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Una carta desde los márgenes

He comenzado a poner en el centro los cuidados: maternar, escribir cartas, escribir para mí, escuchar a los otros, hablar cada tarde con mi madre, sentarme en el patio con mi novio y ver cómo mi hijo juega con sus cubitos de agua, leer libros por gusto

Carmen G. de la Cueva 30/04/2021

<p>Geranio.</p>

Geranio.

Masolino / Flickr

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Querida amiga:

Una día me contaste en una de tus cartas que Mariana, una de las protagonistas de Nubosidad variable de Carmen Martín Gaite, le recuerda a Sofía unas pautas que esta le dio hace muchos años: antes de ponerse a escribir una carta, lo primero que hay que hacer es colocarse en una postura cómoda y elegir un lugar agradable, ya sea dentro o fuera de la casa, y lo segundo, dar noticia detallada de cómo es ese lugar para que la destinataria de la carta se oriente y pueda meterse en situación desde el principio. Pues aquí estoy, amiga, sentada delante del escritorio, descalza con los pies apoyados sobre el frío suelo y en pijama todavía –ya sabes que solo me quito el pijama para salir de la casa–, tengo la mesa llena de libros, desordenados, y un jarrón con unas siemprevivas, y una concha marina pegada a una piedra hecha de arena de playa endurecida por el tiempo que me sirve para sujetar los papeles. No sé si te dije que cambié el escritorio de sitio y ahora mira a una ventana que a su vez mira hacia un patio donde el sol comienza a asomar y a cegarme con sus feroces rayos de abril. Por la ventana, veo un par de macetas pequeñas con unos esquejes de geranios que planté hace unos días, mi suegra los trajo hace algunos meses y los daba ya por perdidos, pero la lectura de un libro donde la protagonista tenía un árbol de gigantesca copa de infinitos verdes al otro lado de la ventana que miraba cuando escribía me animó a darle otra oportunidad al geranio, dividir los esquejes en dos y verlos crecer con paciencia mientras te escribo.

Te prometo que me siento como la mismísima Mariana cuando confiesa que es un milagro para ella volver a tener ganas de escribir una carta, no un mail de trabajo, no una factura. Una carta porque sí, sin tener de antemano el borrador en la cabeza, porque me sale del alma, porque me apetece muchísimo. Me había olvidado de escribirte, amiga. Te escribo desde el ordenador, sabes que hace tiempo que perdí la costumbre de escribir a mano, apenas tomo notas en cuadernos o apunto los quehaceres en la agenda, y en el fondo de mi pantalla hay un par de geranios de hermosas florecillas rojas y blancas que se reproducen en mosaico. Me gusta imaginar que son una versión futura de mis geranios, quién sabe si pasarán años hasta que estén así de poblados y exuberantes. Pienso que, de alguna manera, regarlos, cambiarles la maceta cuando crezcan, cantarles alguna cancioncilla tonta por las mañanas y, sobre todo, mirarlos, observar su latido perenne, es un acto de amor no solo hacia ellos sino hacia mí misma. Así podré tener un rato cada día para poder perder el tiempo bobamente en sus hojitas verdes, mirando los gorriones que se acercan a ellos y las hormigas que caminan por sus ramitas.

La idea me la dio un libro que leí estos días, Frágiles, de Remedios Zafra. Ya sabes cuánto me gusta Zafra, la manera tan natural y orgánica que tiene de escribir, como si te estuviera hablando a ti aun cuando el tema pueda ser más o menos complejo como en este caso, un ensayo sobre la ansiedad en las profesiones creativas. El libro está compuesto por cartas, decenas de cartas a una amiga que podríamos ser tú o yo, una mujer de nuestra edad que se pregunta dónde queda la esperanza después de tanta ansiedad, tanta precariedad y tanto tiempo secuestrado por el sistema capitalista. ¿No te parece que es como si hablara de nosotras? En una de esas cartas, escribe sobre cómo ganar tiempo, sobre la necesidad de tener una ventana y un árbol al otro lado para poder practicar la lentitud como respuesta. Dice: “creo que una carta como esta necesita días y meses… y un árbol”. Yo he cambiado el árbol por los geranios porque mi ventana mira a un patio interior, pero la cuestión es poder tener algo que ver crecer, mutar y permanecer, no contar el tiempo ni calcular las horas, simplemente, detenerse a mirar.

Mientras leía a Zafra y su defensa de la lentitud, me acordaba de otro libro que había leído justo antes, y fue como si un hilo transparente los uniera: Conexión, de Kate Tempest. La creatividad, dice Tempest, sea cual sea el acto de crear, es un acto de amor. “Normalmente se emplea para referirse a la creación artística, pero también puede usarse para hablar de cualquier cosa que hagas que requiera tu concentración, habilidad e ingenio. Se requiere creatividad para vestir bien, por ejemplo. Para cuidar de les hijes. Para pintar un alféizar. Para prestarle toda tu atención a alguien a quien quieres. La conexión es la sensación de aterrizar en el tiempo presente. Es estar completamente inmerse en lo que te ocupe, prestando total atención a los detalles de la experiencia. Se caracteriza por la consciencia de tu pequeñez en el gran esquema de las cosas. La sensación de estar totalmente ubicade. Justo aquí. Y no importa si ese ‘justo aquí’ es agitado o tranquilo, es alegre o doloroso”. Con los geranios me ocurrió algo así, igual que cuando escribo cartas o escribo en mi diario: estoy completamente inmersa en ello, atenta y presente, con la regadera en las manos o con los dedos sobre el teclado, pienso en cada palabra, la sostengo entre las manos, la escribo y la borro para buscar otra que describa mejor lo que quiero decir. Estoy justo ahí, como ahora, justo aquí, escribiéndote esta carta.

Tú sabes bien de lo que hablo, allí donde vives el tiempo tiene otra consistencia, me lo dices siempre. Cuenta Zafra que cargamos nuestras espaldas haciendo, siempre haciendo cosas, pero que ese hacer es ansioso y precario, “como los dobladillos de la ropa de ahora, pegados solo para unas horas, pocas veces cosido, pocas veces advertido en las formas de explotación que le preceden”. Siempre que te leo pienso que te has escapado de esto, que allí en tu isla, en mitad del océano, entre montañas en aquel valle verdísimo donde vives, estás a salvo. Llevo semanas, meses, años viviendo en un estado de ansiedad que he normalizado porque, ¿acaso se puede vivir de otra manera en estos tiempos? La maternidad me ofreció un paréntesis, aquellos primeros meses donde mi cuerpo y mi vida estaban por entero dedicados al cuidado de mi hijo, aunque fueran agotadores, me ayudaron a concentrarme, a estar presente. Con mi bebé en brazos no podía hacer otra cosa que calmarme, estar ahí con él, mirar sus ojitos, oler su cabeza, acariciarle, susurrarle nanas al oído, detenerme a verlo crecer como ahora veo crecer los geranios al otro lado de la ventana. Pero después de esos primeros meses, me vi obligada a subir a una rueda que iba demasiado deprisa para mí, por fin lo entendía: la rueda giraba y giraba a una velocidad tan elevada que nunca podría alcanzarla sin tambalearme por completo, sin dejarme los brazos o los pies fuera de ella. Es una tontería, pero el otro día me invitaron a una tertulia en Barcelona por el día del libro, algo que tuve que rechazar sin pensarlo siquiera porque la persona que me invitaba no se planteó la posibilidad de que yo no viviera en Barcelona o en Madrid, como si la vida y la creación solo pudieran tener lugar en las grandes ciudades. Hace algunos años me hubiera molestado, te confieso que puede que hubiera hecho todo lo posible por ir hasta Barcelona simplemente para estar allí, en esa tertulia, aunque me hubiera costado el dinero el billete de avión, porque creía que tenía que estar siempre, en todo, como promesa de un futuro donde todo ese tiempo y dinero invertidos me harían llegar más lejos, tener más reconocimiento, rodar, rodar y rodar mucho más rápido. Es como lo que escribió Emerson: “Cuando patinamos sobre el hielo quebradizo, nuestra seguridad depende de nuestra velocidad”.

Cuando te escribí por primera vez, hace ahora seis años, acababas de publicar tu primer libro, El cielo oblicuo, y quedé fascinada con tu voz. Eras fresca, profunda, sabia, distinta. Y las dos vivíamos en los márgenes: tú en una isla de Cabo Verde, yo en un pueblo de Sevilla, en nuestras casitas perdidas, lejos, muy lejos del centro donde ocurrían las cosas. Ahora se me antoja raro imaginarme un día sin escribirte, aunque sea un breve mensaje para saber cómo estás, para comentar nuestras lecturas, pero las cartas… ¡ay! Las cartas son nuestra especialidad: largas, siempre larguísimas y a destiempo, necesitamos días, meses, años para escribirnos y muchos árboles. En tu última carta me decías que el buen tiempo de abril os había traído un mar calmo y que aprovechabais para bajar tres días a la costa –vives arriba, muy arriba de la isla, en las montañas, en un valle verdísimo, en lo alto de una casita amarilla que, si se mira desde lo lejos, parece un pajarillo subido en la rama más alta de un enorme árbol–, me decías que bajáis andando y dejáis el coche a la entrada del valle, a siete kilómetros de tu casa, porque para subir hasta tu casa hay una carretera de montaña con adoquines, muchas cuestas y gallinas y perros correteando por todas partes. ¿Te das cuenta? Una isla, un pueblo del sur, la maternidad, ser una escritora mujer son todas ellas cosas que nos sitúan en los márgenes, que nos llevan a un lugar invisible. ¿Cuántas historias me has contado sobre tu amiga Irlanda, sobre tus vecinas, sobre las mujeres de tu isla? “Somos islas que acogen, reúnen y protegen”, escribiste.

En estos años de correspondencia en los que apenas nos hemos visto tres veces, he aprendido mucho de ti, he absorbido el saber que me ofrecías en tus palabras de aliento, en tus anécdotas sobre lo difícil de medir distancias y tiempos desde la isla, he aprendido de tu lentitud, de tu paciencia. Me decías que te habías acostumbrado a la verticalidad de tu isla, al valle y a sus profundas riberas, a sus carreteras ascendentes y descendentes y habías comenzado a hablar de tu casa como tu centro. Yo también he empezado a hacerlo, amiga. Con Zafra también he aprendido mucho, siento una admiración profunda por ella, y la leo igual que leo a Chantal Maillard, como una guía. “La vida”, dice Remedios, “no es una guerra ni una competición, y tantos siglos hablando de héroes, batallas, perdedores y culpables… resulta agotador, ¡si ya somos frágiles! Valdría más comenzar a cuidarnos entre todos”. Solo juntas podemos sostenernos.

He comenzado a poner en el centro los cuidados: maternar, escribir cartas, escribir para mí, escuchar a los otros, hablar cada tarde con mi madre, sentarme en el patio con mi novio y ver cómo mi hijo juega con sus cubitos de agua, leer libros por gusto. Y vuelvo a Zafra cuando dice que pocas cosas convierten la vida en algo tan satisfactorio como esas prácticas elegidas, no por su fruto sino por lo que en su hacer suponen, sea escribir o sembrar. Escribirte es una manera de cultivar la lentitud, de estar a salvo, amiga.

Autora >

Carmen G. de la Cueva

Periodista, escritora y editora. Ha publicado varios libros y fue directora de la editorial feminista La señora Dalloway.

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