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¿Otra revolución verde? (II)

Gritos intestinales

En las luchas por la descarbonización de la atmósfera y la soberanía energética no podemos obviar el enorme impacto ambiental y humano que tiene la extracción de los minerales necesarios para las ‘energías limpias’

Gustavo Duch 29/01/2021

<p>Mina de cobre de Chuquicamata, en el desierto de Atacama.</p>

Mina de cobre de Chuquicamata, en el desierto de Atacama.

Godofredo Pereira (CC BY 2.0)

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En el primero de estos dos artículos ofrecía un paralelismo entre la revolución verde agrícola del siglo pasado y el actual boom de energías renovables. Me faltó añadir otros elementos fundamentales donde, creo, encontrar semejanzas entre una y otra.

Escudados en la supuesta necesidad de producir más, nadie dijo entonces que detrás de esa ‘revolución verde agrícola’ habría tantas y tantas víctimas. El concepto de soberanía alimentaria apareció entonces, justamente, como respuesta a esas ‘externalidades’ nunca antes visibilizadas. Si en esta nuestra orilla, con la llegada de ingente maquinaria se sufrió un éxodo campesino a las ciudades, en la otra, se organizaban guerras para la apropiación del petróleo que la movería. Si los pueblos de aquí lloran aún su soledad, territorios soberanos como el Sáhara, rico en los fertilizantes que la industria agraria requiere, sufren una ocupación imperdonable con la complicidad de la comunidad internacional. Que España sea una potencia en la producción de cerdos depende de la importación de soja para alimentarlos y por lo tanto depende de los incendios de la Amazonía o el Cerrado en Brasil...

Y de la misma manera, tenemos que advertir de que el hecho de que aquí, en Europa, rueden las turbinas de los molinos de viento para producir energía verde está directamente relacionado con el cáncer de pulmón que, en Antofagasta (Chile), sufre un 10% de la población, porque desde una considerable distancia, cuatro horas de coche, llegan por el aire metales pesados de una de las mayores minas a cielo abierto del mundo. En Chuquicamata, un cráter de 4 kilómetros de diámetro y uno de profundidad, se extrae el cobre que requieren las turbinas eólicas y el cableado para transportar la energía eléctrica producida por ellas y el que requieren también las baterías, bobinas y motores de los coches eléctricos ‘superecológicos’ que la usan. Les recomiendo el documental La cara oculta de las energías renovables donde, en silencio, se explica muy bien esta realidad.

Metales pesados en el aire, en las aguas fluviales y en la sangre y en la orina de unos tres millones de personas indígenas del Perú, un Estado tóxico, cuyos pueblos están muy cercanos a las muchas minas –también de cobre– del llamado Corredor Minero de los Andes. Durante las 24 horas del día, las minas están activas y el trasiego de los camiones no cesa, agrietando sus casas y desparramando nubes de polvo tóxico sobre los cultivos de estas familias. Las tierras se vuelven áridas, el agua deja de ser potable, las llamas mueren bebiendo de ella o alimentándose de los pastos también contaminados… y una forma de vida sostenible pasa a ser una vida invivible. De hecho, en Perú, las afecciones respiratorias de la población son responsables de un índice de mortalidad por coronavirus superior a la media.

Lo mismo ocurre en la llamada Silicon Valley de las tierras raras, en la provincia china de la Mongolia interior, que convierte a este país en el primer país extractor de estos minerales, con más de un 70% de la producción mundial. “En Occidente queríamos los metales, pero no el coste ecológico de obtenerlos, en cierta manera, deslocalizamos la contaminación a China y así podemos decir que hacemos una transición energética ecológica”, explica Guillaum Pitron en su libro La guerra de los metales raros (Península) para escenificar los efectos de esta “contaminación exportada”.

Ya tenemos, más o menos, el 80% de toda la tierra mundial convertida en monocultivos y el 70% gestionada solo por un 1% de todos sus propietarios

El próximo libro de Alfons Pérez, Pactos verdes en tiempos de pandemias, recoge una lista mayor de conflictos relacionados con estas materias primas críticas para la revolución verde energética que tanto se anhela: las condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud que denuncian los trabajadores de la mina de cobalto de Bouazar (Marruecos); la contaminación del agua y de los ecosistemas por parte de la compañía minera Glencore-Katanga en el Congo, con amenazas y violencia contra activistas (no dejen de ver el documental Machini); las lluvias ácidas y las emisiones de dióxido de azufre provocadas también por Glencore en Zambia; las luchas del pueblo indígena Karonsi’e Dongi contra la minera Vale, S.A., en Indonesia;  y, desde luego en mayúsculas, el conflicto geoestratégico abierto por los recursos de litio en el salar de Uyuni (Bolivia), donde empresas como Tesla, líder en tantos negocios limpios’ que requieren de este mineral, están detrás, según declaraciones de Evo Morales, del golpe de Estado del año pasado. Añadamos en este listado la expansión minera prevista también en la península ibérica.

Por último, teniendo en cuenta las dimensiones de los molinos o los parques eólicos, veo también similitud con el gigantismo al que rindió culto la revolución verde agraria. Del improductivo minifundio tuvimos que pasar al mucho más lustrado latifundio; del latifundio a las grandes plantaciones y ya tenemos, más o menos, el 80% de toda la tierra mundial convertida en monocultivos y el 70% gestionada solo por un 1% de todos sus propietarios. De animales en el prado de la finca o en el patio de la casa, se pasó a las granjas de 50 animales que crecieron hasta albergar cientos de animales, pero dicen que se quedaron chicas y ahora tenemos, multiplicándose por toda la península, megagranjas de miles de animales que no son nada frente a las supermegagranjas de China de 12 y 14 plantas, cual rascacielos porcinos. Del carro tirado por mulas se pasó al tractor tirado por caballos de vapor y de este a megatractores anchos como dos carriles de autopista; de una pequeña represa en el río junto a cada pueblo, a las centrales hidroeléctricas de las multinacionales y sus matones (lo digo abiertamente por los muchos asesinatos de defensoras de la tierra), que dan risa si las comparamos con la presa de las Tres Gargantas en China, una central de ‘energía renovable’ que ha expulsado a más de un millón de personas que vivían sosteniblemente.

Cada uno de esos molinos insertados cual estacas en la tierra me remite a las imágenes de los pozos de petróleo en los Estados Unidos que he conocido por el cine o los documentales. Cierto que el ruido de los molinos no debe ayudarme a apreciar las muchísimas diferencias entre unos y otros. Pero queda claro que nos seguimos sintiendo los dueños de la Naturaleza y, como ocurrió con la llegada de las energías fósiles, seguimos sin cuestionarnos hasta qué punto es natural industrializar lo natural. ¿Cuántos árboles, cuánta vegetación, cuánta flora y fauna hemos asesinado en la ocupación del territorio tomado por los molinos y sus caminos? Siento cada molino como la muleta que sostiene una humanidad sobrecivilizada pero coja de sentimientos y emociones.

La soberanía alimentaria, a medida que fue desarrollando su discurso, entendió con claridad que, además de reclamar políticamente el control social de la agricultura y la alimentación y de denunciar las injusticias Norte/Sur, debía posicionarse rotundamente a favor de un modelo productivo, en este caso la agroecología, que nace de la visión tradicional de la agricultura campesina. No es sostenible consumir productos de otros lugares, ni de fuera de temporada, aunque sean ecológicos. No podemos asumir como sostenibles productos locales si están cosechados por manos maltratadas laboralmente. En las luchas por la descarbonización de la atmósfera y la soberanía energética, como también apunta Pablo Bertinat, ingeniero electricista, es central esta reflexión de modelo y mirada global. “No solo es encontrar un estilo de desarrollo que sea menos intensivo en términos de energía y de materiales, sino que también tenemos que romper ese esquema de fuerte desigualdad. Esto hace que haya gente que tenga que consumir más, otra menos y todos consumir distinto. Tenemos que encontrar procesos de satisfacción de necesidades con menos. En definitiva, cómo ser felices con menos materia y energía. Con la desigualdad en el centro”.

Desde el Sáhara ocupado por sus riquezas como la pesca o los fosfatos (por cierto, extraídos de la mina de Bucraa con energía eólica instalada por la empresa Siemens Gamesa), el poeta Luali Leshan nos interpela con estos rotundos versos anatómicos:

El lenguaje con el que chillan

los intestinos del Sur

es un enigma en los oídos del norte.

¿Enigma? Algunos medios de comunicación esconden datos, la publicidad empresarial maquilla rostros, cierto, pero ¿no será que tanto esfuerzo por reclamar las energías renovables nos ha dejado la conciencia tan tranquila que se nos ha olvidado pensar?

En el primero de estos dos artículos ofrecía un paralelismo entre la revolución verde agrícola del siglo pasado y el actual boom de energías renovables. Me faltó añadir otros elementos fundamentales donde, creo, encontrar semejanzas entre una y otra.

Escudados en la supuesta necesidad de producir...

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