1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Maldito ranking

El confort en la tristeza

Los 25 discos más depresivos (o deprimentes) de la historia

Manuel González Molinier / Manolo Domínguez / David Martínez de la Haza 18/04/2021

<p>Songs of Leonard Cohen (1967).</p>

Songs of Leonard Cohen (1967).

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Este artículo nace, como en otras ocasiones, de una conversación en Twitter. Influidos quizá por un tono general que hace pensar en una sociedad al borde de la depresión, la pregunta que nos hicimos esta vez fue: ¿cuáles son los discos más desoladores, más deprimentes, más cortavenas de la historia? Aquí comenzó un acalorado debate que nos llevó a hacer esta selección de 25 títulos. No fue fácil. No bastaba con que un disco tuviera un trasfondo triste (como, por ejemplo, Carrie & Lowell de Sufjan Stevens) o que contara una historia triste (como Berlin de Lou Reed). Tenían que ser discos desoladores desde la primera canción hasta la última. Hemos querido representar todas las vertientes de ese confort en la tristeza (parafraseando a Kurt Cobain, célebre suicida, en Frances Farmer Will Have Her Revenge On Seattle), ese indisimulado regodeo en la miseria y la melancolía. Vidas al límite, personajes siniestros –e incluso execrables–, letras desesperadas, sonidos que ponen música a momentos aterradores o a experiencias personales turbadoras, discos malditos o rodeados de leyendas negras, discos en los que los autores se despiden de un ser querido recientemente fallecido o donde se despiden, poco antes de poner fin a sus propias vidas. Un ecléctico recorrido por lo más oscuro del alma a través de la música, que esperemos tenga un efecto catártico.

1º Joy Division, Closer (1980)

En 1980, abrir un disco con un guiño a J. G. Ballard ya era toda una declaración de principios. En Atrocity Exhibition, el veinteañero Ian Curtis nos avisaba del mundo que se avecinaba. La desgracia de los otros servida en bandeja al ojo obsceno de la sociedad del espectáculo debordiana. El sufrimiento se convierte en la única vía de acceso a lo real –“este es el camino, pase adentro”–. El sonido oscuro del after-punk de la banda –expresión de rabia y resignación de la juventud obrera mancuniana en la dura era del thatcherismo– envuelve el lamento de Curtis, al que la crisis económica y la falta de futuro habían empujado (¿quién puede sorprenderse?) al nihilismo y las simpatías filofascistas. Sin embargo, lo que desprende este disco no es hostilidad hacia el otro, sino tristeza, soledad y confusión. “Me avergüenzo de las cosas por las que he pasado. Me avergüenzo de la persona que soy. Aislamiento, aislamiento, aislamiento”, dice en Isolation, lo más parecido a un hit del disco. En The Eternal, la paternidad se le hace insoportable y en Passover evoca las tierras baldías de T.S. Eliot como alegoría de su alma arrasada. El final de la historia ya lo conocemos. Asediado por todos los frentes, aquejado de una epilepsia que le hacía acabar los conciertos con espasmos tónico-clónicos y mortificado por una relación fuera del matrimonio, Ian Curtis se ahorcaría en su casa a los 24 años. Con ese final, la monumental Decades, con su frase “aquí están los jóvenes, con el peso sobre los hombros”, suena como un rito funerario. Seis minutos de procesión que harán de sus sintetizadores plañideros la pretérita mortaja de ese cuerpo que, meses después, estaría girando en la cocina, al final de una cuerda atada a una viga. | M.G.M.

2º Mount Eerie, A Crow Looked at Me (2017)

Lo mejor del pasado es que se acabó. El inicio del poema “Palacio nocturno” de Joanne Kyger, que ilustra la portada de A Crow Looked at Me, condensa en cierta forma el flujo de pensamientos y emociones que pueden extraerse de seguramente el disco más difícil de digerir que jamás haya escuchado. Geneviève Castrée, la esposa de Phil Elverum, fue diagnosticada de cáncer de páncreas con 34 años durante su primer embarazo. Murió al año siguiente, y Elverum compuso este A Crow Looked at Me en los meses sucesivos. Puesto ya el contexto, uno no puede llevarse a engaño: nada hay aquí de romántico, ni siquiera de melancólico. Se trata de un disco profundamente prosaico (que empiece con la frase “la muerte es real, alguien está ahí y entonces ya no” ya da pistas de cómo va a ir la cosa), que a veces parece más un curso clínico de la Unidad de Cuidados Paliativos que una obra de arte. Duro, casi inaguantable, interiormente enrabietado, ultraconsciente tanto de la pérdida como del dolor que nos mira desde lejos aguardando pacientemente su turno, A Crow Looked at Me debería ser el disco de cabecera de la humanidad si la humanidad quisiera asumir de una vez por todas cuán frágil es todo esto de vivir. | D.M.H.

3º Nick Cave, Skeleton Tree (2016)

“With my voice, I am calling you”

Skeleton Tree era un disco y, tras el terremoto que asola a Nick Cave (el músico pierde a su hijo de 15 años en un accidente), solo escombros. Tras él, lo que antes era queda como imposible de recomponer, con el dolor más absoluto alojado ya para siempre, y se retoma convirtiéndose en algo diferente, más solemne, más triste, y probablemente más inspirado y más bello. De que sintamos esa terrible catarsis se encarga desde el primer segundo (Jesus Alone abre el álbum con estas palabras: “Caíste desde cielo, te estrellaste en un campo, al lado del río Adur”). Para qué –aunque en realidad no es posible saber cuánto se transformó el concepto inicial de Skeleton Tree tras la terrible noticia– saber si este hubiese tenido otro pulso sin que la desgracia partiese a Cave durante su grabación. Sí, seamos conscientes de que todo lo que está en él lo está porque el músico ha entendido que sigue siendo procedente. Y comprendamos que el resultado final rezuma todo ese amor y dolor infinito que solo se puede tener por un hijo y su inasumible ausencia. Creo que es el dolor más intenso que te puede deparar la vida.

“With my voice, I am calling you”. 

M.D.

4º Purple Mountains, Purple Mountains (2019)

El último disco de David Berman –músico conocido por su etapa previa como Silver Jews– es prácticamente una nota de suicidio. Ni más ni menos. Separado de su mujer –aunque aún convivía con ella en su casa de Nashville– y asediado por las deudas y las adicciones, en cada canción parece, literalmente, explicar las razones de su marcha. El primer single que sacaba en 10 años no podía tener un título más explícito: All My Happiness Is Gone. Pero no fue el único aviso. El disco empieza diciendo “bueno, no me gusta hablar conmigo mismo, pero alguien tiene que decirlo (...): esta vez creo que la jodí de verdad”; y en la canción que cierra, prácticamente acepta que nadie volverá a quererle (algo que también refleja en el deprimente videoclip de Darkness and Cold, donde vemos escenas cotidianas, en las que él canta y su mujer le ignora). La broma macabra terminaría con el hallazgo de su cadáver pocos meses después de sacar el disco. | M.G.M.

5º Los Hermanos Cubero, Quique dibuja la tristeza (2018)

El dolor uno lo maneja siempre como puede, a veces como sabe, casi nunca como quiere. En este caso, Enrique Cubero pagó su deuda con el dolor causado por la muerte de su esposa escribiendo un disco precioso y a veces difícilmente soportable por su propia naturaleza. Quique dibuja la tristeza es una especie de réquiem confesional, una misa de difuntos entre mandolinas, cantado cara a cara frente a la persona que falta, hablándole directamente a ella. Ante esto, el oyente solo puede sentirse abrumado e inhibido siendo un testigo tan cercano de tanta intimidad. Momentos dedicados al recuerdo como Un suspiro y un beso alternan con entradas de diario musicadas tales como la inaugural El tiempo pasó o No veo donde reposar, al tiempo que una cierta mirada al futuro se dibuja en el cierre con Me quedo con lo bueno, un futuro en el que la resignación, tras todo el dolor exorcizado previamente, se disfraza de optimismo porque, miradlo de esta forma, qué nos queda sino esto. | D.M.H.

6º Smog, The Doctor Came at Dawn (1996)

La fotografía de la portada es un barco solitario en un mar en calma. Un retrato que podría ser bucólico pero solo genera inquietud. Yo, el día que escuché por primera vez este disco, era un niño perdido de sus padres, desorientado en una plaza abarrotada de personas que paseaban ajenas a mi drama. Y bajé la persiana de mi ventana para sentirme más seguro, me agarré a sus canciones y lloré justo cuando llegó All Your Women Things, con la guitarra arrastrándose junto a la voz de Bill Callahan. La quité antes de que acabara y nunca más pude volver a ella. Sin embargo, su melodía aún sigue sonando en mi cabeza desde entonces como un tinnitus autodestructivo, porque la esencia de la música de Callahan (ya sea firmando como Smog o con su verdadero nombre) es ser más que la banda sonora incidental de una película dramática. Es acompañarte el resto de tu vida como si la redescubrieras a cada nueva escucha y te afectara con la misma intensidad que la primera. | M.D.

7º Gillian Welch, Time (The Revelator) (2001)

Hay muchos géneros musicales que pueden considerarse de naturaleza triste. Pero quizás ninguno tenga la miseria en sus raíces de forma tan marcada como el country & western. Y aunque hay bastantes grandes discos tristísimos de country, pocos escuecen de la forma en que lo hace este visionario Time (The Revelator) de Gillian Welch. Lamentos confesionales desde su misma apertura (“¿Quién puede saber si soy una traidora? El tiempo es el revelador”) van dibujando una especie de diario apócrifo compuesto por pequeños relatos reflexivos sobre la tristeza circundante que tienen su cima en la doble April the 14th / Ruination Day. Ahí se hilan una serie de efemérides trágicas (el asesinato de Lincoln, el hundimiento del Titanic y la tormenta de polvo Black Sunday que asoló EE.UU.) para especular sobre una cierta fatalidad predeterminada. Un disco que, incluso en sus momentos de solo aparente respiro (My First Lover), es capaz de tejer una mirada amarga sobre el sueño americano y las heridas que este deja a su paso obviamente merecía un hueco en esta lista. | D.M.H.

8º Billie Holiday, Lady Sings the Blues (1956)

En Lady Sings the Blues observamos el desvanecimiento de una estrella. Cuando Holiday se enfrenta a él, es consciente de que sus aptitudes vocales están ya muy mermadas por una vida de excesos y sufrimientos. Desde su durísima adolescencia (criada por una tía que le destrozó la infancia y violada a los 10 años) y su posterior descenso a los infiernos (maltratos de sus dos maridos y adicción a la heroína), su cuerpo y privilegiada voz fueron debilitándose hasta llegar al límite cuando grabó este y el álbum final Lady in Satin. Al escucharlo nos enfrentamos a una colección de canciones desesperanzadas que hablan de desamor, reivindicación racial o soledad, pero que llegan envueltas en una delicadeza absoluta gracias a la interpretación quebrada y casi agónica de una de las voces más elegantes de la historia del jazz. Un par de regalos finales, poco antes de su fallecimiento a los 44 años. | M.D.

9º Red House Painters, Red House Painters (Rollercoaster) (1993)

Una montaña rusa vacía a plena luz del día en Coney Island. Probablemente la imagen más triste en la que uno puede pensar sirve de introducción –porque eso eran entonces las portadas de los discos: un prefacio– a un muestrario de canciones desoladoras y desoladoramente hermosas. Red House Painters se abre con los reproches de quien se sabe incapaz de arreglar nada por sí mismo (“¿Por qué eres así? ¿Eres igual con todo el mundo?”) de Grace Cathedral Park, y su tristeza intrínseca es capaz de negar cualquier atisbo de luminosidad posterior, como el arpegio de la por otra parte amarga New Jersey. Con Katy Song –un lamento de ocho minutos que apela al dolor por la carencia de quien ya ni dolor puede sentir (“No puedo acompañar a mi corazón cuando no puedo sentir qué hay en él”)– como pieza cenital, el segundo disco de la banda del hoy justamente denostado Mark Kozelek quizá fuera la primera señal de un alma en estado de derrumbamiento moral. Este disco de la montaña rusa, más que un disco, es un grito de auxilio. | D.M.H.

10º Antonio Agujetas, Por nuestro bien (2017)

En esta lista hay dos discos de flamenco. Uno, Los Ángeles, ejercicio teórico sobre la muerte. Otro, este, una inmersión real en todo lo que en aquel solo se escenifica. Antonio Agujetas, toxicómano, ha sobrevivido a multitud de situaciones límites que le han llevado desde pasar doce años en la cárcel hasta un ingreso en estado grave después de tres días desplomado en su casa tras un desvanecimiento debido a su delicadísimo estado de salud. Y con todas esas cicatrices, su voz es la representación de quien regala sus últimas fuerzas al cante. Una lucha por la supervivencia que se retrata en este disco. Todo un duelo, grabado en diciembre de 2015, cuatro días después de la muerte de su padre Manuel Agujetas, referente de la historia del flamenco. Escucharlo es sufrir junto a él. Y acompañarle arrancándose en un martinete con ese “por Dios no pegarme ya más palos, sino acabadme ya de matar” es sentirse a solo cien metros para el cementerio. | M.D.

11º Big Star, Third/Sister Lovers (1978)

Con la banda original descompuesta, hastiado de buscar el éxito sin apoyo de su discográfica (el mítico sello Soul Stax) y desesperado por una grabación tan ambiciosa como caótica, Alex Chilton canta roto desde el principio del disco. En la engañosamente ligera Kizza Me dice “sueños y deseos, estrellas fugaces”, y en Big Black Car advierte de que no puede sentir nada. La versión de Femme Fatale de la Velvet Underground no puede ser más melancólica y una canción llamada Holocaust, que marcará el tono del álbum –“Tus ojos están casi muertos, no puedo salir de la cama”, confiesa en ella Chiltonno anticipa nada bueno. Sister Lovers (también lanzado simplemente como Third) representa el clásico disco maldito, posteriormente considerado de culto. Lanzado más tarde, en distintas ediciones, cambiando la portada y el orden de las canciones… todos los lanzamientos fueron un fracaso. Chilton había alcanzado el éxito de forma fulgurante y breve cuando aún era solo un crío (con The Letter, junto a The Box Tops). Este disco representa, sin embargo, la gran depresión del rock de los 70. | M.G.M.

12º Slint, Spiderland (1991)

Disco icónico del llamado slowcore (una vertiente del hardcore oscura y enlentecida, como si estuviera afectada de una depresión inhibida). La portada (una foto tomada en Louisville, Kentucky, por otro músico que sale en esta lista, Will Oldham) ya es todo un aviso: cuatro hombres con el agua al cuello. Y la música y las letras no se quedan atrás: acordes rotos y ritmos descuartizados que proponen todo un baño de lágrimas (explícitamente, en Washer). Relatos crudos de aislamiento, dolor y cuentos de terror. Good Morning, Captain alcanzó cierta popularidad como parte de la banda sonora de la perturbadora Kids (Larry Clark, 1996) y nos heló la sangre con su grito desesperado: “I’m sorry, I miss you!”. Dicen que Brian McMahan necesitó un ingreso psiquiátrico al terminar el disco, pero antes vislumbró el futuro de la música triste de finales de los 90: desde el post-rock melancólico de Mogwai al emocore lacrimoso de Sunny Day Real Estate.| M.G.M.

13º Palace Brothers, There Is No-One What Will Take Care of You (1993)

A nadie debería pillar por sorpresa que un disco titulado “No habrá nadie que cuide de ti” sea un paseo por la desolación y el pesimismo. El disco de debut de Will Oldham, firmado entonces como Palace Brothers, pese a que no había ningún hermano –todos sus proyectos han girado siempre entorno a él–, supera en amargura al crepuscular I See a Darkness, que firmó como Bonnie “Prince” Billy y que, aunque terriblemente triste, alberga algún hálito de optimismo. No hay tregua, sin embargo, en este disco seminal del alt-country –parco en recursos, pleno en expresividad torcida– plagado de funerales, borracheras, familias disfuncionales, rezos y lamentos, que Oldham dota de credibilidad gracias a su quebrada voz hillbilly, que acaba resultando inolvidable. | M.G.M.

14º Arca, Arca (2017)

Arca como ejercicio de expiación. Un antes y un después en la carrera de Alejandra Ghersi, que, atendiendo al consejo que le dió Björk cuando fue colaboradora y productora de su disco Vulnicura, incluye por primera vez la voz en su música para impregnar la melancolía de las tonadas populares de Simón Díaz –la venezolana se apropia del éxito Caballo Viejo en Reverie, y de su esencia en el resto de canciones– de amor, sexo, dolor y remordimientos. Resulta así un disco oscuro e incómodo, que no deja buen sabor de boca y se cuela en el inconsciente hasta hacer aflorar todo aquello que tienes escondido como autodefensa. Adentrarse en él no es sano, no es placentero, pero me atrevería a decir que es casi necesario. Es descubrirse a uno mismo, sacar a flote tus miedos y enfrentarte a tus propias contradicciones. Y comprobar cómo cambia tu cuerpo a partir de ello. | M.D.

15º Songs: Ohia, Didn’t It Rain (2002)

Jason Molina murió por lo que se conoce médicamente como fallo multiorgánico derivado del alcoholismo. El mismo que le apartó durante cuatro años, no solo de la creación musical, sino prácticamente de todo contacto social. Las canciones de Didn’t it rain, publicado de hecho siete años antes de su retiro, pueden leerse de forma retrospectiva como una especie de testamento anticipado de quien intuye su final porque asume que no puede negar su condición de autodestructivo. Así, los aullidos de la, a su modo, tristemente visionaria Cross the Road, Molina solo pueden causar ya estremecimiento. Y ese inicio en Didn’t It Rain, con la frase a priori esperanzada de “no importa cuán oscura se ponga la tormenta sobre nosotros, dicen que alguien está observando desde la calma en la orilla”, adquiere reveladoramente un tinte oscuro y devastador. Canciones que aturden de puro dolor. La auténtica muerte digna. | D.M.H.

16º Nacho Vegas, Cajas de música difíciles de parar (2003)

Nacho Vegas se escandalizó cuando una vez le dijeron que había hecho un disco entero dedicado a la heroína. Parecía querer negar ese dudoso honor. Y tenía razón, sus cajas de música no solo hablaban de la heroína, también del alcoholismo y de la culpa, de empalamientos y asesinatos, de rupturas y soledad. Abre el disco con la imagen de una noche ártica “del negro más puro”, para después, en N.V. por la paz mundial, decir: “No hay guerra mundial, no hay droga capaz de matar todo este dolor”. Y eso es solo el principio de este paseo por las atrocidades, donde hay espacio para lo confesional pero también para la fábula sórdida (Por culpa de la humedad, Maldición o Historia de un perdedor, por ejemplo). Las adicciones, sin embargo, tienen una importancia capital. En el canto ebrio del single La sed mortal (en la que nos recuerda que hasta los perros se ponen tristes después de eyacular), Vegas afirma que no hay un ser más culpable que él sobre la tierra, poniendo voz a un alcohólico inmerso en un delirio melancólico. También dedicará las dos canciones de la duermevela –estas sí– a su pasión opiácea, pero no será en esa, sino en Mark Spitz donde diga la frase definitiva: “Fumando sobre plata, qué miedo da vivir”. | M.G.M.

17º Tindersticks, Tindersticks (1995)

El segundo disco de Tindersticks parece creado para dar sentido a una lista como esta. Más de setenta minutos en dieciséis canciones que dan forma a una experiencia hasta cierto punto claustrofóbica y aun así llena de belleza, donde solo Carla Torgerson de The Walkabouts dando la réplica a Stuart Staples en la maravillosa Travelling Light –un diálogo a cara de perro entre dos personas que se quisieron y en las que la culpa y el daño infrigido impiden borrar cicatrices del pasado– parece intentar insuflar algo de luminosidad. El esfuerzo se agradece, pero si tras ella llega ese himno a la demolición sentimental que es Cherry Blossoms, el esfuerzo es efectivamente en vano. ¿El resto? La voz de barítono de Staples susurrando historias de catástrofes vitales y/o emocionales llevadas hasta el paroxismo acompañada por orquestaciones llenas de romanticismo (Tiny Tears), sedosas y mortecinas (No More Affairs) o frías como la tundra (El Diablo en el Ojo). De algún modo, así es este disco: una quemadura por congelamiento. | D.M.H.

18º Codeine, Frigid Stars (1990)

La rabia del hardcore ralentizada hasta la desolación. Sin permitir un halo de esperanza. Tan doloroso que una escucha sin prevención te puede sumir en una tristeza absoluta. Cuando la crítica musical se encontró en Frigid Stars con esta nueva forma de interpretar, con una esencia rock pero tan formalmente comatosa, no le encontró precedente y tuvo que recurrir a una nueva etiqueta. Nació así el slowcore (un nombre que ya hemos visto antes en esta lista). Porque en este sorprendente debut todo está estirado hasta la extenuación. Cada canción parece nacer con el objetivo de que tus pulsaciones se paralicen y, así, cuando tus defensas hayan desaparecido, asestarte el golpe final con Pea, la canción que cierra el disco y que solo con voz y guitarra es capaz de hacer que el día más soleado se torne en minutos en la más terrible borrasca. De esas que calan más por dentro que por fuera. | M.D.

19º William Basinski, Disintegration Loops II (2002)

Basinski recupera unas cintas con loops que guardaba desde hace décadas para registrarlas en un formato más duradero. Mientras las va digitalizando, el soporte magnético se deteriora, perdiendo el hierro donde se registraba el sonido y generando uno nuevo, más aleatorio, más imperfecto, que al final de la reproducción ya se hace casi inaudible, destruido por el paso de la cinta por los cabezales del reproductor y convertido ahora en polvo. Es 11 de septiembre de 2001 en su ático de Nueva York y, en algún momento de la mañana, sube a la azotea desde donde observa horrorizado la imagen que ahora podemos ver en la portada del álbum, las Torres Gémelas y el polvo. Así, Basinski, con la ayuda del azar y su posterior trabajo como uno de los artistas referentes del ambient del siglo XXI, consigue registrar en una colección de cinco volúmenes (del que nos quedamos con el segundo, el más oscuro del lote) el retrato más certero de aquel suceso, poniendo banda sonora a la destrucción. | M.D.

20º Leonard Cohen, Songs of Leonard Cohen (1967)

Hay una leyenda que dice que los tres primeros discos de Leonard Cohen desataron una epidemia de suicidios. No se puede decir que el retrato de portada del primero ellos, con su severo hieratismo, no advirtiera a sus víctimas de lo que se les venía encima. Su disco de debut oscila entre la melancolía flotante de Suzanne –que relata el deseo y, a la vez, la imposibilidad, de alcanzar a una mujer ausente por culpa de la locura– y la densa oscuridad de The Stranger Song o Teacher. Si hay un leitmotiv, este es el profundo desgarro de un hombre que trata de aferrarse a las mujeres como tabla de salvación, pero no puede. Su canción más vibrante, So Long, Marianne, no es sino la despedida de su compañera durante sus años en Grecia (“Nos olvidamos de rezar por los ángeles y entonces los ángeles se olvidaron de rezar por nosotros”). Y al cerrar con One of Us Cannot Be Wrong, hace una elegía final al vacío de un amor perdido cuya añoranza ahoga. | M.G.M.

21º Suicide, Suicide (1977)

Cuando Alan Vega y Martin Rev entraron en el estudio para la grabación de su disco de debut ya habían ‘dulcificado’ su radical propuesta en directo. Unos conciertos tan extremos que les habían llevado desde autolesionarse (Vega incluso aparecía en el escenario con una cadena con la que se golpeaba mientras cantaba) hasta a recibir las agresiones verbales y físicas de un público que no entendía lo que tenía delante. Sin embargo, en Suicide (el álbum), el ruido es relevado por la melodía, pero la esencia pervive. Te la encuentras en el ritmo monocorde del sintetizador, que funciona como taladro en el cerebro, y en unas letras creadas para mostrar el desmoronamiento de la sociedad americana, alcanzando su cénit en los diez minutos de Frankie Teardrop y su terrorífico relato de un padre de familia, explotado diariamente en el trabajo, que termina decidiendo asesinar a su mujer e hijo ante la desesperación de un no-futuro que acechaba desde la miseria más devoradora del capital. | M.D.

22º American Music Club, Mercury (1993)

Quizás nadie mejor que Mark Eitzel ha representado la porosidad en la frontera entre masculinidad y patetismo en los últimos cuarenta años. Quizás solo Louis C.K. se le acerca, pero en lo que el cómico exorcizaba mediante un discurso self-deprecating lleno de cinismo, Eitzel pone su miseria con canciones tristes y preciosas (y demasiadas copas de vino tinto). La imagen del líder de American Music Club, esa mezcla de tipo aparentemente afable de mirada melancólica y de alcohólico incipiente a punto de marcarse su particular Leaving Las Vegas, solo sirve para realzar el componente trágico de las desventuras que se cuentan en Mercury. “Lázaro no estaba agradecido por su segunda oportunidad”, la frase que abre la desgarradora I’ve Been a Mess, es bastante reveladora de la idiosincrasia con la que Eitzel afronta la existencia o, al menos –y esto es de hecho más importante–, su forma de contarla. Mercury suena como un trozo de vida apagándose, cuando no apagada, en el que sus pequeños brotes de esperanza son espejismos que dejan más hundido que tocado. | D.M.H.

23º Rosalía, Los Ángeles (2017)

¿Un disco de Rosalía en una lista cortavenas? Pues sí, porque Los Ángeles es un homenaje al flamenco y, específicamente, a la relación que este ha tenido siempre con la muerte. Un atrevimiento de una joven catalana de 23 años que solo podía salir bien desde el más absoluto respeto, como el que se le presupone a un funeral. Manuel Vallejo, Antonio Molina, Morente, Chacón o La Niña de los Peines, interpretados por la cantante/cantaora, desfilan por este velatorio que, para terminar de unir lazos entre dos mundos (no tan) antagónicos, se cierra con la versión de I See a Darkness del sospechoso habitual Will Oldham, otro músico cargado de soníos negros, pero que llegan desde el otro lado del océano, mostrando que el flamenco puede ser tan bastardo como el resto de géneros, y tan oscuro como el country, el folk o el blues. | M.D.

24º Portishead, Third (2008)

Uno piensa en Geoff Barrow y en Beth Gibbons y probablemente no los sitúa en el mismo nivel de jodidumbre vital que otros artistas incluidos en esta compilación, como Jason Molina, Billie Holiday o Antonio Agujetas. Y sin embargo Portishead permanecen en la memoria colectiva como creadores de algunas de las canciones más tristes jamás escritas. Algunas de ellas están incluidas en Dummy, que bien hubiera podido quedar señalado aquí en vez de este Third. Pero el tercero de los de Bristol carece de alguna forma de los momentos de respiro que aquel por otro lado maravilloso debut dejaba entrever. Third es otra cosa. Más angustioso que triste, más desesperado que desesperanzado, Third es la hora de espera previa a conocer el resultado de una biopsia cuando ya te han avanzado que la cosa pinta regular. Jodido de verdad. | D.M.H.

25º Rafael Berrio, Diarios (2013)

En su anterior disco, Rafael Berrio, aun con su característico tono sarcástico y lúgubre, concedía espacio al milagro del amor. No es así en estos diarios, en los que prácticamente no habla de otra cosa que de su desapego al oficio de vivir. Así abre el disco, de hecho: “A estas alturas (...), cómo puede sorprenderte a ti que vayas perdiendo, cuesta abajo como vas, la alegría de vivir”. Los pianos dramáticos y los sutiles arreglos van meciendo la lírica alambicada y nihilista de Berrio, que cuando no anticipa su despedida de este mundo, dedica sus canciones a la vida perra de los yonkis o al funeral de una prostituta. Ahí es donde acaban estos diarios: en el velatorio de quien –dice– le espera del otro lado, aquella cuya historia era “la historia más triste de todas las historias”. En las letras de este disco, Berrio parece intuir su propia muerte, que sucedería unos años después. Como a Jacques Brel, el cáncer de pulmón se lo llevaría antes de lo que hubiésemos querido. Él parecía estar preparado. Solo nos queda decir: que sea leve, que sea nada. | M.G.M. 

Autor >

Manuel González Molinier / Manolo Domínguez / David Martínez de la Haza

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí