de los dos arquitectos de origen español, padre e hijo, que configuraron parte del carácter estético de Nueva York, es decir, de la modernidad. Otro nombre valioso es el de David Torres, que venía de entregar su mejor libro, Palos de ciego (2017), y que con Cartas a las novias perdidas ha vuelto a la familia, a la nostalgia, a su modo más americano de contar historias y construir personajes. Es una lectura para disfrutones de la narración-narración.   

Y nos despedimos por todo lo alto con dos libros de dimensión europea. Uno es Enfermos antiguos, de Vicente Valero, cuya narrativa en marcha sin duda está entre lo mejor de nuestro país. Gran estilo, pero en voz menor; una cultura de raíz continental, pero sin alardes; una concepción insular y benjaminiana del tiempo y de la memoria; una elegancia enorme. En su entrega de 2020, el recuerdo de la infancia vuelve a servirle para hablar de la Transición desde una perspectiva lateral: si antes fueron los exiliados (Los extraños) o los adolescentes (Las transiciones), ahora se fija en la atmósfera ambivalente que rodeaba a los enfermos de las familias mientras el país cambiaba de régimen. Un librito magnífico. Por fin, no sé si hablamos de “la mejor novela del año”, ya se figuran ustedes que tal vez sí, pero Noche y océano de Raquel Taranilla, Premio Biblioteca Breve, es un desbordante ejercicio de respiración asistida a la Gran Tradición Literaria, una divertidísima acumulación de invocaciones al fin de un tiempo, una prosa sin control que, muy previsoramente para haber sido galardonada en febrero, tuvo a bien contarnos el confinamiento de una profesora universitaria en una casa ruinosa que no es biblioteca ni cementerio, pero podría serlo. Y, la verdad, es muy bonito que en sus páginas se mencione la posibilidad de caminar en la “dirección opuesta”, ese concepto bernhardiano que yo he aplicado antes a Animales feroces, porque la coincidencia me permite dar con un cierre circular y con la manifestación de una certeza: la literatura, adopte la forma final que adopte, nace al escaquearse del camino al colegio que indican los padres.

Rendición de cuentas

Para acabar, pongo las cartas sobre la mesa. Estas son las novedades de 2020 que he leído, y con las que he elaborado el presente informe:

Panza de burro, Andrea Abreu, Barrett

El fill del xofer / El hijo del chófer, Jordi Amat, Tusquets

Tercer acto, Félix de Azúa, Random House

Vida de Guastavino y Guastavino, Andrés Barba, Anagrama

Basilisco, Jon Bilbao, Impedimenta

Dicen los síntomas, Bárbara Blasco, Tusquets

Animales feroces, Manuela Buriel, Aristas Martínez

Necios y ridículos, Gonzalo Calcedo, Sloper

Reina, Elisabet Duval, Caballo de Troya

Un hípster en la España vacía, Daniel Gascón, Random House

Ni siquiera los muertos, Juan Gómez Bárcena, Sexto Piso

Nada ilegal, nada inmoral, Adrián Grant, Caballo de Troya

A corazón abierto, Elvira Lindo, Seix Barral

Las maravillas, Elena Medel, Anagrama

No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón

La forastera, Olga Merino, Alfaguara

Un amor, Sara Mesa, Anagrama

Baricentro, Hernán Migoya, Reservoir Books

La intimidad, Rosa Moncayo, Barrett

Centroeuropa, Vicente Luis Mora, Galaxia Gutemberg

Simón, Miqui Otero, Blackie Books

Todo esto existe, Íñigo Redondo, Alfaguara

Libro de familia, Galder Reguera, Seix Barral

Amor intempestivo, Rafael Reig, Tusquets

El mar indemostrable, Ce Santiago, La navaja suiza

pequeñas mujeres rojas, Marta Sanz, Anagrama

Noche y océano, Raquel Taranilla, Seix Barral

Bajamares, Antonio Tocornal, Ediciones Insólitas

El corazón de la fiesta, Gonzalo Torné, Anagrama

Cartas a las novias perdidas, David Torres, Algaida

Jávea, Alberto Torres Blandina, Candaya

Enfermos antiguos, Vicente Valero, Periférica

Desencajada, Margarita Yakovenko, Caballo de Troya



[1] Utilizo el término “ponderado” como Duval se autoproclama socialdemócrata, a saber: sin intención de aclarar si de verdad creo que tiene cabida en el siglo XXI o estoy de cachondeo, jugando a parecer mi padre

[2] A ver: “renombre” puede significar tantas cosas…

[3] Alerta jeremiada.

Analizar el estado de una literatura mediante la imposición de un marco temporal, en este caso el de 2020, es una arbitrariedad. Pero también es una práctica consolidada, no carente de espíritu lúdico, y más o menos útil. Otra cosa es determinar qué significa una literatura: ahí empieza la...

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Nadal Suau

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1 comentario(s)

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  1. pilartenag

    Enhorabuena por el artículo y por el repaso sensacional a novelas y relatos publicados por primera vez en 2020 en castellano, y firmados por escritores españoles. Me encanta la forma poco ortodoxa de destacar las obras, y las observaciones sobre cada una de las que merecen la atención del autor. Pero tal como él mismo nos anima a hacer: ¡disparemos al crítico! (aunque al mismo tiempo le comprendamos). Empiezo por decir que soy parcial, sin disimulos, pero me ha dado pena que no merezca una mención ninguno de los libros de Tres Hermanas Libros, que ocupa un impresionante lugar con 8 títulos entre Tusquets y Plaza y Janés. Para una editorial tan joven es una verdadera hazaña. Habría sido estupendo un reconocimiento a ese hecho y una atención específica a algunos de los notables títulos publicados por Cristina Pineda. La apuesta por escritores españoles, además de sus otras cuidadísimas y meritorias colecciones, merece el aliento de la crítica. Ya lo tiene, afortunadamente, y poco a poco la editorial se está colocando donde merece -el listado de títulos publicados lo demuestra- pero me habría encantado verlo en mi querida y admirada revista Contexto. Dicho lo anterior, gracias por este estupendo artículo, seguiré muchas de las recomendaciones de Nadal.

    Hace 9 meses 3 días

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