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Energía

El eterno surtidor de petróleo

Pese a su marketing verde, la petrolera Exxon Mobil se resiste a desviarse de su principal especialidad: encontrar, extraer y procesar combustibles fósiles a gran escala. Para ello, necesita controlar a Washington y sus políticas

Andrew Schwartz (The Baffler) 21/01/2021

<p>Refinería de petróleo en Lousiana (EE.UU).</p>

Refinería de petróleo en Lousiana (EE.UU).

Jim Bowen

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Hubo una época en la que ExxonMobil fue la empresa más valiosa del planeta. La compañía, producto de una fusión de la era Clinton entre la rebautizada progenie de la Standard Oil Company de Nueva Jersey y la Standard Oil Company de Nueva York –Exxon y Mobil, respectivamente, reunidas casi un siglo después de que un fallo antimonopolio de la Corte Suprema escindiera en dos la empresa matriz–, se ha beneficiado durante mucho tiempo del repliegue neoliberal de los gobiernos ante el incremento del poder corporativo. La influencia de la empresa ha sido profunda, sobre todo con respecto a la percepción pública del cambio climático. “Los que tienen poder crean conocimiento”, escribieron Emily Plec y Mary Pettenger en un estudio de 2012 sobre las prácticas de marketing de ExxonMobil. Por aquel entonces, la compañía estaba promocionando de manera agresiva su última iniciativa de energía con bajos niveles de emisiones: un proyecto de biocombustible de algas. No hay que temer al cambio climático, parecían sugerir sus anuncios, que continúan hoy en día. Nuestros ingenieros están trabajando duro. Según lo veían Plec y Pettenger, el ecopostureo de ExxonMobil allanaba el camino para “aceptar una actitud particular hacia la historia”, haciendo que las personas se resignaran en la práctica ante el régimen energético dominante y frenando los esfuerzos colectivos por imaginar un futuro que no orbitara, como el actual, en torno a “ideologías de consumo” y empresas como ExxonMobil.

Mientras estuvo al cargo,  su director general Lee R. Raymond, se hizo famoso por no estar dispuesto a ceder ni un ápice frente a los medioambientalistas

Si en algún momento ExxonMobil pudo parecer eterna, los mensajes que dirigía al público nunca lo consiguieron. Mientras estuvo al cargo, su director general Lee R. Raymond, se hizo famoso por no estar dispuesto a ceder ni un ápice frente a los rabiosos adversarios medioambientalistas de la empresa, ni siquiera en materia de relaciones públicas. En el 2000, en relación con el calentamiento global, se le pudo escuchar diciéndole a los accionistas: “Si los datos fueran concluyentes, cambiaría de opinión, pero un 90% de la gente pensaba que el mundo era plano, ¿no?”. Como señaló el periodista Steve Coll en su relato épico de 2012, Imperio privado: ExxonMobil y el poder estadounidense, algunos de los ejecutivos de ExxonMobil “se enorgullecían de la imagen que daban, la de una empresa que no intentaba fingir lo que no era”. A este respecto, la empresa difería del otro gigante del gas y del petróleo, BP Amoco, que se rebautizó en 2000 simplemente como BP y desveló un nuevo logotipo con un sol y un nuevo eslogan: “Beyond Petroleum” (“Más allá del petróleo”). (En aquella época, BP también realizó inversiones ostensibles, aunque relativamente pequeñas, en energía solar. Una estrategia que, como admitió ante Coll un ejecutivo de la empresa, se justificaba únicamente por motivos de marketing).

ExxonMobil adoptó un enfoque diferente. Raymond desechó los anteriores proyectos de la empresa con energías renovables como si hubieran sido momentos de debilidad, durante los que los anteriores jefes habían cedido ante modas políticas pasajeras y que solo servían para desgastar la identidad fundamental de la empresa. “Visto en retrospectiva, parecía que estuviéramos abdicando de quienes éramos”, le dijo Raymond a Coll, en referencia a los proyectos solares de la empresa en los setenta. “Los presidentes van y vienen; Exxon no se va a ninguna parte”.

Los esfuerzos encubiertos del sector del gas y el petróleo por ocultar y difamar el conjunto de conocimientos sobre el cambio climático están ampliamente documentados. ExxonMobil desempeñó un papel protagonista en esa campaña. Un análisis empírico de sus comunicados durante casi cuatro décadas concluyó que “a medida que los documentos de la empresa se vuelven más accesibles para el público, se incrementa la duda que destilan” sobre la ciencia climática establecida. Mientras los expertos contratados por la empresa daban la voz de alarma de forma interna, Exxon presentaba su particular visión científica en algunos respetables e importantes periódicos como el New York Times. Al mismo tiempo, destinaba millones a organizaciones que defendían un escepticismo climático de espíritu independiente y también presentaba demandas cuyo objetivo era desvirtuar políticas diseñadas para limitar los gases de efecto invernadero. Estos actos desestabilizaron los cimientos epistemológicos que podrían haber servido de base a una acción climática firme y transformadora.

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Sin embargo, ExxonMobil no podía distraer la atención del consenso científico para siempre. En 2002, como consecuencia de la creciente presión de los activistas contra el cambio climático, la empresa finalmente se comprometió a financiar algunas investigaciones básicas sobre energías renovables. De igual manera que el gobierno de Bush, con el que le unían lazos muy estrechos, decidió invertir (con moderación) en ciencias climáticas, mientras se resistía a aceptar cualquier tratado vinculante, tributo o regulación que obligara realmente a los accionistas a abordar la crisis existencial. En 2005, cuando la credibilidad pública de la empresa estaba menguando, ExxonMobil presentó una campaña para “persuadir a las élites políticas y mediáticas de que, aunque no era necesario amar al sector petrolero, este debería comprenderse como algo inevitable”, escribió Coll. Desde entonces, afirma haber invertido unos 10.000 millones en investigar e implementar “soluciones energéticas” que van desde tecnologías de captura de carbono hasta gas natural menos contaminante. Como la empresa declara en la actualidad, quiere apoyar “políticas climáticas eficientes que aborden los riesgos asociados al cambio climático con el menor coste para la sociedad”. En esa línea, en 2009 destinó 600 millones de dólares al estudio de la tecnología de biocombustible de algas, una estrategia que “le valió una cobertura mediática generalizada e incondicional”, según Coll:

“Pareció como si finalmente ExxonMobil hubiera internalizado el ejemplo de BP de que, para calcular el coste total de las inversiones en energías alternativas, las impopulares empresas petroleras deberían considerar también los beneficios de marketing que tiene recibir publicidad favorable de forma gratuita”.

Desde entonces, ExxonMobil ha promocionado de forma activa el proyecto de algas y los investigadores parecen haber realizado progresos significativos, aunque sumamente provisionales todavía, para desarrollar un proceso de extracción comercialmente viable. Pero, tras el fin de lo que muchos han considerado una burbuja de los biocombustibles, abundan los escépticos del proyecto de ExxonMobil, y con razón. Los inversores, desde principios de la década de 1980, comenzaron a destinar miles de millones de dólares a empresas de biocombustibles que no cumplieron ni remotamente las expectativas de los demasiado entusiastas analistas energéticos que predijeron que en breve tendríamos a nuestra disposición miles de millones de litros de biocombustibles con bajos niveles de emisiones.

La empresa continúa invirtiendo miles de millones en nuevos proyectos de perforación en todo el mundo, desde Mozambique hasta el oeste de Texas, pasando por Brasil

El futuro de los biocombustibles está determinado tanto por las políticas y la economía como por la investigación. En ese sentido, una fiscalización mundial del carbono podría generar condiciones más fértiles para su desarrollo. Por otra parte, el continuado éxito de la generación de energía eléctrica mediante los procesos solar y eólico podría poner trabas al mercado de combustibles líquidos. En cualquier caso, los plazos para adoptar la tecnología siguen siendo poco claros. En 2009, un vicepresidente de ExxonMobil declaró en el New York Times que quedaban al menos 5 o 10 años para tener plantas comerciales a gran escala que produjeran combustibles basados en algas. En 2013, el por entonces director general, Rex Tillerson, le confesó a Charlie Rose que un cuarto de década era un cálculo más realista. En la actualidad la empresa aspira a contar con “la capacidad técnica para producir 10.000 barriles al día de combustible de algas en 2025”.

Si llegara a lograrse, esta sería una hazaña nada desdeñable, aunque seguiría representando apenas una minúscula fracción de la actividad total de la empresa. ExxonMobil produce aproximadamente cuatro millones de barriles equivalentes de petróleo cada día. Pero eso no termina ahí, la empresa continúa invirtiendo miles de millones de dólares en nuevos proyectos de perforación en todo el mundo, desde Mozambique hasta el oeste de Texas, pasando por Brasil. En un reciente informe, la empresa anunció a los inversores que un nuevo proyecto en alta mar en Guayana produciría a la larga 8.000 millones de barriles equivalentes de petróleo durante la vigencia del proyecto. Los datos financieros tampoco inspiran mucha más confianza. ExxonMobil afirma haber invertido en biocombustibles aproximadamente 25 millones de dólares al año durante la última década. Esa cifra es apenas superior al sueldo anual del actual presidente y director general, Darren W. Woods, que cobró una remuneración en 2019 que ascendió a 23,5 millones de dólares, según los datos de la S.E.C. [la Comisión Nacional del Mercado de Valores].

Como es lógico, ExxonMobil no es la única que hace excesivo hincapié en sus esfuerzos “verdes”. Solo el año pasado, la organización militante ClientEarth presentó una queja formal sobre BP ante el Punto Nacional de Contacto del Reino Unido, una influyente organización internacional de comercio, en la que alegó que su “impostura ecológica… despista a los consumidores sobre las actividades que lleva a cabo para fomentar energías con bajas emisiones de carbono”. No obstante, ExxonMobil sigue siendo una especie de líder en este ámbito. La compañía destaca porque “ha gastado muy poco en energías limpias, pero ha hablado mucho sobre ello”, me comentó en un email Geoffrey Supran, un científico de Harvard que coescribió el estudio empírico de las comunicaciones de la empresa relacionadas con el clima:

“[ExxonMobil] lleva empleando la misma defensa ilusoria del statu quo desde hace más de una década: que abordar el cambio climático… es un ‘desafío’ que requiere inventar nuevas tecnologías ‘rompedoras’, que están trabajando en ellas, pero que por el momento tenemos que seguir como hasta ahora”.

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El libro Imperio privado de Coll comienza con el catastrófico vertido del Exxon Valdez en marzo de 1989, cuando “una era imperial resultaba atractiva para Estados Unidos y Exxon por igual”. Hoy en día el consenso neoliberal está hecho añicos. La disminución en la demanda de combustibles fósiles ha llevado a las grandes empresas de gas y petróleo a reducir el valor de algunos activos y aceptar que, dado el riesgo de una demanda constantemente decreciente de combustibles fósiles, sus reservas sin explotar han perdido valor económico. El cada vez más precario mercado también ha llevado a algunos gigantes europeos del gas y el petróleo como BP y Total a realizar considerables inversiones en energías renovables, para contrarrestar la disminución de sus prospecciones petrolíferas. Por el momento, ExxonMobil está intentando evitar tener que realizar ese tipo de ajustes, y destaca por su contabilidad optimista. Siempre obstinada y prácticamente intacta por los dóciles reguladores estadounidenses, se resiste a desviarse de su principal especialidad: encontrar, extraer y procesar combustibles fósiles a gran escala.

Para tener éxito en un proyecto tan complejo técnicamente y tan cargado políticamente, una empresa debe pensar a largo plazo. Y durante décadas, la estrategia de ExxonMobil, escribió Coll: “No pretendía deslumbrar o manipular a Washington, sino controlarlo y aguantar más que él”.  No está claro todavía cómo funcionará una estrategia de ese tipo con el gobierno de Biden, que se acuesta lo mismo con los halcones progresistas del clima que con los simpatizantes del sector de los combustibles fósiles. Pero por otra parte, ni Joe Biden, ni Donald Trump, ni la industria de los combustibles fósiles deberían estar fijando los términos de lo que es políticamente posible, para empezar. Los movimientos de masas bien organizados han demostrado que también pueden aprovechar su poder para transformar radicalmente el imaginario colectivo. Empresas como ExxonMobil van y vienen; y nosotros nos las arreglaremos muy bien sin ellas.

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Andrew Schwartz escribe sobre movimientos laborales y políticos. También es coeditor de Mangoprism.com

Este artículo se publicó en The Baffler.

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Andrew Schwartz (The Baffler)

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