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LIBROS

Huaco Retrato, o cómo reescribir la propia biografía

Convertida en arqueóloga de la familia, del linaje iniciado por un saqueador de tesoros, Gabriela Wiener da un giro radical a la historia de un continente

Diana Hernández Aldana 13/11/2021

<p>La escritora Gabriela Wiener, que acaba de publicar el libro <em>Huaco retrato.</em></p>

La escritora Gabriela Wiener, que acaba de publicar el libro Huaco retrato.

Sofía Alvarez Capuñay

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Hablar de la cabeza y el corazón como cosas separadas e incluso opuestas es una costumbre antigua. Y diría que anticuada. Una herencia de los románticos. De allí que estos apuntes aparentemente tan teóricos sobre Huaco retrato, un libro que pone tantas herencias en duda, fueran en su origen una carta de amor a Gabriela Wiener. Carta que la interpelaba en segunda persona, en lugar de referirse a ella en tercera, pues se trataba de dar pie a una conversación. Ahora, sin embargo, fuera del contexto de la presentación de su libro en Barcelona (un libro que ha dado pie a varias cartas muy emotivas), parece buena idea convertir estos apuntes en un artículo y hablar de la autora, o de su nueva novela, como si ella no estuviera presente. A ver si más gente se anima a leerla, o si quienes la han leído se animan a continuar la conversación. 

El nuevo libro de Gabriela Wiener, Huaco retrato (Literatura Penguin Random House, 2021), es varios libros al mismo tiempo, escritos en varios registros, que van del más didáctico al más lírico. Es también un poema largo y un ensayo, y también un texto historiográfico, adscrito a la contracultura y que se mezcla con el género confesional. Un libro en el que la autora se desnuda, o se desnuda la narradora, en un autoanálisis poscolonial, postatarabuelo blanco, judío y vienés. Poscivilizador. 

No es solo la narradora quien cuestiona su propio linaje, sino que otros se lo van cuestionando a ella, que a su manera intenta reconstruirlo a lo largo del libro

Huaco retrato –así se llaman ciertas piezas de la cerámica prehispánica que buscaban representar los rostros indígenas con la mayor precisión posible– es su propio síntoma y también su propia cura. Remedio al trauma cholo y al linaje dudoso, que la narradora, de un color tan diferente al de su tatarabuelo (el explorador austriaco Charles Wiener), pone a su vez en duda, recorriendo el camino inverso al de su antepasado: “Nada de ese personaje extraviado en su eurocentrismo, violento y atrozmente racista tenía que ver con lo que soy, aunque mi familia lo glorificara”. Pero no es solo la narradora quien cuestiona su propio linaje, sino que otros se lo van cuestionando a ella, que a su manera intenta reconstruirlo a lo largo del libro. Todo lo horrible que ya le pasó sigue pasándole, pero Huaco retrato es su propio exorcismo porque, a fin de cuentas, la cura no parece ser otra cosa que una reescritura de la propia biografía. Una autoficción lúcida, pues la narradora siempre está adelantándose a señalar ella misma cualquier grieta –por ejemplo ideológica– que pueda abrirse entre sus palabras y por donde pueda colarse cualquier intento de desmontar su discurso.

La lucidez es una de las muchas hazañas de un libro tan complejo. Pero claro que no es la única: hace unos días, en la Feria de Frankfurt, la novela triunfaba. Ya no se puede decir que Charles Wiener, autor de un libro de novecientas páginas titulado Perú y Bolivia, sea el único escritor de éxito de la familia Wiener. Pero más allá del criterio comercial de la compra y venta de derechos de traducción, o más allá de las modas que existen al margen de la literatura, y más allá de que la diversidad efectivamente forme parte de nuestra conversación de todos los días, y de que la novela esté escrita desde ahí, desde la diferencia, más allá de toda consideración extraliteraria, paraliteraria, Huaco retrato es una proeza entre los tantos libros que se escriben y se publican también a diario. 

En un momento en que, como señala la narradora del libro, parece mal visto escribir autoficción (y el motivo incontestable de esa mala fama es la proliferación inane e interminable de selfies literarios que a nadie le interesan), ella se escapa del solipsismo, trasciende lo que solemos llamar narcisismo con una historia que, abstracción mediante, podría ser la de cualquiera que haya tenido o tenga padres, porque a todos se nos van a morir los padres si no nos morimos nosotros antes. O es la historia de cualquiera que tenga o haya tenido amantes. O la de todo un continente. O habría que decir subcontinente, cualquiera que no se sitúe en el centro. O la de cualquier mujer migrante o racializada. 

Y seguro que en buena medida lo consigue por el humor y la ironía, esa forma de poner distancia y juzgar ella misma lo que está construyendo, con la que se adelanta a cualquier impertinencia de la realidad, de las lecturas que puedan hacerse desde allí. Esa lucidez es lo que más sorprende a esta lectora, y tal vez sea una forma de defenderse, porque así funciona el trauma. Pero también es cierto que la realidad siempre está acechando a la narradora. Como les ocurre a todas las personas y comunidades en los márgenes, a tantísima gente ajena al poder y sus encarnaciones. Y por eso se trata de una narradora excéntrica, y por eso también tiene sentido que, constantemente, parezca defenderse. Un poco como evitando eso que ya le pasó. Una narradora con un programa político marrón y queer, de acusación y rehabilitación de los demás y de sí misma, y que siempre está dando cuenta de su propia poética. Porque una cosa no parece tener sentido sin la otra: “Conozco bien la sufrida artesanía del yo, lo delatador de mi materia prima, del material en bruto en una historia sin ficción aparente y los peligros de la construcción de un personaje que eres tú, cuando aún no se domina del todo el arte de limpiar las basuritas de contarse a uno mismo”. O también: “¿Cómo querría papá que lo recordara yo? ¿Funcionaría con él mi método de contar y reírme de mis propias miserias para hacerle más llevadero el hecho de que también iba a contar las suyas?”.

Pero la prueba más evidente de que Huaco retrato trasciende el ombliguismo, eso que salva a la autoficción, es que invita a la identificación inmediata. Sin ganas de ponerle etiquetas al libro, esta viene muy a cuento: Elleke Boehmer define la literatura poscolonial como esa que involucra a sus lectoras en actos imaginativos de identificación y cruce de fronteras (y no está de más recordar que, durante muchos años, era anatema identificarse con lo que uno leía). Y podría decirse que en la novela de Gabriela Wiener no quedan apenas fronteras o límites o tabúes por atravesar. A mí, en todo caso, me ha hecho atravesar el límite de cierto pudor. Y ese es otro de sus logros: la manera de confrontar a sus lectores con lo que no estaban esperando. La literatura no es y no puede ser lo que uno estaba esperando.

Pero Huaco retrato es muchas cosas más. Cuánto me ha acompañado este libro, en el que se cuenta cómo una mujer que lleva el nombre de la autora se bajó demasiado tarde del avión en el que iba a ver a su padre enfermo. Lo he leído y releído el mismo año en que le llegué tarde a mi madre, cuya historia tan latinoamericana tiene tantos puntos en común con la historia de la familia de la protagonista. El año en que me convertí, de nuevo como la protagonista, en detective de la historia de mi madre primero, rebuscando entre sus papeles, sus fotos, sus cartas, para reconstruir todo lo que ella no me había podido contar. Y luego también de la historia de mi padre, cuyo teléfono todavía tengo en la mesita de noche. Más exactamente, el chip que sustraje de su teléfono y que puse en uno mío, como para no ser descubierta, aunque luego tenga el impulso mimético de contarlo. “La violación de la intimidad de un muerto que es tu padre siempre será relativa”.

En fin, escribe la autora que “ningún libro te prepara para el duelo”, pero sí hay los que te acompañan, y Gabriela Wiener ya está en esa misma lista en la que incluía a Joan Didion y a Francisco Goldman y a David Rieff y a Julián Herbert hablando de sus muertos. 

Me identifico, pues, aunque no soy la migrante racializada del libro. O estoy blanqueada, como me dijo un día la propia Gabriela. Es cierto que alguien me hizo una vez el amoroso chiste de “pobrecita, ella cree que es blanca, no le digan la verdad”, del que yo todavía me río cuando me acuerdo para no sentirme ofendida, como la narradora del libro y su marido ante las citas atroces del racista tatarabuelo Wiener, que por otra parte “no es otra cosa que un refinado producto de su tiempo”. 

También creo que soy la salvaje que vino a estudiar a Europa y no aprendió nada y todavía extraña a su gente en lugar de echarla de menos. Y lo reivindico, aunque me haya referido hace un momento a mi mamá y a mi papá como “madre” y “padre”, eso que hace la narradora de Huaco retrato. Al fin y al cabo, “ser migrante también es vivir una doble vida. Es vivir con un parche en el ojo. Es suspender una de ellas para ser funcional en la otra. Superar el duelo, eso es lo que toca, tomar un avión e irme del duelo. Para afrontar otro duelo y encadenar esta pena al desconcierto”. 

Pero tal vez no pensaría en estas cosas si no hubiera leído este libro. Hay varias cosas en las que tal vez no habría pensado si no lo hubiera leído o no conociera a Gabriela, y ese es otro mérito: es un libro que hace pensar, un libro de ideas en el que sin embargo se imponen la historia y los personajes. 

Habla Wiener, o habla la narradora, de cómo no puede evitar sentirse identificada con la forma del tatarabuelo de “intervenir en la realidad cuando la realidad falla y de hacer de su experiencia la medida de todo.” Es decir, que la narradora arroja luz también sobre lo que podría ser su impostura, su falsedad, su carácter fraudulento. Que en algún momento del libro no sabe si ha heredado del padre recién fallecido, con su doble vida adúltera y un disfraz del que se valía para mantenerla; o de Charles, el tatarabuelo, de quien se dice que “no siempre es el verdadero autor de sus hallazgos”. No sabe de dónde le viene pero lo entiende como su linaje. 

Y quizá allí esté la explicación profunda de que esto de lo que estamos hablando sea una novela, es decir, una ficción. Y no en el hecho de que la forma novelesca permita jugar mejor con todos los materiales, acomodarlos en un libro que no tendría que defenderse de nada porque para eso es una novela.

Entonces, sospecho yo que de todas formas un poco a la defensiva (porque así funciona el trauma), la narradora siempre está señalando sus propias contradicciones, por ejemplo las que detecta en su deseo. “Hablamos sobre los y las follaindias y follanegras, blancos embargados de una culpa blanca que hace que se acerquen a nuestros cuerpos solo para fetichizarnos; pero también de lo que ocurre en nosotros, cuerpos racializados, por ese mandato, por haber aprendido que los cuerpos deseables son los blancos, delgados y normativos, mientras despreciamos lo que se parece a nosotros. La teoría me la sé. Pero cómo me la meto al cuerpo”. 

Meterse la teoría al cuerpo es lo que hacen algunas terapias o talleres, como uno al que asiste la narradora. Ofrecen herramientas para asumir el deseo, incluso perseguirlo, o bien para controlarlo, o hacer como que se controla. En el camino, nuestra narradora-analizante sigue confesándose: “He deseado en las mujeres lo que quería en mí: delgadez, blancura”. En medio de la propia autoterapia, durante un taller de sexo poscolonial facilitado por una persona marrón, no binaria y fea para los estándares del lugar y la época en que vivimos, la protagonista recibe la buena nueva de estar descolonizada. Que siempre puede ponerse en duda, porque eso que llamamos poder es como el Coco, o el Cuco: anda siempre al acecho, lo llevamos dentro.

Sabemos que no hay manera de poner la vida en el papel, que en el momento en que se eliges una cosa y no otra se está creando una versión de la realidad

Parece un contrasentido hablar de la lucidez casi paranoica de la narradora, que se anticipa a todas las grietas que pueden abrirse en su discurso, por ejemplo cuando la queja por el abuelo huaquero podría confundirse con una forma del orgullo, y el libro en el que quiere desheredar al antepasado podría leerse como un homenaje involuntario. Aunque su “identidad chola, marrón y sudaca intente disimular la Wiener que lleva dentro”. Una contradicción “digna” de la tradición familiar: “Es curioso cómo lograron en esa familia en tantos años hacer coexistir el orgullo por el patriarca y la vergüenza por su abandono en un solo gesto”. 

Aún así, desde un punto de vista cholo, marrón, sudaca y encima queer, va escribiendo esa historia propia, paralela y contraria al empeño civilizador de su pariente europeo. Sin que jamás ni nunca se le escape que “hay algo en esta mezcla perversa de huaquero y huaco que corre por mis venas, algo que me desdobla”. 

Un poco más adelante: “Y ni la mala consciencia te salva”.  

Yo creo que, si acaso tuviera que salvarse de algo, este libro se salva por todo lo que sabe de sí mismo, por la lucidez apabullante. Sospechoso sería que la narradora no diera cuenta de ninguna contradicción. Pues se trata, como he dicho, de un personaje, no de una idea. Y no podemos ni queremos ser dogmáticas. 

Y sin embargo, hay una cosa que no deja de rondarme, y es la propia idea de que se trate de una ficción. Sabemos que no hay manera de poner la vida en el papel, que en el momento en que se eliges una cosa y no otra, como la montajista que dice ser la narradora de Huaco retrato, se está creando una versión de la realidad, no la realidad misma, mucho menos lo real, que no se puede decir.

Pero esto viene a cuento porque hace muchos años que pienso que la obra de Gabriela Wiener está por encima de tantos trabajos autobiográficos, porque lo que en otros puede ser o parecer explotación literaria o seudoliteraria o seudoartística de la vida (una vida normalmente impostada), en su caso parece ser parte de la vida auténtica, aunque la palabra auténtico pueda sonar a artesanía o tesoro arqueológico. A artesanía peruana. En lo que hace Gabriela siempre me ha maravillado que vida y obra parecen inseparables. Está tan lejos, precisamente, de la impostura que parece preocuparle, que me dan ganas de decirle que no se preocupe, porque además, como en la cita famosa, el que se arranque la máscara se queda sin rostro.

Aún así la autora va y escribe este retrato, que es una novela, como para dejar clara la separación entre la vida y la obra. Quizá porque eso le permite poner tantas cosas juntas, porque la definición de novela es, básicamente, cualquier cosa y todas al mismo tiempo. Quizá porque la ficción la protege. De ese mismo desamparo que la narradora está contando a lo largo de todo el libro. Y que tal vez alivien un poco sus lectores, estas palabras y todas las palabras por venir. 

Al revés seguro que funciona, aunque leer con una finalidad no esté bien visto, trátese de libros “de duelo” o de novelas “románticas” o de la temida autoayuda.

Pero una tendría que poder hacer lo que le dé la gana con los libros, como hace Gabriela Wiener cada vez que escribe, sin que en el fondo importe lo que piensen los demás (porque eso debe ser lo que llamamos narcisismo, normalmente refiriéndonos a un problema de los demás). O como hace su narradora, que no deja de ser su propia guardiana, lúcida tal vez por cortesía, para facilitar el pacto necesario para leerla, pero tan sólida.

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Diana Hernández Aldana creció en Venezuela y vive en Barcelona, donde trabaja como editora sin haber perdido el acento, ni las conjugaciones, ni el léxico caribeño. Este texto es una reescritura del que leyó en el acto de presentación del libro de Gabriela Wiener en la librería Finestres de Barcelona el pasado 29 de octubre.

Hablar de la cabeza y el corazón como cosas separadas e incluso opuestas es una costumbre antigua. Y diría que anticuada. Una herencia de los románticos. De allí que estos apuntes aparentemente tan teóricos sobre Huaco retrato, un libro que pone tantas herencias en duda, fueran en su origen...

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Diana Hernández Aldana

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