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JESÚS GARCÍA RODRÍGUEZ / TRADUCTOR Y POETA

“La existencia de los niños salvajes nos hacen preguntarnos qué es un ser humano”

Esther Peñas 20/03/2021

<p>El traductor y poeta Jesús García Rodríguez.</p>

El traductor y poeta Jesús García Rodríguez.

Cedida por el entrevistado

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Niños salvajes, ferales o cimarrones. Dícese de aquellos seres que crecen sin contacto humano y, por tanto, sin sociabilización alguna. No conocen el lenguaje ni las normas de cortesía, pero cuentan con habilidades que les permiten sobrevivir allí donde cualquier otro ser humano no sería capaz de hacerlo. Acaso Kaspar Hauser resulte el más emblemático de todos ellos.

Sin embargo, el caso de Marie-Angélique es extraordinario: una niña salvaje amerindia que fue vendida como esclava y que consigue huir con su compañera etíope, con quien vive por los bosques ¡diez años! sin otra comunicación que la gestual, apresada de nuevo, a punto de ser ordenada novicia… Finalmente no solo aprende una lengua (el francés) sino que la domina de tal modo que es capaz de escribir sobre sí misma y de relacionarse con distintos miembros de los estratos intelectuales y sociales más altos de entonces.

El traductor y poeta Jesús García Rodríguez (Madrid, 1967) ha reunido los documentos más importantes sobre esta historia, así como el testimonio de la propia niña en el espléndido libro La niña salvaje (Pepitas de Calabaza).

¿Puede civilizarse por completo lo que uno tiene de salvaje?

Resulta en parte complicado responder a esa pregunta, debido a lo enormemente polisémico que es el término “salvaje”, que puede ocultar hasta ocho o nueve significados distintos; si nos atenemos al significado que define ese término precisamente como lo opuesto a lo civilizado, yo diría que siempre queda en el ser humano, en todo ser humano, algo irreductible a la civilización; iría un poco más allá incluso y afirmaría que ese algo irreductible es una parte constituyente de lo humano. Esa zona de irreductibilidad tiene que ver fundamentalmente con la esfera del cuerpo –sus instintos y necesidades– y de la parte inconsciente de la mente, pero también con actitudes y aptitudes que, paradójicamente, puede uno preservar –ya que no cultivar–.  

El niño es, de manera general e históricamente, un ser sin voz; el niño salvaje lo es doblemente    

¿Hasta qué punto cuando nos hablan los niños salvajes, como en el caso que nos ocupa, lo hacen ellos o quienes hablan en nombre de ellos?

El niño es, de manera general e históricamente, un ser sin voz; el niño salvaje lo es doblemente. En el libro he reunido todos los documentos coetáneos a Marie-Angélique precisamente para reconstruir con la mayor exactitud posible su voz a través de la voz de otros que hablaban de ella y en nombre de ella; más allá de esas voces sobrepuestas de los autores, que constantemente introducen sus ideologías, creencias y concepciones propias del mundo, puede escucharse la voz lejana de la afectada, a veces desde una melancolía ciertamente sobrecogedora.    

A tu juicio, ¿qué es lo más fascinante de los niños cimarrones, como los denominase Sánchez Ferlosio?

Sin duda que nos confronta de manera directa con misterios relativos a la naturaleza humana: ¿qué es realmente un ser humano?, ¿qué nos diferencia como especie?, ¿es posible hablar de un substrato común a todos los seres humanos y, en caso de que así sea, cuál es y cómo puede definirse de la manera lo más objetiva posible –más allá de los datos de la genética–? Al tratarse de una forma límite de lo humano, los niños ferales o asalvajados plantean de manera inmediata todos estos interrogantes. En el caso de Marie-Angélique se añade el hecho diferencial y fascinante de que es capaz de hablar sobre sí misma.    

Más allá del sexo (de que se trate de una niña y que su historia y su rescate vengan de la mano de dos mujeres, Marie-Catherine y Julie V. Douthwaite), ¿qué distingue a Marie-Angélique de otros casos similares como Pedro de Hamelín, Víctor de Aveyron o Kaspar Hauser, acaso el niño feral más famoso de todos?

Son varias las diferencias. La primera tiene que ver fundamentalmente con su origen periférico: Marie Angélique nace en Nueva Francia, la colonia francesa en los actuales territorios de EE.UU. y Canadá, en el seno de una etnia amerindia, y es capturada como esclava, destino por el que nunca hubieran podido pasar esos otros niños ferales de origen netamente europeo. La segunda se refiere a la adquisición del lenguaje: de los tres ejemplos citados ninguno llegó a desarrollar y dominar un lenguaje humano, mientras que Marie-Angélique consiguió hablar perfectamente en francés (sin duda gracias a que había aprendido su lengua materna antes de ser capturada). Las siguientes diferencias derivan todas de ese hecho esencial: Marie-Angélique consiguió integrarse sin mayor problema, después de recibir la adecuada educación, en una sociedad tan refinada como la francesa del siglo XVIII, y teniendo contacto directo con sus estratos intelectual y socialmente más altos (científicos, escritores, aristócratas laicos o clericales). Ello redundó de manera definitiva en su autonomía personal, algo impensable en el caso de los tres niños mencionados: Marie-Angélique vivió gran parte de su vida en un piso propio en París, en un barrio bastante respetable y sin problemas económicos.          

¿Qué nos dice el hecho de que, en pleno siglo XVIII, dos personas, dos niñas, puedan vivir juntas, durante diez años, sin hablar?

Como indica Serge Aroles, el mejor conocedor a nivel documental del caso de Marie-Angélique, se trata de un momento único dentro de la historia humana. Para él – y yo le secundo– la “niña salvaje de Songy” y su compañera constituyen el único caso documentado de seres humanos que, en edad tan temprana, han sobrevivido durante tanto tiempo en soledad absolutamente al margen de la civilización. Ese es realmente el periodo más importante –para la posteridad– de la vida de Marie-Angélique, y nos indica por una parte que el ser humano es capaz de adaptarse en edad muy temprana a tipos de vida que en principio nos parecerían impracticables, y que la plasticidad del humano como especie es extraordinaria, y por otra –y esto es todavía más intrigante– que es posible una relación humana continuada en el tiempo más allá del lenguaje.    

  

Por cierto, ¿se sabe qué fue de la otra muchacha, la muchacha etíope?

Marie-Angélique se separó de ella a orillas del Marne poco antes de ser descubierta en septiembre de 1731, y su pista se pierde completamente en ese momento. Hecquet recoge algunos testimonios que considera meras hipótesis: un preceptor de los hijos del conde d'Epinay reproduce el rumor de que la encontraron muerta a pocas leguas de Songy; una carta afirma que se la volvió a encontrar en la aldea de La Cheppe, cercana a Songy. Marie-Angélique, por su parte, le indicó a Hecquet que no sabía si estaba viva o muerta, pero que había oído que había sido encontrada cerca de Toul, en Lorena. Louis Racine, el hijo del gran poeta dramático Jean Racine, que se entrevistó en persona con Marie-Angélique, afirma en época tan tardía como 1756 en su Aclaración que la encontraron muerta en una aldea cercana tres días después de que encontraran a Marie-Angélique en Songy; este testimonio no procede de la niña y es bastante poco fiable. 

¿Cuánta porción de la vida rige el azar (pienso, por ejemplo, en el accidente de la ventana que evita que Marie-Angélique tome los votos como monja)?

Indudablemente una porción grande. Por ceñirnos a la vida de Marie Angélique, los azares se van a suceder en su existencia (como en todas) marcando claros puntos de inflexión: su captura como esclava, su viaje a Francia, el desembarco en Marsella en plena epidemia de peste, su venta a un empresario francés que la maltrata, su huida con su compañera sudanesa o etíope por los bosques, su nueva captura en Sogny… Sin esa sucesión de azares es imposible entender las vicisitudes de su novelesca vida.   

La cuestión religiosa interviene indudablemente en la controversia de si había que considerar a estos niños ferales animales o humanos

La popularidad de la que gozó Marie-Angélique, sobre todo los últimos años de su vida, esos años “civilizados”, ¿cuánto responde a cierta curiosidad morbosa y cuánto a afecto sincero?

Entiendo que debió de haber un poco de todo. En los primeros años tras ser encontrada en Songy, en su época netamente “salvaje”, la curiosidad morbosa predominó, pero al mismo tiempo en esos momentos fue acogida por el conde d’Epinay primero y protegida luego por el duque de Orleans, que cargaron con los costes de su manutención y educación de manera completamente altruista. Con el paso del tiempo, su fama de “salvaje” la acompañó, y movió la atracción de personas como Hecquet o La Condamine, pero estos trabaron una relación personal de profundo afecto con ella, y la ayudaron en muchos aspectos de su vida. Algo similar le sucedió a otro científico, James Burnett, lord Monboddo que, aunque la trató mucho menos, guardó siempre un recuerdo afectuoso de ella. Nos queda además la duda sobre el tipo de vida que pudo llevar Marie-Angélique en París a partir de 1760, debido a la escasez documental; cabe conjeturar que nunca debió de abandonarle la fama que le precedía, pero también debió de contar con la amistad de muchos vecinos, como demuestran los documentos rescatados por Aroles sobre su fallecimiento.            

Si el poder de los reyes, como el caso de la antigua princesa de Polonia que conoció a Marie-Angélique, proviene de Dios, ¿de dónde viene el salvajismo de estos niños? 

Si nos situamos en la perspectiva de la época, podemos comprobar cómo ya en esos momentos frente a la interpretación teológica o religiosa de la naturaleza de los niños ferales –como criaturas apartadas de la gracia divina que, en el caso de la niña de Sogny, consigue recuperarla–, se empieza a oponer otra de raigambre más materialista, representada fundamentalmente por los científicos, que intenta trazar una genealogía más concreta de los mismos a partir de los primates, y en especial de los orangutanes/chimpancés –el homo sylvestris– (hipótesis filogenética presente en Linneo y en lord Monboddo), y otra de raigambre política que ve en estos niños asalvajados una personificación del “buen salvaje” rousseauniano, y por tanto demostración de un estado de libertad originario del ser humano. Naturalmente, todas esas aproximaciones no suelen darse de manera absoluta; así por ejemplo Linneo (que denominó a Marie-Angélique puella campanica), que era fijista, en lo alto de su clasificación filogenética de la naturaleza sitúa a Dios, y Monboddo, que traza un proceso evolutivo del origen de la naturaleza al ser humano que recuerda en muchos casos a Darwin, y que se mantiene casi siempre dentro de los límites del materialismo, considera que los orangutanes son humanos, pero Pedro de Hamelín no.

La cuestión religiosa interviene indudablemente en la controversia de si había que considerar a estos niños ferales animales o humanos, cuestión muy discutida sobre todo en siglos anteriores, pero también en el de las Luces; así vemos que Marie-Angélique fue bautizada a los dos años de ser encontrada, lo que prueba que para los estamentos eclesiásticos, en teoría más conservadores e incluso retrógrados, su naturaleza era íntegramente humana; y sin embargo algunos científicos de la época –los ya citados pero también Buffon o Valmont de Bomare– dudaban de su humanidad, seguramente por situarlos justo en el límite entre los dos mundos; será Johann Gottfried Herder quien zanje el asunto dentro del mundo científico, ya a finales del siglo XVIII, calificando a estos niños como «personas» conforme a rigurosos datos antropométricos.

La mayoría de los contemporáneos de Marie-Angélique consideraban que su salvajismo era innato: era la forma en que se presentaba un humano en su estado natural

Conforme a todo esto, la mayoría de los contemporáneos de Marie-Angélique consideraban que su salvajismo era innato: era simplemente la forma en que se presentaba un humano en su estado natural –fuera este a su vez establecido por un Dios creador o fruto de las transformaciones sucesivas de la naturaleza–. A partir de aquí se interpreta ese salvajismo como consecuencia de una ausencia de aculturación, interpretación que en general llega hasta nuestros días y que en mi estudio intento rebatir.    

Aunque autores como Rousseau y Kant presupusieron su existencia, las primeras referencias científicas de aparición de niños salvajes son del siglo XVII. ¿No hubo niños ferales antes?

La historia de los niños ferales es muy antigua. Se remonta como poco a los dos niños aislados por el faraón Psamético I de los que habla Heródoto en sus Historias; en la tradición grecolatina se mencionan varios casos de niños criados por cabras o lobas, a caballo entre la realidad y el mito (véase Rómulo y Remo, o el Egisto de Procopio de Cesárea). En la Edad Media aparecieron los tres niños-lobo de Hesse, y en el barroco hay otros ejemplos, probablemente falsos (los niños-oso lituanos, el niño-oveja por Nicolaes Tulp, o el niño de Bamberg, criado por vacas). Aroles considera que solo los casos de niños gestados por lobas deben tomarse en cuenta, debido al fenómeno común en la hembra de este animal de la pseudogestación por imitación de la loba dominante.

El último niño-lobo del que hay constancia aparece en Transilvania, en 2002. En nuestra sociedad postmoderna, ¿aún es posible este fenómeno?  

Ha habido casos posteriores: la camboyana Rochom P’nieng, encontrada en los bosques de Camboya en 2007, y dos casos rusos, uno de una supuesta niña-lobo de 2007 y otro de una niña-perro en Siberia en 2009, y seguramente habrá o aparecerán más.   

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, yo diría que se trata de un fenómeno que puede darse en cualquier cultura, incluida la nuestra; es cierto que la desaparición sistemática de las zonas rurales y agrestes lo hacen cada vez más difícil, pero en aquellos territorios donde se den las condiciones naturales objetivas se seguirá produciendo –siempre por supuesto como hecho aislado y singular–, pues el acontecimiento de fondo (el abandono de niños) por desgracia no ha sido en modo alguno erradicado.   

Autora >

Esther Peñas

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