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Poder corrupto

Deconstruyendo a Villarejo (II). Misión en Marbella

Cuando te das cuenta ya nadie conoce a nadie… y ni siquiera tumbar al rey te permite ganar una partida que nunca termina

Gloria Elizo 3/03/2021

<p>El traficante de armas Monzer Al Kassar en la cárcel de Terre Haute (Indiana, EE.UU.) en 2011.</p>

El traficante de armas Monzer Al Kassar en la cárcel de Terre Haute (Indiana, EE.UU.) en 2011.

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“Los soldados lloran de noche antes de morir. Son fuertes, caen
a los pies de las palabras aprendidas bajo las armas de la vida.
Números amantes, soldados, anónimos ruidos de lágrimas”.
Salvatore Quasimodo

“Yo hice mi dinero con el negocio de las armas y nunca lo oculté”. Sobre los estertores del felipismo, corre el mes de marzo de 1995 y el traficante de armas Monzer Al Kassar ya abandona sonriente la Audiencia Nacional, en su impresionante Mercedes 1.000 SEL de color negro, camino de Marbella. Lleva más de una año en la cárcel acusado por la Interpol de colaborar en el secuestro del crucero Achille Lauro, diez años atrás, por un comando del Frente de Liberación de Palestina. En el interior del flamante automóvil lleva una sorprendente sentencia absolutoria. En el exterior –en la parte trasera del Mercedes– una pegatina de la Guardia Civil: “El honor es mi divisa”.

A ras de suelo, en los campos de batalla, el enemigo está enfrente. Solo tiene una cara, y quiere acabar contigo y lo que representas. Pero es solo un punto de vista. El de la infantería, el de los que luchan, los que matan, los que mueren… El punto de vista de los espectadores de las películas, de la opinión pública, de los portavoces de los partidos de Estado, de las personas que son como deben ser...

Sin embargo, desde arriba, es todo tan diferente… Desde arriba no se ven enemigos, se ven guerras. Las dos partes en combate son un todo, el juego es diferente. Otro nivel… No siempre lo importante es la victoria, a veces –muchas veces– lo que cuenta es la propia guerra. La guerra pone y quita gobiernos, la guerra da dinero, opacidad, poder, la guerra da legitimidad… La guerra es, sobre todo, el mejor instrumento para que en tiempos de cambio algunas cosas se queden como están.

Desde arriba no se ven enemigos, se ven guerras. Las dos partes en combate son un todo, el juego es diferente

“La guerra era un mal negocio” –recordaba el presidente de Guatemala Vinicio Cerezo tras firmar de forma casi clandestina los acuerdos de paz en Centroamérica–, “ellos nos vendían las armas y nosotros poníamos los muertos…”. No, el negocio no es igual de bueno para todos... por eso hay que mantenerlo. No es tan fácil alargar la guerra. Necesita mucho odio, mucha crueldad, mucho cinismo… y algunos tipos duros dispuestos a mancharse las manos, a poner los huevos un día en una cesta y otro día en la del enemigo…

La ‘estrategia de la tensión’: ser el problema y ser la solución. El mundo debe ser un lugar peligroso, lleno de terroristas, de subversivos, de bombas, de contenedores ardiendo… Con sus consiguientes ejércitos, servicios secretos, opacas políticas de seguridad y fuerzas antidisturbios… A veces hay que llevar a cabo operaciones delicadas: años 70, en las orillas del Sena se da refugio por la tarde a los mismos terroristas a los que se combate por la mañana. Años 80, otras aguas fluyen por el mismo río mientras por la tarde se cierra la venta de los misiles TOW al mismo país contra el que por la mañana se ha decretado un embargo de armas. La guerra sigue…

Reyes, presidentes, banqueros, nobles, grandes familias… y luego los tipos duros que se manchan las manos. Son policías, oficiales grises, tipos con aspiraciones, “elegidos” por los peces gordos a los que de vez en cuando saludan. Lo cuenta el álter ego del mayor traficante de armas de la historia, Víktor But, en ‘Lord of War’ (1995): “Me codeo con algunos de los hombres más viles y sádicos que se hacen llamar líderes en la actualidad. Pero algunos de esos hombres son los enemigos de tus enemigos. Y como el mayor traficante de armas del mundo es tu jefe, el presidente de los Estados Unidos, que envía más mercancía en un día que yo en un año, a veces es un poco violento que estén sus huellas en las armas”. Los tipos que saben cómo funciona el sistema. Los que se manchan las manos en el negocio de la droga, en el de las armas –siempre tan cerca–, los que tienen patente de corso... Los que dejan sus huellas.

Tipos duros capaces de “desaparecer” cuatro años en el País Vasco y salir de la nada con una cruz al mérito policial. Dentro y fuera. Esa es la clave. En 1983, el joven policía José Manuel Villarejo ya sabe cómo funciona el sistema. Y sabe también lo que quiere ser de mayor: dentro y fuera. Corrupción urbanística, investigaciones policiales, dosieres personales, jueces con debilidades, periodistas dispuestos a todo por figurar, políticos deseando negociar, adjudicar, privatizar… Dinero negro, dinero sucio, dinero y más dinero… La España del pelotazo: para los poderosos de la tierra todo es dinero. Excepto el dinero, que es poder.

En esa España, Villarejo conocerá al hombre más importante de su vida. Villarejo tendrá muchos “troncos”, pero solo un “hermano”: el traficante de armas Monzer Al Kassar. Un guía, un mentor, un héroe, el hombre que le demostrará lo que intuía: que hay que trabajar para dios y para el diablo a la vez, que, como insiste Viktor But, al final son los traficantes los únicos que sobreviven, porque los líderes están demasiado ocupados matándose.

Al Kassar ha llegado a Marbella en los 80, de la mano de Abdul Rahman El Assir, otro traficante casado con la hermana de Adnan Khashoggi, el millonario “chico para todo” –todo es todo– de la aristocracia saudí, que desde los 70 reside en España arropado por la people del tardofranquismo, un poco menos beautiful que la que encontrará Al Kassar diez años después, pero igual de convencida de que algunas cosas no tienen por qué cambiar.

El traficante de armas Monzer Al Kassar fue para Villarejo un guía, un mentor, un héroe

Es Marbella. El centro de veraneo de la aristocracia mundial desde que, en los 50, lo más rancio de esa nobleza se dejara convencer por los atractivos climáticos y políticos de la Costa del Sol franquista, unos atractivos que tan bien vendía el príncipe-promotor don Alfonso de Hohenlohe-Langenburg. No todo iba a ser Gstaad. Los Bismarck, los Rothschild, los Metternich, los Schönburg, los grandes apellidos del dinero y el poder, los Thyssen, los Agnelli, los Onassis, los Alba… también se merecen unas buenas vacaciones. Son los dueños eternos de la tierra, los que van donde quieren al calor del sol, las dictaduras y el secreto bancario.

En 1962, Ignacio Coca, el gran banquero del desarrollismo, financiará las urbanizaciones de lujo en las que colocará a los gerifaltes de El Pardo, tras los cuales vendrán –como moscas a la miel– todos los ricos aspirantes, los que saben hacer negocios en España. Marbella ya no es solo el balneario del sagrado viejo dinero europeo. Se convertirá en el símbolo de lo que no va a cambiar en la joven democracia española, la otra cara de la misma excepcionalidad que se vive en Euskadi. Villarejo lo sabe bien: en el Norte vale todo... Y en el sur también.

El Assir no solo dejará a Khashoggi –a Samira y a Adnan– para convertirse en el socio y el hombre de confianza de Al Kassar. También compartirá con él su jugosa agenda. No solo mantiene una estrecha relación con el rey Fahd, sino que ya acompaña al rey Juan Carlos en sus monterías mientras le aconseja sobre la venta clandestina de armas a su “hermano mayor”, el rey Hassan de Marruecos. Desde su teléfono del coche comenta un partido con su ahijado  Dodi Al Fayed, cierra una provisión con Marco Antonio Pinochet, queda para desayunar con su amigo Felipe González y vuela a cenar en el palacio real de Rabat. En sus monterías en Hungría reúne al rey de España con Francis Franco. El nuevo presidente del Gobierno, José María Aznar, le invitará personalmente a la boda de su hija: ha elegido como marido a un buen vecino suyo con el que de vez en cuando cierra algún negocio, Alejandro Agag. Tampoco se perderá la invitación a la boda del príncipe de Asturias con Letizia Ortiz. Con discreción. Con generosidad. Pero hay gente a la que no se puede despreciar.

Y es que no hay negocio como las armas. José Manuel Villarejo, Adrián de la Joya… permite que hombres bajitos y sin remilgos se codeen con los dueños de la tierra. Y obtener, de paso, una buena comisión en cada una de sus peleas. Y una grabación, porque con esta gente nunca se sabe. Porque los poderosos de la tierra a veces tienen la tentación de no cumplir sus promesas. Y por eso a veces hay desgraciados atentados –quizá en una mutua israelí en Argentina o tal vez en un restaurante en Torrejón de Ardoz– que nunca se investigan demasiado, nada grave, turbulencias políticas… los muertos los ponen otros. 

Dentro y fuera. Comisiones, millones, grabaciones… Al Kassar es reclamado por la mitad de los países del planeta, pero nadie pone demasiado interés en encontrarlo. Conoce a todos los traficantes de droga y tiene contactos en todas las policías, vende armas a todos los grupos terroristas mientras pasa información a todos los servicios secretos de los mismos países que lo reclaman. Negocia un rescate de rehenes por aquí, se salta un embargo de armas por allá, acullá entrega a un narco gallego para congraciarse con el nuevo Gobierno... Villarejo ya ha aprendido las reglas del juego. Ha empezado siendo el simple contacto de la policía española con Al Kassar, pero ya es todo un empresario de éxito que acumula decenas de sociedades y millones de euros. Dentro y fuera. Un informe a dios y otro al diablo. Un viaje a Damasco de vez en cuando para cerrar una entrega, dos clientes contentos mejor que uno, todo grabado por si las cosas se ponen mal, un pelotazo urbanístico cuando surge, un encargo en Génova para robar unos papeles a no sé quién…  Ha ascendido y ya se codea “con algunos de los hombres más viles y sádicos que se hacen llamar líderes en la actualidad”. Si haces un informe para un gran banco del IBEX que se siente amenazado por una OPA, hablas con él de la OPA y entre las dos partes se llevan el dinero que han puesto los incautos inversores. Si alguien te contrata para un blanqueo en Guinea o para evitar una extradición en Guatemala, le chantajeas hasta desplumarlo. Para los capataces de la tierra, todo es dinero. Excepto el dinero, que es poder.

Desde Torre Picasso, desde la urbanización Atalaya Park o desde la cubierta del Nabila sienten que han copado el mundo. El lujo, la omnipotencia, la impunidad. Todos los resortes de la sociedad a tu servicio. Los medios de comunicación en nómina, las fuerzas de seguridad a la orden, los jueces maniatados, los terroristas a tu disposición, los presidentes chantajeados, los millonarios debiéndote favores… Tus clientes en España son los dos grandes bancos del país, la principal eléctrica, la mayor constructora, los dueños de los grandes medios de comunicación… Eso es La Liga, pero también hay que jugar la Champions: Al Kassar te lleva a El Assir, Al Assir a su cuñado Adrián de la Joya, De la Joya es el “tronco” que te lleva a Paul Manafort, que está siempre al lado de Steve Bannon, que te lleva a Trump y a la ultraderecha mundial… ¿Qué no puedes hacer? 

Jubilarte. Parece que lo único que no puedes hacer es salir del negocio. Porque hay negocios que no aceptan testigos. Viktor But está equivocado. Los traficantes no sobreviven. Como los leones, ninguno muere de viejo. De pronto, alguno de esos “hombres viles y sádicos que se hacen llamar líderes en la actualidad” no solo deja de conocerte, sino que un buen día te detiene y te encierra el resto de tu vida en una cárcel de Illinois.

Verano de 2008, apenas trece años después, Al Kassar sale otra vez de la Audiencia Nacional, pero esta vez va camino de los Estados Unidos sin más equipaje que una orden de extradición. De nada han servido los amigos, las influencias, las presiones de los políticos. De nada las lamentaciones de los omnipotentes responsables de la lucha antiterrorista recordando sus valiosas aportaciones a la seguridad nacional. Nadie en la Audiencia Nacional puede evitar una sarcástica mueca al oír al comisario Villarejo declarar sobre las irregularidades de la detención de su “hermano” y las muchas ilegalidades de todo el proceso. El ‘príncipe de Marbella’ ha entrado como un leal colaborador de las fuerzas de seguridad españolas pero sale acusado de colaborar con terroristas, camino de una cárcel de máxima seguridad… La misma penitenciaría federal de Marion, Illinois, donde –por la misma acusación y a través del mismo procedimiento– acabará el gran Viktor But tan solo un año después.

Desde su torre de Azca, en el corazón financiero de Madrid, el comisario Villarejo acaricia ufano la carta del rey de oros que guarda en su baraja… pero algunos policías –de esos que nunca reciben las medallas– ya se han puesto a redactar informes impertinentes para algunos jueces independientes –de esos que nunca acaban en el Consejo General del Poder Judicial–, y hasta algunos periodistas –aún menos numerosos, de esos que nunca reciben el apoyo de las asociaciones de la prensa– ya han decidido romper el silencio espeso de las zanahorias y los palos… Hasta algunos abogados –de esos que nunca acaban en las juntas de gobierno de sus Colegios– empiezan a hacer preguntas demasiado oportunas.

Y cuando te das cuenta nadie te conoce… y ni siquiera tumbar al rey te permite ganar una partida que nunca termina... Las armas siguen fluyendo en silencio, las crisis se repiten, el terrorismo acecha, la seguridad es lo primero, el miedo se administra, las fiestas se organizan, los palacios se engalanan en Marbella y en Gstaad porque la primavera acecha… 

Es entonces cuando Villarejo se da cuenta del error. Abandonado por todos en el denso silencio de Estremera se acuerda de su socio Al Assir, el amigo de Juan Carlos, el amigo de Hassan, el amigo de todos… El bueno de Abdul sigue libre, millonario y feliz y en “paradero desconocido” en Gstaad, esa localidad suiza que la Hacienda suiza no siempre logra encontrar, y de la que solo sale para asistir discretamente a las bodas de la más alta sociedad. Villarejo rebusca entre sus pertenencias: solo hay dos cosas que no le han quitado: las cuentas en el extranjero y su baraja de cartas. 

Y no. No era el rey de oros. El rey de oros puede meterte en la cárcel, pero la carta más importante no es el rey, la carta definitiva es el as. ¿Cómo ha podido ser tan necio? Afortunadamente –piensa– algunas cosas nunca han cambiado en este país y no, no todo está perdido… La clave es el as de oros. Siempre lo supo: todo es dinero, excepto el dinero, que es poder… El rey puede meterte en la cárcel, ¡pero el as puede darte la libertad! Total…. Sólo es un escándalo más. 

A veces, el viento que recorre las nevadas montañas de la cordillera suiza de Gastlosen trae ecos de la música de una lejana fiesta. Lo que nunca llega es el ruido de ningún titular. Menos aún puede escucharse rastro alguno del silencio sordo que queda tras los bombardeos. La vida continúa. La guerra continúa. Lejos. Los soldados siguen siendo fuertes, siguen llorando la noche antes de morir, cayendo a los pies de las palabras aprendidas: patria, pueblo, dios, honor, revolución, “números amantes, anónimas lluvias de lágrimas”.

Continuará.

Autora >

Gloria Elizo

Es diputada de Unidas Podemos y vicepresidenta del Congreso.

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