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CROWDKILLING (I)

Verano negro

Primera de las tres entregas de ‘Crowdkilling’, un deslumbrante relato sobre los crímenes sistémicos en los que todos participamos

Víctor Sombra 7/08/2021

<p>Un canguro pasa corriendo junto a una casa en llamas en el lago Conjola, Australia, el martes 31 de diciembre de 2019. </p>

Un canguro pasa corriendo junto a una casa en llamas en el lago Conjola, Australia, el martes 31 de diciembre de 2019. 

MATTHEW ABBOTT

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Entre 2019 y 2020 Australia sufrió una ola de incendios sin precedentes. Se calcula que entre junio de 2019 y mayo de 2020 ardieron cerca de veinte millones de hectáreas de bosque y matorral, y más de nueve mil edificios. Murieron treinta y cuatro personas durante los incendios y 445 más tarde, como consecuencia de la intoxicación por humo. El desastre tuvo un alcance global. Aunque los incendios que asolaron Nueva Gales del Sur y Victoria fueron los que recibieron más atención mediática, al golpear las áreas de mayor densidad de población, todas las regiones australianas sufrieron el embate del fuego: Australia Occidental, el Territorio del Norte, Queensland, Tasmania y Australia Meridional. En las fotos por satélite distribuidas por la NASA se aprecia que las columnas de humo cubrieron más de diez mil kilómetros, alcanzado las costas de Sudamérica. Los australianos bautizaron como ‘Verano Negro’ el periodo más álgido de esta ola infernal, los meses inmediatamente anteriores y posteriores al Año Nuevo.

El 17 de noviembre de 2019 el fuego alcanzó una pequeña localidad agrícola cuyo verdadero nombre omitiré en razón de los datos personales que desgranaré más adelante. A efectos del relato convengamos que el pueblo se llamaba Lothe. El fuego asoló la práctica totalidad de sus granjas y plantaciones, con grandes pérdidas en animales, cosechas y almacenes agrícolas. Las llamas acabaron devorando doce viviendas y numerosos vehículos, incluyendo la práctica totalidad de sus camiones y tractores. Fallecieron un total de cinco personas. 

La víspera de la tragedia, el humo parecía alejarse por el horizonte, pero cuando el fuego giró sobre sí, encarando el pueblo, todos corrieron: los paisanos buscando medios de protección y escape, y el fuego detrás, saltando de arbusto en arbusto como si solo ardiese para alcanzarlos. En las horas previas a la tragedia muchos buscaron en la ferretería local herramientas adicionales para combatir el fuego. Al principio buscaban hachas, palas y picos para desbrozar maleza, talar árboles o cavar zanjas, pero al final solo querían mangueras, bombas de agua y extintores. La ferretería y almacén Forno, que durante tres generaciones había surtido a los vecinos de Lothe de todos los útiles necesarios para afrontar la ruda vida del campo australiano, se mostró incapaz de facilitarles los medios necesarios para salvar sus cultivos y propiedades. Las herramientas que se precisaban no se encontraban en la tienda, sino en un almacén en ese momento inaccesible por su proximidad a las llamas. Tampoco fue posible pedir más tarde explicaciones al dueño, ya que el negocio y la casa adyacente acabaron siendo pasto de las llamas, pereciendo sus propietarios, Lawrence y Berenice Forno, y su hija de siete años.

La investigación sobre lo sucedido fue somera. Los Forno eran vecinos y comerciantes ejemplares. Si no facilitaron en aquella ocasión las herramientas necesarias para combatir el fuego había sin duda una buena razón para ello. Tampoco se sabe si esas herramientas de última hora hubieran cambiado gran cosa. Y, de haber sido así, si hubieran podido corregir el curso funesto de las llamas, nadie tenía más razones para lamentarse –y menos capacidad para hacerlo— que los Forno. 

Por no hacerlo sobre el horror particular, se aceptaba hablar por vez primera de las causas globales de la tragedia. La desgracia no se limitaba ni a Lothe ni a las localidades vecinas. Los custodios tradicionales de la tierra habían denunciado durante años el peligro que entrañaba la conjunción de una prolongada sequía con la densa maleza que se extendía entre las plantaciones y viviendas. Los aborígenes asociaban el riesgo al cambio climático y a las modalidades industriales de explotación del territorio (agricultura, ganadería y minería) que empobrecían el suelo y eliminaban los recursos autóctonos –plantas, irrigación natural de los cauces– para afrontar aquel.  

Si bien el zarpazo del fuego fue brutal en todas partes, Lothe no solo destacó por su alta mortalidad. Una serie de fotografías de los estragos del incendio muestran otra particularidad insospechada. Entre los restos humeantes del bosque, cubierta por un tronco medio quemado, se descubrió una enorme mancha de materia plástica pegada contra el suelo. En ella se distinguen cuatro grandes ojos de goma licuados y vueltos a solidificar, desfigurados, detenidos en un temblor que mira en todas direcciones y refleja el horror del entorno ennegrecido.

Papeles

La información del incendio en Lothe fue recopilada por Amalia Pangaso en el curso de sus investigaciones en torno a la delimitación entre ocio y trabajo. Amalia Pangaso, socióloga especializada en relaciones laborales, dejó sobre la mesa de su despacho en Madrid el borrador de un artículo entre cuyas páginas se intercalaban las fotografías del incendio de Lothe, con su enorme mancha amarilla entre tocones humeantes de eucalipto. 

La señora Pangaso se jubiló hace tres años tras una larga carrera que la llevó del departamento de relaciones internacionales de la UGT a convertirse en consultora externa de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Para entonces su marido, Eduardo, ya estaba prejubilado del banco en el que había trabajado toda su vida. Aunque la consultoría liberaba a Amalia del régimen de horarios y reuniones de oficina, posponía el deseo de ambos de trasladarse a Murcia, de donde era Eduardo, y encarar los días venideros sin más horizonte que la línea del mar sobre la playa. Aunque en varias épocas de su vida había echado en falta los hijos que Eduardo no podía tener, y hasta llegaron a plantearse la adopción, ahora veían las ventajas de no haberlo hecho. Su soledad reforzaba el vinculo entre ellos, resaltaba sus dos figuras frente al mar, les daba un perfil épico, fundacional, como si empezaran una etapa completamente nueva, exclusivamente suya. Finalmente, Amalia aprovechó una restructuración en su departamento para despedirse de la OIT y se trasladó con Eduardo a un pequeño apartamento en la playa de Águilas. Se trataba de un domicilio provisional, una etapa intermedia para localizar la casa soñada frente al mar, que comprarían con el dinero de la venta del piso de Madrid. 

Cuesta creerlo, pero dos meses después Amalia estaba de vuelta en Madrid, retirando de la ventana el cartel que anunciaba la venta del piso. Se consolaba diciendo que al menos habían podido cumplir sus sueños: esos pocos días en que Eduardo y ella salieron temprano a caminar por el paseo marítimo, debatiendo cuál sería la mejor terraza para desayunar. Su entusiasmo ahora la avergonzaba, esa forma de otear el paisaje marino y probar el café de cada terraza como si fundasen una colonia en un paraje remoto y escogieran el mejor arroyo para abastecerse. Una breve sucesión de días felices, previstos y diferentes, que se rompió la mañana en que volvieron antes de tiempo por la indisposición de Eduardo, que al llegar a casa se tradujo en un infarto fulminante. Mientras esperaba la ambulancia, Amalia le miraba, sin parar de llorar, varado en el sillón, frente a ese mar tan esquivo y anhelado. Se asombraba de que, sin respirar, hubiera adoptado la posición exacta de cuando se echaba la siesta. 

Tras unos meses especialmente amargos en Madrid, Amalia decidió trasladarse a la residencia que ocupaba Hortensia, una vieja amiga de infancia. Le agobiaba dormir sola en su piso vacío, tan lleno de recuerdos. La residencia le permitía estar más acompañada y beneficiarse de los servicios de cocina y limpieza, dos actividades que nunca le habían gustado y que cada vez se le hacían más cuesta arriba. El mar había sido un horizonte compartido con Eduardo. Ahora que le daba la espalda, podía conservar su piso, situado a tres manzanas de la residencia y al que acudía a diario para leer y trabajar. Escribir le procuraba una sensación de equilibrio frente al pasado, atemperaba los vaivenes de la pena, los súbitos abismos del recuerdo. Se limitaba a escribir sobre asuntos que quedaban fuera de las revistas especializadas, áreas limítrofes por las que sentía una curiosidad que no había tenido tiempo de satisfacer. Adentrarse en esos temas era un desafío: requería un tono diferente al de los combativos análisis del sindicato o los procelosos y eufemísticos informes para la OIT. 

La combinación de despacho y dormitorio, piso y residencia, le permitía cambiar de aires cada día y dar esos paseos que tanto le encarecía el doctor, uno por la mañana para ir a casa, otro por la tarde, de vuelta a la residencia. Su amiga Hortensia conocía allí a todo el mundo. Ella misma se calificaba de influencer cenital delegada para asuntos sociales. Aparte de su núcleo de amistades más cercano, que Amalia hizo suyo muy pronto, le fue presentando a otros residentes, cuya presencia pautaba para tener siempre algo interesante en la mesa del comedor, como si todos estuvieran allí para escuchar el caudal reposado de la experiencia más variada, decantada a lo largo de tantos años.  

«Mira lo que te tengo hoy preparado», le decía al volver por la tarde a la residencia. Su amiga tenía una habilidad especial para combinar a los comensales y proponer sucesivamente temas de discusión. Al principio Amalia pensó que lo hacía por animarla, pero pasados varios meses seguía organizando animadas cenas y briosos desayunos centrados en el futuro de la tipografía, la preparación del cocido maragato o la vida cotidiana en el Sidi Ifni español. Se dio cuenta de que era más bien una cuestión de supervivencia. Si se perdía el tono analítico y conversacional, la residencia podía ser un lugar temible. Al abandonar el sentimiento de una experiencia aprovechable, los mayores caían en intrigas en torno a las cartas o el dominio, las mejores plazas en la sala de televisión o las raciones de la tarta de cumpleaños. «Nada que dar, nada que perder». Amalia llegó a la conclusión de que, entre todas las banderías y disputas de grupo, las peores no eran ni las del banco que le relataba su marido, ni las del sindicato y la OIT, que había sufrido en persona, sino aquellas a las que se entregaban quienes habían participado en todas las anteriores cuando se jubilaban. «No pierdas la ocasión de salir del mundo maldiciendo a tu vecino», se decía con una sonrisa triste al oír algunos relatos de su amiga. 

El 5 de marzo de 2020, diez días antes de la declaración del estado de alarma por causa de la pandemia, se restringieron las visitas a las residencias. La encargada de su planta le recomendó que aplazara sus salidas diarias. A ella le pareció razonable, teniendo en cuenta lo que se oía en las noticias, el número creciente de ancianos infectados y fallecidos. Sin embargo Amalia se sintió pronto atrapada, inquieta. El desdoblamiento de espacios al que había adaptado su rutina le servía para organizar sus intereses y aprovechar estratégicamente la energía que les dedicaba. El confinamiento le impedía ahora hojear sus manuscritos, consultar sus libros y, peor aún, le dejaba sin saber cuándo podría hacerlo. Tenía allí pocos papeles para distraerla de ese caudal de noticias al tiempo precisas y confusas, siempre alarmantes, sobre un mundo que se oscurecía cada día un poco más. Lo hacía añadiendo nuevas restricciones en distintos lugares y tiempos, en función de un patrón desconocido pero difundido a escala global: cierre de escuelas, cines, teatros, procesiones, reuniones, manifestaciones, restaurantes, y finalmente, imposibilidad de salir a la calle. Este final era lo único común a la secuencia: el confinamiento, la confirmación de un mundo más pequeño y oscuro. Algo así como el momento en que, tras una serie de trámites y recorridos por largos pasillos, la puerta de la celda se cerraba a nuestra espalda. 

El 16 de marzo una llamada inesperada le ofreció una forma vicaria de contrarrestar el confinamiento. Ya que no podía desdoblarse, se aliaría con quien podía ocupar su lugar. Y le haría un favor a su amigo, el profesor Chichepotiche, al que la declaración del estado de alarma le había sorprendido de visita en la ciudad.

            —¿A quién se le ocurre viajar con la que está cayendo, Chiche? 

            —Tienes razón Amalia, sí, no lo niego, pero se puede estudiar en muchos lugares. Y las noticias de la pandemia me inquietaban, como si anunciaran por partes el desastre global que se avecina. Y me dije que antes del fin del mundo quizá había tiempo para visitar una exposición o una biblioteca y pasear con una amiga, y en el peor de los casos, quedar atrapado en otro lugar.  

            —Ahí acertaste, Chiche. Ya no puedes volver a Ginebra. Hoy han cerrado las fronteras.

El profesor renegaba de su nombre de pila, Ernesto, que le parecía impostado, y prefería que sus amigos le llamasen simplemente Chiche. Como en otras ocasiones, no quedaba muy claro si estaba en Madrid por ocio o por trabajo. Hablaba vagamente de exposiciones y de visitas a la Biblioteca Nacional, pero también del ensayo que estaba escribiendo. El profesor no tenía prisa. Ya jubilado, preparaba morosamente cada texto y a menudo ni llegaba a publicarlos, servían tan solo como guiones para sus intervenciones en las tertulias del café y otras reuniones de amigos.

            —No puedo salir, pero puedo seguir trabajando —dijo el profesor Chichepotiche.

Lo cierto es que desde que llegó los empleados del hotel le miraban  con cierto recelo, sin que él supiera si lo consideraban fuente de contagio o de obligaciones laborales impropias de un tiempo que exigía quedarse en casa. Con la llamada, Chichepotiche solo buscaba charlar con Amalia, rememorar sus viejos paseos, ya que no podrían recrearlos. Nunca previó que Amalia le ofrecería trasladarse a su piso. Menos aún que le animara a hojear sus libros y leer lo que tenía sobre la mesa.

            —Así mis papeles y los tuyos no estarán solos, Chiche. Hasta podremos comentarlos por teléfono… Sobre la mesa encontrarás el borrador de dos ensayos que estoy escribiendo sobre los límites del trabajo. El primero se centra en la relación, cada vez más porosa, entre ocio y trabajo. Trata de los flotadores de secano, un curioso artilugio desarrollado en el occidente australiano. El otro ahonda en la relación del trabajo con la ética, cosas que tenemos que hacer más allá de la tarea asignada. Para este me sirvo del ejemplo de un grupo de sanitarios madrileños que investigó una grave intoxicación a principios de los años 80. Lo hicieron contra las instrucciones de sus jefes mientras morían cientos de personas sin que nadie supiera las causas…

La oferta no cayó en saco roto. Desde que se conocieron, hacía ya más de diez años, les encantaba conversar sobre sus respectivos proyectos. Lo habían hecho en los viajes periódicos de Amalia a Ginebra para sus reuniones en la OIT, a los que más tarde se unieron las visitas del profesor a Madrid, que él vestía con explicaciones sobre su pasión por los museos y la Biblioteca Nacional y la práctica del español, pero en las que la conversación con Amalia, y algún almuerzo al que se unía Eduardo, ocupaban siempre el lugar central. En sus conversaciones tejían una red ancha que abarcaba literatura y sociología y los proyectos concretos de cada uno, pero también chascarrillos sindicales y universitarios; y la iban largando mientras paseaban por el borde del lago Leman o la plaza de Plainpalais en Ginebra, o por la ribera del Manzanares. Al profesor Chichepotiche le pareció que, a falta de poder caminar juntos, recorrer la biblioteca de Amalia Pangaso y hojear su escritos y libros sería una forma nueva de continuar conversando. Esta impresión quedaba acentuada por la vista de Madrid Río que disfrutaba desde la mesa de Amalia.

Bichitos

Parte de la sintonía entre Chichepotiche y Amalia Pangaso tenía que ver con el gusto común por la interdisciplinariedad. Desde niño Chichepotiche se había debatido entre las letras y los números. Tenía claro que eran los hechos, y no las palabras, los que regían el mundo, y que la economía era la capacidad de anticiparlos, modificarlos, planificarlos. Su abuelo, un viejo comerciante de Salónica, le animó siempre a emprender los estudios que él no había podido tener. Sin embargo, para Chichepotiche el análisis numérico por sí solo era incapaz de captar la dimensión especular de la relación con el dinero y las mercancías. Le obsesionaba la diferencia entre lo que queremos y lo que necesitamos, y cómo conceptos como el miedo, la vanidad o la rebeldía podían traducirse en cifras. La literatura ofrecía un ángulo inmejorable para observar ese reflejo anímico de la economía; por así decir, la psicología del dinero. Sus anotaciones en cuentos y novelas eran sorprendentes: cifras y más cifras ocupaban los márgenes, traduciendo en cada página lo que decían el narrador y los personajes. Si no era capaz de ver el dinero, el texto no le interesaba. No era “contante y sonante”, decía, y pasaba las páginas con un gesto despreciativo, como si tuviera entre los dedos papel moneda falso. 

Pese a que Amalia no era la única persona que insistía en llamarle profesor, y por mucho que él lo aceptara con una sonrisa apagada, solo lo era circunstancialmente. Había estudiado economía en la Universidad de Ginebra, pero su tesis doctoral se centró en el tratamiento del dinero en Madame Bovary de Flaubert. La formación de un tribunal de tesis resultó ardua por la cantidad de formulas econométricas intercaladas en el análisis textual. Nunca se planteó otra cosas que seguir estudiando y escribiendo, y las clases le parecían un modo de compensar socialmente esas tareas solitarias. Sin embargo, ni la facultad de Letras ni la de Economía se mostraron impacientes por contarle entre sus filas. No apreciaban su manera de situarse en el vértice de las disciplinas y de utilizar argumentos que quedaban fuera del alcance de sus interlocutores. Muchos le consideraban fútil y pedante. El recurso a la matriz de Leontief en un curso sobre Walter Scott no fue mejor recibido que su perorata sobre el deseo en san Juan de la Cruz cuando se discutía la ecuación inversa de demanda. Al final, Chichepotiche tuvo que conformarse con un empleo de investigador en una pequeña fundación municipal centrada en los estudios culturales. De vez en cuando alguna de las dos facultades lo llamaba para completar un seminario de alcance especialmente amplio o para cubrir la baja médica de algún profesor. Y si nada de esto sucedía y el periodo de reclusión investigadora se prolongaba demasiado, Chichepotiche rompía el enclaustramiento con unos cursos de francés o matemáticas para inmigrantes en la Universidad Obrera de Ginebra. 

Había conocido a Amalia en un seminario hacia más de diez años, y enseguida le deslumbró la originalidad de sus planteamientos. Amalia no parecía advertir esas barreras entre las disciplinas que tanto incordiaban a sus colegas universitarios. Y si en sus reuniones sentía alguna prevención al abordaje desconsiderado de las distintas materias, en cuanto salía de la OIT y se encontraba con Chichepotiche en la ciudad, todas esas parcelaciones desaparecían y se entregaban juntos a una charla que no dejaba ni disciplina ni autoridad académica en su sitio. Otra cosa que le gustaba de Amalia era cómo procedía en sus indagaciones, que se basaban en gran medida en formular preguntas sucesivas, en una especie de actualización del método socrático. La pregunta a veces cambiaba ligeramente, pero a menudo era la misma, formulada en otro contexto. Poco a poco iba alterando el pasaje en que se proyectaba la pregunta para alumbrar distintos aspectos del objeto de su análisis. 

Ella también disfrutaba de lo que llamaba sus charlas chichepotianas, hasta el punto que desde que se jubiló se propuso analizar más seriamente algunas de las cuestiones que había compartido con el profesor en sus paseos, que él llamaba, para vengarse, las tareas del consultor fantasma, las que nadie nunca le encargaría. Durante años Amalia se había ocupado de analizar las reformas laborales de distintos países a partir de estudios econométricos. Ahora quería centrarse, sin aparato estadístico, como un trapecista sin red, en los limites del trabajo. De esos límites trataban los dos artículos que Chichepotiche encontró en su mesa, cada uno centrado en una frontera distinta. 

En el piso vacío, frente a la fresca hendidura que Madrid Río abre en el cuerpo de la ciudad, Chichepotiche leyó primero el borrador sobre los límites entre ocio y trabajo. No entendía por qué el incendio de Lothe se encuadraba en ese artículo, pero el caso le pareció interesante por sí mismo. Aunque el borrador era muy preliminar, la documentación era abundante y variada. Había informes policiales y del servicio forestal australiano, mapas de Lothe y del curso seguido por las llamas, con señalamiento de los lugares en que se levantaron los cadáveres. Y también una información más personal, compuesta por diagramas y dibujos rudimentarios de Amalia, así como testimonios de testigos y víctimas del fuego; era esta la que Chichepotiche prefería consultar cuando se daba un respiro en sus propias tareas o cuando se llevaba algo de lectura a la cama. Amalia le había pedido que se instalase en la habitación de invitados, pero, sin contrariarla de palabra, él se acostaba cada noche en la cama de su amiga. 

La lectura del incendio de Lothe resultaba tristemente amena antes de dormir. Sus párpados se vencían frente a los eucaliptos envueltos en llamas, el viento de fuego que siega los campos de cebada, su rastro de humo espeso, el olor a carne y lana quemada cuando se dirige, colérico, a los rebaños. «¡Qué pastor elocuente!», murmura con los ojos cerrados, ante el crepitar de las llamas. Chichepotiche reconocía que había un punto morboso en el contraste entre su propia seguridad y descanso, casi abrazado por ese colchón mullido, envuelto en sábanas impregnadas del olor y el tacto de Amalia, y el triste destino de aquella lejana y aislada comunidad rural. 

El borrador del artículo de Amalia no desvelaba el misterio del origen de la mancha amarilla de ojos deformes, pero en una de las carpetas con documentación Chichepotiche encontró datos que ella había subrayado pero no había pasado aún a limpio. Al parecer, los investigadores enviados por el Gobierno federal australiano tomaron muestras de la mancha amarilla y llegaron a la conclusión de que procedía de los flotadores de secano. Se trataba de un producto que se había popularizado entre los mineros de los desiertos del Occidente australiano, que cumplían largas jornadas bajo condiciones de sequedad y temperatura extremas. Los mineros se ponían los flotadores en ratos de descanso, pero también cuando llevaban a cabo tareas rutinarias de carga y descarga de gangas, filtrados y preparación de los envíos de material, incluso lo hacían quienes trasportaban el mineral en grandes camiones hacia la costa. Tal y como rezaba el prospecto de uno de estos dispositivos, incluido en la carpeta de Amalia, era «una forma de acceder en medio del desierto a una experiencia acuática, o al menos refrescante».

Ya no hacía falta un largo viaje a la playa, ni acercarse a la piscina o el arroyo. Ni siquiera hacía falta dejar de trabajar, lo que era importante cuando se trataba de jornadas extenuantes pero muy bien retribuidas. Al ponerse el flotador, un frescor incomparable se extendía por la cintura y las ingles al resto del cuerpo, al tiempo que se generaba un leve balanceo idéntico al que siente quien flota en el agua. Tanto la temperatura como el movimiento se lograba mediante corrientes refrigeradas de turbo-propulsión. El modelo Premium tenía una conexión Bluetooth que permitía acompasar el sonido y balanceo al oleaje de distintas playas australianas. El pato era fácilmente recargable y contaba con una autonomía de diez horas. 

En una nota, Amalia subrayaba que este entrelazamiento entre ocio y trabajo no era completamente inédito en los trabajos especialmente penosos. El papel de los flotadores de secano había sido comparado al que en el pasado cumplieron la copa de aguardiente de los albañiles que subían cada mañana al andamio, o al ron de la zafra, pero con notables ventajas para la salud y seguridad en el trabajo. Se trataba de trasladar la faena a un entorno referencial diferente, donde esta perdía peso y sus contornos se redondeaban.  

Los investigadores no habían visto nunca estos flotadores tan lejos de su lugar de uso habitual. No se imaginaban a los devotos pastores y campesinas de Lothe, la mayoría pertenecientes a la misma secta anabaptista, balanceándose en medio del campo con sus cabezas de pato, los ojos cerrados y el cayado o la azada apoyados en el suelo. Sin embargo, en la mancha amarilla los investigadores encontraron restos humanos. Dientes y huesos aparecían hundidos en la masa plástica como las nueces de un bizcocho. Inicialmente, se barajaron dos hipótesis igualmente preocupantes. Que los trabajadores quedaron tan absortos en su contexto aviar que no vieron llegar la desgracia. O que al verla llegar, y constatarla como inevitable, hubieran decidido tomar rumbo en otro espacio.

El segundo artículo, sobre la frontera ética del trabajo, estaba más avanzado. Se centraba en cómo, a veces, la vida se situaba fuera del trabajo; es más, el trabajo actuaba contra ella o se identificaba directamente con la muerte. Se podría pensar que Hannah Arendt ya lo había dicho todo al respecto en su relato del proceso de Eichmann, pero Amalia Pangaso buscaba situaciones más cercanas, menos contrastadas. No le valía que el cumplimiento laboral fuera una actividad genocida, sino contextos en que la labor que se realizaba fuera positiva pero hubiera que romper el marco laboral para alcanzar un bien mayor fuera de las tareas asignadas. Para ilustrar su hipótesis había escogido el caso de un pediatra de urgencias de Madrid que en 1981, en compañía de sanitarios de distintos centros, formó una grupo semiclandestino para descubrir las causas de las muertes que asolaban la ciudad y que las autoridades atribuían erróneamente a un virus. Se embarcaron en un ensayo secreto, suministrando distintos medicamentos a los pacientes y descartando así que los cientos de enfermos que abarrotaban los hospitales con neumonía y otros síntomas graves fuesen víctimas de un virus, una bacteria o de una alergia. 

Se dieron cuenta de que pacientes situados en la misma planta del hospital no se contagiaban unos a otros, ni tampoco al personal sanitario que los trataba. El patrón de contagio resultaba increíblemente caprichoso. En cambio, todos los enfermos procedían de barrios de pocos recursos y no había bebés entre ellos. Pasaron entonces detalladas encuestas a los pacientes sobre sus hábitos alimentarios e identificaron bidones de cinco litros de aceite de colza, vendidos en mercados ambulantes, como el origen de una intoxicación alimentaria masiva. Se estaba desviando aceite de uso industrial al consumo humano. Para ello se aplicaba un potente decolorante, la anilina, que eliminaba el marcador que permitía visualizar que el aceite no era comestible, y era este decolorante, el mismo que engrosaba los beneficios de los industriales que daban otro uso y precio al producto, lo que estaba matando a la gente en los barrios. 

Hasta la intervención del grupo del doctor Casado la versión oficial era que se trataba de un virus, «un bichito que si se cae al suelo se mata», como dijo el ministro de Sanidad, Jesús Sancho Rof. Sólo que este bichito nunca se caía. Nadie obligaba al joven doctor Casado ni a sus colegas a embarcarse en las pesquisas que desmontarían el trapecio imposible del bichito, es más, al hacerlo contravenían las directivas oficiales, por lo que tuvieron que actuar con extremada cautela. Sin embargo, Casado y sus compañeros continuaron sus ensayos hasta formular y confirmar la hipótesis del aceite y salvar así muchas vidas. Hacerlo les dio una extraordinaria seguridad. Cuando Casado y su equipo llegaron al convencimiento de que el aceite adulterado de colza era el origen de las muertes, se presentaron a las autoridades y les amenazaron con acudir a la prensa si no se detenía inmediatamente su venta. 

«¿Es esto trabajo fuera del trabajo?», se pregunta Amalia Pangaso. Se da aquí la asignación de un trabajo a sí mismo a partir de la certeza de que la obligación laboral en sentido amplio –en este caso las obligaciones hipocráticas— están por encima del reglamento y prevalecen sobre él. O quizá no es trabajo la negación de la tarea asalariada, sino un impulso que vivifica y salva, al tiempo que relega y condena las obligaciones laborales. Como ha podido comprobar Chichepotiche, en el borrador del artículo de Amalia Pangaso se intercala de tanto en tanto la misma pregunta, como si la autora no quisiera perder de vista su objetivo y quisiera hacerlo resonar en las fronteras imprecisas entre el trabajo y la vida:

«¿Qué es entonces trabajo?».

Y más adelante: «¿Que fue trabajo para el doctor Casado y sus colegas cuando se constituyeron en los sótanos del hospital en una cuadrilla sanitaria clandestina?».

¡Bingo!

            —¡Lo he leído todo, Amalia!—exclamó Chichepotiche—. Muy bueno. Eso sí, no lo niego, lo que más me ha gustado es el incendio de Lothe. ¡Me encanta el relato del fuego! Y tengo varias dudas. 

            —No lo has leído todo, Chiche. Hay más carpetas sobre ese artículo en la estantería del despacho. 

            —Tengo dudas sobre los habitantes de Lothe. ¿Son todos de la misma secta?

            —No. El pueblo lo fundó una comunidad religiosa, pero desde casi el principio lo habitan también otros vecinos, sobre todo comerciantes como el ferretero Forno. Busca una carpeta verde, debe de estar en el estante más bajo. Allí tienes mucha información sobre la congregación y sus vecinos. 

Desde que Chichepotiche se instala en casa de Amalia Pangaso, hablan por teléfono todos los días. El profesor comenta lo que va leyendo de sus artículos y le pone al día de su tarea: un ensayo que reivindica el fin de la novela negra. Su trabajo parte del análisis de la narración que para muchos especialistas fundó el genero negro: Los crímenes de la calle Morgue de Edgard Allan Poe. El profesor pretende demostrar que, en nuestro contexto histórico, la posibilidad que ese relato plantea se ha hecho imposible y lo que se descarta como inviable parece lo más plausible. A esto añade una serie de consideraciones estadísticas que se dirigen a resaltar el carácter insólito de los crímenes típicos del genero negro y la prevalencia de lo que llama crowdkilling o crímenes sistémicos en los que todos participamos.

Chichepotiche ha empezado a tomar datos del fuego que arrasó Lothe. No sabe muy bien cómo, pero le parece que ese fuego sigue la misma dirección que su ensayo, que refuerza su tesis e ilustra a llamaradas sus principales ideas, por lo que le va dejando expandirse por su relato. No se limita a la información que Amalia ha recabado, sino que busca complementarla en distintas bases de datos y bibliotecas australianas. Y lo ve dejar un rastro cada vez más intenso en su tarea. 

La conversación diaria es un momento especial para ambos. Tal y como sucedía en sus paseos, es larga y detallada; la visión del otro alumbra el análisis propio, descubre facetas inéditas o exploradas solo parcialmente. Chichepotiche se hace esta reflexión: «A veces nos parece que nuestras palabras buscan una salida al final del túnel, pero en realidad no excavan, ni indagan, ellas forman el túnel. Es la palabra del otro, la de Amalia, por ejemplo, la que nos pasa una linterna en la oscuridad». 

Para rememorar mejor sus antiguos encuentros, a veces se toman un café o una cerveza mientras van cambiando impresiones sobre los textos del otro. Desde la mesa del despacho de Amalia, Chichepotiche disfruta de uno de los escenarios de sus paseos, Madrid Río, y trata siempre de aportar algo que los sitúe a ambos en aquel escenario común, algo sobre el sol o el viento, las aves que ve acercarse al agua o posarse en los árboles. Se calla en cambio lo desolada que está la terraza en la que solían sentarse. 

Aunque procuran dejarlo para el final, también hablan de la pandemia. Chichepotiche se hace llevar la compra y no ha salido desde que llegó al piso de Amalia. Ella pudo acceder al principio a las zonas comunes de la residencia y pasear por su planta, pero ahora está aislada en su cuarto. Ha sido un tiempo confuso, con muchas medidas propuestas, algunas implementadas y aún otras retiradas, un ascenso vertiginoso de las cifras de infectados, hospitalizados y muertos, un lento sucederse de días iguales, con lo que le cuesta situarse en el tiempo, señalar hitos, determinar en qué punto se encuentran para cada proceso y cómo casar lo que sucede en la residencia con lo que cuentan las noticias del exterior. Cada día le sorprende ver a menos residentes en el comedor y le inquietan las respuestas evasivas de los celadores. Sus amigas empiezan a faltar y no queda claro si están enfermas o bajo seguimiento en su cuarto. El personal administrativo apenas está presente. Cuando pregunta por el encargado, le dicen que la llamará cuando tenga un momento, pero nunca vuelve a saber de él.  

A finales de marzo deja de ver a su amiga Hortensia, que tampoco responde a sus llamadas, y a los pocos días Amalia queda aislada en su habitación, lo mismo que el resto de los residentes. La explicación que les dan es que alguno de los celadores ha dado positivo. Entonces empiezan a tomarles la temperatura todos los días, luego dejan de hacerlo. Ella lo achaca a que cada vez hay más personal de baja, algo que también se manifiesta en la degradación de la comida y la limpieza. Aunque Amalia no quiere aburrir al profesor con detalles poco agradables le acaba reconociendo que está pensando en irse a casa. Ya no ve la residencia como un refugio ni como una fuente de apoyo. 

            —Podemos montar una residencia en tu casa —propone él para animarla. Y para quitarse el agobio, ella le sigue la broma. Especula sobre cómo será la convivencia cuando los dos estén en la residencia doméstica. Le dice que llegará con nuevas ideas para organizar el tiempo libre, que se prepare para dejar los libros y entregarse a la brisca, el macramé y el ganchillo. 

Bromas aparte, Amalia le avisará del día que llega, antes tiene que hablar con la administración, los celadores no ven claro qué trámites hay que seguir para salir tras el cierre oficial del centro y el aislamiento en los cuartos. En todo caso, Amalia no quiere perder tanto tiempo con estas minucias y para borrarlas de la conversación insiste en que el profesor le haga un resumen del estado de sus investigaciones sobre la novela negra. Está empezando a ver tocones humeantes de eucalipto en varios pasajes de lo que le cuenta y eso le agrada. 

Para Chichepotiche, la novela negra deriva hacia la ciencia ficción, la farsa o la fantasía. La razón es simple. El crimen como acto individual cruento se hace cada vez menos relevante en las sociedades occidentales, no hay más que ver las estadísticas de muertes por disparos, envenenamiento o arma blanca. El profesor ha cambiado las estadísticas del cantón suizo de Schwyz por las de Lothe. Desde que los primeros colonos se establecieron en Lothe en 1931, se ha producido un herido grave por objeto punzante y tres contusionados, uno de ellos en circunstancias poco claras. El incidente más grave tuvo lugar en la ferretería del pueblo en 1967, cuando un cliente que estaba de paso entró en una discusión absurda con el señor Forno, padre del actual propietario, sobre las taladradoras expuestas y su eficiencia frente a distintas superficies. La discusión terminó con el cliente intentando alcanzar al tendero con la maquina encendida y la broca montada, lo que evitó la interposición de otro cliente, que resultó taladrado en el pecho. Aprovechando que la taladradora se encasquilló, Forno atizó al agresor con una pala. Otro de los heridos sufrió una rotura de mandíbula por un puñetazo que le pegó un joven que pretendía a la misma chica en una especie de romería o marcha campera. A un tercer contusionado le golpeó un tablón de madera que dejó caer un vecino cuando ambos participaban en la construcción comunitaria de una vivienda. Aunque la víctima declaró que había sido un accidente, el vecino que trabajaba en el andamio superior insistió en autoinculparse. Dijo que su vecino trabajaba demasiado bien, que su sonrisa y su alegre disposición en la tarea le molestaban. La última víctima sufrió en 2013 un ataque machista por parte de su cónyuge. Aunque al principio se quiso mantener la agresión en el marco de la comunidad religiosa a la que ambos pertenecían, ella insistió en denunciarlo, lo que llevó a la detención del agresor y a la ulterior separación de la pareja.     

Nunca había habido heridos por bala en Lothe, y desde el ataque con broca en 1967 no había vuelto a haber un solo ataque con objeto punzante. La situación no era muy distinta en otros lugares de Australia ni, por cierto, del mundo, si observamos, por ejemplo, los datos de varios pueblos del cantón de Schwyz inicialmente recabados. No se trata de que Lothe sea un reducto anabaptista, regido por el deseo casi patológico de ofrecer la otra mejilla. Fijémonos en metrópolis grandes y descreídas, por ejemplo, Madrid. Una ciudad de cinco millones de habitantes que registró seis muertos por arma de fuego en 1981, mientras que ese mismo año se produjeron varios cientos de muertos por el aceite de colza adulterado. Se dieron la mano el lucro y la falta de escrúpulos empresariales, la ausencia de controles sanitarios, la poca preparación de los sistemas de salud pública y la desinversión sanitaria que condujo a un insuficiente número de respiradores y camas de UCI. A todo esto se unió la incompetencia de las autoridades políticas, empeñadas en zanjar la alarma de una población y hacerlo a costa de su salud, imponiendo la tesis del origen vírico, lo que llevó a tratamientos erróneos y a seguir comercializando durante semanas el aceite fraudulento. No se trata tampoco de que cualquier tiempo pasado fuera mejor. En 2020 hubo cuatro muertos por disparos en Madrid. Hay que reconocer, por tanto, cierto peso a la afirmación de Chichepotiche de que los patos de goma medio derretidos por el fuego han visto más víctimas mortales en unas pocas horas que los que serían aprovechables para una novela negra al uso en toda la historia de Lothe.  

El crimen individual palidece frente al crimen como contexto. Este medio ambiente criminal opera de varios modos. El profesor subraya dos. El modo lúdico o bingo criminal es aquel impulsado por una alegría de vivir inseparable de la alegría de morir, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Se caracteriza por la falta de restricciones como condición y fin de la acción individual y colectiva. Es como si el mundo estuviese acabando un almuerzo copioso y llegara a las copas. Las voces se agolpan: «Parad el reloj», «Apura que te sirvo otra», «¡Que nadie se levante mientras queden botellas sobre la mesa!»; pero también, ya con música: «¿A quién le importa?» y «Soy el novio de la muerte». Las líneas de este bingo se cuentan en vertidos industriales, empresas cerradas y pateras hundidas; el cartón, en intoxicaciones alimentarias, hambrunas y ejecuciones extrajudiciales; y el deseo subliminal colectivo es llegar todos juntos a cantar un bingo definitivo. Chichepotiche dice que es como jugar a la ruleta rusa con cabeza ajena, o peor aún, sin saber de quién es la cabeza, propia, cercana o desconocida, colocando la bala donde caiga. 

Junto a este modo festivo, el crimen contextual adopta a menudo una actitud altruista, centrada en evitar los perjuicios y externalidades de un sistema sin ponerlo en cuestión. Aquí entran en juego la responsabilidad social corporativa, las tasas ecológicas, la certificación de los productos y todos los oropeles y parafernalia del «buenismo económico socialdemócrata». El contexto festivo y el altruista conforman un sistema de crowdkilling en el que ya festejemos o actuemos como consumidores y productores responsables, nos entregamos sin descanso al crimen de masa.  

Entre 2019 y 2020 Australia sufrió una ola de incendios sin precedentes. Se calcula que entre junio de 2019 y mayo de 2020 ardieron cerca de veinte millones de hectáreas de bosque y matorral, y más de nueve mil edificios. Murieron treinta y cuatro personas durante los incendios y 445 más tarde, como consecuencia...

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