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Obituario

Luque, el campeón que nunca se rindió

El futbolista superó numerosos obstáculos hasta triunfar con Argentina en el Mundial 78, celebrado en plena dictadura. Años después repudió el golpe de Estado militar y mostró su apoyo a las Madres de Plaza de Mayo

Ricardo Uribarri 17/03/2021

<p>Leopoldo Jacinto Luque, durante un acto homenaje en 2008 a los desaparecidos durante la dictadura.</p>

Leopoldo Jacinto Luque, durante un acto homenaje en 2008 a los desaparecidos durante la dictadura.

@Toni_Padilla

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Leopoldo Jacinto Luque fue uno de los artífices del triunfo argentino en el Mundial celebrado en su país en 1978. Autor de cuatro goles en el torneo, siempre se recordará su celebración de aquellos tantos, extendiendo sus largos brazos al cielo, como el gesto del fallecido presidente Juan Domingo Perón en el que se basó el logo de aquel evento. Pero también es el ser humano que repudió la actuación de los militares en el poder tras el golpe de Estado de marzo de 1976 y que apoyó a las madres de Plaza de Mayo que denunciaban la desaparición de sus hijos durante la dictadura. El mundo del fútbol vuelve a hablar de él estos días, tras su muerte por covid-19 hace unas semanas, con apenas 71 años.

“Todo me costó mucho en la vida. Los goles que metí fueron un reflejo de ello”, declaró más de una vez Luque, haciendo referencia a que no fue un delantero de los de anotar solo con empujar el balón a portería, sino que la mayoría fueron de jugada elaborada. Su camino hasta el éxito estuvo lleno de obstáculos que tuvo que ir superando. Incluso hasta los momentos de mayor alegría, tuvieron un trágico contrapunto. Solo el inquebrantable deseo de poder llegar a ser alguien importante en el fútbol explica que su vida no fuera por otros derroteros. Nunca se amedrentó. Por el contrario, cuanto más difícil se lo pusieron, más voluntad puso en salir adelante.

A su padre le hubiera gustado que Leopoldo se hubiera dedicado al ciclismo, que era el deporte que él practicaba, pero viendo la pasión de su hijo por el fútbol decidió llevarle cuando tenía 12 años a que probara con Unión, uno de los dos equipos más importantes de la ciudad de Santa Fe, donde vivía la familia. No le dieron, sin embargo, muchas oportunidades de jugar, empezando un rosario de cesiones a otros equipos hasta que con 17 años un dirigente del club le dijo: “No le hagas perder el tiempo a tu padre ni a nosotros. ¿Por qué no seguís estudiando o consigues un trabajo?”. Ese día se fue llorando a su casa tras prometerle a aquel señor que algún día jugaría en un club importante y que le mandaría saludos. Ese momento llegaría, pero aún tardaría en hacerlo.

En la dictadura militar argentina, en la que llegó a haber más de 30.000 desaparecidos durante los siete años que duró el régimen, se disputó el Mundial de 1978

Tras pasar por Atenas de Santo Tomé, Central Norte y Gimnasia de Jujuy recaló en Rosario Central en 1972, donde debutó en Primera División, llegando a jugar en cuatro partidos. En ese momento su antiguo club, Unión de Santa Fe, decidió recomprarlo. Ya tenía 24 años y aún tenía que compatibilizar la práctica del fútbol con distintas ocupaciones para ganarse la vida. Hizo de todo: recoger fruta y verdura, trabajar con un mosaiquista, en una fábrica de zapatos, realizar labores de atrezzo en un canal de televisión, etcétera. Con Unión logró el ascenso en 1974 a la máxima categoría y fue en ese momento cuando logró una mejora de sueldo que le permitió dedicarse por completo al fútbol. El reputado entrenador Juan Carlos Lorenzo se hizo cargo del equipo y cambió la fisonomía de Luque, que pasó de ser llamado “el flaco” a ganar ocho kilos y coger fuerza. El ascenso trajo otro llamativo cambio en su fisonomía. Se afeitó su característico bigote para cumplir la promesa que hizo si subían de categoría. Poco tiempo después se lo volvería a dejar y ya lo acompañaría toda su vida. 

En el primer año con Unión en la élite le hizo dos goles a River Plate, que se fijó en él y le contrató en 1975. Por fin, a los 26 años le llegaba la oportunidad de jugar en un grande. Del primer día que acudió a las instalaciones del Monumental, el campo del equipo, queda la anécdota de que el portero no le dejó pasar porque no le conocía. Con los bonaerenses estuvo cinco años, logrando 75 goles en 176 partidos, conquistando cinco títulos y dejando partidos para el recuerdo, como los cinco goles que le metió en un partido a San Lorenzo. En esa época ya era conocido como “el Pulpo”, apodo que le puso otro futbolista, Gallego, porque usaba mucho los brazos para proteger el balón. 

Su nivel hizo que Cesar Luis Menotti le llevara a la selección, siendo la Copa América de 1975 su primer gran torneo. En una gira del combinado albiceleste por Europa, concretamente tras jugar un partido en Polonia, se enteraron del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. “Mientras estábamos cenando entró el periodista José María Muñoz con el permiso de Menotti y nos dijo: ‘Sé que están contentos con el triunfo, solo les quería avisar que fue derrocada nuestra presidenta (María Estela Martínez de Perón) por un golpe militar, pero que no hubo incidentes, así que estén tranquilos’”.

En esa dictadura militar, en la que cada día desaparecían personas –llegó a haber más de 30.000 durante los siete años que duró el régimen–, se disputó el Mundial de fútbol de 1978. Luque desveló en Clarín lo que pasó el día que iban a disputar el primer partido ante Hungría: “En el micro (autobús) en el que nos movíamos siempre venían con nosotros tres oficiales del ejército. Iban vestidos como jugadores y se sentaban uno delante, otro en el medio y otro detrás. El micro tenía una radio por la que recibían instrucciones. El día del debut se escuchó un ruido en la radio y enseguida una voz que dijo: ‘Muchachos. A los jugadores les hablo. No jueguen, no se dejen usar por estas basuras; están matando a gente’. Enseguida saltó uno de los militares y dijo que apagaran eso. Se hizo un silencio temeroso. En aquellos momentos se decían algunas cosas, pero no terminabas de saber que era verdad y que no. ¿A quién le crees?”.

Luque contó en la revista Líbero lo que le molestaba escuchar que habían sido el equipo de los militares. “Con ellos no tuvimos nada que ver. Yo dije tiempo después que me habría gustado salir campeón en democracia. Me llamaron pidiéndome explicaciones. Contesté que a todos nos gusta vivir en democracia, ser libres”. Hace dos años, en el programa radiofónico Ataque Futbolero, comentó que “yo jugaba con Kempes, Bertoni, el Negro Ortíz y Ardiles. Ellos eran los que me daban pases para hacer un gol. A mí nunca me dio un pase Videla, ni Agosti, ni Massera (los tres generales que integraron la primera junta militar). Me amarga mucho no enterarme en ese momento las cosas que los tarados estos querían”. En Clarín incidió en el desconocimiento que tenían sobre lo que pasaba en el país: “Nosotros no nos enteramos de nada entonces. Con el tiempo supimos que tiraban los cuerpos al agua, que secuestraban niños, que mataban, que torturaban. Pero tenían todo controlado. No es que no lo sabíamos nosotros. No se decía nada, no lo sabía nadie”.

El Mundial acabó con el triunfo de Argentina, pero de todo su desarrollo a Luque se le quedó grabada una fecha, más incluso que la de la final, por culpa de un trágico suceso.  El 6 de junio, Argentina ganó a Francia por 2-1, obteniendo el pase a la siguiente fase gracias a uno de sus goles más recordados, con un gran disparo desde fuera del área. En aquel encuentro, sufrió una caída y se le salió el codo. Abandonó el césped entre grandes gestos de dolor y en el túnel de vestuarios, el médico le puso anestesia, le hizo un vendaje y le colocó el brazo en cabestrillo. Como Menotti ya había hecho todos los cambios, decidió volver al campo para no dejar al equipo con uno menos y “porque me acordé de mi familia. Entré para que no se asustaran y para que vieran que caminaba”. Sin embargo, sus familiares sufrían en esos momentos una gran desgracia...

A Leopoldo Jacinto Luque, todo le costó mucho en su vida. Pero siempre siguió el consejo que le dio su padre: “Acuérdate que el ser humano no tiene límite”

Uno de sus cinco hermanos, Oscar, había salido esa misma mañana desde Santa Fe a Buenos Aires para verlo en directo. Lo hizo en la camioneta de un vecino porque no encontró billetes en el transporte público. Durante el trayecto tuvieron un accidente y el hermano falleció. Al futbolista no le quisieron decir nada para no desconcentrarle, pero al día siguiente fueron a verle a la concentración sus padres y un tío y le dieron la triste noticia. El dolor que le produjo su desaparición se vio, si cabe, agravado por el hecho de que “cuando fuimos a la morgue a reconocer el cuerpo de Oscar, no hubo nadie del gobierno que nos diera una mano. Es más: tuve que pedirle dinero a Passarella (el capitán de la Selección) del pozo común que teníamos en el grupo para pagar la ambulancia y trasladar el cadáver a Santa Fe. Ni una autoridad me dijo: ‘Lo acompaño en el sentimiento’”. Luque se perdió dos partidos, pero sus padres le convencieron para que se reincorporara al Mundial. Todo el apoyo que no encontró por parte del Gobierno, se lo dieron Menotti y sus compañeros a su vuelta a la concentración. “Yo lo conozco bien a usted, es un tipo duro, siempre la tuvo que pelear”, le dijo el seleccionador cuando regresó. El campeonato lo acabó con el brazo luxado, con un ojo morado tras recibir un codazo de un jugador brasileño, y con la camiseta ensangrentada en la final después de recibir un golpe en la nariz. Un torneo que jugó con el 14 en la camiseta, el mismo que llevaba su ídolo, Johan Cruyff, y que le tocó tras asignarse los dorsales siguiendo el orden de los apellidos de los jugadores.

Luque tuvo que vivir otro episodio desagradable con los militares, que contó por primera vez en Clarín en 2010. Pocos meses después de salir campeón del Mundial con la Selección, volvía a casa de un partido del Monumental cuando un coche se le cruzó en la carretera. Una persona se le acercó y le apuntó con una pistola mientras le enseñaba una placa de policía y le pedía la documentación. Mientras, otro abrió la puerta del copiloto y se metió en el vehículo, diciéndole: “Quédate quieto porque te arranco la cabeza de un tiro”. Le obligaron a tumbarse en los asientos de atrás mientras le encañonaban y le llevaron a un descampado. Allí le hicieron bajar y le dijeron que se pusiera a caminar. “En ese momento apreté los dientes. Sentía que iba a venir el disparo, que iba a ser boleta. Caminé, caminé, había yuyos (maleza)… Hasta que siento que se va un auto; me doy vuelta y era el mío. Y me quede ahí. Respiré”. Además del coche, le robaron dinero, una cadena y un anillo. Denunció los hechos y dos meses después la policía le dijo que habían recuperado el auto y que tenía que ir a una rueda de reconocimiento. Entre los que estaban en ella, vio a uno de los que le habían asaltado. Era un militar. “No dije nada. No sé, me dio miedo, pensé que sería peor”.

Tras dejar su querido River en 1980, Luque volvió a Unión y después pasó por varios equipos hasta que se retiró en 1984

Junio de 2008. Otra vez, el estadio Monumental. 30 años después del título mundial, las madres de Plaza de Mayo recuerdan en un acto a sus familiares desaparecidos. En él están presentes tres jugadores de la selección campeona del 78, que se fotografían sujetando una pancarta con las caras de algunos desaparecidos: son Ricardo Villa, Rene Houseman y Leopoldo Luque. Este último afirmó en Líbero: “Lo hicimos por las viejitas. Por su lucha, por lo que sufrieron, porque se lo merecen. ¿Vos sabes lo que es perder a alguien y no saber dónde está? Yo perdí a un hermano durante el Mundial, pero sabía que se había muerto, pude enterrarlo. Ellas no sabían dónde estaban sus hijos”. Ante los comentarios de que pudieron ser utilizados por los militares para blanquear el régimen, Luque también señaló que “no vengo a pedirle perdón a nadie, sino a compartir este momento con la gente. Nosotros éramos simplemente jugadores de fútbol que nos convocaron a participar del Mundial. Nuestro sueño era salir campeones y se nos dio”. Cinco meses después de aquel acto fue invitado a presentar el libro Fútbol en una guerra sucia junto a Nora Cortiñas, cofundadora del movimiento Madres de Plaza de Mayo.

Tras dejar su querido River en 1980, Luque volvió a Unión y después pasó por varios equipos hasta que se retiró en 1984, emprendiendo una carrera como técnico que no alcanzó mucho lustre. En 2007, mientras entrenaba al Atlético Argentino sufrió un infarto del que se recuperó, pero con tres by pass en su cuerpo. No tuvo suerte con los negocios, ni con sus matrimonios. Se divorció dos veces, teniendo dos hijos de su primera esposa y tres de la segunda, aunque encontró finalmente la estabilidad con su última pareja, Claudia. Ya saben que, a Leopoldo Jacinto Luque, todo le costó mucho en su vida. Pero siempre siguió el consejo que le dio su padre: “Acuérdate que el ser humano no tiene límite. Nunca hay que darse por vencido”.

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Ricardo Uribarri

Periodista. Empezó a cubrir la información del Atleti hace más de 20 años y ha pasado por medios como Claro, Radio 16, Época, Vía Digital, Marca y Bez. Actualmente colabora con XL Semanal y se quita el mono de micrófono en Onda Madrid.

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