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COVID Y MIEDO

De la enfermedad y la moral

La repetición de las mismas imágenes sobre la pandemia consigue vaciarlas de sentido. Este formato informativo, que es global, tiene que ver con el distanciamiento de muchas capas sociales, con su no compromiso

Rosa Pereda 24/02/2021

<p>Hombre mayor con mascarilla.</p>

Hombre mayor con mascarilla.

Transformer18

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A mí el covid –para mí es él, no ella– me ha enmudecido. No sólo me ha echado los años encima, me ha convertido el miedo metafísico en sonoramente físico y me ha acercado la muerte, sino que, al situarme en esa perspectiva, cualquier cosa que intento escribir, y lo intento, enseguida me parece banal, si no estúpido. Así que muda. Una muda que intenta balbucear, porque es lo que ha hecho siempre. Y que insiste, como estoy haciendo ahora. Así que vaya esto por delante: seguramente lo que sigue será banal, aunque espero que no estúpido.

He empezado este artículo porque quería reflexionar sobre la carga moral de la pandemia, y escribir, como discutir, es la manera que conozco de que mis preideas se conviertan en ideas. Ya comprenderéis que tengo pocas oportunidades de discutir con nadie en los últimos tiempos. Entre que estoy missing y lejos, mis partenaires escasean, y mi marido me tiene muy oída… Y preideas tengo muchas, que son muchos meses de vivir día a día esta desgracia. Tranquilos: no tengo el covid y espero no pillarlo, y toco madera. Soy de las que están esperando a la vacuna.

Entre mis preideas para pensarme la carga moral de la pandemia, selecciono tres: una, la pandemia es una desgracia; dos, el covid-19 tiene una preferencia obscena por los viejos (lo que, por otra parte, está dejando un ahorro nada despreciable en las arcas públicas, de la caja de pensiones a los servicios sanitarios); y tres, como es una desgracia pública, su dimensión política entra en primer lugar. En cuanto llevo despreciados seis folios (cómo se nota que soy mayor) me viene a la cara lo que decía aquel primer Savater de mis amores: ética? Más bien política. Pues eso.

Las metáforas bélicas de la enfermedad, esas que denunciaba hace ya cuarenta años Susan Sontag para el cáncer, ahora tienen una vigencia endemoniada y hasta realista. Creo que era Liebknecht el que dijo, en plena Primera Guerra Mundial, que las guerras modernas siempre son civiles. Intersociedad. En España, y creo que en todo Occidente, la lucha contra el covid-19 está siendo una guerra civil…de baja intensidad, porque de los muertos ya se encarga el virus. Y como tal, una guerra de clases. Y de proyectos económicos y sociales. Y morales.

No disponemos del amarre religioso ni de la resignación, esa virtud tan sobrevalorada en otros tiempos, que servirían para asumir los hechos que nos cambian la vida

Por otra parte, y a su amparo, en España se está ensayando, con poca conciencia de las partes (a lo mejor no de todas) algo que puede salir bien….o mal: el gran y antiguo Proyecto Federal. La derecha, los varones y varonas rebeldes de la derecha, no se enteran y están haciendo más que nadie por la creación de facto del Estado Federal. Y no sólo es Madrid: cuando esto escribo, Castilla y León interpreta el estado de alarma y aplica su toque de queda. Y en el resto de comunidades, la lucha competencial está rompiendo las costuras vertebrales de la España invertebrada. ¿Quién dijo Cataluña? ¿No estamos viviendo, desde el minuto cero, una pugna entre el estado central y las comunidades autónomas? ¿Qué es la cogobernanza? Claro, que los que menos se enteran son los media, que se apresuran a hablar de desconcierto, perplejidades diversas, donde dije Diego, y falta de acuerdos. Y las 17 políticas. No soy profeta, dios me salve y me guarde, pero de aquí salimos como un estado federal. No sé si monarquía o república, pero federal. ¿Qué pasa: que una monarquía no puede ser federal?

(Nota: mi lentitud ha superado las elecciones catalanas. ¿Qué quién dijo Cataluña? Aquí está, como una oportunidad de oro)

Desgracia. Esta pandemia es una desgracia. Es algo terrible, inesperado y sin marcha atrás. Y nos aflige. Mucho. El significado de desgracia tiene también la connotación de inocencia, de ocurrido por causas no imputables. De sobrevenido. Así que la vemos con muchísima suspicacia, porque la relación del hombre moderno con la desgracia es difícil. ¿Pues no somos responsables del cambio climático? ¿Por qué no va a tener responsables una pandemia? Mala relación con la desgracia, como lo es su relación con el mal. Digamos que no entra en su cabeza poderosa la posibilidad de que pueda suceder algo terrible sin una causa determinable y controlable. Y punible.

Convivir con algo básicamente incontrolable en sus causas, sobrevenido, es muy muy difícil. No disponemos del amarre religioso ni de la resignación, esa virtud tan sobrevalorada en otros tiempos, que servirían entonces para asumir los hechos que nos cambian la vida. Y para convivir con ellos. Ahora, lamentablemente, o no, somos gente sin dios, y eso quiere decir que estamos solos frente a un imaginario vacío. Gestionar esa soledad y esa desesperanza se vuelve urgente en la desgracia. Y con cuidado, no sea que, por enfrentar nuestro verdadero tamaño, nuestra fragilidad, que viene a ser la misma con pandemia o sin pandemia, sólo que ahora se revela en toda su impotencia, vayamos a confundir órdenes de cosas. En principio, que vayamos a negar esta pequeñez abrumante, multiplicada porque esta vez la desgracia es colectiva, y porque el peligro para cada vida es real y acechante. Y, en segundo lugar, que nos agarremos a un feroz reparto de culpas –y para eso está toda la batería conspirativa, que busca causas en los efectos, y que yo no suscribo de ninguna manera. Las cifras de muertos en todo el planeta, y en España, son tan abrumadoras que sobrepasan la experiencia de los que vivimos ahora. En España, la inmensa mayoría no hemos conocido, por ejemplo, una guerra in situ. Y las epidemias que sí hemos vivido no alcanzaron estas proporciones, aunque los que enfermaron, enfermaron, y los que murieron, murieron.

A mi modo de ver, la pandemia de covid-19 tiene características diferenciales no sólo cuantitativas. Para empezar, una sobreinformación que ya por sí sola resultaría agobiante, si no fuera que, además, ha sido durante meses el monotema. Dado que la enfermedad se plantea como un asalto a la población, que es lo que está siendo, y que la población necesita defenderse, la información publicada adquiere una importancia decisiva. De hecho, se plantea como un instrumento fundamental para esa mencionada defensa. Pero, y me corregirán si me equivoco, he tenido todo el tiempo la impresión de que esa información nos sobrevuela. Quizá el seguramente obligado uso de la estadística, que convierte los nombres en cifras, y éstas en porcentajes e índices, descarna la realidad de esa invasión de dolor y muerte, que queda para las vivencias individuales o de grupos afines, y para el amarillismo infernal, que también hay, y mucho.  Es como si se escapara la esencia de la cosa, que, seguramente, nos resultaría insoportable, y que es indecible. Ya me gustaría a mí ir más allá de una intuición, pero aquí es donde llego.

Por otra parte, la información viene en tobogán. En eso es idéntica a las noticias individuales de la enfermedad, de cualquier enfermedad grave o gravísima. Hoy buenas noticias, mañana vendrán malas, un poco de esperanza, vuelta al abismo. Y el final, el que sea, que de todo hay. Aquí las vacunas y una gota de optimismo. La escasez logística. La variante británica (me da un miedo ver el ferri que viene del UK y que veo desde mi ventana) y las otras aún peores. La semana santa. ¡A quién le interesa hablar desde el 8 de enero de la semana santa, por los clavos de Cristo! 

La población depende de las administraciones públicas. De la sanidad pública. Del dinero público. A la salida de décadas de desprestigio de lo público, de sálvese el que pueda

Casi mejor la estadística. Que me parece que funciona en dos sentidos (además de como arma arrojadiza, que esa es otra): como anestesiante de la gente, y como aviso a la gente. La anestesia coloca nuestra conciencia fuera de lo que le está ocurriendo a nuestro cuerpo, ¿no? Pues eso pasa con la reducción a la matemática, sin duda necesaria para la elaboración de estrategias sanitarias y, ay, económicas, incluyendo las llamadas a la responsabilidad civil. Esas cifras de x por 100.000, de porcentajes acumulados, de etc, que deben servir a los expertos para medir los niveles objetivos de peligro, los cambios cualitativos del contagio, o la situación de los riesgos, y para adoptar las medidas posibles y siempre aproximadas para contenerlos, esas cifras, convertidas en materia de telediario, se acaban asumiendo como un runrún, como un rumor, en realidad como un ruido que alude a algo realmente invisible. La repetición incesante de los mismos cortes, de las mismas frases, de las mismas imágenes, consigue descargarlas y vaciarlas de sentido. Y por tanto, de eficacia. Así que el lado aviso, cuidadín que esto va en serio, se desmenuza en el aburrimiento y el cansancio de unos números que no se acaban de relacionar exactamente con la vida. Y los avisos –las célebres restricciones– en órdenes que muchos, demasiados, separan de su origen: la epidemia. El estado excepcional separado del coronavirus y su expansión. No, tampoco se me ocurre qué política informativa, o mejor, qué descripciones y relatos de la pandemia, serían más ajustados a lo que pasa, o se comprenderían mejor. A mí también se me da mejor la agit-prop, pero creo que este formato informativo, que es global y mundial, tiene mucho que ver con el distanciamiento de muchas capas sociales, con su no incumbencia y su no compromiso.

Esto ocurre en un momento curioso de evolución de las sociedades, en particular la española, duramente castigada. O mejor, de la evolución de su imaginario. La sociedad española se ha topado, se está topando, con su dependencia de lo público. La población española, la población mundial, depende, más que nunca, de las administraciones públicas. De la sanidad pública. Del dinero público. A la salida de décadas de desprestigio de lo público, de sálvese el que pueda, de destrucción sistemática de sus estructuras y desvío inmisericorde de sus fondos. Tras años de políticas de austeridad confrontadas con rescates millonarios de millonarios, con franjas vergonzosas de pobreza de solemnidad junto a inversiones descaradas a favor de unos pocos, cuando no robo sistemático de los fondos nacionales. Con una gran mayoría de la población insistiendo en buscarse la vida. Pues mire usted: ahora, su salud, y su supervivencia económica, dependen directamente de la Administración. El aparato sanitario, incluidas las vacunas. Y el económico, tan renuente. Eso de que cada uno tenía lo que merecía, eso de que los pobres no valen para otra cosa, se acabó. Todos, ahora, dependemos. En salud, sobre todo en salud, pero también en dinero. Vamos, que el imaginario liberal ha hecho agua. (El imaginario, que los liberales españoles nunca le han hecho asco a la pasta pública. Muy al contrario, como a la vista judicial está) Así que ahora se trata de construir, o más bien, de extender a común, un imaginario nuevo. Y ahora es el momento, porque se dan las condiciones de necesidad. Y menuda necesidad.

Así que no es de extrañar que la Unión Europea, y supongo (y espero) que la nueva administración USA, se hayan vuelto un poco neokeynesianas. Es decir, que hayan decidido invertir esos fondos públicos que administran mediante políticas expansivas que le den un balón de oxígeno al (injusto) sistema capitalista que las mantiene. No vaya a ser que se caiga. No, no me estoy poniendo estupenda, y desde luego, es (también) un problema moral. Justamente la pandemia ha puesto de relieve lo que los que creemos en Santa Plusvalía sabíamos ya: que los peor pagados, y los más despreciados de nuestros conciudadanos, no sólo sostienen la sociedad sino también producen lo más básico y fundamental de su riqueza. Que, aunque la vean pasar delante de su nariz, son los verdaderamente indispensables.

La nueva tendencia expansionista de la Unión Europea parecería, y casi diría que es, una respuesta de posguerra. Una crisis económica y sistémica –que, por otro lado, y seguramente con menos dramatismo, se venía anunciando en 2018, ¿no os acordáis?– me parece que está en el origen de la patochada política que protagoniza la derecha en nuestro país. Los fondos europeos, y quién los gestiona. Es que no pueden soportar que la izquierda socialcomunista y bolivariana pueda administrar semejante flujo de dinero. Porque, a lo mejor, se lo gastan en otras cosas.

Todas las guerras son civiles… y económicas. Y el capítulo de la reconstrucción se negocia –se compromete– desde el primer tiro. Aunque se equivoquen de bando. Que en España el PP sea pornográfico en su transparencia en este sentido; que ya avancen, donde mandan, iniciativas como el hospital Zendal o la petición de zona catastrófica para Madrid tras la “gran nevada”, o que hayan pedido que destinen esos fondos –que todavía no han llegado y tienen finalidades concretas– a los gastos de la nevada perfecta, son unos datos más de que, como decía Sandro Pertini, en España “manca finezza”. Que una cosa es que lo quieran y lo piensen y otra que lo digan descaradamente. No son sólo, que también y por lo mismo, sus bochornosas actuaciones parlamentarias. Lo cual no quita para que los que tienen opinión –poder de opinión– se pregunten por esos fondos de reconstrucción y sus destinatarios. A ver qué idea tiene la parte economista del gobierno de lo que son “empresas viables”. No vaya a ser que sean las de siempre. 

Y por fin, lo de los viejos. Que no merece comentario. Que efectivamente es obsceno. Que personalmente te sitúa en un espacio, o un tiempo, al que no tenías pensado llegar justo ahora, porque venías cumpliendo día a día. A ver, que no hace falta ser existencialista sartriana ni haber hecho varias tandas de Ejercicios Espirituales de San Ignacio para saber, desde las tripas, la irremediabilidad de la muerte propia, y lo de que cada día nos la acerca eso, un día. Pero esta ruleta del virus nos ha puesto en un disparadero distinto. En el cálculo a pocas semanas. En la profecía del propio final. Y en el miedo. Así que seguramente banal. Y a lo mejor, hasta estúpido.

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