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LA REALIDAD DEL MALTRATO

En primera línea frente a la violencia machista

Entrevista a Mercedes A., psicóloga en un centro de acogida de mujeres víctimas de violencia de género

Israel Merino 23/07/2021

<p>Mercedes A., psicóloga clínica especialista en intervención social, durante la entrevista.</p>

Mercedes A., psicóloga clínica especialista en intervención social, durante la entrevista.

I.M.

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Mercedes no sale de trabajar demasiado tarde, pero siempre vuelve a casa agotada. Es normal, en sus circunstancias. Tiene que coger el coche todos los días para llegar a su puesto de trabajo. Además, durante un buen rato.

Lleva veinte años trabajando en lo mismo, pero es difícil acostumbrarse a lo que ella hace. Existen determinados curros para los que la carne no termina de sacar callo.

Mercedes es psicóloga. Psicóloga clínica, concretamente. “Mi especialidad es la intervención social”, me explica en su salón sin bajarse la mascarilla.

Para ser más específicos, Mercedes es psicóloga clínica especialista en intervención social, experta en violencia de género, posgrado en intervención social con mujeres y máster en psicoterapia adulta e infantil. Todo esto regado con sus más de veinte años de experiencia.

Mercedes trabaja en el centro de acogida de mujeres maltratadas de Toledo, una casa cuya ubicación no puede desvelar, y en la que residen –y se refugian– mujeres que han sufrido violencia de género. “Para ser admitidas en el centro”, empieza a contar, “además de haber sufrido violencia, las mujeres tienen que estar desprotegidas. Esto puede ser por falta de recursos económicos o por una grave amenaza a su integridad física”.

No puede desvelarme la ubicación del inmueble, ni siquiera el barrio o la zona en el que se ubica, por una razón que puede sonar macabra: “Muchas mujeres que residen aquí están amenazadas. Su vida corre un grave peligro. Alguna vez se han presentado parejas o exparejas de ellas en la puerta y hemos tenido que llamar a la Policía”.

Su especialidad dentro de la psicología social le permite tratar y abordar los problemas de las solicitantes de este recurso público de forma mucho más profunda: “La violencia de género es un problema social, no clínico. El origen de este tipo de violencia es el rol que ya viene establecido en la sociedad. El patriarcado, vaya. Con la especialidad en psicología social, puedo abordar este problema desde lo preestablecido, puedo ayudar a romper el rol de género, el patrón, mientras que desde la psicología clínica puedo tratar otros aspectos como el estrés postraumático, algo muy habitual en las víctimas de esta violencia”.

Aunque su trabajo puede sonar muy abstracto, es bastante más concreto de lo que parece. De hecho, puede resumirlo en una sola frase: “Mi trabajo consiste en dar asistencia a mujeres víctimas de violencia de género y a sus hijos, siempre que sean menores. Al fin y al cabo, yo soy sanitaria. Damos un servicio urgente, como si fuéramos un refugio temporal, y un tratamiento de larga estancia, una asistencia completa. Aunque en el centro yo trabajo como psicóloga, el resto de mis compañeras, ya sean trabajadoras sociales o incluso abogadas, ayudan a ofrecer un tratamiento integral que engloba lo jurídico, lo sanitario, lo económico y lo social”.

“Muchas personas piensan que cualquier mujer en cualquier caso puede acceder a este recurso, pero no es exactamente así”, sigue explicando. “Para poder acceder a él, tiene que haber una situación de riesgo evidente”.

Durante las últimas semanas, se ha hablado mucho de la violencia vicaria, a raíz del espantoso crimen del padre de Tenerife. Sin embargo, no es nada nuevo. Es algo que Mercedes conoce desde hace tiempo: “La violencia vicaria no es otra cosa que intentar ejercer violencia sobre una persona a través de un tercero. De hecho, sería más correcto llamarlo instrumentalización de la violencia, ya que lo que denominamos vicario viene del aprendizaje vicario, que es cuando tú aprendes algo por las consecuencias que le suceden a un tercero que realiza unos actos (por ejemplo, si ves que una persona echa dinero en una tragaperras y le toca, aprendes que echándole dinero a una tragaperras va a tocar). En este caso, se ha usado a los niños como instrumento para ejercer esa violencia, por lo que no es exactamente algo vicario. Aun así, no deja de ser un crimen machista en el que un hombre posesivo intenta dañar a, en este caso, su expareja. Sigue siendo el ‘si no eres mía, no serás de nadie’, pero en este caso, con el matiz de ‘si no eres mía, vas a sufrir’”.

Los hombres siguen con el sentimiento de creerse los dueños o los protectores

Mientras que algunos siguen pensando que la violencia machista va desapareciendo con el tiempo, o que incluso es algo “de otras generaciones”, Mercedes no cree que sea así. Es escalofriante escucharla y descubrir que las chicas más jóvenes siguen sufriendo este tipo de violencia por la unión de dos factores muy peligrosos: los mitos románticos y las nuevas tecnologías. “Asociamos violencia machista a la física, pero no es así. Hay muchos tipos de violencia. Antes, entendíamos la violencia, en el contexto del patriarcado duro, como el dominio por el dominio. Sin embargo, esa misma opresión se manifiesta ahora a través de los mitos del amor romántico”.

“Aunque parezca mentira”, sigue narrando, “los hombres siguen con el sentimiento de creerse los dueños o los protectores, sin embargo, no lo manifiestan de forma directa, sino que se escudan en estos mitos o tópicos. Todo esto, con los jóvenes y la tecnología, se manifiesta a través de un control que no es directo. Por ejemplo, con el clásico ‘si me quisieras me darías tus claves (de las redes sociales)’. La base es la dominación de la mujer, pero de una forma menos directa. Ya no se exigen las claves, sino que se sonsacan a través de la idealización”.

“También es cierto que lo que realmente ha aumentado es la visibilidad, sin que sepamos hasta qué punto lo han hecho también los casos. Ahora sabemos más de violencia. Todos tenemos más información. Todos estamos más sensibilizados. Aun así, seguimos conociendo, en la mayoría de las ocasiones, la punta del iceberg de la violencia. Sabemos mucho de asesinatos y violaciones, pero muy poco de lo que hay debajo de la pirámide”.

“Respecto a la visibilidad de la violencia machista”, dirige la conversación, después de unos sorbos de agua, hacia el documental, emitido en Telecinco, sobre el caso de Rocío Carrasco. “Es muy importante que se emitan programas como ese. No voy a entrar en la discusión respecto al circo mediático o el tratamiento que se le ha hecho a la cobertura, pero estas cosas son imprescindibles, ya que muchas mujeres pueden verse reflejadas en ella. El perfil de víctima no existe en la violencia de género, por lo que muchas mujeres que sufren de violencia pueden entender, al ver ese documental, que si una mujer como Rocío, que puede considerarse una privilegiada, ha sido violentada de esa forma, cualquiera puede sufrirlo. A la gente famosa se la idealiza. Si se muestra que ellas también pueden sufrir violencia machista, cualquier mujer ‘normal’ puede darse cuenta de que no es algo marginal”.

“De hecho”, continúa, “es tremendamente importante que la mujer violentada se dé cuenta de que lo es. Yo he tenido a una señora sentada en mi despacho que ingresó de urgencia, que estaba en un grave peligro, pero que, como no recibía palizas literales de su marido, no se sentía una mujer maltratada”.

“Su marido la amenazaba. La agarraba del cuello en la cocina (a través de la terapia, nos dimos cuenta de que lo hacía siempre en la misma esquina). La metió en unos líos legales espantosos porque falsificaba su firma. La arruinó por completo, tanto mental como económicamente, y ella no fue capaz de darse cuenta hasta después de bastantes sesiones de terapia. Por eso es tan importante que las mujeres víctimas se vean reflejadas en otras víctimas y entiendan que lo son”.

“Es muy complicado”, sigue argumentando, “que la mujer se dé cuenta de que es víctima de la violencia. Muchas veces, incluso, son ellas mismas quienes tienden a justificarlo usando frases, en los casos más extremos, como ‘me ha pegado porque me he puesto muy histérica’. Es la racionalización de la violencia. Las víctimas la usan, además de los maltratadores, por lo que hay que tener cuidado. Si a esto se le suman las promesas de cambio de estos mismos maltratadores, como el no lo volveré a hacer, nos encontramos con una situación muy peligrosa de la que hay que sacar a la víctima cuanto antes”.

Respecto a las promesas de cambio de los maltratadores, Mercedes también tiene algo que contar. En muchos de los casos en los que ha trabajado, se encuentra con lo que se denomina “luna de miel”, una de las fases de la violencia en la que el maltratador consigue convencer a la víctima de que realmente ha cambiado para seguir violentándola más adelante. “La teoría de los ciclos de la violencia que expuso Lenore Walker en el año 79 explica qué funciona en las mujeres víctimas de violencia para que ellas sigan con sus agresores”.

No existen el perfil ni de víctima de violencia de género ni de maltratador. Las condiciones socioeconómicas, en estas situaciones, no importan

“Según esta teoría, es un ciclo vicioso que está formado por tres fases que se repiten. En primer lugar, la fase de acumulación de tensión. En ella, la mujer ve cómo su pareja se pone cada vez más nerviosa hasta que llega la segunda fase: la de la explosión. En este punto es cuando se produce la agresión, ya sea física o psicológica. Aquí la mujer se da cuenta de lo que pasa y tiene que soportar toda la violencia. Esta fase puede durar minutos, días, semanas o incluso meses”.

“Una vez que esto acaba”, continúa relatando, “y la mujer queda devastada por toda la situación, empieza la ‘luna de miel’. El maltratador se arrepiente, se da cuenta de lo que ha hecho, le hace ver a su pareja que ‘se ha pasado’ y pide perdón. Llora, suplica, le dice que hará lo que haya que hacer; si son creyentes irá a misa, si él es alcohólico dejará de beber, pero todo momentáneo. Cuando esta fase acaba, se retoma de nuevo la tensión-explosión. De hecho, en los casos más crónicos ya no hay luna de miel. Solo se repiten las dos primeras fases”.

Aunque puede sonar a una teoría académica alejada de la realidad, Mercedes es capaz de ilustrar la hipótesis de Walker con un caso que ella misma ha tratado: “Hace un tiempo, llegó una mujer al centro. Vino por la vía de urgencia. Cuando la empecé a tratar, me sorprendió verla repleta de joyas. Resultó que el maltratador, su marido, después de golpearla y violentarla, le regalaba joyas carísimas. Esa era su ‘luna de miel’. Proveerla de oro y mostrar su arrepentimiento de esta forma”.

Pese a que en el imaginario popular existe la creencia de la violencia de género como una lacra dentro de los barrios más desfavorecidos, lo cierto es que la realidad es muy distinta: “No existen el perfil ni de víctima de violencia de género ni de maltratador. No los hay. Las condiciones socioeconómicas, en estas situaciones, no importan. Es cierto que son las mujeres con menor poder adquisitivo las que acceden a recursos como el que nosotros prestamos, pero eso es porque la mujer que tiene recursos puede huir de su maltratador. Coger los bártulos e irse. Pero la que no los tiene, no”.

Mercedes quiere concluir la entrevista recordando uno de los casos que más le ha impactado a lo largo de su carrera.  “Hace ya algún tiempo, nos llegó al centro una chica completamente destruida. Muy joven, además, y de buena familia. Ella se había enamorado de un hombre con mujer e hijos, el típico caso de doble vida, y él le había prometido que iba a dejar a su esposa para irse con ella”.

“Ella vino al centro en tres o cuatro ocasiones porque su vida corría un riesgo potencial, pero siempre retomaba la relación por miedo a quedarse sola y sin recursos económicos, ya que ella tenía un bebé y había roto relaciones con su familia. Hasta que, en determinado momento, él consiguió convencer a las dos mujeres para irse a vivir todos juntos”.

“Vivía con la esposa de él, pero la chica tenía un estatus diferente, ya que era una especie de asistenta, que solo se encargaba de las tareas del hogar. A él le daban brotes agresivos, hasta el punto de que la pobre, en varias ocasiones, llegó a dormir desnuda y atada a un olivo que había en la finca”.

“Las dos mujeres dormían juntas, en la misma habitación, y él, cada noche, elegía a ver con quién se acostaba.. Ella, además, no tenía nada de dinero. Si tenía que salir a comprar, el dinero se lo daba él, y tenía que salir mirando siempre al suelo, sin hablar ni interactuar con nadie. Además, este señor tenía un bar de copas, era un tipo con pasta, y la metió a trabajar allí en unas condiciones casi de esclavitud. Por supuesto, con violaciones y palizas de por medio. De hecho, llegó a quedarse embarazada en varias ocasiones y se vio obligada a abortar”.

“Después de varias fugas y después de varias entradas y salidas del centro, esta mujer empezó a recuperarse. Empezó a estar mucho mejor y consiguió romper las relaciones con este tipo. Además, fue viendo la luz. Empezó a ser feliz, a disfrutar de los pequeños detalles. Recuerdo que una vez me dijo: ‘es que ahora, Mercedes, oigo a los pájaros cantar. Disfruto de ver a mi hija lavándose los dientes’. Fue rehaciéndose”.

“La chica, que tiene una garra y una fortaleza increíbles, consiguió salir independiente del centro, se preparó una oposición, consiguió una plaza fija y ahora mismo está estudiando psicología. Él, por supuesto, sigue pudriéndose en la cárcel”.

Mercedes no sale de trabajar demasiado tarde, pero siempre vuelve a casa agotada. Es normal, en sus circunstancias. Tiene que coger el coche todos los días para llegar a su puesto de trabajo. Además, durante un buen rato.

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