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Proyecto Españlol

¡Presentes!

Los legionarios celebran la velocidad, la violencia y el riesgo. Caminan tan rápido que han dejado atrás el miedo y esa sensación de peligro que normalmente aparece ante una amenaza

Virginia Lázaro 11/06/2021

<p>Con razón o sin ella, Francisco de Goya y Lucientes, 1810-1814.</p>

Con razón o sin ella, Francisco de Goya y Lucientes, 1810-1814.

Museo del Prado

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Este viernes 11 de junio se presenta el proyecto Españlol, un trabajo que propone pensar acerca de la identidad española a través de una mirada descreída y nacida en la ironía. Afronta de cara las problemáticas con que nos encontramos actualmente como sociedad, tales como el presente feminista, la migración o la racialización de colectivos. Una perspectiva que se completa con un ensayo escrito por Virginia Lázaro (del que forma parte el texto que sigue), y una imagen guiada por esta investigación teórica. Se construye así un proyecto audiovisual multidisciplinar que podrá disfrutarse en disco, libro, videos y conciertos en directo. El proyecto cuenta con la colaboración de artistas como Niño de Elche, Virginia Lázaro, Toni Quiroga, Matias Uris, Caona u Omar Ayuso. 

*********************

La Legión española (originalmente El Tercio de Extranjeros, integrado por mercenarios, aventureros y prófugos, a quienes no se preguntaba sus antecedentes) es una fuerza de infantería creada en 1920 para combatir en Marruecos en la guerra del Rif. Su primer comandante fue el teniente coronel de infantería José Millán-Astray, de quien era entonces lugarteniente el comandante Francisco Franco. En aquel momento, los regulares y la legión española se constituyeron como los cuerpos de élite del Ejército español. Después, durante la Guerra Civil, el ejército colonial de África jugó un papel crucial en el avance hacia Madrid. Las unidades sublevadas avanzaron hacia allí desde Sevilla, pasando por Extremadura, y a su paso mostraron una especial crueldad.

La Legión construyó su imaginario, a través de una necro-mística, sobre una cultura de lo macabro. Su sagrado protector es, desde 1928, el Cristo de la Buena Muerte

Hoy, la Legión es un conjunto de unidades con diferente dependencia jerárquica. Es una fuerza de acción rápida, instruida para combatir a pie, y conocida por desfilar a un ritmo frenético, esquizofrénico. A paso ligero. Ciento sesenta pasos por minuto. Nadie camina a mayor velocidad. Nadie consume el tiempo, la vida, la materia, tan rápido. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Son quienes avanzan más veloces hacia el futuro, hacia la muerte, arrastrando a su paso la catástrofe. De hecho, la Legión construyó su imaginario, a través de una necro-mística, sobre una cultura de lo macabro. Su sagrado protector es, desde 1928, el Cristo de la Buena Muerte, custodiado en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Málaga. La talla original, obra de Pedro de Mena, se quemó en 1931 durante los eventos iconoclastas ocurridos unas semanas después de proclamarse la Segunda República. De ella sobrevivieron parte de una pierna y un pie. Con estos miembros como referencia, como salido de un resto encontrado en un campo de batalla, se talló el cristo que ahora se venera. Su himno no oficial es El novio de la muerte, un cuplé de la década de 1920 cantado originalmente por Lola Montes. Cuenta la leyenda que la letra de este himno se basa en los versos dejados por un legionario muerto en la guerra del Rif en 1921, escritos ante la reciente muerte de su novia. La letra excede las implicaciones de su origen, ya que el culto a la muerte en la Legión es algo que va más allá del deseo de reencontrarse con un ser querido. Glorifican la buena muerte, como si la muerte violenta pudiera ser buena, y le declaran su amor. A ella, la muerte, y no a su novia querida. 

Por ir a tu lado a verte,
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi bandera

(extracto de El novio de la muerte)

Celebran la velocidad, la violencia y el riesgo. Caminan tan rápido que han dejado atrás el miedo y esa sensación de peligro que normalmente aparece ante una amenaza. Una vez pasada esa frontera solo queda morir y matar. O como dice La canción del legionario, su himno oficial, vencer o morir. La dignidad y el honor varoniles brillan en la sangre de cristo que cae recorriendo su cuerpo. Así ocurrió en la Semana Santa de 1939, y así ocurre en el cristo de Mena. La Legión, con su mística de la sangre, encuentra en el acto de morir la forma de sublimar su existencia. Hace de ella virtud, reputación, acción heroica, y por encima de ello, patria. Su amor (el de la muerte) es su bandera. Como si la sangre y la muerte violenta pudieran, en ningún caso, ser heroicas o un buen lugar al que pertenecer. Amar la guerra y adorar la muerte de esta manera solo puede hacerse sintiendo un gran desprecio por la vida, o al menos, habiendo hecho de la muerte una cuestión de utilidad. El credo legionario contempla la máxima del espíritu de la muerte: “Morir en el combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde”. El Sprit de corps legionario implica, por lo tanto, entender la muerte como un medio con el que alcanzar algo mayor y trascendente: es la forma de alcanzar el honor. Morir es parte del acuerdo necesario para evitar la vergüenza de ser un cobarde. Cualquier bandera nacional con un ejército ondeándola pasa a adquirir una autoridad absoluta. Se convierte en la razón incontestable que genera y moviliza toda esa valentía. Pero, ¿cuál es la razón que impulsa a todas aquellas personas que se dedican a ser contratistas militares? O más bien, ¿qué moviliza la privatización de la guerra?

Mi divisa no conoce el miedo,
mi destino tan solo es sufrir,
mi Bandera luchar con denuedo
hasta conseguir
vencer o morir.
(…)
si en la guerra hallas la muerte,
tendrás siempre por sudario,
Legionario
la Bandera Nacional.
(extracto de La canción del legionario)

La celebración de la velocidad a pesar de todo, o “con razón o sin ella”, describe un movimiento de avance nacido de una fuerza destructiva imparable. Una fuerza depredadora, que sigue adelante con el único fin de seguir existiendo y que, en nombre del progreso, arrasa a su paso lo que ya estaba allí. Esta es la misma fuerza que hace ondear las banderas nacionales en los desfiles militares. Es la misma que movilizó la emisión de contratos a Blackwater en la guerra de Iraq o a DynCorp en la de Bosnia. Ariella Aisha Azoulay denomina a una fuerza muy similar (si es que no se trata de la misma) como el movimiento imperialista del progreso. Siguiendo a Ariella Aisha, la modernidad imperial requiere estar siempre en movimiento, mantener constantemente activo el proceso de expansión de lo nuevo en nuevos territorios. Nada se interpone en el camino del progreso porque, basado en el principio de lo nuevo, ha hecho de la condición de novedad su única razón de ser; además, porque progreso es un concepto que sigue teniendo un estatus de autoridad suprema, ahorrando a la gente “la responsabilidad de sus acciones destructivas, haciéndoles creer que fueron guiadas por una autoridad superior a los intereses humanos”.

 

Formar parte del ejército puede parecer un trabajo, pero es uno basado en el intercambio de tu existencia misma. En el ejército no hay derecho a la queja. Aquí, además, el sacrificio asociado al trabajo duro y el sufrimiento alcanzan un carácter extraordinario. “Somos una herramienta al servicio del Estado”, decía el coronel José Manuel Cartel. Convertirse en un asesino eficiente y obediente no es posible sino a costa de dejarse a un lado. Que un Estado tenga personas trabajando en la guerra y la muerte (bien sea a través de un ejército profesional, bien a través de empresas militares privadas) solo puede hacerse teniendo fe ciega en esa fuerza de avance imperialista que mueve el progreso. Mano de obra, trabajadores de la destrucción. Pero esta fuerza no solo es asunto del ejército. Es una fuerza depredadora que sigue guiando y regenerando la expansión colonial y el crecimiento capitalista en el presente. Es la misma fuerza que nos lleva a hacer cola durante días para comprar el último iPhone en cuanto sale al mercado. Ha impregnado todos los espacios de lo humano, y determina desde su mismo origen las maneras en que hemos construido nuestra relación con el territorio, con el tiempo, con la materia, y con otros seres. 

Desfilar ante mil ojos

Desfilamos cada día. Posteamos cada día. Vemos el reconocimiento en los ojos de aquellas personas que han venido a vernos. Nos encontramos con la afirmación en la mirada de la gente que forma filas a nuestro alrededor, y que ha acudido con el único objetivo de vernos caminar. Sus miradas no son solo de alegría, son vigilantes. Nos observan con mil ojos. Desfilamos para sabernos mirados, y ratificar que hemos cumplido con aquello que se esperaba de nuestra persona. Para ver en los ojos de los demás que, en efecto, hemos sido valientes. Para poder sentir orgullo de nuestras acciones. Alcanzar la gloria. Pero, ¿qué ocurre cuando no cumplimos con el contrato que tenemos con esas miradas? Cuando los ojos vigilantes determinan que hemos errado. ¿Qué pasa cuando alguien no acude a la llamada de su manada? 

Echar con cajas destempladas es un modismo, una expresión que significa echar a alguien de malos modos. Por lo visto, esta expresión proviene de la milicia. Cuando en el pasado desfilaban los reos hacia el patíbulo, o se echaba de un regimiento o compañía a un soldado que había incurrido en un delito de infamia, se destemplaban las cajas para acompañar su camino (se aflojaba el parche de los tambores). Es un gesto de descrédito y deshonra, que impone una mirada nacida de la vergüenza. Es una forma de señalar, de humillar, y también de ratificar el acuerdo del grupo sobre las normas acordadas. 

Hay una España que desfila orgullosa porque dice darlo todo por la patria, implique esto la definición de patria que implique. Una que considera cumplida su utilidad como sujeto en su mera afiliación. Hay una España que cree que ser parte de España es un trabajo adquirido al nacer, y que esta labor consiste en el mantenimiento del status quo. Aunque esto requiera habitar en el mismo seno de la desgracia. Una España que busca perpetuar esa imagen que ha heredado de la misma, en vez de permitir que esta cambie. Como custodios, dan vueltas a su alrededor evitando que nadie ajeno se acerque, intentando así mantenerla incorrupta. Asediando su definición. En definitiva, dando vueltas alrededor de la muerte ya que, si las cosas no tienen posibilidad de cambio y adaptación, solo pueden morir.

¿Es nuestro deber comulgar y defender definiciones heredadas, monolíticas e inamovibles? ¿Es nuestro deber ser personas bravas y temerarias, en nombre del progreso? ¿Acaso es nuestro deber perder la vida? Porque perder la vida no solo tiene que ver con nuestra propia muerte, sino con habitar el planeta bajo términos que no la permiten.

Ante esto, yo solo puedo reivindicar el deshonor, la humillación, la deshonra. Posicionarme junto a quienes escapan cuando ven a la muerte sangrienta aparecerse, y no con quienes corren hacia ella convirtiéndola en patria y trabajo. Con quienes temen y se esconden. Con las personas cobardes que aún son capaces de parar al sentir el riesgo a sus pies y el terror en la nuca, porque eso no es cobardía, sino síntoma de que no consideran la vida (propia o ajena) algo prescindible. Me alineo con aquellas personas que no son emprendedoras, las que van en retaguardia, y con las que no tienen un fin claro. Con las que no buscan una progresión hacia adelante, en un movimiento de frenético avance constante que no permite mirar atrás. Con las que pierden el tiempo, con las que se paran a pensar. Con quienes pasean en vez de desfilar. Con quienes se pierden o se quedan atrás. Con lo ineficiente y lo perezoso. Con el fracaso. Con las enmiendas, las tachaduras, las correcciones, con las fes de erratas. 

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Virginia Lázaro Villa es crítica cultural e investigadora afincada en Londres. En la actualidad se encuentra cursando estudios de doctorado en la Universidad de Goldsmiths en Londres, con una investigación que versa sobre las relaciones entre la presente radicalización de la población, el gesto iconoclasta, y en relación a los cambios sufridos por las imágenes derivados de la llegada de la esfera digital. Es licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía, con especialización en Crítica de Arte. Como divulgadora y crítica cultural ha publicado en medios como El Salto, Political Critique  o Adesk.


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Virginia Lázaro

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