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Cómics

Una historia de España contada por Roberto Alcázar, intrépido aventurero

Metamorfosis del héroe franquista: de la Transición al 15-M

Gerardo Vilches 16/10/2021

<p>García descubre que las cosas han cambiado en <em>¡García! 2 </em>(2016).</p>

García descubre que las cosas han cambiado en ¡García! 2 (2016).

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Año 1940. España. La Guerra Civil había terminado hacía un año, y el país estaba atenazado por un régimen abiertamente violento y vengativo contra los enemigos ideológicos que perdieron la guerra. Son años de fascismo que se abraza sin complejos, de amistad con las potencias del Eje, en un momento en el que todavía se pensaba que derrotarían a los aliados. España estaba destruida, y su industria editorial no era una excepción. Golpeadas por la purga política y la escasez de papel, las editoriales que publicaban tebeos, un negocio incipiente antes de la guerra, luchaban por recuperar el tiempo perdido y levantar, de nuevo, un mercado pujante. Y lo conseguirían: durante los 40 y los 50, los tebeos infantiles se convertirían en productos vendidos masivamente, la primera opción de ocio para unos chavales que no tenían muchas otras, y que encontrarían en sus páginas un escape a otros mundos, menos grises. 

Fue en aquella época cuando la Editorial Valenciana, fundada en 1932, buscaba personajes para aprovechar un nuevo formato, el cuaderno apaisado, destinado a series de aventuras de todo tipo. Eduardo Vañó, junto con el propio editor, Juan Bautista Puerto, y Alfonso Arizmendi, creó la serie Roberto Alcázar, intrépido aventurero español, cuyo primer número acabó publicándose en 1941. Roberto Alcázar era un tipo expeditivo y apuesto, de rasgos similares a los de José Antonio Primo de Rivera, según algunos; según Vañó, en realidad, se tomó a sí mismo de modelo. Lo acompañaba un preadolescente violento e ingenioso, Pedrín, cuya popularidad motivaría un cambio de título al inmensamente popular Roberto Alcázar y Pedrín. Se trata del serial de aventuras más longevo de la historia del tebeo español: treinta y cinco años ininterrumpidos. Sus ventas y calado popular solo fueron comparables a los de El guerrero del antifaz de Manuel Gago o El Capitán Trueno de Víctor Mora y Ambrós. La casualidad quiso que concluyera casi de manera paralela a la dictadura con la que nació: su último número apareció en 1976.

El sadismo de los golpes y el recochineo de las chanzas eran reflejo de una sociedad violenta; los enemigos orientales y soviéticos eran los mismos que en otras ficciones pulp

Especialistas como Pedro Porcel u Óscar Gual han señalado acertadamente la influencia del pulp y el folletín en las aventuras de este peculiar dúo. Peripecias sin solución de continuidad, acción a raudales y estereotipos raciales y nacionales en historias en blanco y negro, también en lo moral: los malos son malísimos –además de extranjeros–, mientras que Roberto Alcázar y Pedrín son los guardianes de unos valores occidentales que no impiden que se den a la violencia más gozosa y casi sádica, entre puñetazos y chascarrillos. Gual, en Viñetas de posguerra. Los cómics como fuente para el estudio de la historia (Universitat de València, 2013), ha apuntado las limitaciones de Vañó como narrador gráfico, lo repetitivo de las tramas o la unidimensionalidad de los personajes –matizada a partir del momento en el que, en lugar de aventuras breves y autoconclusivas, se ofrecieran sagas que abarcaran varias entregas, continuará mediante–, así como la escasa documentación de los autores. El ritmo de publicación, primero quincenal y luego semanal, no daba margen para grandes florituras. Pero, pese a todo ello, su sentido de la aventura y lo directo de su violencia infantil pero ajusticiadora fueron suficientes para convertirla en un éxito absoluto, que marcó a varias generaciones.

Sin embargo, con el paso de los años, Roberto Alcázar y Pedrín pasarían al imaginario colectivo como un ejemplo de ficción franquista, que apuntalaba los valores del régimen. Muchos críticos, sin embargo, han matizado o incluso negado ese carácter fascista. Se acogen, primero, a datos históricos: Vañó, al igual que José Jordán Jover –uno de sus más importantes guionistas– combatieron en el bando republicano. Pero, más allá de eso, el análisis de sus contenidos, como indica Santiago García en Cómics sensacionales (Larousse, 2015), no revela nada que no fuera común a muchas otras series de aventura juvenil de otros puntos del globo. De hecho, da en la diana cuando comenta las semejanzas con Batman y Robin. El sadismo de los golpes y el recochineo de las chanzas eran reflejo de una sociedad violenta; los enemigos orientales y soviéticos eran los mismos que en muchas otras ficciones pulp. El propio García hace notar que no hay ninguna mención a Franco o a su régimen y que, de hecho, en muy pocas ocasiones la acción transcurre en España, ya que se buscaba un exotismo fantasioso que estimulara la imaginación de los lectores. 

El final de la serie en 1976 evidencia que los tiempos estaban cambiando. La televisión ya era un temible competidor para los baratos tebeos, y las sensibilidades infantiles ya no eran las de la primera posguerra. Quizás por eso, muy pronto Roberto Alcázar y Pedrín se empezó a percibir como un fósil, un ejemplo de lo más rancio de una España que parecía querer mirar hacia delante y dejar entrar los vientos del cambio, vientos que barrieran productos anacrónicos como este.

Roberto Alcázar en la Transición: ya somos modernos 

Para la mayoría de autores de cómic de la época, mayoritariamente de izquierdas y progresistas, Roberto Alcázar y Pedrín eran un producto pasado de fecha, reaccionario y sin excesivo valor artístico en los tiempos del cómic adulto sofisticado. De hecho, los críticos de la época, con Javier Coma a la cabeza, no dejaban muy bien parada a la serie. Por eso no es de extrañar que los dibujantes de entonces comenzaran a hacer bromas con los personajes; así, los podemos encontrar en diferentes números de El Jueves, viviendo en Marbella “desde que salió bien aquel chanchullo con el ministro” o formando parte de un imaginario gobierno de Armada tras un exitoso 23-F. Pero, sin duda, la parodia más sólida e importante de los personajes fue Roberto el Carca, creado por Antonio Pamiés, destacado participante del underground barcelonés e impulsor de El Rrollo Enmascarado junto con Max, Mariscal y Nazario, entre otros. Con ellos dio el salto a la profesionalidad y comenzó a colaborar con la revista El Víbora en 1979, donde desarrollaría su obra más importante, esta parodia chusca de Roberto Alcázar de interesante lectura. 

La subversión de un tebeo de la infancia de los lectores, ahora adultos, recontextualizado y desprovisto de su inocencia, no está tan lejos de lo que el underground estadounidense hizo años antes con los personajes de Disney y de las tiras de prensa clásicas. Se trataba de una provocación por la vía rápida que, por sí sola, ya resultaba graciosa para quienes conocían la fuente original. En un momento en el que la sección más mainstream de la movida y buena parte de los intelectuales progresistas de la Transición hablaban de un país moderno y europeo, Pamiés es presa del desencanto, sin mucha fe en lo que estaba por venir o en el propio proceso de la Transición. Como tantos otros de la época, quiere poner de manifiesto lo poco que, en realidad, han cambiado las cosas. Seguramente, este autor no tenía nada especial en contra de Roberto Alcázar, y ni siquiera revisaría la serie original para perfilar su sátira; simplemente, era un icono más de la etapa anterior, que le servía para sus fines.

El humor de Pamiés es más que cafre: veneno puro de un tiempo en el que las sensibilidades eran otras y la multiculturalidad una quimera

Así, en la primera y más larga historia de Roberto el Carca, Perfidia moruna, publicada entre 1980 y 1981 y recopilada en 1982 por Laertes Comic, encontramos a un personaje de moral inexistente, que trabaja, nada menos, como agente del servicio secreto del Vaticano. Su compañero es Zotín, que guarda un inquietante parecido con Tintín. Ambos son enviados a Mokh Al Gargajír, trasunto de Marruecos, para llevar a cabo una misión secreta. La historia no tiene ni pies ni cabeza, y casi parece improvisada por Pamiés sobre la marcha, pero su falta de vergüenza y de límites mantiene el interés, como lo hace un dibujo muy expresivo que, cuando al autor le apetece, se detiene en espectaculares y detallistas planos generales del paisaje norteafricano. El contexto en el que se mueve Roberto el Carca es el de la Guerra Fría, por supuesto, y la mezcolanza de ideologías marxistas leninistas e integrismo islámico recuerdan a las revoluciones del Próximo Oriente de la época. El humor de Pamiés es más que cafre: veneno puro de un tiempo en el que las sensibilidades eran otras y la multiculturalidad una quimera. Así, el narrador de la historia asume el punto de vista delirante y ultra del propio protagonista, y podemos leer todo tipo de opiniones y datos históricos pasados de rosca sobre el imaginario país árabe. Entre persecuciones y peleas, Pamiés se inventa todo un lenguaje meta narrativo, con unos protagonistas que saben que están dentro de un tebeo –que, incluso, aparecen leyendo en ocasiones–. Y no solo eso: saben que lo han estado durante cuarenta años, en los que se han sacrificado “para dar ejemplo, para contribuir a la buena educación familiar de nuestros lectorcitos”. La probable improvisación de Pamiés da pie a momentos sorprendentes, como una sincera conversación de los dos protagonistas, retratados como antihéroes crepusculares fuera de época, cansados del papel que tienen que desempeñar. 

Todo ello no implica que Roberto el Carca no sea un facha de manual, carente de valores o de lealtad. Es algo habitual en las parodias de los ultras que pueden verse en los cómics de la Transición: ni siquiera creen en su propio ideario, con una notable excepción, el viejo Martínez el Facha, de Kim. No es el caso de nuestro Carca, que no duda en cambiar de bando si se le da de alta en la Seguridad Social.

Roberto el Carca demuestra sus sólidos valores en Perfidia moruna (1982).

Ese tipo de alusiones a la realidad cotidiana son, precisamente, lo que diferencia el tebeo infantil regulado por organismos censores del franquismo de aquel nuevo cómic orientado a un público adulto. En Perfidia moruna, Roberto el Carca se caga en “la Constitución divina”, pero incluso sus rivales, los terroristas comunistas islámicos, gritan consignas propias de las manifestaciones de la España de la época: el “¡Yo también soy adúltera!” de las feministas –el adulterio femenino no se despenalizó hasta 1978– o el “Volem l’estatut” de los nacionalistas de Catalunya.

Las siguientes aventuras del personaje dejaban de lado a Zotín, pero no perdieron mordiente: Nuevas aventuras de Roberto el Carca (Laertes Comic, 1984) y Tras el telón de acero y otras historias (La Cúpula, 1988) contienen relatos abrasivos, que abundan en la sátira pasada de vueltas y rematan una obra que, aunque resulta difícil de entender fuera de su contexto, merece ser reivindicada. Y que ha dado a la posteridad una de las frases motivacionales más memorables de todos los héroes del cómic: “¡Corazón de Jesús pechito!”.

Roberto Alcázar en los noventa: ahora sí que ya somos modernos

Diez años más tarde, España estaba inmersa en otra ola modernizadora. La Exposición Universal de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la entrada en la Unión Europea –y sus fondos de ayuda al desarrollo– preconizaban que, ahora sí, el país entraba definitivamente en la modernidad. ¡Ya éramos europeos!

Vidal-Folch y Gallardo realizan un pastiche calcado del original que apenas si se aparta del carácter original del agente español y su fiel ayudante

En ese contexto, el icónico Roberto Alcázar todavía representaba, en el imaginario colectivo, el más rancio pasado franquista, de modo que era lógico que aparecieran nuevas parodias. En este caso, la perpetraron el escrito Ignacio Vidal-Folch –siempre interesado en los cómics y con varios guiones a sus espaldas– y Miguel Gallardo, cocreador del célebre Makoki con Juanito Mediavilla y Felipe Borrallo, y uno de los autores más relevantes del cómic español en las últimas cuatro décadas. Roberto España y Manolín: en defensa de la democracia (Midons Editorial, 1997) se publicó originalmente en la revista Viñetas entre 1994 y 1995, y recopila varias historias breves protagonizadas por dos émulos de Roberto Alcázar y Pedrín. Pero si Roberto el Carca jugaba la carta de la hipérbole desaforada para mostrar al personaje como los lectores progresistas de los ochenta pensaban que era realmente, liberado de cualquier disfraz para abrazar el fascismo y el racismo sin ambages, Vidal-Folch y Gallardo hacen algo muy diferente, más sutil y posmoderno, si se quiere. Gracias a la gran capacidad del dibujante para la mímesis, realizan un pastiche calcado del original –salvo por medidas píldoras de caricatura más grotesca– que apenas si se aparta del carácter original del agente español y su fiel ayudante. Hablan y se comportan igual, y los estereotipos racistas que reproducían los autores originales, fruto de su época, están igualmente presentes, como puede apreciarse en la portada de su recopilación, donde los héroes se las ven con chinos, árabes e indios de serie B. 

Roberto España adoctrina a Manolín sobre las virtudes de la transición.

¿Dónde está, entonces, la parodia? En el hecho de que unos héroes que se supone que encarnaban valores fascistas defienden, décadas después, la democracia y la integración europea. Pero lo hacen exactamente con los mismos métodos y la misma retórica del franquismo. La carta de Roberto España a las “nuevas generaciones” que abre el volumen, por ejemplo, se despide con un “¡Viva Europa unida!”. 

¿Dónde está la parodia? En el hecho de que unos héroes que se supone que encarnaban valores fascistas defienden, décadas después, la democracia

Se trata de una forma diferente de mostrar la misma idea que exponía Pamiés: en el fondo, poco ha cambiado. El héroe ibérico sigue partiendo caras mientras enarbola un discurso trasnochado y colonial, pero donde antes decía “imperio” ahora dice “democracia”. Así, la pareja visita escenarios habituales –un país del norte de África sin identificar o Pekín–, pero también se enfrenta, en su aventura más descacharrante, a la generación X, que, como el punk dos décadas antes, amenazaba con su apatía nihilista la buena marcha de la nación. Pocas cosas hay más divertidas que la arenga que les suelta Roberto España a un grupo de jóvenes para liberarlos del vicio y la vagancia: “¡Escuchadme, generación-X!… ¡Todos los indicativos del FMI (Fondo Monetario Internacional) afirman que estamos saliendo de la crisis económica! ¡Pronto se crearán miles de puestos de trabajo! ¡Para aspirar a ellos, en vez de perder el tiempo viendo vídeos de Star Trek, deberíais, por ejemplo, tomar lecciones de inglés… frecuentar el gimnasio… o iros como voluntarios de la Unesco a Bosnia-Herzegovina!”.

Las aventuras de este dúo dinámico alcanzan su cénit con una misión en la que deben evitar que un pérfido agente francés –que ataca con un croissant de puntas afiladas, ahí es nada– boicotee la boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar en Sevilla, celebrada en 1995. Las primeras nupcias reales de la democracia –en una época en la que Juan Carlos I todavía era, para gran parte de la opinión pública, el bonachón campechano que había salvado el país el 23F– sirven de excusa para que Roberto España le lance una arenga a Manolín que reúne todos los tópicos del mito de la Transición modélica. Pero será en la última de las historias del personaje donde descubramos de dónde viene su fe en la socialdemocracia: el 20 de noviembre de 1975, un lloroso Roberto España –luciendo un sospechoso bigotillo– se despedía del caudillo delante de su ataúd. Ese mismo día, durante una pelea con un grupo de jóvenes desafectos al régimen, recibe un golpe en la cabeza con un jamón serrano. Al despertar, el vacío de la amnesia que le provocó el testarazo lo llenará el programa de la Platajunta, nombre popular de Coordinación Democrática, el órgano que aglutinó a gran parte de la oposición al franquismo –y que, en realidad, no se constituiría hasta 1976–. Había nacido un héroe para la democracia.

Roberto Alcázar en el siglo XXI

La crisis que asoló el sector durante los años noventa acabó con las revistas de cómic, y sin ellas perdió terreno la historia breve frente al relato extenso, publicado directamente en formato de libro. El siglo XXI será la era de la novela gráfica, que permite un tratamiento diferente de los temas al contar con más espacio para su desarrollo, aunque también debido a una creciente consideración artística y cultural del cómic. Pero no fue algo que surgiera de la nada. De hecho, uno de sus antecedentes más claros se publicó en los noventa y merece unas palabras en este artículo: El artefacto perverso (Planeta DeAgostini Cómics, 1996) de Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio no es una parodia de Roberto Alcázar, pero su protagonista sí está inspirado en Eduardo Vañó y se dedica a dibujar los tebeos de Pedro Guzmán, explícitamente inspirado en Alcázar y para los que del Barrio mimetiza el dibujo sencillo y sin ornamentos de Vañó, que intercala con su propio estilo expresionista, impregnado de las lecciones de maestros del blanco y negro como el argentino José Muñoz. Se trata de uno de los mejores guiones de Hernández Cava, impregnado de un desencanto que en obras posteriores se radicalizará, pero que aquí sirve para crear un amargo relato de la derrota moral de los resistentes del bando republicano, en el que la sórdida realidad de la sociedad franquista contrasta con las unidimensionales aventuras infantiles de los tebeos.

De alguna forma, todas las obras comentadas hasta ahora están presentes en la última que vamos a tratar: ¡García! (Astiberri, 2015-2020) de Santiago García y Luis Bustos es una serie de, por el momento, tres tomos, que presenta a un personaje que no es una parodia directa de Roberto Alcázar, pero que bebe de sus bases para crear algo diferente, con vida propia más allá de ese referente. El guionista Santiago García, coautor también de importantes obras del cómic reciente como Las meninas (Astiberri, 2015) o La cólera (Astiberri, 2020), ambas junto a Javier Olivares, construye la figura de un súper agente franquista, que se mantuvo en las sombras, realizando misiones secretas para el gobierno. Hasta que, emboscado por su archienemigo y traicionado por su adolescente ayudante, Jaimito, queda en un estado catatónico, del que despierta en nuestra época. El dibujo de Luis Bustos, cruzado de influencias americanas y japonesas –pero también, curiosamente, de otro autor citado aquí: Miguel Gallardo–, es perfecto para este cómic de aventuras contemporáneas, enriquecido, en el primero de los tomos, con secuencias del pasado del personaje dibujadas por Manel Fontdevila. 

¡García! no solo resulta una obra trepidante y gozosa en sus impecables escenas de acción –resulta memorable la batalla final en el Valle de los Caídos, por ejemplo–, sino que también sirve a sus autores para hablar de nuestro tiempo: García despierta gracias a la investigación de Antonia, la hija de Jaimito, ahora simplemente don Jaime, y se encuentra con una España que no reconoce. Socialistas y conservadores gobiernan en coalición, pero las elecciones se acercan y todo parece indicar que el partido de nueva izquierda creado recientemente puede ganarlas. Los servicios secretos maniobran para evitarlo y secuestran a la “Capitana”, líder de los liberales, de sospechoso parecido con Esperanza Aguirre, para culpar a los radicales de izquierda. Ahí entrará García, primero engañado mediante una retórica burda y trasnochada que encaja con su visión del mundo, y después ya emancipado de sus antiguos jefes, dispuesto a arreglar las cosas. He aquí la ironía de la serie, que la sitúa en un terreno ambiguo: García es básicamente un facha contrario a la democracia y al progreso… pero es también una buena persona que intenta ayudar a los demás. Y no es en absoluto un bobo: por el contrario, cuenta con una gran inteligencia y capacidad de adaptación, aunque la sobredosis de estímulos de la sociedad moderna lo abrume a veces. 

Ese eterno retorno en el que anunciamos la llegada de lo moderno, para darnos de bruces contra lo carpetovetónico, parece haberse convertido en una seña de identidad nacional

Ayudado por Antonia, su Sancho Panza particular, intentará encajar en el presente, lo cual provocará no pocos gags. Pero no le resultará fácil, porque no es solo un hombre del pasado que despierta en el presente, sino también un personaje de tebeo que es transportado al mundo real, y que debe afrontar con sus valores sencillos y sin matices una realidad compleja en la que no hay buenos o malos y las soluciones, si es que existen, nunca son obvias. Y si cada aventura llevaba a Roberto Alcázar y Pedrín a tierras exóticas, el tercer volumen de esta serie traslada a García hasta tierras catalanas, para enfrentarse a un complot en el que andan metidos dirigentes independentistas y conservadores. Además de para profundizar en los problemas del sistema político, sirve para que el protagonista crezca como personaje, gane en matices y siga adaptándose a los nuevos tiempos: ¡incluso aprende a hacer sus propios memes!

¡García! resulta más ambicioso que sus predecesores y trasciende el terreno de la parodia y la sátira para crear un personaje diferente, aún con mucho recorrido por delante, aunque queden ecos de su referente: por ejemplo, las coloridas frases que suelta entre torta y torta. La serie, por su parte, supone un gran ejemplo de cómo la ficción de género puede utilizarse para comentar críticamente la realidad. Es, quizás, el cómic de ficción que mejor ha hablado de la crisis del “régimen del 78”, de la España de “la casta” y de la desconfianza en el sistema de toda una generación: la que salió a las calles en el 15M y que ahora, años después, ve cómo todo sigue igual.

Un Roberto Alcázar para cada estación

De algún modo, cada crisis de la historia reciente de España ha tenido su correspondiente versión del héroe del folletín. La dura crisis económica que acompañó la transición tuvo a Roberto El Carca; la crisis de los 90, resaca de los Juegos Olímpicos y la Expo, tuvo a Roberto España; la crisis del 2008, a García. Los dos primeros trasladan el mensaje de que, de una forma u otra, todo sigue igual desde los tiempos de Roberto Alcázar y los valores ultras permanecen, a cara descubierta –Roberto el Carca– o bajo un cierto maquillaje modernizador –Roberto España–. En el caso de ¡García!, sin embargo, lo que vemos es una España en la que, efectivamente, hay un aparato en las sombras que quiere que todo siga inmutable y el verdadero poder no cambie de manos, pero, en esta ocasión, el héroe parece que se enfrentará a ellos. Todos parecen negar o, al menos, matizar la idea de que España sea un país realmente actualizado en sus instituciones y valores. Porque esa especie de eterno retorno en el que anunciamos la llegada de lo moderno, para darnos luego de bruces contra lo carpetovetónico, parece haberse convertido en una seña de identidad nacional. 

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Gerardo Vilches es historiador, crítico de cómics y profesor en la Universidad Europea de Madrid. Autor de La satírica Transición.  

Año 1940. España. La Guerra Civil había terminado hacía un año, y el país estaba atenazado por un régimen abiertamente violento y vengativo contra los enemigos ideológicos que perdieron la guerra. Son años de fascismo que se abraza sin complejos, de amistad con las potencias del Eje, en un momento en el que...

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1 comentario(s)

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  1. jmfoncueva

    Excelente y prolijo (en el mejor sentido de la palabra) artículo.

    Hace 1 mes 20 días

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