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TOMAR PARTIDO

Los votantes de la ultraderecha son mis hermanos de vida

El fascismo, la negación del ‘otro’, solo sirve para defender las grandes concentraciones de capital. No existen ‘nuestros enemigos’. El sistema de dominio es el enemigo de todos y el 4M podemos ponerle límite

Alberto San Juan 30/04/2021

<p><em>Madrid, campo de minas.</em></p>

Madrid, campo de minas.

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Buenas. Voy a exponer dos pequeños textos de un gran pensador que es Juan de Mairena, profesor imaginado por Antonio Machado en los años 30 del siglo pasado. Son dos textos anti-propagandísticos, muy a contrapelo de los días que estamos viviendo y, por tanto, pienso, muy oportunos. 

Dice el primero:

“Queremos ser librepensadores. No os estrepitéis. Nosotros no hemos de pretender que se nos consienta decir todo lo malo que pensamos del monarca, de los gobiernos, de los obispos, etc. La libre emisión del pensamiento es un problema importante, pero secundario, y supeditado al nuestro, que es el de la libertad del pensamiento mismo. Por de pronto, nos preguntamos si el pensamiento, nuestro pensamiento, el de cada uno de nosotros, puede producirse con entera libertad, independientemente de que, luego, se nos permita o no emitirlo. Digámoslo retóricamente: ¿De qué nos serviría la libre emisión de un pensamiento esclavo?”

Y el segundo:

“Para los tiempos que vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser tiempos de lucha, y habréis de tomar partido. ¡Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que os obliga a estar doblemente seguro de las vuestras. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de las disputas entre los seres humanos, sino del diálogo amoroso en que se busca la comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el peor caso, son independientes del humor individual. 

Tomar partido es no sólo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro porvenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón. Es el trágico y gedeónico destino de nuestra especie. ¿Qué piensa usted, señor Rodríguez?

– Que, en efecto –habla Rodríguez, continuando el discurso del maestro–, hay que tomar partido, seguir un estandarte, alistarse bajo una bandera, para pelear. La vida es lucha, antes que diálogo amoroso. Y hay que vivir.

– ¡Qué duda cabe! Digo, a no ser que pensemos, con aquel gran chuzón que fue Voltaire: ‘Nous n'en voyons pas la nécessité’. No veo la necesidad”.

A mi entender, estas palabras de Mairena-Machado no desaniman a implicarse en política. Al contrario: animan a implicarse profundamente. Animan a meterse en el barro hasta las orejas. La política no es más que el modo en que organizamos nuestra convivencia. La de todos. Sin exclusión. Y es, por tanto, cosa de todos. La comunidad humana no se puede dividir en un nosotros y un ellos, salvo que la intención sea basar la convivencia en el dominio de unos sobre otros. Los votantes de ultraderecha no son mis enemigos: son mis hermanos de vida, mis compañeros de existencia. No quiero chocar contra ellos. Porque no son ningún Ellos. Forman parte del mismo Nosotros que me incluye a mí. Exactamente igual que a los Menores Extranjeros No Acompañados (niños sin familia fuera de su país: los más vulnerables, los más necesitados de fraternidad real, para quienes más urge una democracia digna de tal nombre). La dinámica del amigo-enemigo es contraria a la defensa del bien común. Y si domina ahora el ambiente social es porque conviene a los enormes intereses de la minoría social que tiene intereses enormes. Una minoría que es propietaria de todos los grandes grupos mediáticos y está imponiendo (con la imprescindible colaboración o servidumbre de unos cuantos cargos políticos y unas cuantas estrellas de la radio y la televisión) un marco de bandos enfrentados donde no queda más remedio que “seguir un estandarte” para chocar contra tus iguales, para librar un conflicto ficticio, aunque muy peligroso, que nada tiene que ver con el conflicto real.

El fascismo, la negación del otro, (la posibilidad, por tanto, de violencia contra el otro) hoy es funcional a los propietarios de las mayores concentraciones de capital de este país. El fascismo es hoy funcional a los intereses del capitalismo neoliberal. A nadie más le sirve. Lo demostró el 15 M: la mayoría social quiere una educación y una sanidad públicas de calidad, la mayoría quiere vivienda accesible, la mayoría quiere vivir de acuerdo con la declaración universal de los derechos humanos (que a día de hoy urge extender a los derechos de todo lo vivo), la mayoría quiere no ser explotada y tener tiempo para gozar este ratito entre dos nadas que es la vida. Y no puede. Este es el conflicto real. 

Han conseguido volver a forzar el debate en los términos izquierda derecha (con un extra de belicismo espeluznante), pero hay un criterio más claro: ¿quién ejerce una situación de dominio y quien la sufre? ¿cuál es la parte vulnerable? ¿con quien hay que colaborar para lograr la emancipación de todas? Ni siquiera considero mis enemigos a esos seres fríos que encabezan los consejos de administración de las empresas más poderosas del país (algunos de los cuales considero que deberían ser juzgados por lucrarse mediante el expolio de lo común, gracias a la complicidad de algunos cargos públicos, con resultados que incluyen la muerte de personas). Si no estuvieran ellos, les sustituirían otros. Es el propio sistema de dominio el enemigo de todos. El cuatro de mayo podemos poner límite a ese sistema.

El fascismo es hoy funcional a los intereses del capitalismo neoliberal. A nadie más le sirve

Este último año, he hecho dos colegas nuevos. Uno lleva en el perfil del wasap una bandera de España con las palabras “Llevo la bandera porque me sale de los cojones”. El otro ha sido legionario 20 años y fue expulsado por pelearse con otro soldado al que pilló borracho meando sobre una bandera. El primero es un pequeño empresario que se arruinó con la crisis de 2008 (cuyo efecto permanece y se extrema). El segundo se siente desamparado por el Estado después de dos décadas en el ejército, en las que estuvo en Bosnia y Afganistán (“Las guerras son una estafa”, me dijo). El primero no vota (me contó que tiene dos hijos, que uno vota a Unidas Podemos y el otro a Vox), el segundo vota a Vox. Ambos creen en una sociedad en la que no haya privilegios. (Y si uno de ellos tiene algo contra las personas migrantes es porque ya ha oído tantas veces en la radio que tienen privilegios, que ha empezado a decirlo él mismo). Ambos creen en la necesidad de justicia social. 

Dice Machado: “Busca tu complementario, que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario”.

Probablemente, la democracia es algo que aún no hemos experimentado. Si acaso, hemos dado algunos enormes pasos en esa dirección, pero estamos lejos de haber alcanzado ninguna plenitud. No hablo de nada perfecto, terminado. Nada semejante existe en la vida, sólo camino. Pero mientras lo vivo se subordine a la razón suprema de los beneficios privados, mientras haya exclusión, mientras no se asuma que la vulnerabilidad es condición universal y que, por tanto, la fraternidad (la autonomía material garantizada a todo ser humano por el mero hecho de haber nacido) es condición indispensable, no se puede afirmar que vivimos en democracia. Esto, que es negado por todas las instancias de poder existentes en nuestra sociedad (aceptarlo sería renunciar a ese poder y eso asusta), es algo evidente para toda persona que sufra exclusión o (sabiendo reconocerse en el otro) empatice con aquellas que la sufren.

Madrid es en España el paradigma del sistema de dominio: la comunidad más rica y la que menos invierte en Sanidad y Educación

No me gustan los partidos políticos. No me gustan las secretarías generales, las ejecutivas, los aparatos. No me gustan las actuales instituciones porque son útiles para el expolio de lo común y sostienen, como sólida roca, una estructura social basada en el dominio. Leo a Walt Whitman: “No tengo nada que ver con este sistema, ni siquiera lo necesario para oponerme a él”. Y sin embargo, voy a votar el 4 de mayo. Con todo mi corazón. Porque mientras construimos parlamentos sin dueños (lugares que alberguen todas las voces y donde se produzca el “diálogo amoroso en que se busca la la comunión”), mientras construimos instituciones propias para avanzar en sentido democrático (ejemplos son ya los sindicatos de inquilinos, las despensas solidarias, las redes anti represivas, los pequeños medios de comunicación independientes, las cooperativas de trabajadores, los colectivos en defensa de la sanidad y la educación públicas, cualquier mecanismo de ayuda mutua), necesitamos aprovechar cada ocasión que permita limitar el uso depredador que se hace de las instituciones oficiales, que permita potenciar sus posibilidades como mecanismos de equilibrio social. Cualquier ocasión que permita, aunque sea, poder oír a un vicepresidente del gobierno decir en televisión que “el poder no está” (ni siquiera) “en el gobierno”. Entiendo que la democracia no consiste en alcanzar el poder, sino en disolver la propia idea del poder. Por eso, por dar un pasito adelante en ese sentido, o (quizá he exagerado) por no dar muchos pasos atrás, voy a votar este cuatro de mayo.

Madrid es en España el paradigma del sistema de dominio: la comunidad más rica y la que menos invierte en Sanidad y Educación, una región en la que conviven las fortunas que menos impuestos pagan y familias con menores que sufren pobreza alimentaria y/o energética. Hay que parar el expolio.

Y ahora sí, unas breves líneas de propaganda electoral. 

Dudé si votar a Más Madrid (me gustan Mónica García o Manuela Bergerot) o a Unidas Podemos (también me gustan Pablo Iglesias, Alejandra Jacinto o Agustín Moreno), pero me acordé de algo que dijo Kiko Veneno: “¿A quienes atacan bancos y medios de comunicación

sistemáticamente? A estos tengo que votar”. Pues eso.

Y unas últimas palabras. Un fragmento de una carta que Machado escribió a Ortega y Gasset en 1914:

“Nuestro punto de partida ha de ser una irresignación desesperada ante el destino; nuestra empresa, luchar a brazo partido con lo irremediable, y nuestro esfuerzo el necesario para vencerlo. ¿Confianza? Ninguna. Fe, sí; fe en nuestra voluntad, es decir en la única fuerza capaz de obrar lo milagroso. ¿Que es absurdo acometer el milagro? No. Lo absurdo es esperarlo de las nubes”. 

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(Texto escrito para una intervención en un acto electoral de Unidas Podemos y ampliado para su publicación).

Autor >

Alberto San Juan

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1 comentario(s)

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  1. pablo2

    Gracias. Ahora que tenemos la mala leche tan a flor de piel, son muy necesarias reflexiones como esta para recordarnos que la fraternidad (en toda su extensión) es una obligación en cualquier sociedad decente.

    Hace 15 días

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