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El cine sensorial de Val del Omar

El granadino ideó multitud de inventos que le ayudaron a provocar la sensación que buscaba en el espectador: que la película trascendiera a la narración

Guillermo Martínez 1/07/2021

<p>José Val del Omar en uno de sus laboratorios.</p>

José Val del Omar en uno de sus laboratorios.

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José Val del Omar no se explicaba por qué los granadinos que vivían en el Albaicín, la zona más empobrecida de la tierra nazarí, no podían acceder a la Alhambra, así que inventó el zoom para acercarles al monumento. Era 1928 y lo denominó “objetivo de ángulo variable”. Ese fue uno de los tantos artefactos que este profesional de la cinematografía pergeñó a lo largo de su vida para demostrar su forma de entender el cine. Val del Omar intentó siempre lo mismo, y llegó a conseguirlo: creaciones que interpelaban al público, con diversos recursos que acompañaban a la imagen, como la acústica y lo táctil, para llegar a la trascendencia, el concepto que le acompañaría de forma constante.

Nacido en una familia algo aburguesada, nadie se podía imaginar en 1904 qué haría a lo largo de su vida. Casi tres décadas después, llegó la experiencia que le marcaría para el resto de su carrera: el tránsito por las Misiones Pedagógicas de la Segunda República. “Ahí rodó de 30 a 40 documentales, de los que solo conservamos uno. Sabemos que algunos se los llevó Juan Ramón Jiménez a América, pero no los hemos encontrado. Sí guardamos multitud de fotos que realizó, pero no las más de 9.000 que fueron en total”, relata Gonzalo Sáenz de Buruaga, colaborador y cómplice del cineasta granadino.

Bartolomé Cossío fue el intelectual que le tendió la mano a un jovencísimo Val del Omar para enrolarse en las Misiones. También de su mano conoció a Antonio Machado, pero sería su trabajo de “misionero civil” lo que le permitiría presenciar en primera fila, junto a compañeros como Luis Cernuda, la cara que ponían pequeños y no tan pequeños al ver el cine por primera vez o cuando les explicaba obras del Museo Itinerante a los ciudadanos de los lugares que visitaban.

Val del Omar explica 'Los fusilamientos del 2 de mayo' de Goya a los habitantes de Pedraza en las Misiones Pedagógicas.

Piluca Baquero, directora del Archivo Val del Omar y sobrina nieta del personaje, relata así el futuro inmediato del artista que, entre sus trabajos para la República, llegó a confeccionar la Cartilla Escolar Antifascista: “Cuando estalla la Guerra Civil, él termina con el Gobierno en Valencia hasta que cae en manos de los franquistas. Piensa que lo van a fusilar, pero la dictadura ve que puede ser muy provechoso para sus fines propagandísticos, así que termina ideando el Circuito Perifónico. Una serie de altavoces repartidos por la capital valenciana que no dejaban de emitir propaganda: misa, toros, marchas militares y cantos de victoria, una ideación de la que siempre se arrepintió”.

Saénz de Buruaga se dio cuenta de que Val del Omar estaba más interesado en los sonidos que en el propio cine

Una llamada de este periodista un sábado caluroso de junio interrumpe a Sáenz de Buruaga. Está escuchando un concierto y prefiere terminarlo para relatar las andanzas de Val del Omar, pero también suyas, pues él mismo se casaría con su hija, María José Val del Omar. “Le conocí en 1955 y me di cuenta de que estaba más interesado en los sonidos que en el propio cine. Solo recuerdo haber ido con él a ver dos películas, 2001: Una odisea en el espacio y Ciudadano Kane”.

Inventos para un cine nuevo

Sáenz de Buruaga recuerda a una persona que trascendía el entendimiento convencional de lo que debería significar el cine, y para conseguir su propósito crea, por ejemplo, la diafonía: “La película tenía que ser un choque emocional entre el sonido que entraba por delante, es decir, detrás de la pantalla, y otro por detrás, y el espectador en medio. El sonido de delante representaba la realidad, y el de detrás era lo que él llamaba la cultura de sangre”, relata el especialista. Así pues, la reacción del espectador se encuadraba dentro de sus propios criterios, educación y prejuicios. Ese choque dialéctico era la diafonía, un elemento de sensibilización dramática para el público.

Antes de que se conocieran, Val del Omar ya había realizado algunas cintas en las que expresaba su deseo de transformación y experimentación durante su paso por el proyecto pedagógico republicano. Tal y como demuestra la publicación Val del Omar y las Misiones Pedagógicas (Comunidad Autónoma de la región de Murcia/Residencia de Estudiantes, 2003), sobresalen las cintas Estampas, Fiestas Cristianas /Fiestas Profanas y Vibración de Granada. Años después, llegaría su creación cumbre, que, en el momento de su estreno obtuvo mayor reconocimiento en el extranjero que en su país de nacimiento: el Tríptico elemental de España, compuesto por los títulos Aguaspejo granadino, Fuego en Castilla y Acariño galaico.

A través de estas cintas es posible explicar la trascendencia que llegó a tener  Val del Omar. En la primera de ellas, finalizada en 1955, ya utiliza la diafonía, habla de las cuatro culturas en Granada, incorporando a los gitanos, y el elemento que aborda es el agua. La segunda está filmada entre 1958 y 1960 con linternas de bolsillo y una cámara que data de 1928. En ella pone en práctica el desbordamiento apanorámico de la imagen, es decir, que lo proyectado se salga del encuadre de la pantalla, y la visión táctil, y el creador se centra en el fuego como elemento. Esto le hizo ganar la mención técnica del Festival de Cannes en 1961, el mismo año que Buñuel consiguió la Palma de Oro con Viridiana. La última de ellas, iniciada en 1961, buscaba el aire de Galicia y se encontró con el barro. Nunca la llegó a terminar; la acabó en su lugar Javier Codesal, en 1995.

El cine tiene que conmocionar

El exilio interior que siempre impregnó al cineasta granadino hizo que nunca hablara de lo ocurrido en España durante la Guerra Civil, que prefiriera no recordar que durante un tiempo solo pudo comer cebollas y patatas. Superó todo aquello, el tiempo pasó, la vida continuó y su cine empezó a cobrar relevancia. Tal y como expresó Berlanga en la monografía Val del Omar sin fin, escrita por el propio Sáenz de Buruaga en 1992, “Val del Omar tendría que haber sido el propulsor y una gran enseña de identidad de una empresa fallida, la de nuestra cinematografía. (…) Es uno de los últimos supervivientes de esa soberbia casta de ilustrados que tanto han hecho por dignificar el progreso científico y humanístico de España”. En palabras de Sáenz de Buruaga, “le consideran el prohombre que hubiera dado una señal distintiva de la historia de la cinematografía mundial”.

El exilio interior que siempre impregnó al cineasta granadino hizo que nunca hablara de lo ocurrido en España durante la Guerra Civil

Víctor Berlín lleva desde 2007 estudiando en profundidad la vida y obra del cinemista en cuestión: “El montaje que él hace en sus creaciones no es analítico, como el cine que ha radiado Hollywood a la industria, sino que se compone de recursos más sofisticados”. Asimismo, considera que, aunque algo desconocido, el cine de Val del Omar no es de difícil acceso para el gran público, siempre que el gran público sea capaz de superar una serie de prejuicios.

Berlín vuelve a la experiencia vivida en las Misiones Pedagógicas para explicar la obra posterior del cineasta: “En ellas, Val del Omar pudo tomar conciencia de algo muy importante, la sensación de éxtasis, de alucinación que tienen los espectadores al ver por primera vez el cine, ese estado de suspensión y fascinación que intentará reproducir en su obra de madurez y que se convierte en una especie de proyecto vital”.

Sonido, imagen, tacto

De esta forma, la acústica de sus films pasaba a ser uno de los elementos fundamentales, como bien sabe El niño de Elche. El cantante, consciente de que el granadino empezó a experimentar antes con los sonidos que con la imagen, escuchó el archivo sonoro del personaje. “Escuchar no es oír. Yo lo que hice fue escucharlo, en silencio, reflexionando por qué están ahí esos sonidos, cómo los grabó, por qué los grabó así, qué cantidad de sonidos hay, qué nos cuentan”. El Niño de Elche ha materializado esta investigación en una intervención sonora que aún se puede visitar en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. La inspiración bebe de una instalación sonora incompleta, ideada por el cineasta entre 1949 y 1952, cuyo título ha sido copiado por la actual: Auto sacramental invisible, una representación sonora a partir de Val del Omar.

Poco después llegaron los años 70, en los que Val del Omar enviudó. Fue en los años posteriores cuando Sáenz de Buruaga y su hija María José decidieron comprarle un pequeño bajo en el barrio del Pilar, en Madrid, en donde instaló su último laboratorio –llamado PLAT, por sus siglas Picto-Lumínica-Audio-Táctil– y pasó los años finales de su vida. El creador ve entonces que el cine se le queda pequeño y funda la “mecamística”, una suerte de filosofía bicéfala entre la mecánica y la mística, pues una de sus grandes influencias fue San Juan de la Cruz. “Ese working in progress que supone el PLAT hasta la fecha de su muerte, en 1982, es su legado más importante”, apunta Baquero.

En estos momentos, el Tríptico elemental de España está recorriendo el mundo de la mano de un proyecto de Acción Cultural Española (AC/E). “Val del Omar desarrolló el grueso de su carrera en la década de los 40 y 50, un momento muy árido para España y con una soledad absoluta en su campo. Era una persona que pensaba en cómo mejorar el mundo a través de la conmoción que te puede causar el cine en los sentidos. Estamos intentado contextualizar su figura y darla a conocer mediante programas divulgativos que pronto llegarán a Lyon y Frankfurt”, concluye Elena Duque, la comisaria del proyecto de AC/E.

José Val del Omar no se explicaba por qué los granadinos que vivían en el Albaicín, la zona más empobrecida de la tierra nazarí, no podían acceder a la Alhambra, así que inventó el zoom para acercarles al monumento. Era 1928 y lo denominó “objetivo de ángulo variable”. Ese fue uno de los tantos artefactos que...

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