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DESCLASADOS

El disputado voto del cinturón rojo

Muchos y muchas están enfadados por la falta de oportunidades y esta situación les hace sentir en competencia con los migrantes. El discurso de la solidaridad les resulta lejano y el populismo nacionalista les otorga pertenencia

Cristina Martín Gómez 7/05/2021

<p>Recuento de votos en un colegio de Madrid el 4M.</p>

Recuento de votos en un colegio de Madrid el 4M.

Elisa Mora

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Escribo estas líneas con el desánimo y el amargo sabor que en muchas ha dejado la resaca electoral. 

Nos mostramos perplejas e incapaces de comprender cómo después de todo lo sucedido en el último año, la gravedad de muchos de los hechos acontecidos (como la gestión sanitaria de las residencias), haya tantas personas en Madrid que han apoyado una opción política que ha demostrado ser egoísta y cruel. 

Diría que lo que más duele no es ver perpetuarse el voto de las derechas en sus feudos habituales, sino cómo muchas vecinas del cinturón sur se han movilizado desde la abstención para votar a Ayuso.

Gran parte de esta campaña se ha construido sobre la hipótesis de que si se lograba movilizar la abstención de los municipios, distritos y barrios con menores rentas, la izquierda podría llegar a revertir la tendencia prevista, a ganar, a empatar, a crecer… También el bloque de derechas era consciente de la importancia de movilizar ese voto y lo han disputado. Finalmente, ese electorado se ha movilizado, con una participación que en algunos lugares ha sido histórica, y la victoria de Ayuso ha sido aplastante.

¿Cómo es posible que quienes más necesitan los servicios públicos voten a favor de quienes los desmantelan?, ¿cómo es posible que los precarios se alineen con los privilegiados en su opción política?. 

Como no entendemos, tendemos a enfadarnos, a insultar, a juzgar, a pensar que no hay ser más tonto “que un obrero de derechas”, o como algunos soberbios líderes han declarado: “Los que ganan 900 euros y votan a la derecha no me parecen Einstein” .

Pues bien, creo que hay mucho por pensar sobre lo sucedido, mucho por entender, porque si no lo hacemos, avanzará, crecerá, y revertirlo requerirá cada vez de ciclos más largos y mayores esfuerzos.

Escribo desde el único lugar desde el que sé, mi experiencia biográfica. Mi contexto personal y laboral me ha permitido conocer de cerca la realidad de muchas personas como las que el martes, desde el cinturón sur, votaron a Ayuso.

Crecí en Usera. Soy la única persona de mi familia con estudios superiores. Actualmente vivo en Vallecas y durante los últimos veinte años me he dedicado a la intervención social con personas y colectivos en situación de exclusión. Desde ese lugar, me gustaría poder aportar algunas reflexiones e ideas con la esperanza de poder contribuir en algo a la lectura de lo sucedido. 

Si no hay sostén del Estado, la gente tiene que buscarse la vida

Es sabido de sobra que la situación socioeconómica provocada por la pandemia ha golpeado a muchos sectores y, en especial, se ha cebado con los más desfavorecidos. Desde el gobierno central, la medida estrella que se ha puesto en marcha para amortiguar la crisis han sido los ERTES. No digo que los ERTES hayan sido una mala herramienta, pero creo que desde luego no ha sido suficiente. El paquete de medidas y ayudas debía haber sido mucho más contundente. Todas sabemos las dificultades existentes para cobrar el Ingreso Mínimo Vital y a cuanta gente no ha llegado. También sabemos que muchas trabajadoras del hogar han permanecido sin empleo y sin casa. Eso sin contar con todo el sector de la economía sumergida y la economía de subsistencia, de la que amplios sectores precarios viven. Y no se ha conseguido sacar adelante una Ley de Vivienda que realmente incida sobre los precios  de una forma inmediata y real.

Cuando ridiculizamos la apertura de los bares de la que ha hecho bandera Ayuso, no vemos, o no lo suficiente, que esos bares sostienen empleos y proyectos vitales, que prefieren abrir, trabajar, a quedarse en casa  a cambio de ayudas insuficientes. Pero es que no son sólo los bares, es que es todo el sector servicios. Los taxistas, el pequeño comercio, el ocio nocturno, el IFEMA, los guardias de seguridad y tantos y tantas otras cuyo empleo depende de la apertura y del flujo de gente.

Esas personas han visto cómo en otras comunidades las medidas eran mucho más restrictivas, con cierre prolongado de la hostelería y otros sectores, toque de queda duro, y si bien la incidencia en los datos  del virus siempre han sido superiores en Madrid, la diferencia no ha sido tan significativa.

En un contexto de crisis, miedo y necesidad, donde el Gobierno no ha sostenido lo suficiente a la gente, donde no ha hecho políticas valientes de izquierda, la gente sabe y entiende que lo que queda es ganarse la vida, sostenerse ellos mismos, poder salir a trabajar, a vender, y en esa tesitura, un contexto de liberalización les favorece. Un contexto de liberalización profundo de las vidas, en el que a falta de un sostén estructurado, el sostén es el sálvese quien pueda.

Esto parece haberlo entendido bien Joe Biden, consciente de que si no acomete en este mandato un programa de grandes reformas, la vuelta del trumpismo o sus reencarnaciones está asegurada.

Hartazgo pandémico

En los últimos meses se ha hablado mucho de la fatiga pandémica, de si existe, de cómo nos afecta. Yo más bien hablaría de hartazgo. Hartazgo de una situación que se alarga ya más de un año, que nos ha quitado gran parte de las cosas que nos producen placer, que nos ha quitado libertades, que nos ha hecho más vulnerables y más precarios. Pedir sacrificios cuando las condiciones materiales están garantizadas, como en otros países europeos, no es lo mismo que pedirlos en los países del sur de Europa, donde a la fatiga pandémica se suma la constante búsqueda de subsistencia por muchos sectores.

Las personas necesitamos vías de escape, espacios de respiro, momentos de distensión, visitar a nuestra familia en otras comunidades, porque vivir en un permanente estado de excepción no es sostenible, porque las personas nos rompemos.

Con todo ello, no pretendo situarme en contra de las medidas que se han adoptado en el marco de la emergencia sanitaria, muchas de ellas eran necesarias, pero sí pretendo explicar que el discurso de apertura y libertad es un acicate muy poderoso, incluso a nivel psicológico y emocional.

Los desclasados

Aún no he tenido la oportunidad de leer White Trash, pero sin duda creo que en estos días es una lectura que debemos hacer. Sí pude leer hace ya algunos años Chavs: la demonización de la clase obrera. Salvando las distancias existentes entre el contexto español y los contextos británico y estadounidense, creo que hay algunas claves que pueden ayudarnos a analizar la situación de ciertas clases precarias en nuestro país.

Se trata de personas que viven en contextos claramente desfavorecidos, algunos en  viviendas sociales de la periferia,  con un bajo capital cultural (asumiendo que la cultura y el conocimiento popular que poseen no son valorados). Son personas que si bien son plenamente conscientes de estar situadas en los márgenes, no tienen conciencia de clase, y me atrevería a decir que se sienten más bien outsiders, desclasados.

Le corresponde a la izquierda emprender un proceso de escucha de estos sectores. No para llamarles tontos, sino para saber cómo se ha producido el proceso de desclasamiento

Creo que muchos y muchas están enfadados, y con razón, por la falta de oportunidades, con un Estado de Bienestar que no ha logrado modificar estructuralmente sus condiciones de vida. Esta situación les hace sentir en competencia en muchas ocasiones con las personas migrantes, a las que consideran rivales en la lucha por los escasos recursos laborales y sociales a los que ellos quieren acceder. El discurso de la solidaridad les resulta lejano y poco práctico.

El populismo nacionalista les otorga un lugar, un sentido de pertenencia, con mensajes claros y entendibles en los que se recononce su derecho como españoles por encima de otros, y con el liberalismo  como telón de fondo. 

Creo también, y esto es pura intuición, que hay rabia en algunos de esos votos. Una forma de sentir que se tiene poder (una suerte de empoderamiento), una forma de sentir que se puede joder. 

Y entonces qué

Hay mucho que hacer. Primeramente, creo que le corresponde a la izquierda emprender un proceso de escucha de estos sectores. Escucharles de verdad, no para llamarles tontos, escuchar para saber cómo se ha producido el proceso de desclasamiento y qué se puede hacer.

No basta con hacer pedagogía social y política. Hacen falta hechos. Recursos, dinero, medidas materiales. Hace falta hacer barrio. Centros sociales, casas del pueblo, deporte de base. 

Hace falta que la izquierda, cuando gobierne, no defraude.

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Cristina Martín Gómez es vecina de Usera.

 

 

Autora >

Cristina Martín Gómez

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1 comentario(s)

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  1. iagoalberti

    Con todo: la derecha no ha conseguido romper el cinturón rojo de Madrid. Ni la ultraderecha implantarse de manera firme. Que no se nos olvide.

    Hace 1 mes 6 días

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