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TOMA DE CONCIENCIA

Memoria de Ana Orantes, o yo sí veo la tele

Cambios de costumbres, como la normalidad de las parejas sin casarse, escandalosas hace cuarenta años, o la maternidad en solitario y las cada vez más numerosas familias monoparentales, serían imposibles sin la televisión

Rosa Pereda 30/03/2021

<p>Ana Orantes Ruiz el día que contó en televisión que sufría malos tratos (Canal Sur, 1997).</p>

Ana Orantes Ruiz el día que contó en televisión que sufría malos tratos (Canal Sur, 1997).

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En 1997, Ana Orantes, mártir del machismo, se convirtió en un emblema de las feministas que luchaban, luchábamos, contra el terrorismo machista. La historia, muy brevemente: Ana Orantes, una señora madura, madre de ocho hijos ya criados, acude al programa de Inma Soriano en Canal Sur, De tarde en tarde, para denunciar cuarenta años de maltratos a manos de su marido, José Parejo, del que se acaba de divorciar…. pero con el que se ve obligada, judicial y económicamente, a seguir conviviendo. Pocos días después de la emisión del programa, José Parejo la quema viva. La petición fiscal fue de 14 años, aunque la acusación particular pedía 20, y ahí quedó la sentencia. No sé si el asesino vive, por ahí suelto, o ha muerto de muerte natural, y me da igual. Entonces, por cierto, no existía la ley integral contra la violencia machista.

El debate, entonces, se refirió a la posible culpabilidad de la cadena en el desarrollo de los hechos, incluso hubo denuncia de oficio, y el argumento era que, de no haber denunciado en televisión, es posible que no la hubiera matado, porque eso molestó a su hombría y a su honor… Y parecidos argumentos se utilizaron en otros casos posteriores en los que la denunciante perecía a manos de su expareja ofendida.

Para las feministas, que entonces éramos treintañeras, acaso cuarentonas, y que por tanto no éramos nada residuales, era un buen símbolo del coraje y del valor que había que tener para denunciar, no sólo en sede judicial, sino en un programa de audiencia mayoritariamente femenina y suficientemente masivo. Y, por supuesto, personificaba lo que entonces todavía no era mundialmente aceptado: que la violencia machista no era sólo un problema individual, de algo habría hecho, sino un problema social, de sistema. político, o si se prefiere, de Estado. Ana Orantes fue un nombre recordado en todas las manifestaciones de marzo. Y en las otras, las que se daban cada vez que había una muerta más. Y desde entonces han caído muchas, así como 52 por año, sin parar, una por semana. Por lo menos.

El maltrato psicológico, que ha cortado las alas y amargado la vida de tantas mujeres, es difícil de probar, y hasta difícil de calificar como delito

Yo creo que aquella denuncia televisada, que le costó la vida a Ana Orantes, marcó un antes y un después en la lucha por la visibilización del maltrato machista. Que no había empezado entonces, claro, y que no ha terminado nunca.

Obviamente, todo esto viene a rebufo de la polémica abierta por la confesión detallada y sentida de Rocío Carrasco Jurado. A la que yo creo que habría que poner protección desde ya, dadas las amenazas públicas y publicadas vertidas por su exmarido, al que, como ella, no nombraré. Yo, que sí veo la tele, y desde la pandemia más, aplaudo su coraje. Y me da igual si cobra por ello, si tiene alrededor verdaderas hienas, y si hay muchos y muchas que la defienden o la atacan. Forma parte del espectáculo, y el espectáculo existe. Como el Me too. ¿O no era espectacular? Pues el acoso sexual y laboral existe. Y lo sabemos mucho más y mejor gracias a ellas, las del Me too

El relato del maltrato psicológico ejercido sistemáticamente, como forma de relación, y del maltrato físico seguramente más esporádico –los efectos de la agresión física duran mucho, muchísimo, tampoco hay que pasarse, señor– están contados desde una soledad conmovedora. Ni el entorno familiar, ni los amigos –que enseguida son los de él– le ofrecen un punto de apoyo. El entramado de afectos y culpas la sigue atando a “esa persona”, de la que no se puede librar. No sé ustedes, pero conozco mujeres, algunas próximas, que se sentirán muy identificadas con este relato terrible. Porque eso es lo que pasa. Que el bicho que en mi familia se tildaba de “placer de casa ajena”, en la suya es un bárbaro, que viene riñendo para que no le riñan, que pone en ridículo, que amenaza, que insulta, que controla y manda, que mina y ofende. Con lo encantador que es. Pues a llorar tocan. Cuántas mujeres que lloran! Clama al cielo.

El maltrato psicológico, que ha cortado las alas y amargado la vida de tantas mujeres, es difícil de probar, y hasta difícil de calificar como delito. Porque las formas, y la necesidad de esa pequeña felicidad de un rato en compañía, que no voy a amargar con mis penas, hace que se quede en la pura vivencia personal, un poco vergonzosa. Todos los asesinos de mujeres, o casi todos, eran “personas normales” para sus vecinos, no digamos para sus madres. Lo que se ha venido llamando micromachismos no es más que machismo a secas. Ya, la microfísica del poder, es decir, el ejercicio del poder a secas. Y, al suceder en la intimidad sagrada de la pareja, no tiene testigos, por definición. No habrá pruebas en caso de un divorcio contencioso. Y estos divorcios lo son siempre.

La tele ha sustituido al púlpito, y la aldea global, al cotilleo comunitario que se encargaba del control social en otros momentos

Por eso resulta tan importante el relato de lo que ocurre, un relato en primera persona y dando la cara, con la credibilidad y la persuasión indiscutibles del yo que cuenta su propia historia. Y es muy importante también que sea en un medio masivo como el de las televisiones generalistas, y en una hora de máxima audiencia. El maltrato no es exclusivo de ninguna clase social, las agresiones machistas son transversales, y los cuernos no digamos, pero reconozcamos también que a estas alturas del partido, la televisión alimenta el imaginario de un buen número de personas, y que muchas veces es el único alimento. En particular, de muchas mujeres. Comprender que no son las únicas, que están ante un problema social compartido, y que, cada vez más, gozarán de la aprobación social y con suerte hasta familiar en caso de denunciar, les animará a dejar de sufrir en silencio.

Por otra parte, ¿quién tiene algo contra la televisión? Es obvio que proliferan los contenidos basura, la brutalización de las personas, la banalización de las vidas, la extensión de modelos sociales infectos y de códigos morales aviesos, y que tenemos el derecho y el deber de analizarlos y criticarlos, como al resto de la vida social. Pero desde la televisión se ha normalizado la homosexualidad en nuestro país, y hay que darle las gracias a personajes como Boris Yzaguirre, o Jorge Javier Vázquez, pero no sólo a ellos. Cambios de costumbres, como la normalidad de las parejas juntas sin casarse, escandalosas hace cuarenta años, o la maternidad en solitario y las cada vez más numerosas familias monoparentales, que recorren con toda naturalidad el entramado social español, serían imposibles sin la televisión. Y tantos otros cambios, algunos perversos. Y es que, hay que saberlo, la tele ha sustituido al púlpito, y la aldea global, al cotilleo comunitario que se encargaba del control social en otros momentos. Es hora pues de que el maltrato salte a ser tema de conversación y hasta de controversia, si se quiere. Que salte a la conciencia mayoritaria y forme parte eficaz de lo condenable socialmente. Que afear la conducta del maltratador y favorecer su aislamiento sea lo normal. Y que la protección y arropo de las víctimas sea algo más que cosa de la ley, por mucho que la Ley de Violencia haya sido y sea crucial, porque las leyes, y los presupuestos y estructuras que posibilitan su cumplimiento, también cambian la vida social.

Es que lo urgente es acabar con el terrorismo machista. Yo creo que el discurso de Rocío Carrasco va a suponer un paso más en esa toma de conciencia masiva, como lo supuso el testimonio de Ana Orantes. Y espero que sea protegida, que no se permita un final desgraciado.

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