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In memoriam

Todas somos Arcadi Oliveres (o qué más quisiéramos)

Arcadi nos enseñaba a contracorriente –y nos enseña todavía– a desmilitarizar las neuronas, a desobedecer el miedo y a ejercer el derecho y el deber de construir, desde abajo y contradicción a contradicción, justicia y paz

David Fernández 8/04/2021

<p>Oliveres, en el Ayuntamiento de Barcelona el día que recibió la medalla de oro al mérito cívico en 2019.</p>

Oliveres, en el Ayuntamiento de Barcelona el día que recibió la medalla de oro al mérito cívico en 2019.

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El pasado martes, tras un cáncer irreversible, nos dejaba Arcadi Oliveres, tras una vida entera dedicada a la transformación y la emancipación social. Referente y referencia de los movimientos sociales alternativos, su último regalo inesperado, tras enseñarnos a aprender a vivir, ha sido enseñarnos a aprender a morir. Con la misma dignidad con la que, en ese intervalo, nos enseñó a aprender a saber resistir, a desarmar la crueldad de cada violencia y a desobedecer la infamia de cada injusticia. En abril de 2018, cuando recibía el premio ‘Constructores de Paz’ del ICIP, se escribió esta glosa. Arcadi Oliveres como nuestra mejor arma desarmada de reconstrucción masiva. Más que palabras urgentes para una despedida imposible, la retrospectiva colectiva que supimos tejer entonces. Y gracias siempre, Arcadi. De por vida.

––––––––

El aula, la pizarra, la tiza, las mesas, las sillas. Y los alumnos, que éramos nosotros. Y el pasillo donde todo lo hablábamos. No había internet entonces. Estaba el profesor que nos quería enseñar el mar. Que conectaba justicia y libertad. Que nos enlazaba con la igualdad y la fraternidad. Tan lejana y escasa una, tan poco practicada la otra todavía. Arcadi, entonces, como punto de partida solidario, como escuela libre y como cobijo seguro. Y también como acto de continuidad entre los que nos precedieron en épocas peores y aquellos que vendrán en tiempos futuros que deberemos saber hacer mejores. Siempre recordándonos el día que Xirinacs, vagabundo de la paz, entró en clase cuando llovía aún una dictadura gris mala, bajo una guerra ininterrumpida que tenía mil caras, y proclamó a los alumnos: “Esto es una república”. La república de la palabra, del diálogo y de la cultura. La que refugia y libera y acoge. Y calma y pacifica y reconcilia. Y nos cambia y transforma.

Retrovisor. Estamos en 2018, tras un invierno duro, en estos tiempos tan extraños e inquietantes como convulsos, que reclaman la construcción de la paz precisamente en ausencia de ella. Que es cuando más hay que hacerla. Indesinenter: incesantemente, sin desfallecer. No porque no haya motivos para no desfallecer sino, esperanza en la oscuridad, para que cada día se nos cuela otro. Indesinenter, ese vocablo tan apropiado para definir a Arcadi: incansable, infatigable e inagotable. Para el que los principios están, sobre todo, y esta fue su primera lección, para los momentos difíciles. En los fáciles es demasiado fácil invocarlos.

Tal vez por eso, en los momentos duros, ingestionables o imposibles, muchos hemos aprendido a invocar a Arcadi Oliveres. También hemos aprendido a hacerlo, por supuesto, en los buenos momentos, que de haberlos haylos –y muchos– y no hay que olvidarse de nada. Porque ensems, que significa juntos y al mismo tiempo, también hemos podido celebrar todo lo que juntos hemos sido capaces de construir. Y no es poco tal y como están las cosas.

Indesinenter, ese vocablo tan apropiado para definir a Arcadi: incansable, infatigable e inagotable

Rebobinar. Volver a escuchar. Volver a mirar. Otoño de 1993. Ha llovido mucho en el país donde la lluvia aún no sabe llover. Entonces, contra los pregoneros del fin de la historia, los propagandistas de la información vacía y los inquisidores del pensamiento único, Arcadi ya nos enseñaba a contracorriente –y nos enseña todavía– a desmilitarizar las neuronas, a desobedecer el miedo y a ejercer el derecho y el deber de construir, desde abajo y contradicción a contradicción, justicia y paz. Nuestro Arcadi que nunca ha aceptado todo aquello que decían que no se podía cambiar sino que ha ido cambiando todo lo que no se podía aceptar. Y por el largo camino, nos ha cambiado a nosotros: esta es nuestra suerte. Nos hizo elegir el camino, a menudo poco transitado, del bien. Contra aquellas autopistas del mal donde, como sabéis, hay un atasco de la hostia que, además, no lleva a ninguna parte. O peor, llevan donde siempre. Y entonces, claro, gracias. Mil veces gracias, Arcadi. Lo volveremos a decir una vez más, hoy aquí y ahora y en viva voz: sin ti nada sería igual ni nosotros seríamos ya los mismos.

Husmeando la memoria de la paz, habrá que decir que una hora de clase te puede cambiar la vida. Y este es el primer recuerdo imborrable que nos permanece intacto e inalterado en un país de aulas, escuelas y pedagogías. Era invierno en la Universidad Autónoma y el mundo que Arcadi nos contaba se parecía tanto a nuestro mundo real que no había que encender la televisión de la realidad virtual y ficcionada. El mundo era otro: el hambre cotidiana, el sufrimiento evitable, la enfermedad curable, el huevo de la serpiente del racismo que volvía a sacar cabeza si alguna vez la había escondido, la cartografía de las desigualdades, todos los sures del mundo, las periferias del mundo y el péndulo del retroceso en derechos y libertades.

La primera vez, es decir, la primera clase, fue la denuncia de la injusticia: vale decir, la ausencia de paz. Es la primera vez, golpe a la conciencia, que lo escuchamos. El último, antes de ayer, en el homenaje a otro estimado constructor de paz como Pere Casaldàliga, arriero de la esperanza y portador de versos que evocan Arcadi: “Sed lúcidos, sed firmes. Estad unidos. Responda a la persecución con esperanza. Responda al miedo con unión”. Arcadi Oliveres, de la asamblea araguaiana de la vida: ni miedo ni fatiga ni mentira.

Y sí, esto es un intento precario de glosa. Para intentar rememorar mayestáticamente –uno entre tantos, por suerte, en un nosotros plural y colectivo– que llegamos a la república de puertas abiertas, aire fresco y viento sur de Arcadi entre las paredes de la Universitat Autónoma de Barcelona. Corrían mediados de los noventa y la precariedad ininterrumpida ya era el modus vivendi neoliberal que nos habían diseñado –sin consultarnoslo nunca– los gestores de la democracia de la amnesia, la burbuja inmobiliaria y el dinero rápido. Hoy hablamos más, por suerte, de conciencia crítica, reflexión autónoma y compromiso social, pero en aquellas aulas se hablaba muy poco entonces. Arcadi era una excepción, aparte de un placer y un bien público de lujo con fiscalidad justa. Y sí. Hay una relación directa entre aquellas clases donde también estaba Raül Romeva –que hoy debería estar aquí, como tantos otros, libre y en paz; y no en la cárcel– y la decisión de hacernos insumisos al servicio militar obligatorio: empezamos siendo sólo 20 en 1988 –“locos, insolidarios, utópicos: eso es imposible”, esto nos decían– pero diez años después ya eran 40.000 insumisos y un millón de objetores. Era imposible. Pero hace 17 años que la mili ya no existe. Que no significa en ningún caso –el avispero sirio como evidencia– que la lucha contra la militarización, la securización y la enloquecida carrera armamentística haya concluído. Ni mucho menos. Ahora más que nunca.

En aquellos juzgados decíamos que nos hacíamos insumisos –ay, el adoctrinamiento– porque en la escuela pública catalana nos habían enseñado la paz. Citábamos a los fiscales el nacimiento de la Unesco: “Si la guerra nace en la conciencia de los hombres es en la conciencia donde debe ser derrotada”. En la ética de la desobediencia civil pacífica y no violenta, humanista y transformadora, liberadora y emancipadora, el primer gesto siempre es pensar. A esto nos enseñó Arcadi. A cambiar las preguntas, como aquel Sócrates que en medio de una asamblea bélica en Atenas enfureció a Calicles, interrumpiendo la guerra brevemente y canjeando el interrogante. Afirmando que no se trata de saber qué era lo más conveniente para nosotros sino qué es lo más justo para hombres y  mujeres. Sócrates contra Calicles. Arcadi contra el Ibex-35. No en nombre del dinero y del poder, sino en nombre del imperativo ético de la paz y la justicia. Contra todas las violencias, que son siempre demasiadas: las estructurales y las coyunturales, las grandes y las pequeñas, las visibilizadas y silenciadas, las cotidianas y las imprevistas. A pesar de que la simplificación –este rasgo tan típico de la violencia– se imponga en los discursos oficiales.

A la escuela de la democracia pacífica y pacifista de Arcadi habíamos llegado algo antes, casi sin saberlo aún, tras nuestra primera manifestación en un país que sabe qué es la guerra, el exilio y la impunidad y cuánto cuesta la paz después la paz. Una movilización antibelicista y antimilitarista, una más de las que han contribuido a hacer de esta sociedad un lugar, a veces, un poco más justo y decente. Aquello nos marcaría. Sobrevivíamos en 1990 y llenábamos calles contra la primera guerra del Golfo –y los golfos, hay que decirlo. Arrancaba la era de las guerras televisadas y los misiles en directo. Hacía años que latía el Casal de la Pau, se había dicho No a la OTAN en un referéndum –sí, he dicho referéndum– y nacía el Diari de la Pau, periódico pacifista que se volvería a reeditar una década después con la invasión ilegal y criminal de Irak. Y Arcadi siempre por allí. Desde que lo conocimos, malditas las guerras y los que las hicieron, hemos tenido que incorporar, a contrapelo, cicatrices de ciudades que son aún heridas abiertas: Sarajevo, Srebrenica, Grozni, Gaza, Kabul, Faluya, Aleph. Gernika repetida de nuevo. Todavía.

Y a pesar de todo, tuvimos suerte –y un poco de justicia y una brizna de paz– en aquellas aulas. Porque no fue sólo una hora de clase la que nos salvó: fueron muchas, por no decir todas. Y también, y sobre todo, las muchas que compartimos fuera del aula. Uno podría cerrar los ojos y recitar todas pero nunca terminaría. El Arcadi de las mil charlas y todas las luchas por la dignidad humana: escuchándolo en la acampada por el 0’7% para la cooperación internacional –que aún no se ha cumplido, que aún no lo hemos cumplido, aunque se aprobó el 1973– o apoyándonos –y no eran muchos los que lo hacían– cuando desertábanos y nos declarábamos desobedientes a la mili, porque no queríamos aprender ni a morir ni a matar. Y ya éramos conscientes del horror devastador de la guerra y la crueldad ruín de cada violencia. Nos cobijó bajo la aznaridad, cuando caían palos incluso contra la zanahoria: casi asfixiados y aislados, los movimientos sociales siempre encontraban, cuando más la necesitábamos y en los momentos más críticos, su mano extendida y su voz alzada, dando voz y calor a los afónicos.

El Arcadi de los encierros de inmigrantes en las iglesias, el Arcadi de las plazas indignadas del 15M, el Arcadi del Proceso Constituyente, el Arcadi que ya alertaba en 2011, denunciando que no se podía encarcelar la disidencia social y política. El Arcadi rescatando del olvido a Ovidi Montllor en 2006 en el Palau de la Música, justo antes de denunciar la intemperie que ha dejado una corrupción desesperante y el cráter del fraude bancario. El Arcadi implicado como nadie en un proceso de paz en el País Vasco, que no llegaba y donde no pudimos ni supimos disminuir el mapa inacabado de todos los sufrimientos del País Vasco, hoy irreversibles. Entonces, prólogos de la deriva autoritaria y maccarthista que nos acosa, se cerraban diarios soezmente –Egunkaria– y se encarcelaban pacifistas kafkianamente –como Sabino Ormazábal. Muchos miraban para otro lado. Arcadi nunca. No sabe y además siempre las veía venir. Hay una palabra que aprendimos del euskera: zubigilea. Constructor de puentes. Eso es Arcadi también. Las razones de la alteridad: ponerse siempre en la piel del otro, que es tanto como ponerse en el lugar hipotético de uno mismo. La cultura de la paz es, sobre todo, eso. Que los puentes están para cruzarlos mutua y recíprocamente, en ambas direcciones: ir a visitar la casa de los otros para invitarlos a la propia.

Y más puertas abiertas. La que nos abrió, a ateos precarios como nosotros, al cristianismo de base. Y entonces obró el milagro: ahora ya podemos decir que somos creyentes. Claro. Creemos en Arcadi Oliveres. Y en el país de las Caputxinadas creemos en Joan Botam, rogamos con Pere Casaldàliga y seguimos estimando al añorado Jaume Botey. Y Joan Gomis y Adolfo Pérez Esquivel que han hecho Arcadi quién es, porque la vida de uno no cabe en la vida de uno sino en la vida de muchos. Con todo ellos aprendimos a implicarnos en un compromiso que es de vida y que es de lucha y que es de paz. Y no para llegar al paraíso. Con hacer inviables los infiernos en la tierra tenemos más que suficiente.

Arcadi, cómo no, pacífica barricada moral contra la injusticia, imperturbable y constante en la denuncia de la vergüenza del gasto militar mundial, la banca armada y las monarquías cómplices (paréntesis promocional, si se me permite, parafraseando Arcadi: ¿Qué podemos hacer? Mucho, siempre podemos hacer mucho, más de lo que pensamos y hay que hacerlo empezando por nuestras vidas cotidianas, probando ser coherentes: es tiempo de declaraciones de renta, de ventas ignominiosas de cinco corbetas al régimen saudí: a los que les toque devolución –ésta es una– y no tenga las cuentas en Suiza o Andorra –esa es otra–, siempre se podrán hacer objetores fiscales– ni un céntimo de euro al gasto militar, nunca más ni en nuestro nombre ni con nuestro dinero).

Y sí, es una obviedad. Quince minutos para glosar una vida entera dedicada al frágil arte de la construcción de la paz es un imposible. Por suerte, muchos podrían explicarlo mucho mejor y con muchos más detalles que servidora, que forma parte de la extensísima familia de alumnos de Arcadi, constituidos en asamblea vital para la paz. En la hemeroteca de los recuerdos, sin embargo, hemos encontrado un lugar hipotético desde donde explicarlo. No hace mucho –si quince años no es demasiado en nuestra historia– un columnista de un gran diario oficial quiso ser diáfano y expeditivo: “La culpa de todo es de Arcadi Oliveres”. La cita es literal. Le responsabilizaba, a finales de los 90 y en el cambio de siglo, de la creciente conciencia altermundista, pacifista y eurocrítica ante la deriva de este club de Estados al servicio de los mercados que es la UE  –“un club impresentable”, diría él. Venía a decir que el ciclo de protestas y propuestas sociales tenía responsables intelectuales. Y pretendiendo criticar a Arcadi, lo alababa. Otra evidencia para un constructor de la paz: Arcadi, décadas en pie de paz y desmilitarizado del todo, no tiene enemigos ni hace prisioneros. Porque no cree en la guerra ni cree en las cárceles.

El presente, que siempre es la encrucijada entre pasado y futuro, diría que este premio tan merecido y tan unánimemente celebrado por sensibilidades tan diferentes, plurales y corales llega después de la huelga feminista, en medio de la marea pensionista y en plena semana para la libertad de expresión. Pero llega al mismo tiempo, casi como resurrección, en el 50 aniversario del nacimiento de Justicia y Paz y en el 50 aniversario del asesinato de Martin Luther King –y nosotros, si nos dijeran que mañana se acaba el mundo, aún plantaríamos un árbol y un bosque entero–, en el 25 aniversario del asesinato de Guillem Agulló o en el 15 aniversario de la multitudinaria manifestación en Barcelona contra la Guerra en Irak.

Entre las muescas más oscuras, el capitalismo ha logrado establecer un régimen general de indiferencia. Y contra ella camina Arcadi como antídoto

Este premio ICIP-Constructores de Paz a Arcadi es ya una buena noticia en un tiempo donde escasean. Dialéctica holística contra la geografía del desorden y la topografía de las desigualdades, con él siempre hay tiempo de no dejar de esbozar nunca una tímida y esperanzada sonrisa. Y entonces sí, podríamos recordar la anécdota de las gasolineras, aquella donde nuestro Arcadi va en busca de una que no esté implicada en alguna violación de derechos humanos, en la destrucción ecológica de un planeta frágil o en la zona oscura de la última guerra olvidada. Hasta que como todo sabéis, Arcadi se queda sin gasolina en medio de una de estas autopistas rescatadas, que rescatamos entre todos a beneficio de unos pocos: ¡qué difícil se pone la coherencia cuando la ponen difícil! Y qué fácil nos la pone Arcadi y su acto ininterrumpido y coherente de decencia, respeto y solidaridad. La importancia del qué, la importancia del cómo. Consigna y divisa: que nunca más los fines justifiquen los medios. Dan ganas de decir, para continuar el camino, aquello tan zapatista de “Todas y todos somos Arcadi Oliveres”. Pero habría que matizar enseguida y añadir de inmediato: o qué más quisiéramos. Decirlo sería tanto como decir que nunca desfallecemos, que hemos aprendido de él que nunca deberemos parar, que siempre y en todo momento, incluso aunque no lo parezca, estamos construyendo la paz y que hace demasiado que sabemos que no hay una salida ecológica, social, democrática o pacifista bajo la actual voracidad del capitalismo. En palabras del evangelio revisitado según San Lucas: los pobres más pobres, los ricos más ricos y los que protesten, amordazados inquisitorialmente. Entre las muescas más oscuras, el capitalismo –delito en sí mismo– ha logrado establecer un régimen general de indiferencia. Y contra ella, porque ninguno de nosotros somos neutrales en un tren en marcha, camina Arcadi como antídoto, como vacuna y como alternativa. Imprescindible y necesaria.

Intento terminar y me ha costado averiguar cómo hacerlo. Hace poco, preguntaban a una mujer kurda qué era la victoria y respondió que la victoria no puede ser nunca el cómputo de cuántos enemigos se han abatido, sino la suma de cuántos adversarios hemos convencido. La revolución por contagio, no por choque ni imposición, porque las cosas bien hechas, como las que hace Arcadi, perduran para siempre. Traigo a colación las mujeres kurdas, porque he empezado con un columnista bajo la aznaridad que decía que la culpa de todo era de Oliveres. Aquel columnista, os lo aseguro, está hoy mucho más cerca de lo que ha dicho y hecho Arcadi toda su vida que no que lo que escribía contra él hace quince años.

Parafrasearemos a aquel columnista que le atribuía “la culpa de todo”, para dejar el pesimismo para tiempos mejores. Porque sin tantos Arcadis que Arcadi ha labrado sería imposible entender cómo, cuando llovían bombas y aprendíamos a llenar las calles, George Bush dijo que “las manifestaciones de Barcelona no me harán cambiar de política”. Sin aquellas semillas de paz que han arraigado tan adentro de nuestra conciencia colectiva, común y compartida no sería descifrable por qué Barcelona ha sido la ciudad que acogió la mayor manifestación en solidaridad con los refugiados de Europa: casa nostra, casa vostra, si és que hi ha cases d’algú. Y tampoco sería decodificable lo acaecido en el agosto funesto de 2017, cuando las Ramblas se nos rompieron en el pozo del dolor y se abrieron todos los vacíos. De duelo y doloridos, supimos responder, sin miedo, a pesar del miedo y contra él,  reclamando la paz aquí y allá, blindándonos contra lo peor de nosotros mismos. En el mismo año que recordábamos a las víctimas del atentado de Hipercor.

¿Qué es lo contrario de una bomba?, se pregunta el filósofo Santiago Alba Rico. “Matar es fácil y matar es barato”, razona. “Por ello”, prosigue, “y al contrario de lo que pretende Hollywood, el mal volverá a triunfar. Triunfará. Se repetirá. Y ante él, todo lo que podemos hacer es repetir nosotros también”. ¿Pero repetir exactamente qué? Repetir, si se quiere, lo inconmensurable –la generosidad, la solidaridad, la ética de la resistencia, la cooperación solidaria, la cultura de la paz. Porque repetir y repetirnos en aquello inconmensurable, también lo sabemos porque lo hemos aprendido, es interrumpir brevemente una contabilidad asesina. Y es lo único que podemos hacer. ¿Qué es, entonces, lo contrario de una bomba? Las bombas no tienen contrarios, sólo tienen supervivientes. Lo contrario de una bomba, sí, sería en todo caso Arcadi Oliveres, como una caricia: que no hace ruido y nunca deja marcas y que se ocupa de cuidar, sin ninguna certeza, la fragilidad de los cuerpos vivos y la vulnerabilidad de la dignidad humana. Por la vida de todos y a cambio de nada.

Contra las utopías fracasadas del pasado y las inquietantes distopías del presente, Arcadi es ya un buen lugar, eutópico, donde todas y todos cabemos

Habrá que seguir y repetirnos y repetirte, querido Arcadi, desobediente, pacífico y no violento. Nunca es tan oscuro como nos quieren hacer creer. La humanidad resurge siempre en los momentos de máxima inhumanidad. Seguiremos tu precursora marcha por la libertad, aquella que tanto te marcó, aquella que anticipaba derechos entre golpes y persecuciones en los estertores del franquismo, aquella que preludiaba el tiempo de las cerezas por venir, aquella que no pedía permiso para ser libres ni perdón por serlo. We shall overcome. No era això, compañeros, no era això. Food, not bombs. Què volen aquesta gent que truquen de matinada? Pax Christi. "Where Have All The Flowers Gone?"  Aturem la guerra. No callarem. L’Assemblea de Catalunya. Volem acollir. Prou desnonaments. Pobresa zero. Catalunya, pau i treva. Y siempre aún en la retina, la pupila de los ojos de la niña que huye del napalm en Vietnam.

Arcadi Oliveres, ética humanista para la transformación social que nació un noviembre de 1945 –Hiroshima, Nagasaki. Y no, no puede ser casualidad, que nos naciera justo cuando todo tenía que renacer de las cenizas y los escombros del crimen continuado que fue el nazismo. Aquel imprescriptible ‘Nunca más en ninguna parte contra nadie’. Arcadi, fértil escuela de democracia de base, facultad humana para la libertad y Universidad Internacional por la Paz. Master acreditado –y no hecho en dos días precisamente– de 73 años de plena dedicación a trajinar la esperanza, esculpir la piedra de la justicia social y cobijar y ensanchar cada libertad amenazada. Si algún día alguien nos pidiera donde empezó todo, podremos decir ya con un agradecimiento infinito y una gratitud descalza, que sí, que todo comenzó en la república de la paz, siempre en construcción permanente, de Arcadi Oliveres. Y añadiríamos que nada quisiéramos más que el país se pareciera un poco al país que Arcadi lleva en la cabeza y el corazón. Un país desarmado donde nuestro ejército son bomberos y maestras, estibadoras y médicos, los tractores de los agricultores y unas urnas para todos que llegaron para quedarse, ya es un país algo mejor. Arcadi, sí, nuestro país de los olivos.

Porque entonces resulta, paradójicamente, que Arcadi no es sólo un punto de partida donde todo comenzó. Es también punto de llegada. Desde donde volver a empezar siempre y todas las veces que sea necesario y especialmente en los momentos más difíciles. Es también, afortunadamente, el país que vamos siendo. Contra las utopías fracasadas del pasado y las inquietantes distopías del presente, Arcadi es ya un buen lugar, eutópico, donde todas y todos cabemos, donde se destierra la guerra y se exilian las violencias. Es la pregunta incesante que ya no indaga si otro mundo es posible sino como demonios es tan imposible este para tantos millones de personas. Arcadi, nuestro hogar habitable contra su mundo improbable. Arcadi que desvela el dilema del escritor siciliano Corrado Alvaro ante la mafia: sí, finalmente, vivir honestamente si resulta útil. Y fértil.

La condición humana, ambivalente y ambigua –lo sabemos porque lo aprendimos– es capaz de lo terrible y lo sublime. Así es este mundo desde Antígona: los hombres inventan el smartphone y el dron militar; escriben los poemas y las órdenes de fusilamiento. Arcadi no es ninguna Arcadia. Él, en sí mismo, es la mejor respuesta a las preguntas de siempre: porque él significa y dignifica, corporaliza y recuerda a cada paso, que otro mundo posible siempre es posible y que miles de personas anónimas lo hacen más justo cada día. Arcadi ya es eso, valor sin precio y paz sin guerra ni injusticia, la prueba evidente y la constatación palpable que sí, que sí se puede: Arcadi, espejo de nuestro otro mundo posible. Hoy, aquí y ahora, este otro mundo es él. Generosidad y bondad al mismo tiempo, resistente íntimo como eres, contigo todas las esperanzas se acrecientan y cada una de las paces que necesitamos arraigan como semilla. En la raíz, el tronco y la corteza del país que queda por hacer. Por la justicia que aún está por venir pero que haremos que llegue. Por la paz que que esperamos y que habrá que saber anticipar. Por la libertad que hay que refugiar ayer, hoy y mañana.

Y por allí en medio, estamos este poblado nosotros, que te queremos tanto. Si me permiten desobedecer un poco el reloj y dado que esto va de constructoras de paz, habrá que recordar a las mujeres, como las Madres de Soacha, que la sostienen desde márgenes y tangentes. Todo lo que hemos aprendido de los feminismos contra un patriarcado estructuralmente violento. Los hombres del poder –cálculo, afán y velocidad– hacen las guerras, las mujeres de la vida –lentitud, cuidados y solidaridad– las resisten. Desde la ética y la política de la no violencia, como diría Judith Butler.

Termino. Con una mujer no escogía al azar. País reflejo, país reencontrado, es una madre. Hija de destripaterrones zamoranos, derrotados de la guerra y fugitivos de la miseria, que llegó a Barcelona en 1973 y hoy, cada semana y con 70 años, se acerca discretamente y en silencio en la plaza mayor con su lazo amarillo. Es mi madre. Y hace mucho, a su poemario Historia de la guerra, escribió unos versos cortos, mucho más precisos y justos que esta glosa y que, en poco, lo dicen todo. Y con esto sí que acabo para volver a empezar. Allí una madre, consciente de que para hacer daño todos somos demasiado poderosos, susurraba a un hombre bueno:

 

Cada vez que escucho

a Arcadi Oliveres

pierdes un poco de fe

en la maldad del hombre

 

San Arcadi Oliveres, sí. Justicia y Paz. Gracias por todo y gracias por tanto. Y siempre siempre siempre, como nos has enseñado y hoy más que nunca, en pie de paz.

Autor >

David Fernández

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