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EN PRIMERA PERSONA

Silencio cómplice

Durante seis días de julio la ARMH buscó en Los Cerralbos (Toledo) los restos de cinco jornaleros asesinados en 1939. Nadie en el pueblo fue capaz de dar una pista que permitiese encontrar la fosa

Willy Veleta 3/08/2021

<p>Fernanda Fernández junto a una foto de sus padres en la excavación de Los Cerralbos.</p>

Fernanda Fernández junto a una foto de sus padres en la excavación de Los Cerralbos.

W.V.

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Durante los seis días que asistí a la prospección de la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica) en un paraje de Los Cerralbos, en Toledo, denominado Los Parrales, vi desfilar a varios vecinos del pueblo por aquel trigal. Entre susurros y frases a media voz, me contaron lo que allí había ocurrido hace 85 años. Casi nadie quiso hablar ante el micrófono de CTXT.

La ARMH buscó sin fortuna y a 40 grados al sol los cuerpos de Lucio, Pablo, Teodoro, Baldomero y Eulogio, cinco jornaleros fusilados en ese paraje el 3 de noviembre de 1939.

Los cinco pertenecían a la Casa del Pueblo de Los Cerralbos. El frente de guerra en la zona cayó dos meses después del golpe del 18 de julio. Según todos los indicios, les mataron por sus ideas políticas. Según la versión oficial, propagada por los asesinos, les fusilaron porque les pillaron robando leña en el campo.

Fernanda, una de las hijas de uno de los fusilados (Teodoro Fernández), me contó, mientras se acercaba al lugar que prospectaba la ARMH, que desde que tuvo uso de razón empezó a preguntar por qué habían asesinado a su padre, ¿qué había hecho?  Convivió con la versión de la leña toda su vida, hasta que un día su nieta Patricia, actual concejala del PSOE en Los Cerralbos, empezó a tirar del hilo para encontrar la fosa. Patricia, que acompaña a su abuela durante la visita a ese páramo, la interrumpe y le dice: “Abuela, le mataron por sus ideas políticas”.

En aquellos días, muchos vecinos se acercaron a la zona. Uno de ellos, que no quiso ser citado, nos contó que los cinco jornaleros permanecieron unos días encerrados en un establo y que una vecina les propuso romper el candado y sacarles de allí. Pero uno de ellos le respondió: “No hemos hecho nada, nos soltarán”.

Aquí ninguna historia es de primera mano, pero todos los que hablan dan los mismos nombres, los de las dos familias que dominaban el pueblo desde hace décadas, los señoritos. Incluso alguien mencionó sin tapujos el nombre y apellidos del presunto asesino de los cinco jornaleros. También me hablaron de la práctica habitual de los señoritos: violar durante años a las mujeres de los jornaleros y amenazarlas con echarles de la comarca a ellas y a sus maridos si decían algo.

Otro vecino, que aparecía muy a menudo por ese trigal para interesarse por cómo iba la búsqueda, me contó con detalle –según él es una historia conocida por todo el pueblo– cómo fue aquel 3 de noviembre del 36 cuando los cinco jornaleros y otros dos más se dirigían a punta de pistola al lugar conocido como Los Parrales. Y cómo el señorito que comandaba “el paseo” se dio cuenta de que uno de los siete era un mayoral, su brazo derecho en el campo. Como no podía prescindir de él, le sacó de esa cuerda de presos. La versión extendida en el pueblo cuenta que el otro hombre que se salvó era el hermano de una mujer que tenía relaciones con el guardia civil, que se apiadó de él.

De ese hombre no sabemos nada, si murió en el frente de Teruel o en el campo de concentración de Mauthausen o si llevó una vida tranquila en algún pueblito de la campiña francesa.

Al parecer los cinco jornaleros de los Cerralbos fueron ejecutados junto a la zona conocida como las Siete Olivillas y enterrados ahí, o fueron fusilados cerca del camino que va al municipio de Montearagón y enterrados en las Siete Olivillas. No hay testigos presenciales y si los hubo ya murieron. Las personas que llegaban a la prospección con ganas de ayudar eran un mar de dudas y terminaban, sin querer, dando pistas engañosas. No apareció ningún testigo directo.

Le pregunté a Patricia, la nieta de Fernanda, el porqué de tanto silencio habiendo pasado 85 años y me dijo: “No es miedo Willy, es respeto por los señoritos que le dieron trabajo a sus familias, decir dónde está la fosa sería traicionarlos”.

Si había una posibilidad de que alguien del pueblo supiera exactamente dónde está la fosa y se pudiera presentar allí para dar instrucciones a Marco, el jefe de la misión de la ARMH… allí se desvaneció.

En un diminuto supermercado local, un señor me dijo que su suegro conocía a un señor que era manco y que durante años iba todos los días a hablar con su padre a la fosa. El suegro nunca fue a la fosa y el señor manco ya está muerto. Gracias, bendita Transición modélica por hacernos esperar tanto.

Patricia nos cuenta que una tarde/noche, nada más irnos el equipo y yo de la zona, un señor y su hija aparecieron en el páramo porque el padre quería indicarle a su hija el lugar exacto de la fosa. La hija se lo contó a Patricia y la nieta de Fernanda se plantó horas después, rozando la media noche, con una linterna para buscar el lugar exacto que decía este señor. El hombre estaba convencido de que era allí porque toda la vida pasaba por delante con su padre al volver a casa de sus tierras.

Cuando Patricia señaló el lugar en el mapa, e incluso en el horizonte, todos nos quedamos atónitos.  Estaba a medio kilómetro, no tenía ningún sentido. Aun así la ARMH trilló el área con un detector de metales en busca de proyectiles pero nada, agua.

Fernanda se tuvo que ir a Madrid con 10 años para quitarse, sin saberlo, la etiqueta de hija de rojo fusilado

Patricia llegó otro día ilusionada porque una hermana de su abuela le había dicho que estaba convencida de que la fosa no estaba donde buscaba la ARMH, sino en un arado en cuesta, 500 metros más al sur. También se usó el detector pero no se encontró nada.

Un guarda rural, conocido como El Cepa, nos dijo el último día mientras volvíamos a la posada: “Mañana os voy a traer a un señor que sabe exactamente dónde está la fosa, es un poco peculiar, pero yo sé manejarlo”.

Al día siguiente, el señor apareció de mala gana e intentó confundir más al personal. No se dio por válido su testimonio, por absurdo, y la ARMH se encaminó al último día de prospección con los brazos caídos, teniendo la certeza de que ya estaban excavando por excavar, las pistas habían caído una por una.

Fernanda, operada de las dos rodillas, se acercó a ver al equipo y las sucesivas zanjas. Viendo el terreno que quedaba por prospectar, ya solo le preocupaba que el equipo estuviera bien. Ese mismo día, al terminar la comida con la que nos agasajó en su propia casa, Fernanda preguntó: “Bueno ¿y ahora qué?”. Marco, vicepresidente de la ARMH, le prometió, mientras terminaba su cortado con leche fría, que volverían para sacar a su padre, Teodoro, y al resto de sus compañeros de esa fosa.

Fernanda se tuvo que ir a Madrid con 10 años para quitarse, sin saberlo, la etiqueta de hija de rojo fusilado. Apareció en el barrio de Retiro para servir a una familia de militares, sublevados, por supuesto.

Cuando se casó volvió al pueblo, con su padre siempre presente, con el porqué de su muerte siempre en la cabeza. Solo cuando apareció su nieta Patricia en escena la vida de Fernanda empezó a tomar otro camino.

— Se ve mayor y quiere cerrar esa herida —nos confiesa Patricia.

Tuvimos la esperanza hasta el último minuto de que alguien tendría piedad y aparecería con un cayado y diría “la fosa está aquí”.  Pero no, no apareció nadie. Nos volvimos a casa tristes, con la sensación de haber decepcionado a una familia.

Aquí no hubo subvenciones, ni secretario de Estado que viniera a hacerse la foto, fue un trabajo de hormiguita, de un equipo comprometido con las familias. En un mundo donde todo va tan rápido, todo es tan inmediato, no encontrar una fosa puede parecer un fracaso, pero realmente el fracaso fue esperar 46 años de democracia para empezar a buscarla; esta y las miles que hay repartidas por la geografía española.

La España de la que huyó Antonio Machado de la mano de su madre, Ana Ruiz, la España que susurra, que mira por el visillo y no suelta prenda. La España que calla y que permite que once currantes se derritan al sol mientras buscan a cinco jornaleros que defendían una democracia.

Los cazos de un metro cúbico de las excavadoras de Julio y Miguel volverán en unos meses. Esperemos que Fernanda aguante y que, cuando llegue el momento, siga haciendo agua de limón granizada para que el equipo de la ARMH aguante el tirón y encuentre a su padre y a sus compañeros de la Casa del Pueblo.

PD: Debido a las altas temperaturas, el equipo ARMH había traído un bidón de plástico de 20 litros con un grifo. Un utensilio que colgado en un almendro hacía las funciones de ducha, principalmente para remojarse la cabeza y el cuello. Duró un día. Según nos cuenta El Cepa, una mañana unos cazadores lo robaron para fastidiar a los que buscaban la fosa y de paso dar de beber a sus perros. Una buena metáfora: cazadores acribillando a balazos a conejos despistados por el intenso calor, cazadores robando el agua de los currantes para dar de beber a sus perros. Saura hubiera hecho una gran película.

Durante los seis días que asistí a la prospección de la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica) en un paraje de Los Cerralbos, en Toledo, denominado Los Parrales, vi desfilar a varios vecinos del pueblo por aquel trigal. Entre susurros y frases a media voz, me contaron lo que allí había...

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Willy Veleta

Es nuestro reportero multimedia, donde haya una fosa no subvencionada allí estará micrófono en ristre. Ha trabajado en todos los canales privados de este país (e incluso en la CNN en Atlanta) pero confiesa que donde más a gusto está es en CTXT. Estamos esperando a que le den un premio de Periodismo por sus coberturas en CTXT sobre memoria histórica.

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