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Crónicas de pánico y circo (V)

De cínicos y hobbesianos

Los embates del capitalismo de demolición nos empujan hacia una concepción de ciudad que consiente en la privatización de todo espacio público y, para ello, se crean tensiones artificiales entre sectores de la ciudadanía

Silvia Cosio 12/08/2021

<p>Un pitbull de nariz roja.</p>

Un pitbull de nariz roja.

Joe Stoltz / Pixabay

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Tengo la completa convicción de que los perros son los amos de la creación (después de Pearl Jam y Tolkien, eso sí). No es la primera vez que me desvío de mi camino para seguir a un perro especialmente gracioso. Siempre he sentido una alegría enorme cuando estoy rodeada de perros, todos me parecen maravillosos, y sin embargo de pequeña les tenía auténtico pavor a los pastores alemanes. Tardé un tiempo en darme cuenta de que era porque los asociaba con los nazis y los campos de exterminio. Ninguno de nosotros estamos a salvo de los miedos sociales y los pánicos inducidos. Como tampoco estamos a salvo de proyectar en los animales nuestros prejuicios, esperanzas, miedos o valores. Nos cuesta entender a los animales como seres complejos con los que tenemos que aprender a convivir y respetar. De hecho, esto de la convivencia con los bichos se nos da regulín. En Asturies cada poco la prensa azuza el miedo al lobo, con letales consecuencias para esta especie, pero cuando se detiene a ganaderos por estafar con las subvenciones y compensaciones por ataques de lobo inexistentes lo cuentan de tapadillo. Hace unos meses, después de un desafortunado y extraordinario ataque de un oso a una mujer, la prensa asturiana inició una ofensiva contra los osos tan intensa que llegamos a pensar que los osos ya estaban trepando por el asta de nuestra bandera y devorando la Cruz de la Victoria. Un par de jabalíes desafortunados fueron tiroteados por la policía local en mi ciudad por osar bajar a un parque durante la desescalada, y no hay pandemia que pueda con la odiosa feria taurina de Begoña, siempre con dinero público de por medio, aunque la plaza de toros esté casi vacía de personas pero no de banderas y símbolos patrios porque todo el mundo sabe que si a un toro lo mata un verdadero español, no sufre.

Los perros tampoco se libran, periódicamente, de los pánicos morales, incitados estos por una prensa que parece ignorar la máxima según la cual lo que realmente es noticia es que un hombre muerda a un perro y no a la inversa. En un país con casi siete millones de cánidos, se han producido treinta muertes por ataques de perro en los últimos veinte años. Y si bien cada una de estas muertes es una tragedia, las cifras dejan claro que este tipo de ataques son algo inusual, lejos del pánico que a finales de los noventa la prensa inoculó en la sociedad española, que llegó a acusar a ciertas razas de perros de ser auténticos asesinos en potencia. Se sospechaba de todo aquel que caminara junto a determinado tipo de perros, como si en vez de pasear un animal de compañía se estuviera paseando un arma. Unos años antes, en el Reino Unido, tras una serie de horribles ataques de perros e incitado por una campaña amarillista y tremebunda de los tabloides, el gobierno de John Major aprobó de forma precipitada la Dangerous Dogs Act en 1991, que desde el principio fue considerada como una de “las peores piezas legislativas” de la historia del Reino Unido. A dicha ley también se le acusó de ser profundamente clasista, ya que puso el foco en la peligrosidad de la raza Pit Bull, asociada tradicionalmente a las clases populares británicas, frente a otro tipo de perros grandes como los Rottweiler o los Doberman, perros comunes entre las clases altas. En España se aprobó en 1999 una ley similar que insistía en el mito de las razas peligrosas. Hemos tenido que llegar al 2021 para que, por fin, el Gobierno se proponga reformar la ley y se elimine el concepto de raza peligrosa, evaluando a los perros por su comportamiento con independencia de su raza. Un avance que ha tardado en darse en un país que todavía considera a los animales, formalmente y a efectos de la ley, como cosas y no como seres sintientes, a la espera de que se convierta en ley la proposición que enmienda, al fin, esta situación, y que fue aprobada en el Congreso en marzo de este año con la unanimidad de todos los grupos exceptuando Vox, que siente tan poca empatía por los animales como por las personas.

El neoliberalismo ha convertido todo espacio público en un espacio en disputa constante, no solo entre especies (seres humanos/animales), también entre nosotros. La polis ha pasado de ser un lugar de disfrute y uso común a un espacio de reivindicación individual en el que cada sujeto particular pugna por su espacio exclusivo. La tensión público-privado parece estar resolviéndose en las nuevas ciudades del lado de lo privado. Frente a las teorizaciones que imaginaban las ciudades postpandemia como espacios abiertos de convivencia y a disposición de la ciudadanía, los embates del capitalismo de demolición nos empujan, una vez más, hacia una concepción de ciudad que consiente en la privatización de todo espacio público y en la uniformidad estética en aras de la turistificación y la gentrificación. Este proceso se sostiene principalmente creando tensiones artificiales entre los distintos sectores de la ciudadanía –paseantes frente a runners, ciclistas frente a conductores– o entre distintos espacios urbanos –parques infantiles frente a terrazas de hostelería, por ejemplo–. Pero también necesita la complicidad de los ayuntamientos que, mediante la elaboración de normativas municipales, contribuyen a la gentrificación en vez de blindar el uso público del espacio de la polis y facilitar la convivencia ciudadana. Esta tendencia es más acusada en los centros urbanos que poco a poco van perdiendo su singularidad y también a sus vecinos, expulsados estos por el alza del precio de la vivienda, los pisos turísticos y la falta de regularización del precio de los alquileres. Los ayuntamientos purgan cualquier indicio de vida que pueda deslucir la foto del turista, prohibiendo, por ejemplo, actividades tan cotidianas y necesarias como tender la ropa en exteriores. Las ciudades se están convirtiendo así en parques temáticos, indistinguibles las unas de las otras, con las mismas cadenas internacionales ocupando el espacio de los comercios tradicionales.

Se da la paradoja de que cuanto mayor es grado de civismo que exhibimos –¿acaso tenemos que recordar cómo estaban nuestras ciudades en los ochenta cuando los ríos se utilizaban como vertederos, nadie recogía los excrementos de su perro y cualquier muro servía de urinario improvisado?–, mayor es el ruido de fondo sobre los supuestos problemas de convivencia. Una propaganda interesada que solo sirve para impedir seguir avanzando en sostenibilidad y en afianzar el uso público del espacio común.

Cuando salimos del confinamiento nos reencontramos con los espacios públicos, especialmente los espacios públicos al aire libre. Lugares de salud y libertad en los que hacer deporte, pasear a nuestros perros, jugar... pero principalmente lugares en los que convivir y hacer ciudad y de los que hay que dotar también a los barrios periféricos porque no son un privilegio sino un derecho de toda la ciudadanía, y no solo de aquella que vive en los centros urbanos. Las ensoñaciones durante nuestros primeros días de encierro sobre el fin del capitalismo y la muerte del turismo masificado parecen casi olvidadas en este verano de vacunas y pasaportes Covid. Todo parece indicar que volvemos hacia un modelo insostenible y depredador que degrada la vida de las ciudades y que expropia el espacio público para y por el beneficio de unos pocos.

Tengo la completa convicción de que los perros son los amos de la creación (después de Pearl Jam y Tolkien, eso sí). No es la primera vez que me desvío de mi camino para seguir a un perro especialmente gracioso. Siempre he sentido una alegría enorme cuando estoy rodeada de perros, todos me parecen maravillosos, y...

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Autora >

Silvia Cosio

Fundadora de Suburbia Ediciones. Creadora del podcast Punto Ciego. Todas las verdades de esta vida se encuentran en Parque Jurásico.

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