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N. DE LOS T. (XIV)

El grano de la paja

Sobre el erotismo (y el onanismo) de traducir

Julia Osuna 26/02/2021

Christopher

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Hoy me he masturbado en el trabajo. Estaba traduciendo una escena cada vez más calentita, no era el colmo del erotismo, pero, en fin, sería la coyuntura hormonal o el carpe diem del puto virus, el caso es que he mirado de reojo a ver cuántas páginas me quedaban para la mañana (para ver si podía permitirme esos minutillos), y me he dicho qué leches (influida sin duda por mis personajes noventeros y un tanto pacatos), además, me digo –penosa excusatio non petita–, a lo mejor luego hasta me sale mejor la tradu, más inspirada, de modo que, previo vistazo al skyline de casas matas malagueñas, allá que me he dejado llevar mientras he seguido descubriendo la escena.

Pero cuál es mi desmayo cuando la protagonista dice que no estoy preparada y la cosa no pasa a mayores. Corte de bola absoluto y flash en mi cerebro de Carlos Mayor y su Elogio de la lectura, me he cagado en él (no offenses), porque él sí se habría leído antes la novela y habría sabido lo que iba a pasar en la escena y no se habría molestado para nada. Tampoco la evocación de la revista Vasos Comunicantes ha sido especialmente lubricante (non taken), y al final me he venido abajo, interruptus total, no sin antes considerar la idea de que esto daría para un artículo, aunque sin saber muy bien sobre qué.

Hasta aquí, todo esto podría no ser más que una burda manera de exponerme, sedienta de atención, tres tristes tuits de última hora de la tarde, pero parémonos a analizarlo.

 Cabría preguntarse si la sugestión audiovisual es más efectiva que la literaria, aunque solo sea porque la audiovisual nos deja las manos libres

Por un lado, era la primera vez que lo hacía después de yo qué sé cuántos años de trabajo (ahora lo llaman “teletrabajo”) y me ha parecido triste por mi parte. ¿Por qué no lo había hecho antes? Es verdad que no me han tocado muchas escenas subidas de tono, una pena, aunque puede que sea el mecanismo de transferencia entre idiomas, que inhibe la frecuencia sexual. Quizá diera para un estudio, quizá ya lo ha dado. Y cabría preguntarse si la sugestión audiovisual es más efectiva que la literaria, aunque solo sea porque la audiovisual nos deja las manos libres y la literaria se complica con tan solo que el libro sea algo más grueso o alargado (¡gracias por cedernos una mano, benditos libros electrónicos!). Sin embargo, más allá de estas pajas mentales, lo que me ha parecido más triste del tema es que tenga esa presión con el tiempo, ese mirar de soslayo el reloj y no poder permitirme nada, porque hay que llegar a las hojas del día para que mi trabajo me compense por el dinero que me pagan y no sea una ong literaria con patas y luego no pueda comprar papel higiénico del bueno. En la era de la productividad mecánica, esa en que acecha la terrible sensación de tener que echar una instancia para tomarse una cerveza con alguien, la disciplina férrea es nuestra gran aliada, pero ¿no es posible que coarte una mijita la creatividad? Y es que, como otros oficios editoriales, la traducción tiene su parte creativa –por no decir que es esencialmente creativa, paso de meterme en fregados–, pero no siempre puede una esperar que la musa venga a desayunar contigo a las siete de la mañana delante del ordenador. Desde luego, cuando viene, nos encuentra trabajando, eso seguro, paisano.

En esta línea, mucho se ha discutido sobre si la traducción es un acto de onanismo, más cercano a la experiencia escritora, o está emparentada más bien con otras prácticas más dadivosas, siempre dispuestos a bajar al pilón con pico y pala. La propia teoría de la traducción se ha estado masturbando desde el principio de los tiempos con debates estériles que tienden a las dicotomías (extranjerización vs domesticación, literalidad vs libertad creativa, leer o no leer los textos antes de traducir, etcétera), cuando la dicotomía es una opción bastante infrecuente al traducir, donde el pan nuestro de cada día es la gama de colores: no hay dos soluciones donde elegir, dos doctrinas sobre cómo proceder, sino un amplio abanico al que nos enfrentamos en cada frase y ante el que solo nos queda conocer todas las posibilidades para decantarnos por la literalidad extranjerizada hoy o la libertad creativa domesticante mañana; darle la vuelta a lo estéril y hacer una gran orgía de conceptos y técnicas para tomar una feliz decisión ante el texto.

Siguiendo con el análisis de partida, si lo pienso, el flash que me vino a si leer o no leer antes de traducir debió de venir motivado porque el siguiente libro que tengo en cartera es un texto de Vivian Gornick sobre la relectura (“Apuntes de una relectora crónica” se subtitula), y que ya me tiene atribulada antes incluso de meterle mano porque en él habla de muchos libros a los que le dedica un análisis a través de las dos o tres lecturas que ha hecho de cada uno. Pero si yo solo me he leído dos libros de los que habla, ¿cómo voy a traducirlo? Ya no solo es leer el que voy a traducir, sino plantearme si tendré que leer esos libros citados para poder traducirlo. Y en pleno verano pandémico… Todavía no sé lo que haré (to be continued…).

Siempre he recelado de las RRSS por la superficialidad. ¿Estaré haciendo lo mismo? ¿Estoy retuiteándome a mí misma, haciendo ya repaso de apenas un puñado de artículos?

Lo que sí sé es que fue la propia Gornick la que activó en mi mente ese impulso reflejo, el mismo que se me coló seguidamente al orgasmo fallido: convertir mis experiencias en materia literaria para abordar la reflexión sobre el trabajo de traducción. Después de años dándole vueltas a sobre qué escribir (con las traducciones, ese problema no lo tengo, el qué escribir me viene dado, y en la ficción nunca me he sentido cómoda), fue traduciendo su libro Mirarse de frente cuando descubrí un camino que no había visto claro hasta que la leí a ella y su narrativa personal. Así que no es de extrañar que mi cabeza, antes enfrascada en placenteras sugerencias, cambiara radicalmente de bando y me hiciera pensar en una revista sobre traducción, y luego, acto seguido, en escribir sobre el tema. Pero ¿me estaré convirtiendo en esa clase de persona que pretende exprimir hasta su más mínima vivencia en materia articulable? El peligro acecha. Vale que desde la facultad soñaba con ver mi nombre escrito en letras de oro (por citar a Cyrano-Depardieu) en la revista de la asociación de traductores, aunque me parecía impensable hasta que no tuviera algo original e importante que decir sobre traducción. ¿Y si nunca consigo decir nada que no haya dicho ya Salvador Peña en sus Trujamanes?, me martirizaba. Pero ¿me creo ahora que lo estoy consiguiendo con mis artículos o estoy bajando el listón y soltando la primera parida que me viene a la cabeza? Vamos a ver: en el primero hablaste de tus tetas, después te declaraste yonki y materialista, van y te ofrecen dar una charla con el amigo Mayor sobre novela negra y te pones, por la cara, a denunciar errores de tus propias traducciones, y luego, siguiendo con los artículos, te dedicas a contar tus miserias familiares sin sonrojo alguno, y ¿ahora pretendes anunciar a bombo y platillo que te has masturbado traduciendo? Yo que siempre he recelado de las redes sociales por la superficialidad y la exposición de la peña, por la falta de análisis más profundos… ¿estaré haciendo lo mismo? Y lo más importante, ¿estoy encima ahora retuiteándome a mí misma, haciendo ya repaso de apenas un puñado de artículos? De nuevo, ¿otra dicotomía: masturbación o mamada colectiva? Pero ¿tan disparatado es utilizar el yo como moneda de cambio? Al fin y al cabo, ¿no prestamos a fondo casi perdido nuestro yo escritor cuando traducimos? 

El difícil equilibrio en este tipo de textos está en saber distinguir el grano de la paja, tener claro qué se quiere aportar –el grano que quieres poner–, adónde quieres ir a parar y utilizarte a ti misma como instrumento e hilo conductor para iluminar esa cuestión, parafraseando a la propia Gornick, y al hacerlo, esto es lo más duro, saber abstenerte de meter paja por meter. Cuando ella se queda voluntariamente con el culo al aire, sin duda le beneficia a ella como persona a modo de catarsis (os juro que traducirla es sentarte en el sillón del analista a escucharla desde el diván), pero también está entregándonos una materia literaria de la que valernos para entender la vida y con la que reflexiona dejando de lado los blancos y los negros, e iluminándolo todo, incluso las vergüenzas. No se puede negar que, sin ser nuevo, este género está muy vivo y muchas escritoras están hallando su medio de expresión en él, quizá por encontrar allí una forma de llevar la esfera de lo privado en la que tanto tiempo estuvimos confinadas a una luz más pública.

Con el tiempo la estampita empieza a resquebrajarse, y vas viendo que las realidades traductoras son múltiples, que cada uno es de su padre y de su madre

En la lucha por arrancarse las vergüenzas inherentes a esta escritura, cobra una relevancia fundamental el papel de los fantasmas que nos sobrevuelan la cabeza en cuanto nos ponemos a escribir y a amagar una autodisección en vivo: como cuando juegas al ‘Operación’, esos fantasmas hacen que salte un pitido cada vez que piensas algo que, según ellos, está “fuera de lugar”. Lo normal es que esos espectros sean figuras como las de tus padres o tus hermanos, que, al ser los que más te conocen, pueden ponerte la zancadilla discursiva y decirte, venga, anda, tú y yo sabemos que eso no es verdad, o recuerda aquella vez que… doña Coherente. Con los años, otras figuras etéreas vienen a sumarse o a reemplazarlos, profesores, amigas críticas…, y es curioso comprobar que, en una profesión como la nuestra donde nuestro poder de superhéroes, la invisibilidad, es a la vez nuestra kriptonita, también las personas del oficio que dan la cara por nosotros y se exponen al ojo público al frente de asociaciones de traductores se nos encaloman a la cabeza y adquieren dimensiones míticas. Con halos resplandecientes de diosas absolutas que con el tiempo se deslustran, clarean y dejan ver las fallas de una semidiosa griega cualquiera. Como únicas referencias de carne y hueso, en los inicios las subimos a los altares, las tomamos de referencia como si esa fuera la única forma de ser traductora y, a cada paso profesional, nos comparamos con ellas para saber si algún día lograremos su corporeidad. Las comparaciones son odiosas, sí, pero te recriminas traducir de más de un idioma porque ellas no lo hacen, y entonces algo debe de oler a podrido en tu cabeza; tú no has vivido más de dos meses en ningún país del que traduzcas, luego eres una impostora… Con el tiempo, por supuesto, como toda imagen patinada, la estampita empieza a resquebrajarse, y vas viendo que las realidades traductoras son múltiples, que, por suerte, cada uno es de su padre y de su madre, y siempre ha sido así. Comienza entonces el proceso contrario, el Kill Your Idols (sí, como en la camiseta fluorescente de Axl Rose, lo siento), y, con la misma rabia adolescente del cantante pelirrojo, ponemos en tela de juicio todo lo que representa esa ídola caída, porque queremos ser totalmente distintas, y para ello, ¡esforcémonos en encontrar argumentos para derrocar su poder! Pero ¿qué poder? ¿Qué me cuentas? ¿El de ser visible? ¿Y acaso tú lo quieres? Venga, ve tú a hablar delante de todo el mundo, a echar más horas que un reloj defendiendo tu oficio por el bien común. ¿Qué? Que es que tienes entrega y no puedes, ¿verdad? Eso pensaba. A veces nos aferramos tanto a lo que nos parece un discernimiento original –descubrir que alguien, por ejemplo, no es perfecto– que nos estancamos en la crítica negativa y no ofrecemos nada a cambio, solo la enarbolamos sedientos de yo qué sé qué. Olvidamos, sin embargo, que, en la mayoría de los casos, el propósito de estas criaturas no es el vicio exhibicionista sino el orgasmo colectivo.

Por suerte, ya hace tiempo que hay otros foros para dar la cara, por mucho que, por lo general, la persona que da una charla se nos vaya a quedar mucho más grabada que la que escribe detrás de una pantalla. Una gran plataforma que estuvo brindándonos un palimpsesto mucho más variopinto de personalidades traductoras es El Trujamán, que felizmente se ha recuperado ahora. Durante mucho tiempo la traductología ignoró deliberadamente el factor humano –cuando no puede haber nada más humano que traducir–, y eso ha tenido mucho que ver con que las reflexiones de los propios traductores sobre su trabajo se hayan visto como meros apuntes anecdóticos, para nada a la altura de las perspectivas lingüísticas (a veces cuasi entomológicas) de la disciplina. La sección que durante años coordinó Mari Pepa Palomero en el Centro Virtual Cervantes supuso un gran paso en la desacralización de la reflexión sobre el oficio. Así, el maestro trujamanero, Salvador Peña, habla de “autoetnografía de la traducción”* para referirse a este tipo de textos donde el sujeto traductor tiene mucho que decir, y anima a su práctica. En ese sentido, y volviendo a los ídolos caídos, cuanto antes dejamos de lado la escritura del ‘En Contra’ y nos ponemos la linterna en la cara, antes la mirada autoetnográfica sobre nuestro trabajo supone una herramienta para alcanzar la madurez y abrazar o renegar de nuestras decisiones para la siguiente traducción. 

Tenemos opciones, pues, cuando –y retomo el tema de la era de la productividad mecánica– nos quedan cuatro páginas para terminar la jornada, pero ya que andamos divagando, ¿no será quizá más productivo pararnos a pensar sobre lo que estamos haciendo y reflexionar por escrito durante dos horas? Por supuesto, los caracteres no van a entrar en el cómputo total de ninguna factura, pero quizá luego, cuando en otro libro volvamos a enfrentarnos a un problema parecido, la meditación hecha nos sirva para acelerar y petar la toma de decisiones. Ese es un camino, y otro muy digno, es pasar de todo y ponerse a bailar, algo que puede ser de lo más productivo a la hora de descontracturar el cuerpo y por ende trabajar mejor al día siguiente; al fin y al cabo, como dijo María Enguix, no todo va a ser traducir.

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*De «autoetnografía de la traducción» habló Salvador Peña en el II Encuentro Profesional de la Traducción Editorial que se celebró en Málaga en 2018, en su charla inaugural “Lo que no sabemos de la traducción”. Como no pude asistir y su charla no está publicada, solo conozco el término de oídas y por la gran acogida que halló durante el encuentro. El uso que hago de él es por tanto bastante subjetivo.

Autora >

Julia Osuna

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