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TEMPORADA CERO

‘Rumbo al infierno’: Yahvé, el gran populista

La serie de Yeon Sang-ho, director de ‘Train to Busan’, es una oscura aproximación al surgimiento de los nuevos autoritarismos y el colapso de las democracias liberales desde el terror fantástico

Jaime Lorite 24/12/2021

<p>Imagen promocional de <em>Rumbo al infierno</em>.</p>

Imagen promocional de Rumbo al infierno.

Netflix

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Desde sus inicios en el cine de animación, el director y guionista surcoreano Yeon Sang-ho ha mostrado interés en abordar el tema de la paz social como ficción bajo la que se esconden todos los monstruos. No fue el primero, ni ha sido el último de los cineastas de ese país en reflejar, con su trabajo, un estado de ánimo local muy distinto al del relato de prosperidad capitalista que frecuentemente se ha transmitido sobre Corea del Sur, una de las diez mayores economías del mundo: sin ir más lejos, los populares ejemplos de Parásitos, ganadora del Óscar a la Mejor Película en 2020, o la serie de Netflix El juego del calamar ilustraban en sus narraciones un momento de clara y profunda desesperación en los bajos fondos del país, que cuenta, según la OCDE, con una de las mayores tasas de desigualdad de los Estados miembros. 

Rumbo al infierno comienza con la manifestación sobrenatural de unas profecías que anuncian a varias personas la fecha y hora a la que van a ser conducidas al infierno

Resulta interesante observar cómo, dentro de una cinematografía que lleva más de dos décadas de enorme proyección internacional, los autores más destacados (Park Chan-wook, Bong Joon-ho, Na Hong-jin, Lee Chang-dong…) han compartido una obsesión recurrente por entender el mal. En el caso de Yeon Sang-ho, como en el de algunos de los demás, el diagnóstico siempre ha apuntado a la sociedad de clases, aunque la característica diferencial de su punto de vista es la atención que dedica al “huevo de la serpiente”. El debut del director, la sórdida película The King of Pigs (2011), seguía a unos muchachos víctimas de acoso por parte de los niños ricos de su escuela, mostrando cómo éstos acababan viéndose abocados a la protección brindada por Chul, un psicópata dedicado, entre otras edificantes aficiones, a apuñalar gatos. No mucho mejor era el antihéroe de The Fake (2013), un hombre alcohólico, maltratador y de vuelta de todo cuya falta de esperanza le convertía en el único inmune al encanto de una secta ultracatólica en un pueblo empobrecido. 

En la serie de seis capítulos Rumbo al infierno –segundo trabajo de Yeon para Netflix, tras el largometraje Psychokinesis (2018)–, el director ha abordado más nítidamente que nunca la crisis, a nivel global, de las democracias liberales, desbordadas por el descontento general y por los agentes desestabilizadores que lo capitalizan, con evidentes reminiscencias de procesos políticos contemporáneos. Todo comienza con la manifestación sobrenatural de unas profecías que anuncian a varias personas la fecha y hora a la que van a ser conducidas al infierno. Cada vez que el momento llega, tres criaturas negras gigantescas aparecen para ejecutar de manera extremadamente violenta al condenado.

Los sucesos, que al principio son acogidos con incredulidad, se convierten en algo recurrente y el terror se instala entre la población. En medio de todo, un grupo fundamentalista cristiano que, de forma muy elocuente, se hace llamar La Nueva Verdad protagoniza un ascenso imparable, al ser capaz de ofrecer a los surcoreanos una explicación simple de estos hechos horribles y, en apariencia, irracionales: las criaturas son enviadas de Dios y todos los condenados son pecadores. De la noche a la mañana, lo que era una ominosa amenaza colectiva se convierte, para la sociedad, en un problema individual de gente que, supuestamente, se lo ha buscado y que, para colmo, es humillada en público, incluso con retransmisiones televisivas de sus muertes. 

El creador Yeon Sang-ho introduce rasgos de los grupos de extrema derecha a la hora de describir a La Nueva Verdad, pero también habla a través de lo que no muestra

El creador Yeon Sang-ho, que escribe el guion junto a Choi Kyu-Seok (ambos son, a su vez, coautores del tebeo en el que se basa la serie), introduce rasgos muy reconocibles de los grupos de extrema derecha a la hora de describir a La Nueva Verdad, pero también habla a través de lo que no muestra. Mientras se desarrolla la tragedia, por ejemplo, apenas se tienen noticias del gobierno surcoreano, incapaz de ofrecer a sus ciudadanos un relato que pueda frenar la histeria. El vacío es muy fácilmente aprovechado por los fanáticos, cuya retórica esencialista y reduccionista sobre el bien y el mal abre paso a la violencia contra los desfavorecidos. También, por supuesto, a la excusa de salvar a la gente de sí misma para instalar todo un aparato de hipervigilancia fascista: el dispositivo que va estableciéndose en Rumbo al infierno recuerda al modo en que se instaura la dictadura de Gilead en la novela y la serie El cuento de la criada, pura doctrina del shock. Así, el ámbito privado de las personas pasa a ser objeto de una fiscalización puritana y retrógrada, donde el miedo sustituye a la capacidad de elección. 

No se puede obviar que otro referente de este conglomerado autoritario es el que a Yeon Sang-ho le queda más cerca: la propaganda y el culto de Estado que en la serie se escenifican evocan inevitablemente la iconografía de aspiración religiosa de la dinastía Kim en Corea del Norte. 

En la estructura de la serie, dividida en dos partes diferenciadas, casi se puede leer un manual sobre lo que activa y desactiva un régimen totalitario

El miedo es, precisamente, la gran condición de posibilidad del autoritarismo, según propone el director surcoreano. En la estructura de la serie, dividida en dos partes diferenciadas (los primeros tres capítulos suceden en 2022 y los otros tres en 2026), casi se puede leer un manual sobre lo que activa y desactiva un régimen totalitario. El peso crucial de las herramientas virtuales dentro de la ficción confirma, una vez más, que Yeon mira a la actualidad: el grupo de mamporreros La Punta de Flecha, facción radical y de vocación juvenil del movimiento, parece un calco hasta a nivel estético de los seguidores de QAnon, los conspiranoicos supremacistas de Estados Unidos que guardan las esencias del trumpismo. Las contradicciones y la condición de tontos útiles de estos individuos les hace tan prácticos para tomar el poder como peligrosos por su naturaleza incontrolada, tal y como, sin entrar en detalles, se va a plantear en la segunda mitad de la serie, estimulante a nivel discursivo por cómo enlaza con la obra completa del cineasta. 

En su famosa trilogía de zombis compuesta por Train to Busan (2016), la precuela animada Seoul Station(también de 2016) y la continuación Península (2020), Yeon Sang-ho no narraba tanto una epidemia de zombis como una debacle de la civilización. Las dos primeras películas cronificaban el desmoronamiento de toda idea de cooperación e igualdad entre clases: el egoísta hombre de negocios Yong-suk se erigía como el principal villano de Train to Busan, por encima de los muertos vivientes, mediante una feroz aplicación práctica de la ideología del “sálvese quien pueda”, mientras que las autoridades de Seoul Station se mostraban mucho más comprometidas con hacer cumplir la ley de asambleas que con asistir a los primeros afectados del brote zombi; en ese momento, todavía solo gente de la calle, como prostitutas y vagabundos. Sin embargo, en el caos total de Península, Yeon dejaba entrar un resquicio de luz y apuntaba a la solidaridad entre los débiles como gesto irreductible e indiscutible. Un mensaje, el de que solo el pueblo salva al pueblo, que planteó antes con el superhéroe de barrio de Psychokinesis y que, también, se manifiesta en algunas de las sorpresas reservadas para el tramo final de Rumbo al infierno

Pese a que sus efectos digitales resulten, por momentos, un tanto pobres, la originalidad y la elegancia narrativa desplegadas por Yeon Sang-ho en Rumbo al infierno convierten la serie de Netflix en uno de los más valiosos exponentes, hasta la fecha, del nuevo noir coreano, tanto en la atmósfera detectivesca de su primer segmento como en el terror insondable y conspiratorio del segundo. Un regreso por todo lo alto del director a esos ambientes oscuros y miserables que le pusieron en el mapa, que acrecienta la riqueza de una cinematografía viva (la surcoreana), de la que únicamente con la perspectiva de los años se podrá medir cuánto y con qué fortuna ha logrado hablar de esta etapa política. Y, en especial, cuántas de sus funestas profecías se han cumplido.

*****

Ficha técnica:

- Género: Fantástico, Terror, Policial, Suspense  

- Año: 2021 

- Creador: Yeon Sang-ho 

- País: Corea del Sur 

- Dónde verla: Netflix


Desde sus inicios en el cine de animación, el director y guionista surcoreano Yeon Sang-ho ha mostrado interés en abordar el tema de la paz social como ficción bajo la que se esconden todos los monstruos. No fue el primero, ni ha sido el último de los cineastas de ese país en reflejar, con su trabajo, un estado...

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