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La Logia infinita

Han pasado 40 años desde que se desmanteló la Loggia P2, una red masónica italiana que desde 1977 financiaba grupos neofascistas, y cuyos tentáculos alcanzaban los servicios secretos y la política. También empresarios, banqueros, jueces y periodistas

Julio Ocampo Roma , 12/04/2021

<p>Licio Gelli, líder de la loggia P2.</p>

Licio Gelli, líder de la loggia P2.

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“¿Cuándo usted era niño, qué le habría gustado ser de mayor?”. Esa fue la última pregunta que un jovencísimo Maurizio Costanzo hizo a Licio Gelli en una entrevista que Il Corriere della Sera publicó el 5 de octubre de 1980. Entonces nadie se imaginaba la magnitud de esa cuestión. La respuesta de Gelli fue: “Titiritero”.

El escándalo se destapó meses después, cuando se deshizo el complejo y alambicado mecanismo que durante casi un lustro había tejido Licio Gelli, un agente masónico de prestigio con un pasado negro y camaleónico: se alistó en las tropas que apoyaron a Franco en la Guerra Civil española, después vistió el uniforme fascista con Mussolini y, por este orden, coqueteó con partisanos en la posguerra para no ser detenido y tejió relaciones secretas con las Oss (una especie de CIA en Italia) para asegurarse el porvenir. Todo ello antes de entrar en masonería en los sesenta, ligar en Argentina con Perón –primero– y Videla –después– o tender puentes en política a ambos lados del Atlántico. Desde Giulio Andreotti hasta Kissinger. “La Logia P2, con él a la cabeza, era una especie de comité de sabios que se prodigaba en el proselitismo para que renaciera la democracia, pero era un pretexto. En el fondo había una ideología anticomunista. Italia estaba entre dos mundos: este-oeste. Fue el último baluarte del Telón de Acero. Todo era muy opaco, pero América estaba detrás”, explica Antonio Padellaro, una de las firmas más prestigiosas del Fatto Quotidiano.

El famoso estado dentro del estado encontró un perfecto caldo de cultivo en aquella época para construir paisajes que terminaron por lacerar al país. Las bombas, el desvío de información y la lúgubre estrategia de la tensión fue la praxis a seguir. “El PCI (en 2021 celebra un siglo) no podía llegar al poder. Por ello había que frenar a los sindicatos, la euforia del 68. También eliminar la libertad de prensa y controlar las instituciones. Encontraron una Italia débil, y les fue bien”, sentencia Padellaro, que en aquel momento era cronista del Corriere, precisamente el periódico que el 17 de marzo de 1981 aparecía bajo control de la logia masónica.

Concretamente estaban, como afiliados, el director Franco di Bella, el propietario Angelo Rizzoli o Maurizio Costanzo, que se convertiría en uno de los periodistas más mediáticos del país. A ellos se sumaba una lista de casi mil inscritos entre parlamentarios, ministros, banqueros, carabineros, aristócratas, servicios secretos del gobierno y empresarios como Silvio Berlusconi. “Cuando mi director me dijo qué nombres había yo le dije que el suyo, entre otros. El diario estaba arruinado. No es una justificación, sino una explicación”, comenta Padellaro desde su púlpito actual: el de un diario –próximo al Movimiento 5 Estrellas– que no recibe ningún tipo de financiación pública. El veterano columnista no ahorra en imprecaciones finas y sutiles. “La P2 murió, pero los piduisti viven”. Y están zurcidos con las mismas costuras: la comedia, los rituales al estilo ópera bufa y la tragedia, el melodrama. Todos bajo el abrigo de una personalidad glacial, sibilina y amoral.

El contexto de plomo

Los setenta fueron años complicados en Italia. Animados, eso sí, con la música de Renato Zero, Umberto Tozzi, Battisti, Antonello Venditti, Gianna Nannini y Celentano. Ellos llenaron las casas de luz y color. Algo así hicieron con el balón Gigi Riva o Gianni Rivera, ejerciendo ambos de cordón umbilical entre Cerdeña y Milán. No era poco en un país frágil, campanilista (fuerte identidad local). Como diría Churchill, dispuesto a luchar con denuedo en un partido de fútbol pero con serias dificultades para no ser absurdo cuando se exige seriedad.

“Gelli se llevó a la tumba muchos secretos. Uno importante, la matanza de Bolonia. Por suerte se ha reabierto el caso. Esperamos que pague por ello Paolo Bellini, un fascista como Gelli, quien por cierto murió en 2015”, espeta Guy Chiappaventi, experto reportero de Tribunales de La7. Esa mañana tórrida de agosto (1980) en la estación de Bolonia murieron 85 personas… Sigue siendo el mayor atentado terrorista cometido en Italia desde la II Guerra Mundial.

Orquestado por la extrema derecha, en alianza con la criminalidad organizada y los servicios secretos, aquel atentado ayudó a que el país perdiera para siempre la inocencia. La mística Propaganda 2 recogió un país libre y lo enrocó en el fango nuevamente con el asesinato de Piersanti Mattarella (hermano del actual Presidente de la República) y los atentados de Piazza Fontana (1969) o Piazza della Loggia. ¿El culmen? Con Aldo Moro, asesinado doblemente para evitar que pactara con Berlinguer. Primero le abandonó la DC; después le ejecutó el terrorismo rojo. A los pocos meses Sandro Pertini, un partisano, llegaría al Quirinal.

Para descifrar aquella época nadie mejor que Sandra Bonsanti, quien acaba de publicar un libro sobre los años de pólvora (Colpevoli, editorial Chiarelettere). Ella cubrió para el diario La Repubblica esos convulsos acontecimientos, teñidos de corrupción, sangre y desvío de pruebas… Ya desde el 79 se leían en los periódicos tergiversaciones, pistas falsas como el terrorismo palestino. “La logia estaba formada por altas autoridades del estado. Tenía relaciones con la CIA. Lógicamente hablamos de un sistema podrido con un vestido democrático”, explica una pluma histórica del diario fundado por Eugenio Scalfari, quien entonces escribió varios editoriales afilados denunciando “el olor de petróleo saudita y de contrabando de la P2”, “la venta del alma” o “la decadencia de una nación comienza cuando la política y las finanzas se abrazan”. Ésta última como alusión clara a Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, arruinado tras haber homologado sus infinitos delitos transformándolos casi en decretos ley: financió la P2, tuvo turbias relaciones con el IOR de Marcinkus y blanqueó capital a la mafia. El epitafio –cruel– del Banquero de Dios tuvo lugar en 1982, ya con Giovanni Spadolini como primer ministro tras caer el también democristiano Arnaldo Forlani, a quien por cierto le dio tiempo de disolver la P2, llevándose por delante principalmente a Calvi. Éste fue hallado muerto en el 82 en Londres -bajo el puente Frati Neri- con los bolsillos llenos de piedras y dinero, aproximadamente 15.000 euros. Nunca se encontró al culpable tras treinta años de procesos judiciales en los que la única sentencia fue que no se suicidó.

Por su parte, Licio Gelli alternó hasta su muerte  –pese a su condena por bancarrota fraudulenta- refugios en Sudamérica, arrestos en Ginebra y plácidas estancias –por motivos de salud- en su Villa de Arezzo. Como diría Ennio Flaiano. “La situación era grave pero no seria”.

Verdades paralelas

“Estoy convencido que se hizo de todo para no llegar a la verdad. Los descendientes de la P2 existen, es obvio. No llamaría a los servicios secretos un aparato desviado porque era el propio estado. La dictadura en la democracia”. Las palabras son de Paolo Bolognesi, político y escritor italiano. Además, presidente de la asociación de las víctimas de la matanza de Bolonia. “A Calvi le saquearon. En parte para financiar el atentado de la estación. Respecto a Moro, el comité de crisis que nombró Cossiga (entonces ministro del Interior del gobierno Andreotti) pertenecía a la P2. Tras su muerte, la DC prohibió hablar del tema, no se podía mencionar el famoso compromesso storico. Por suerte…”. Ese halo de luz que deja entrever, esa cuota de optimismo que aún reina tanto en él y como en las cuarenta primaveras de su fundación tiene nombre y apellido: Giuliano Turone, un magistrado jubilado de ochenta años, autor del libro Italia Occulta (editorial Chiarelettere). Publicado hace dos años, esta segunda primavera de pandemia acaba de salir una versión actualizada.

Junto a su compañero de entonces -Gherardo Colombo-; ambos como jueces instructores en Milán; perforaron la intransferible e impermeable tela de araña piduista, y todo cambió para no hacerlo. Tanto antes como después de 1992, cuando murieron asesinados Falcone y Borsellino. En ese año bisagra, Manos Limpias hizo caer el sistema de Tangentopoli dejando suicidios, arrestos, exilios (Craxi a Túnez), el derrumbe de Cossiga desde la colina más alta (la presidencia del Quirinal) y la nouvelle vague de la política italiana con Il Cavaliere. “Eso es otra historia. Lo cierto es que tramaban una especie de golpe de estado Gelli y los suyos. Era un mecanismo para que las principales acciones de la nación se hicieran a través de recorridos subterráneos. La estrategia de la tensión servía para perpetrar el viejo régimen”, aclara el ex magistrado Turone, que media vida después no olvida cómo activaron el detonador del escándalo. “Nos ocupábamos de otro banquero: Michele Sindona. Ya estaba condenado por bancarrota, pero estudiábamos su entorno, sus amistades. Contrataron un killer americano para asesinar a Giorgio Ambrosoli, el abogado que había desenmascarado a su banco privado”.

Al parecer, según el ex magistrado, Sindona sobornaba a izquierda y derecha para salvar la entidad a costa del dinero contribuyente. Cuando olió sangre, orquestó un secuestro falso en torno a su persona mientras huía de América. En realidad estaba en Palermo clandestinamente. Tenía contactos con la Cosa Nostra, que le utilizaba para el blanqueo de capital. “También estaba relacionado con Gelli. A encontrarles nos ayudó un grupo de importantes investigadores americanos”, subraya. Con la KGB y la CIA en contra. Ídem en Italia con los servicios secretos clandestinos (Gladio, Anello…) y oficiales. El mundo al revés.

Fuerte identidad italiana

Han pasado cuarenta años, y todo viró para ser lo mismo. Respetando la máxima gattopardesca, simplemente se han tomado diferentes disfraces, nuevas máscaras italianas inspiradas en Pulcinella.

Es probable que los piduisti no fueran masones verdaderos sino que simplemente usaran esa palabra por arte de birlibirloque. De hecho, la masonería es algo mucho más serio e interesante: una filosofía de vida -abierta a cualquier religión- que se acerca a la numerología, el esoterismo, el simbolismo o la alquimia, y que busca el cambio a través de un duro recorrido de vida. “Claro, era un pretexto. Los mecanismos reservados de las logias masónicas se prestan muy bien para mover los hilos de un país. Se apoyaron ahí”, soslaya con argucia Turone, quien deja tres pistas totémicas para todo aquel que se aventure a comprender Italia. Tienen que ver con la mafia, la iglesia y la política. “Las mafias históricas aquí son la consecuencia indirecta de ocupaciones que tuvimos –como los Borbones- cuyo poder central no estaba en nuestro país. La segunda es que hemos tenido mil años del Papa Rey, así que vamos con retraso en la transición de súbdito a ciudadano, y eso afecta a las relaciones financieras entre iglesia y mafia. Y la tercera es el potente comunismo, que creó problemas a la OTAN”, sentencia mientras Italia camina hacia ninguna parte a un ritmo acelerado. Con tragedia, comicidad y absurdidad mediante. Moviendo los hilos con escuadras, cartabones y pirámides invertidas.

En un artículo publicado en Avanti Bettino Craxi (primer ministro italiano 1983-1987) afirma que Gelli era Belfagor, pero que “además había un Belcebú”. Nunca se supo oficialmente de ese satán. Lo cierto es que durante el reinado del gobierno P2 y meses antes del nombramiento de Juan Pablo I como Papa, el periodista Mino Pecorelli destapó la caja de Pandora publicando un elenco de los casi 150 eminencias afiliadas a la masonería. Lo hizo en la revista que dirigía: Osservatore Pubblico. Era vox populi que el Sumo Pontífice quiso desterrar a algunos cardenales de las arcas vaticanas, entre ellos a Marcinkus -el director de la banca- por estar involucrado en operaciones financieras opacas junto a Calvi, Sindona y Gelli.

Mino Pecorelli, también piduista, sabía demasiado de casi todo lo que no debía. De masonería y servicios secretos, pasando por la Banda de la Magliana, la mafia o los grupos de extrema derecha como Orden Nuevo y Vanguardia Nacional. Controlaba los entresijos del tráfico de armas y petróleo en Libia… De la logia masónica en el Vaticano o las relaciones entre ENI y el servicio de inteligencia paralela italiana. De todo. Conocía también el juego a dos bandas de Gelli y las triquiñuelas de Andreotti, quien en el entierro de Papa Luciani (Juan Pablo I) se confesó al hermano del Sumo Pontífice: “cuando estemos arriba comprenderemos el misterio de lo sucedido estos días”. La respuesta fue un órdago. “Ojalá vayamos nosotros al cielo”.

El diálogo lo cuenta Andreotti en su libro A ogni morte di Papa, un vademécum de todos los que conoció en vida el seis veces primer ministro italiano. Fueron siete en total. Luciani murió el 28 de septiembre del 78, justo 33 días después de suceder en el trono a Paolo VI. Oficialmente de infarto, aunque según la biografía de Anthony Luciano Raimondi, sobrino del boss italoamericano Lucky Luciano, lo envenenó con cianuro monseñor Paul Marcinkus. Quizás siguiendo un mantra de Belcebú, el titiritero máximo. “Para asegurar el bien hay que cristalizar el mal”.

Autor >

Julio Ocampo

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