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CAMBIOS SOCIALES

Las guerras culturales de la izquierda (y el mundo en el que nos ha tocado vivir)

La izquierda significa cosas muy diferentes en sus diferentes grupos de apoyo. De ahí la virulencia con la que se desarrollan las batallas de ideas intestinas; pero también su futilidad

Ignacio Sánchez-Cuenca 31/05/2021

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1.

La tradición izquierdista siempre se ha caracterizado por un cuestionamiento interno de sus estrategias y objetivos intermedios (los ideales últimos son sagrados e irrenunciables). Sus controversias han sido motivo de enfrentamientos y escisiones a lo largo de la historia (reforma o revolución, internacionalismo o socialismo en un solo país, frente popular o ruptura entre socialistas y comunistas, la URSS o China o China o Albania, renta básica o empleo garantizado, socioliberalismo o estatismo, izquierdismo o populismo, política institucional o protesta callejera, etc., etc., etc.). 

Las peleas internas se recrudecen cuando las cosas no van bien, como sucede ahora. No me refiero solo a los resultados electorales (que, en cualquier caso, no son buenos: en Europa la socialdemocracia obtiene la mitad del voto del que lograba hace unas décadas y la izquierda alternativa no consigue llenar el hueco), sino, sobre todo, a la desorientación estratégica. Proliferan explicaciones y propuestas de todo tipo sobre los problemas que aquejan a los partidos izquierdistas.

Dentro de esas explicaciones, hay un conjunto de ellas que tienen un aire de familia, a pesar de que sean bastante distintas entre sí. Procedo mediante enumeración. Para algunos, la izquierda no ha sabido combatir el neoliberalismo y se ha dejado absorber por las élites globalizadoras y financieras. Para otros, la izquierda se ha equivocado en su política de alianzas con minorías nacionales, étnicas o culturales, lo que le ha llevado a abandonar su universalismo. Están también quienes piensan que el problema radica en el abandono de la clase trabajadora: la izquierda se ha vuelto elitista, ya no entiende ni razona como lo hacen los obreros. Y se encuentran por último los que creen que el problema de fondo procede del posmodernismo y los estudios culturales estadounidenses: el relativismo (cuya semilla se sembró en Mayo del 68) ha hundido a la izquierda. 

Para ganar, la izquierda ha de ser internacionalista, racionalista y obrerista y, por supuesto, materialista. Debe olvidar las disputas ideológicas y hablar de salarios, explotación y reparto de la riqueza

En todos estos diagnósticos hay, de forma más o menos explícita, una apelación a una pureza que en algún momento se perdió. Cabe, de hecho, encontrar un denominador común en todos esos diagnósticos: se trata de la tesis de que, para ganar, la izquierda ha de ser internacionalista, racionalista y obrerista (los ingredientes se pueden mezclar en dosis muy variables) y, por supuesto, materialista, es decir, debe olvidar las disputas ideológicas e identitarias, que casi se han convertido en teológicas, y hablar de salarios, explotación y reparto de la riqueza. Si la izquierda recupera esas raíces profundas, que llegan hasta la Ilustración, podrá reconectarse con la sociedad, es decir, con la clase trabajadora, que hoy vacila y se deja tentar por los neofascismos, las fuerzas xenófobas y los partidos conservadores.

La tesis viene a decir que es preciso retroceder en el tiempo, hacer tabla rasa de los cambios que se produjeron a finales de la década de los sesenta y resucitar la defensa de los intereses de los trabajadores, hablando un lenguaje que conecte con las preocupaciones de la gente. En la práctica, esta tesis puede derivar incluso hacia posiciones que sus críticos llaman “rojipardas”: en la asunción de la cultura obrera, pueden llegar a entenderse o disculparse los brotes xenófobos (el llamado “chovinismo del bienestar”) o la intolerancia con el diferente. Por supuesto, quienes se dan por aludidos con la etiqueta de “rojipardos” acusan a sus rivales de elitistas, neoliberales y posmodernos, de vivir en una burbuja y de pontificar desde una superioridad moral.

2.

No voy a entrar a dar razones a favor o en contra de estas posiciones. Más bien, me gustaría mostrar, sin recurrir a presupuestos ideológicos de ningún tipo, que estas polémicas no atienden suficientemente a la realidad social, moviéndose en un plano demasiado ideológico. Para desatascar el juego de oposiciones al que me he referido, conviene repasar lo que sabemos sobre los cambios sociales que se han producido en estas últimas décadas. Desde una mirada más sociológica es posible descubrir las limitaciones de estas guerras culturales en el interior de la izquierda.

Llama la atención que en los conflictos ideológicos a los que me he referido se preste tan poca atención a los cambios culturales y axiológicos que se han producido en los países avanzados desde finales de los años sesenta del siglo pasado. El pionero en el estudio del cambio cultural, Ronald Inglehart, recientemente fallecido, mostró ya en su primer libro, The Silent Revolution (1977), que había una creciente división generacional entre quienes sufrieron las duras condiciones de la postguerra y la nueva generación que ya tuvo ocasión de disfrutar del bienestar que trajeron los “treinta gloriosos”. Mientras la generación mayor estaba preocupada por asuntos materiales (un salario digno, una vivienda, bienes de consumo básicos), la generación siguiente, teniendo ya satisfechas esas necesidades básicas, comenzó a preocuparse por otros asuntos (el rechazo a la guerra, la crítica a la sociedad de consumo, la búsqueda de la realización personal, la liberación de la mujer, la libertad sexual, el medioambiente) que Inglehart llamó, genéricamente, “valores post-materialistas” y, luego, “valores auto-expresivos”. Las personas post-materialistas dan gran importancia a las libertades individuales, a la elección de estilos de vida, a las identidades en definitiva. En cierto modo, las grandes movilizaciones de los jóvenes a finales de los sesenta y principios de los setenta fueron una afirmación de valores postmaterialistas que no tuvieron una traducción política (no encontraron la playa debajo de los adoquines) pero ensancharon considerablemente los márgenes de libertad personal con respecto a las sociedades industriales.

Ese cambio generacional ha continuado desde entonces y ha producido una tensión cada vez mayor entre grupos con valores materialistas y post-materialistas. Las consecuencias están a la vista. En la izquierda han cobrado gran importancia temas como los derechos civiles, la ecología o el feminismo que no tenían tanto protagonismo antiguamente. No todo el mundo, sin embargo, comparte esas prioridades, con lo que surgen tensiones a veces irresolubles. Una forma de entender esta transformación de la política consiste en considerar que, además de la línea de ruptura clásica en materia económica entre posiciones más intervencionistas y redistributivas y posiciones más liberales y menos estatistas, se ha impuesto una segunda línea que tiene que ver con la oposición entre cosmopolitismo y nacionalismo, entre VAL (verde-alternativo-liberal) y TAN (tradicional-autoritario-nacional), o entre ganadores y perdedores de la globalización.

La defensa de la identidad nacional frente al cosmopolitismo globalista explicaría la transición de una parte de la clase trabajadora a la extrema derecha

Un ejemplo servirá para ilustrar la tesis general. En el referéndum del brexit, el Partido Laborista estaba roto en dos. Por un lado, clase trabajadora tradicional, de edad más avanzada, que añora los tiempos de la sociedad industrial, imbuida de un fuerte nacionalismo inglés, recelosa de la globalización y el supranacionalismo, y muy preocupada por la inmigración, que percibe como una amenaza no sólo económica, sino también cultural, capaz de disolver los valores tradicionales de la sociedad; y, por otro, profesionales, estudiantes, jóvenes formados e integrados en la economía global, ecologistas, pro-diversidad, preocupados por las minorías étnicas y, por supuesto, europeístas. La dificultad principal del Partido Laborista consiste en forjar una coalición que englobe a votantes progresistas tanto materialistas (y anti-europeístas) como post-materialistas (y europeístas). Lo han intentado con diversos líderes después del final de la época Blair (Ed Miliband, Jeremy Corbyn, Keir Starmer ahora), con perfiles bastante diferentes, pero ninguno ha funcionado como se esperaba.

Los cambios culturales han tenido consecuencias a primera vista desconcertantes. Por ejemplo, el efecto de la educación sobre las posiciones ideológicas se ha invertido con respecto a lo que sucedía en las primeras décadas de la postguerra. Así, antiguamente, un nivel educativo alto era una señal bastante inequívoca de liberalismo o conservadurismo, mientras que las personas con menor educación optaban por la izquierda. Desde hace algún tiempo ya no sólo no sucede eso, sino que se ha invertido la relación y, de hecho, los votantes más educados (y en algunos casos de mayores ingresos) optan por partidos verdes o por partidos de nueva izquierda. En España, sin ir más lejos, el votante con mayor cualificación educativa se encuentra en Podemos.

En los países europeos, el grupo más sólido de izquierdas es el formado por los llamados “profesionales socio-culturales” (gente que trabaja en el sector de la cultura, el periodismo, la educación, la sanidad o los cuidados). En cambio, la clase trabajadora, que en la época dorada apoyaba casi monolíticamente a los partidos socialdemócratas o comunistas, ahora presenta fisuras importantes. Segmentos importantes de dicha clase han abandonado sus lealtades tradicionales y votan a los partidos xenófobos de la derecha radical. Se han proporcionado diversas explicaciones sobre este comportamiento, muchas de las cuales tienen que ver precisamente con esa segunda dimensión o eje de conflicto al que antes hacía referencia entre cosmopolitismo y nacionalismo: la defensa de la identidad nacional frente al cosmopolitismo globalista explicaría la transición de una parte de la clase trabajadora a la extrema derecha.

Las mayores tensiones se detectan en los países con bipartidismo. Al haber un solo partido progresista, la heterogeneidad es enorme y la coalición entre distintos grupos parece precaria. El Partido Demócrata en Estados Unidos es una extraña amalgama que reúne a profesionales bien formados de las dos costas, minorías étnicas y una parte de la clase trabajadora tradicional. Cuánto tiempo pueda mantenerse esa coalición es una incógnita. En los países con multipartidismo resulta posible una mayor especialización en los nichos electorales. En los últimos tiempos, los partidos verdes han crecido notablemente y reúnen a la gente joven mejor formada y con valores más rotundamente post-materialistas, frente a los partidos socialdemócratas tradicionales que conservan una mayor cultura materialista.

Con ciertas variaciones, algunas de estas tendencias son visibles en España. Antes me he referido de pasada al caso de Podemos, con una base fuertemente “post-materialista”. El PSOE sigue tirando de las clases trabajadoras menos cualificadas. En Vox no hay un apoyo amplio de la clase trabajadora; con todo, esta pesa algo más en el voto global del partido que en el caso del PP, lo cual debería ser motivo de preocupación. Este voto es resultado tanto del nacionalismo español que enarbola Vox frente al independentismo catalán (que incluye desde los toros hasta el chuletón) como de actitudes anti-inmigración.

3.

La fragmentación de la izquierda es consecuencia de transformaciones sociales y culturales muy profundas. No se va a resolver mediante diagnósticos simplistas ni hay soluciones milagrosas esperando a la vuelta de la esquina. Desde luego, las apelaciones al pasado son una causa perdida. La gloriosa clase trabajadora no va a volver, aunque se rompan los vínculos con minorías étnicas y culturales. Y el conflicto cultural entre generaciones y sectores productivos no se va a evaporar por decreto. El problema no está en la diversidad, ni en los nacionalismos, ni en el posmodernismo. Hoy resulta extremadamente difícil encontrar el pegamento que mantenga unidas a las viejas clases trabajadoras, a los jóvenes cualificados postmaterialistas, a los profesionales cosmopolitas y a las minorías desfavorecidas. La izquierda significa cosas muy diferentes en sus diferentes grupos de apoyo. De ahí la virulencia con la que se desarrollan las guerras culturales en el seno de la izquierda; pero también su futilidad.

Autor >

Ignacio Sánchez-Cuenca

Es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y La izquierda, fin de un ciclo (2019).

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  1. Aramis

    ¡No menterao de ná!... ¿De verdad hay una tradición izquierdista?... ¿Pero no había socialdemócratas, comunistas, anarquistas, feministas, etc, etc?... Parece que en el puchero se mezcla el tocino con la velocidad, además de liar un guirigay del copón hirviendo los ingredientes a to pastilla para un concurso de peroles entre los “treinta gloriosos”… y los 30.000 precarios. Así después de desplegar el pantone político del rojerío multicolor, lo del “chovinismo del bienestar” huele a rojiazul oscuro tirando a la exquisita tradición de la derecha imprecisa española que inventó Fraga y a la que no se le conoce ideología alguna, ni más valor material que sus amores auto–expresivos por la riqueza privada. Lamentablemente, el chamanismo académico surte de confusión suficiente al periodismo espectáculo creando certezas inverosímiles donde solo hay fantasías a las que ni siquiera vale la pena confrontar porque la honestidad de la verdad lleva muchísimo tiempo desaparecida de la esfera pública española. La percepción de las izquierdas en este artículo enfocándolas como resultado de luchas de poder es tan posmodernista que su astucia solo es comprensible como exaltación del narcisismo oportunista. Critica a las izquierdas, salvando bajo palio a las derechas. ¡Chapó!

    Hace 16 días

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