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Crónica

Todos somos Trump

Las estanterías de Ceuta son las jaulas de Estados Unidos. Cuando saltan los pespuntes de las fronteras, Europa tiene todavía menos miramientos y menos protocolos

Mercedes Gallego Ceuta , 22/05/2021

<p>Centro de menores gestionado por Cruz Roja, habilitado en una nave industrial cercana a la frontera de Tarajal. Ceuta, mayo de 2021.</p>

Centro de menores gestionado por Cruz Roja, habilitado en una nave industrial cercana a la frontera de Tarajal. Ceuta, mayo de 2021.

FJB

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Atención, la pobreza del mundo se desborda por las fronteras del espejismo occidental. Saltan las costuras de Ceuta y un aluvión de sueños y jóvenes que aspiran a un futuro mejor se quedan varados en el Estrecho mirando a Gibraltar, porque los sueños son sueños y siempre lo serán. Al menos mientras nuestros países puedan seguir pagando a dictadores y gobiernos corruptos que les hagan de carceleros en la verja. Es la miopía del miedo.

Donald Trump prefería la mano dura y el chantaje, a eso algunos le llaman respeto. Doblegó a México con la amenaza de un 5% de aranceles en todas sus exportaciones a Estados Unidos y congeló todas las ayudas a Centroamérica hasta que demostraron voluntad. A cambio de seguir fabricándole bienes con mano de obra barata, el gobierno azteca aceptó quedarse con todos los solicitantes de asilo que llegaran a la frontera de EE.UU. hasta que sus autoridades procesaran los dramas con parsimonia. Reclutado como policía del imperio, México mandó 6.000 soldados a la línea con Guatemala para contener las caravanas a golpe de porras y disparos lacrimógenos. 

Los mismos que vimos lanzar el martes a los antidisturbios de la Legión y los cuerpos regulares del Ejército de Tierra cuando Marruecos dejó de hacernos el trabajo sucio. Como Fidel Castro en el éxodo de Mariel, durante un par de días Mohamed VI abrió la cancela y dijo a sus jóvenes, ‘pasen y vean, el mundo occidental les espera’. Los que respondieron a la invitación eran víctimas de los bulos de las redes sociales, las nuevas armas de desinformación masiva, que también convencieron a los ceutíes de que había comenzando la temida invasión que tantos votos granjeó a Trump. 

El martes, en una escuela cualquiera de la ciudad empotrada en África, solo siete niños acudieron a las aulas. “¿Y cómo iba a mandar a mi niña a la escuela? ¿Para que la violaran? ¿Pues no habéis visto las manadas que andan por las calles?”, respondía sorprendida una musulmana ceutí con acento andaluz que dijo llamarse Luci. 

Era cierto que grupos de jóvenes sonrientes deambulaban por las calles, “¡Súbeme al Facebook!”, nos pedían los supuestos maleantes que soñaban con ver jugar a Cristiano y a Messi. La policía y seguridad privada custodiaban los supermercados ante el rumor, replicado en cada corrillo, de que los muertos de hambre asaltarían las estanterías. Resultó que los únicos estantes de los que se apoderaron fueron los de las naves industriales en las que encerraron a los menores de edad, tan visiblemente menores que no era posible hacer la vista gorda para deportarlos en caliente. A falta de catres, algunos cuerpos menudos escalaron los anaqueles más altos para rendirse al cansancio en una manta de la Cruz Roja. Otros se tiraron al suelo y los más seguían dando carreras por las naves en plena madrugada por no tener dónde caerse muertos. Los pocos catres disponibles se habían convertido en bancos compartidos y las estanterías de Ceuta eran las nuevas jaulas de Trump. 

En justicia a la verdad, que tanto brilla por su ausencia en los tiempos de fake news, las jaulas de McAllen y otras ciudades texanas las construyó en 2014 Obama, que deportó más inmigrantes que Trump, pero la prensa no tuvo mucho interés en aclarar algo que servía mejor a su narrativa. Lo que había añadido Trump con su política de “Tolerancia Cero” no era poco, la intencionalidad de separar a las familias como el más cruel elemento disuasorio inimaginable, que dejó sin padres a más de 5.000 niños, de los que 545 siguen huérfanos.

La mayoría de los 1.500 menores que llegaron esta semana a Ceuta lo hicieron por su cuenta. Muchos no tenían padres o solo padres que no querían saber nada de ellos. A otros, sus propios progenitores les animaron a buscar fortuna, total, en casa no hay nada que rascar. Y algunos prefirieron unirse a la pandilla sin dar explicaciones. Pero entre ellos había también mujeres malíes con bebés en brazos que habían atravesado a pie y a nado el África subsahariana huyendo de la guerra, además de desertores del Ejército sirio y refugiados yemeníes. A ninguno se le ofreció solicitar asilo político, un derecho internacional recogido en la Convención de Ginebra para aquellos con fundados temores de ser perseguidos en su país “por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas”.

Algunos llegaban al Tarajal ensangrentados, incapaces de dar un paso más, sin que la Cruz Roja, expectante, les ofreciera asistencia médica, mucho menos asesoría legal

En la Playa del Tarajal no se veía a nadie pedir la documentación ni hacer preguntas, solo culatazos y golpes de porra para que no se entretuvieran por el camino de vuelta a la valla. Por las calles ceutíes, la policía y la Guardia Civil hacían de perros motorizados al perseguir en moto a los grupos de marroquíes para empujarlos hasta el redil fronterizo, provocando más de una estampida que dejó malherido a los que cayeron en la huida. No es difícil imaginarse lo que hubiéramos dicho de haber visto eso en las calles texanas de Trump. 

Algunos llegaban al Tarajal ensangrentados, incapaces de dar un paso más, sin que la Cruz Roja, expectante, les ofreciera asistencia médica, mucho menos asesoría legal. Su presencia ha legitimado algunas de las peores violaciones de derechos migratorios que hayan visto sus propios efectivos curtidos en países como Haití. A quienes no podían subir el espigón por su propio pie les llevaban a cuestas marroquíes, a los que el Ejército español obligaba a cargarlos a golpe de porra para completar las “deportaciones voluntarias” en caliente que, según el Subcomité para la Prevención de la Tortura de Naciones Unidas, atentan contra los derechos humanos. En España son una práctica común desde la Ley de Seguridad Ciudadana de 2015, avaladas por el Tribunal Constitucional siempre y cuando –ojo al dato– no se trate de menores o colectivos vulnerables y se haga de forma voluntaria. 

Para solventar los peros, no se hacían preguntas y se señalaba como expresión de libre albedrío las maletas que arrastraba gente como Fátima, que aprovechaba la breve apertura de la verja para regresar a su hogar, después de quedarse varada en casa de su hermana desde marzo del año pasado, cuando Marruecos cerró la frontera por la pandemia. “Circulen, no pueden pararlos para hablar con ellos, lo que queremos es que se vayan”, nos apremiaban los militares españoles por la playa. Terminaban de convencerlos con porras o los escoltaban hasta la misma verja agarrados por el cuello de la camisa. Todo voluntario, por supuesto.

Los ceutíes observaban el desfile desde la carretera de arriba con gran alivio. “Que se vayan todos y podamos dormir en paz”, suspiraba Luci. En una ciudad de 85.000 habitantes habían entrado en 24 horas entre 8.000 y 9.000 inmigrantes, equivalente al 10% de la población ceutí, pero en lugar de allanar moradas, como presumían los bulos, buscaron su cartoncito y se echaron a dormir en el mejor rincón que encontraron.

A los niños que llegaron al Centro de Atención a Inmigrantes San Antonio se les pidió un PCR negativo para poder entrar y, vaya por Dios, qué fallo, nadie les había dicho que hacía falta eso para ser niño de la calle. Ni siquiera sabían que a los menores no se les puede deportar mientras no haya padres a los que entregarlos, y por tanto tienen más oportunidades de quedarse en la Península. De haberlo sabido, los que claramente no pasaban de los diez o doce años no se habrían hecho los machotes echándose más edad.

Un joven de aire afeminado y moderno corte de pelo enfrentaba resignado la vuelta a la falocracia mientras repechaba con elegancia el espigón, gabardina al hombro como si fuera por la pasarela Cibeles. Otro colectivo vulnerable del que mejor no enterarse. A un grupo de sirios y yemeníes, que se acercaron a una comisaría a solicitar asilo, les echaron con cajas destempladas y acabaron haciendo “manada” en la playa de Benítez, cerca de los baños y duchas en que podían asearse. “Sabemos que como uno robe dirán que todos somos ladrones”, aceptaba Amra Sultan, de 34 años. 

“Son traficantes, criminales, violadores y alguno, asumo, será buena gente”, dijo Trump de los mexicanos al lanzarse a la política con la promesa de mano dura en la frontera. Desde este lado del Atlántico, se le veía entonces como poco más que un payaso, otra americanada en un país que ha demostrado tener más organización y protocolos en pie que cualquiera de nuestras fronteras europeas, tras aprehender al menos un millón de inmigrantes cada año en los últimos 35. En Canarias, hace un año que las solicitudes de asilo están varadas, en Ceuta estos días ni se reciben. Cuando saltan las costuras de la pobreza en nuestros pespuntes, todos somos Trump, porque ya habrán escuchado aquello de que “aquí no hay ni para nosotros, cómo vamos a dejar que vengan más”. 

Autor >

Mercedes Gallego

Corresponsal del Grupo Vocento en Nueva York desde hace 16 años, autora del libro 'Mas allá de la batalla: Una corresponsal de guerra en Irak' (Temas de Hoy) y codirectora del documental 'Rape in the Ranks: The Enemy Within'.

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