1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

ESPACIO DE MEMORIA

Viñetas del barrio

Un recorrido por los avatares del extrarradio en el cómic español

Gerardo Vilches 20/12/2021

<p>Viñeta del cómic <em>Rambla arriba, Rambla abajo.</em></p>

Viñeta del cómic Rambla arriba, Rambla abajo.

Carlos Giménez

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

El concepto de “barrio” es curioso. Más allá de ser una unidad de organización del espacio urbano, tiene connotaciones sociales y emocionales evidentes: no es lo mismo vivir en un barrio que ser de barrio. Eso es otra cosa. Es pertenecer a un tipo concreto de barrio, uno popular y humilde, uno que, con la progresiva y asfixiante gentrificación de los centros de las ciudades españolas, ha quedado relegado, sobre todo, a la periferia y el extrarradio, esos espacios que son último territorio de resistencia, pero también de supervivencia, como dicen Yayo Aznar Almazán y Jesús López Díaz en Arte desde los setenta: prácticas en lo político (Ramón Areces, 2019). Resistencia ante la lógica neoliberal, donde todavía es posible la solidaridad y la red de apoyo entre vecinos. 

Pero, como nativo de Entrevías (Vallecas, Madrid), puedo asegurar que no es todo tan bonito, y que hay que andarse con ojo y no caer en el error de romantizar ni el presente ni el pasado del barrio. Del barrio-barrio, ya me entendéis. Porque también son lugares abandonados por las administraciones, especialmente vulnerables ante las crisis y en los que la vida no siempre es fácil. Tal vez por eso las ficciones que han abordado el tema han basculado siempre entre la nostalgia y la denuncia, con todos sus matices y zonas intermedias. Y el cómic no solo no ha sido una excepción, sino que se ha convertido en un terreno especialmente propicio para esta temática, sobre todo en las últimas décadas. 

No resulta casual que los primeros cómics que abordan la vida en el barrio de forma directa aparezcan en los años setenta, con el boom del cómic adulto y el fin de la dictadura franquista y su censura. Por supuesto, los tebeos infantiles de Bruguera y otras editoriales solían mostrar estampas de barrios populares, pero eran, más bien, imágenes de un escenario abstracto donde se desarrollaban las peripecias de los personajes. Ni siquiera era fácil identificar ningún barrio real, al menos, hasta que apareció Jan y comenzó a dibujar en Superlópez una Barcelona bulliciosa que respiraba vida en cada viñeta. Pero el pionero en esto, como en tantas otras cosas, fue Carlos Giménez. Poco después de iniciar la publicación de su obra más reconocida, Paracuellos, el autor madrileño comenzó a serializar en El Papus su segunda serie adulta de peso, titulada, precisamente, Barrio (1977). Con una base autobiográfica, retomaba el relato de Paracuellos, una vez abandonaba los Hogares de Auxilio Social y se reintegraba a la vida del barrio de Lavapiés, donde viviría con su madre. La serie original se completaría con nuevas entregas casi treinta años más tarde, hasta completar cuatro álbumes, publicados entre 2001 y 2007 (Glénat), que recopilaban diferentes historias de ese barrio madrileño, durante los duros años cincuenta. La mirada de Giménez es siempre crítica, aunque no exenta de ternura, y se centra en el protagonismo coral, en el crisol de experiencias que dan forma al vecindario. Marcado por el hambre y la carestía a las que el régimen condenaba a las clases populares, el escenario se puebla de estraperlistas, viudas de guerra, gordos obispos y guardias civiles malencarados, a la búsqueda, aún, de algún rojo que se les hubiera despistado. Lo más interesante de Barrio es que Giménez consigue destilar la esencia más pura de lo que supone vivir en uno de estos espacios, más allá del contexto histórico concreto de lo que cuenta: cualquiera que haya vivido en un barrio de este tipo hasta bien entrados los años ochenta reconocerá esas calles, con sus niños todo el día jugando y haciendo el cafre, su castañera, su quiosco que vende un poco de todo, su afilador o su trapero. El mismo autor repetiría escenario en muchas otras de sus historias, algunas muy recordadas, como la excepcional Rambla arriba, Rambla abajo (1985-1986), ambientada en Barcelona y recopilada en un álbum del mismo nombre (Glénat, 2001).

Giménez consigue destilar la esencia más pura de lo que supone vivir en uno de estos espacios, más allá del contexto histórico concreto de lo que cuenta

Por la misma época, serán los autores del underground los que de manera más contundente reflejen lo que significaba la vida en los barrios de las grandes ciudades durante el tardofranquismo y la transición. Anticipándose al fenómeno del cine quinqui que inauguró Perros callejeros (José Antonio de la Loma, 1977), el círculo primigenio reunido en torno a El Rrollo Enmascarado (1973), fundacional fanzine subterráneo, se esmeraban en mostrar lo que vivían día a día en barrios llenos de vida y de ganas de libertad, pero también duros, violentos y, pronto, azotados por la plaga de la heroína. No es de extrañar que esa revista que aglutinó a Max, Nazario, Mariscal o Miguel Gallardo, entre otros, fuera censurada y perseguida por las autoridades. Sin embargo, la mecha estaba prendida, y muy pronto el underground más oscuro y nihilista construiría la crónica de una sociedad golpeada por la crisis económica que acompañó a la transición, aquella crisis del petróleo de 1973 que supuso la alfombra roja para recibir al neoliberalismo más inhumano. Sueldos congelados, inflación descontrolada y un paro como nunca habíamos conocido no dibujaban un escenario muy alentador en las zonas urbanas más desfavorecidas y abandonadas por las instituciones, tanto las franquistas como las de la naciente democracia. El panorama era propicio para la aparición de iniciativas como la revista Butifarra! (1975-1977), nacida en los barrios populares de Barcelona con vocación asamblearia y espíritu contestatario, y que denunciaría las condiciones de vida y el abandono de aquellas zonas. La mayoría de las publicaciones underground fueron bastante menos constructivas y descreídas. El No Future de los punkis se había convertido en el lema de la época en la que un personaje como Makoki se convertiría en símbolo. Creado por Felipe Borrallo, Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla, este zumbado huido del frenopático formó una pandilla que alcanzaría gran popularidad en las páginas de El Víbora, tras pasar por algunas de las publicaciones contraculturales del momento. El Choni, el Niñato y el resto de esa panda de delincuentes de poca monta, inspirados en los ambientes que conocían los propios autores, no solo eran puro barrio, sino que además suponían una resistencia ácrata y descerebrada a los reductos del aparato franquista, encarnados en personajes tan chungos como el comisario Loperena o el fascista Buitre Buitaker. Uno de sus mayores hallazgos fue la reproducción del habla de la calle, algo que compartía con los autores fundadores de la revista satírica El Papus (1973-1985), otros avezados observadores del barrio como Óscar Nebreda, Ja e Ivà, quien, años más tarde, realizaría en Makinavaja, el último choriso (1986-1994) el fresco humorístico definitivo de esa Barcelona preolímpica poblada de gentes de mal vivir, mucho más honradas, sin embargo, que los que vivían demasiado bien.

Como Makoki, la Anarcoma (1978-1980) de Nazario también se esmeraba en reproducir los ambientes en los que se movía su autor. Pero el enfoque fue muy diferente: Nazario quiso centrarse en las noches locas del barrio chino, y su detective transexual frecuentó famosos locales de alterne y transformismo donde el propio dibujante sevillano acudía acompañado de sus amigos. Todavía asediado por el reaccionarismo propio de la dictadura, el barrio chino era, incluso desde antes de la muerte de Franco, un espacio con sus propias reglas, que gozó de una libertad sexual y de costumbres inéditas en otros ambientes, y que aparecen maravillosamente reflejadas en las páginas de la que es, sin duda, una obra cumbre de su época. Anarcoma retrata también un ambiente peligroso y marginal, poblado de yonquis, camellos, prostitutas y chulos, en un momento que era encrucijada entre lo cañí y lo moderno, con esos aires que acabarían por llevarse la identidad del barrio bajo el pretexto de los Juegos Olímpicos del 92, el final de toda una época.

El barrio chino era, incluso desde antes de la muerte de Franco, un espacio que gozó de una libertad sexual y de costumbres inéditas en otros ambientes

No fueron estas las únicas visiones descarnadas de los barrios de comienzos de los ochenta que desfilaron por las páginas de El Víbora: no podemos olvidarnos de la paranoia de Martí Riera y su Taxista (1984), por ejemplo, o de las oscuras historias de Alfredo Pons, reflejo de la sordidez que podía llegar a albergar la gran ciudad. Fueron el reverso oscuro –acaso más realista– de la más luminosa modernidad que pregonaban otras revistas de la época, como Cairo (1981-1985) o Madriz (1984-1987), donde el espacio urbano era, con frecuencia, una oportunidad para la diversión y la despreocupación, escenario de peripecias protagonizadas por modernos urbanitas a la moda. Si estas revistas fueron el equivalente a la Movida más chic, El Víbora, de alguna forma, se alineaba con el rock urbano más combativo de Asfalto, Barón Rojo o esos Obús que desayunaban café con churros en algún barrio de Vallecas, ataviados con sus greñas y sus chupas. 

Recuerdos del barrio

Puede parecer que me estoy yendo por las ramas, pero, en realidad, la mención al heavy viene muy al caso, porque es evidente que, durante los años ochenta, se forjó una relación muy especial entre este género musical y el extrarradio de las grandes ciudades. Refugio de una juventud sin expectativas, más allá de currar en lo que sea para sobrevivir, el metal español hablaba, en el fondo, de lo mismo que los tebeos: de una deprimida realidad social que no maquillaban. Por eso no es de extrañar que, ya en el siglo XXI, cuando muchos autores maduros vuelvan la vista atrás a su adolescencia de barrio ochentero, el heavy esté presente. Es el caso de Heavy 1986 (Sapristi, 2016) y su continuación, Heavy: los chicos están mal (Sapristi, 2017) de Miguel B. Núñez. Su dibujo sencillo y sus potentes colores nos transportan al extrarradio de Madrid, donde un grupo de adolescentes se va asomando a la vida adulta, capeando el inevitable choque generacional con sus padres. La mirada de Ñúñez está llena de cariño, pero no cae en la nostalgia acrítica ni evita mostrar que las cosas eran duras. La droga, la precariedad y la falta de expectativas vitales conviven con la intensidad de los primeros amores, la libertad que daba el rock duro y las litronas entre amigos tomadas en parques o en billares. La segunda entrega, además, pone sobre la mesa los enfrentamientos entre tribus urbanas, una violencia cotidiana más de la época.

Heavy 1986, de Miguel B. Nuñez

Resulta muy interesante comparar estos dos cómics con la autobiografía sentimental Siempre tendremos 20 años (Norma, 2020) de Jaime Martín, un autor que, tras abordar las biografías de su padre y su abuela en sendos libros, remata esta trilogía con la más redonda de las entregas, quizás porque la preocupación por ser fiel a unos hechos que no vivió no le constriñe tanto. Aquí puede entregarse a sus propios recuerdos para trazar un relato generacional que arranca diez años antes que los cómics de Núñez: justo tras la muerte de Franco. Cambiamos Madrid por Barcelona, pero, en realidad, las dificultades no son muy diferentes, porque la crisis no entiende de eso. Martín muestra el desconcierto de una juventud que gozó de una nueva libertad con la que no siempre sabía qué hacer, en un momento en el que los curas de los colegios religiosos y la policía todavía no se habían sacudido de encima las formas autoritarias. El paro y la droga ya asediaban a estos chavales como una década más tarde asediaría a los protagonistas de Heavy 1986. Junto a la misma música que ellos escuchaban, Jaime Martín encontró otra tabla de salvación: los tebeos. Se dedicó a ellos profesionalmente desde muy joven y, significamente, uno de sus primeros trabajos de empaque fue una serie publicada en El Víbora, Sangre de barrio (1989-2002), que fue una de las primeras en mostrar la crudeza de la vida en los barrios obreros tras el primer underground, aunque con un dibujo mucho más académico, con el que trazó el retrato seco de una generación perdida, de un grupo de jóvenes que solo había conocido la necesidad y la delincuencia y parecía incapaz de escapar de ese círculo vicioso. 

La droga, la precariedad y la falta de expectativas conviven con la intensidad de los primeros amores, la libertad que daba el rock duro y las litronas entre amigos

Resulta muy revelador que la mayoría de autores que recientemente han echado la vista atrás para rememorar su juventud en el barrio tengan este tipo de enfoques descarnados y críticos. Es el caso de una obra olvidada que merece reivindicación, Santo Cristo (Glénat, 2009) de Tyto Alba, Mario Torrecillas y Pablo H., una historia ambientada en el barrio del mismo nombre en la periferia industrial de Barcelona, tras la transición. Aunque es una ficción, los guionistas evocan sus propias adolescencias en Santo Cristo, y recrean un mundo no muy lejano al que refleja Jaime Martín.

Pero también es el caso de otra de las obras más ambiciosas consagradas a la memoria del barrio publicadas en el siglo XXI: Historias del barrio (Astiberri, 2011) y su continuación, Historias del barrio. Caminos (Astiberri, 2014) de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí. Se trata de un conjunto de historias cortas con un cierto hilo argumental que refleja la adolescencia de Beltrán y su pandilla de amigos en una de las barriadas más deprimidas de Palma de Mallorca, un ambiente en el que convivían con la prostitución y la delincuencia, y en el que la única opción para sobrevivir era convertirte en alguien lo suficientemente duro. Marcados por los malos tratos y el frecuente alcoholismo de sus padres, estos chicos dedicaban sus días a soñar con un futuro mejor, pero mientras daban palos a droguerías, tiraban de los bolsos de las señoras y robaban coches de lujo. Con un tono literario quizás afectado en exceso, y en contraste con los suaves dibujos de Seguí, este cómic logra, a pesar de ello, reflejar experiencias duras en un mundo sin apenas piedad, pero en el que aún había espacio para la amistad. Historias del barrio, cercana en su sensibilidad al cine quinqui de los ochenta, alcanza otra dimensión gracias al factor autobiográfico. Y, además, tiene como virtud acercarnos a la realidad de un barrio obrero marginal que se aleja de los centros urbanos de Madrid y Barcelona, hasta ahora omnipresentes en este recorrido. 

El barrio hoy

Llegados a este punto, cabe preguntarse qué sucede para que los autores de cómic actuales solo aborden el barrio como espacio para la memoria o el recuerdo de su juventud. ¿Es que ya nadie vive en uno? ¿O es que ya no existen sus problemas? Seguramente, el relato de la modernidad que se convirtió en hegemónico durante los 90, sumado al boom del ladrillo, arrinconó en los márgenes a las narrativas de la precariedad. Si ya éramos europeos y atábamos a los perros con las longanizas de los fondos de la UE, ¿qué necesidad había de seguir recordando esas miserias? Esos espejismos sirvieron para desarticular las redes de resistencia ciudadana en barrios que, si bien ya no eran arrasados por el consumo de heroína, caían ahora presa de la especulación y de la fiebre inmobiliaria. Sumémosle a eso que el cómic español no pasaba entonces por su mejor momento y entenderemos por qué tardamos en volver a leer historias críticas con ese relato.

Esos espejismos sirvieron para desarticular las redes de resistencia ciudadana en barrios que, caían ahora presa de la especulación y de la fiebre inmobiliaria

La crisis del 2008 acabó de golpe con todas esas ilusiones. Tras despertar, descubrimos que en los barrios las cosas todavía eran duras, y que seguía habiendo mucha gente en riesgo de exclusión o ya directamente fuera de un sistema inhumano e implacable. Es a partir de entonces cuando se comienzan a publicar la mayoría de obras que hasta ahora hemos revisado, pero también cuando aparecen nuevas visiones que se centran en el aquí y ahora. El auge del cómic costumbrista y autobiográfico ha hecho que, necesariamente, muchas obras se ambienten en algún barrio popular que sirve de escenario de cómics humorísticos con su poso de crítica social como Colmado Sánchez (¡Caramba! 2014) de Clara Soriano o Desastre (Astiberri, 2018) de Mamen Moreu, pero también de ficciones de género que no se entenderían en otro contexto, como Palos de ciego (Astiberri, 2017), el debut en el cómic de El Irra. Más irregular que su segunda obra, el contundente No te serviré (Spaceman Project, 2020), tiene sin embargo el valor de reflejar fidedignamente la esencia del barrio sevillano de la Esquina del Gato, en el Aljarafe Sur, con sus luces y sus muchas sombras. Con trazas de género negro, este relato tremendista cuenta el regreso a casa de Jesús, y sus intentos por salir de la marginalidad y dejar atrás la delincuencia, un camino que el sistema nunca facilita. 

Una pequeña mentira (Astiberri, 2019) de Mario Torrecillas y Artur Laperla, publicado originalmente como Dream Team en 2014, tiene un enfoque casi totalmente opuesto al de Palos de ciego, mucho más amable. Cuenta la historia de un chaval que juega al fútbol en un equipo local y que, para ilusionar a su padre, divorciado y con problemas con el alcohol, se inventa que el Arsenal va a ficharlo por una pasta. El contexto en el que viven es clave: un barrio popular de Valencia, que se plantea como un lugar de solidaridad y confianza entre vecinos, pero también como uno del que salir gracias al fútbol, ilusorio ascensor social.

Portada de Carne de Cañón, de Aroha Travé

El cómic con el que debemos finalizar este viaje por el barrio no puede ser otro que Carne de Cañón (La Cúpula, 2019) de Aroha Travé, una de las irrupciones más potentes en el cómic español de los últimos años. Travé reverencia El Víbora y su espíritu supura por cada uno de sus poros, pero también entiende que la mejor forma de seguir sus pasos es enfrentándose a su época, en lugar de mirar hacia el pasado con más o menos nostalgia. El libro, de pequeño formato y dos viñetas por página, se abre con un plano de este barrio imaginario que se percibe como totalmente real: la plaza, el descampado, la fábrica abandonada, la torre de apartamentos construida en el tardofranquismo… Lugares universales, en los que cualquiera se puede reconocer. Al igual que sucede con la pandilla de críos capitaneada por Yanira y Killian –nombres de hijos de millenial– o el resto de personajes que pululan por este barrio abandonado a su suerte tras el crash de la construcción. El humor esperpéntico con el que Travé impregna todo no impide que se traten las dificultades de una madre soltera, la falta de infraestructuras o las carencias de un colegio público de extrarradio. Puede que ahora tengan móviles y se comuniquen por WhatsApp en lugar de tocar en el telefonillo de los colegas, y que donde antes había quinquis ahora haya chonis –aunque algún heavy de la vieja guardia quede por ahí, pero, en el fondo, las cosas no han cambiado tanto en el viejo barrio. Y, por suerte, siempre tendrá quien lo cuente a través de las viñetas.

El concepto de “barrio” es curioso. Más allá de ser una unidad de organización del espacio urbano, tiene connotaciones sociales y emocionales evidentes: no es lo mismo vivir en un barrio que ser de barrio. Eso es otra cosa. Es pertenecer a un tipo concreto de barrio, uno popular y humilde, uno...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí