1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

REENFOQUE

Europa descentrada y el fin de la hegemonía occidental

Toca pensar en un Occidente no dominante, sabiendo que en la misma ‘provincia Europa’ algunos no hemos dejado de ser internamente periféricos

José Antonio Pérez Tapias 30/12/2021

<p>Mapa del mundo (1689).</p>

Mapa del mundo (1689).

Gerard van Schagen

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Quien no está atento a los signos de los tiempos corre el riesgo de quedar como anacrónico en su propia época. Ese peligro no se cierne sólo sobre los individuos, con los problemas de desajuste que pueden producirse en sus propias vidas entre sus pretensiones y el mundo en el que están inmersos, sino que también puede afectar a sociedades y culturas cuando permanecen atrapadas en una comprensión de sí mismas, mayoritariamente compartida en su seno, en virtud de la cual su imaginario colectivo les juega la mala pasada de mantener la creencia de vivir en un mundo que en realidad ya no es como lo pintan sus construcciones ideológicas. Las consecuencias de semejante falta de realismo crítico pueden ser nefastas, agravándose a medida que se ensancha la distancia entre lo ilusorio y lo real, dando pie a que incluso fantasías sostenidas por muchos traten de cubrir esa distancia sirviéndose de fragmentos de realidad que, como material de derribo, aún permiten apuntalar un edificio que amenaza ruina. Tal cosa puede ocurrir si los efectos del mencionado desajuste llegan al campo de la economía, al tejido de las relaciones sociales, a la legitimidad de las instituciones políticas o al ámbito en el que se hilvanan los significados sobre cuya retícula una cultura da expresión a las experiencias de sentido que en ella puedan alumbrarse. Todo ello cabe decirlo, sin necesidad de dramatismo sobreactuado, pero sí con la urgencia de que sea tomado en serio, respecto al referente cultural y a la realidad geopolítica que llamamos Occidente y, dentro de ese marco, a lo que es y representa o quiere representar Europa. 

Diagnósticos en torno a una crisis largo tiempo gestada

Cualquiera puede pensar que llegamos tarde a plantear dicha cuestión. Es fácil que de inmediato venga a la memoria La decadencia de Occidente, obra de Oswald Spengler cuyo primer volumen vio la luz en 1918 y que tuvo una fuerte influencia en el periodo de entreguerras, sobre todo en Alemania –el germanocentrismo de Heidegger, por ejemplo, no fue ajeno a dicho influjo–, donde, por otra parte, sus apelaciones a la vuelta “a la tierra y a la sangre” para salir de una profunda crisis cultural, con sus repercusiones sociopolíticas, fueron tomadas de la peor manera por el nazismo. La temática o, mejor, la problemática ha dado muchas vueltas a lo largo del siglo XX, pudiéndose mencionar a ese respecto el impactante escrito Dialéctica de la Ilustración, de Horkheimer y Adorno, el cual, señalando el fondo de la crisis de la cultura occidental, cuando ésta salía de la negativa experiencia de la barbarie nazi y sus campos de exterminio, se contraponía al diagnóstico spengleriano. No hay que olvidar que de éste dijo Adorno, décadas atrás, que había de ser tomado en serio, pues pudiera verificarse, que es lo que efectivamente ocurrió cuando la llamada “a la tierra y a la sangre” encontró la respuesta que antes nadie se atrevió a imaginar. Por otra parte, dirigiendo la mirada a nuestro tiempo de fines del siglo XX y comienzos del XXI, igualmente podemos hallar diagnósticos epocales en los que se manifiesta el eco de la crisis de la modernidad, tal como en España lo hicieron Rafael Argullol y Eugenio Trías cuando reflexionaron sobre ello bajo el título El cansancio de Occidente o, más recientemente, cuando el filósofo granadino Luis Sáez nos confronta en su libro El ocaso de Occidente con las patologías civilizacionales de la realidad en que vivimos

Entre fines del siglo XX y comienzos del XXI, podemos hallar diagnósticos epocales en los que se manifiesta el eco de la crisis de la modernidad

No hay que perder de vista que en dirección contraria a los analistas de la decadencia o el ocaso de Occidente se sitúan quienes no dejan de exaltar su esplendor, y si otros cargaron las tintas sobre los logros políticos y culturales del mundo occidental, como hacía Max Weber subrayando la especificidad de su racionalismo, otros lo hacen enfatizando el expansivo poderío de su capitalismo, habida cuenta que se considera producto de dicho mundo. Situados en esa posición, reforzada bajo el paradigma neoliberal en las últimas décadas, tanto se exalta la universalización del par formado por Occidente y su capitalismo como la solidez inquebrantable de éste tal como se subraya desde el “realismo capitalista” descrito por Mark Fisher, haciéndose eco del famoso lema de Margaret Thatcher “no hay alternativa”. Tan entusiastas espíritus neoliberales vienen a confirmar el dicho difundido por Frederic Jameson –parece que Žižek le disputa la paternidad– acerca de que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Tal fe tan occidentalista como capitalista se vio expresada por Francis Fukuyama cuando a resultas de la caída del muro de Berlín en 1989 y de la posterior disolución de la URSS en 1991, es decir, cuando quedó finiquitado el conflicto de bloques de la Guerra Fría, escribió El fin de la historia. Su hegelianismo conservador le dio a pensar que el enigma de nuestro tiempo quedaba resuelto, para sostener que en adelante a la historia le quedaba la expansión de la democracia liberal y el mercado capitalista, teniendo por delante todo un campo que iba a roturar el proceso de globalización que con ello cogió fuerza. 

No es asunto menor que Fukuyama plasmara una visión tan etnocéntrica como pronóstico a favor del imperialismo estadounidense, entrando éste en nueva fase una vez retirado de la escena el comunismo soviético. Tal visión es distinta de la posterior de Samuel P. Huntington en su Choque de civilizaciones, tan etnocéntrica como la de Fukuyama, pero escorada hacia un repliegue defensivo de Occidente ante lo vislumbrado como tal colisión, sin que tal planteamiento a la defensiva no dejara de tener a los EE.UU. como protagonista fundamental. Interesa destacar que tanto en el pronóstico del primero como en el del segundo, Europa quedaba en posición subalterna respecto de los EE.UU., lo cual, respondiendo de suyo a la facticidad política europea, anticipaba por parte de ambos lo que habría de ser una Europa –en términos más explícitamente políticos, una Unión Europea– descolocada en medio de la reconfiguración en curso del orden mundial. Tal desubicación no dejaba de ser en cierto sentido paradójica, dado que la misma exaltación de un Occidente con centro de gravedad en los EE.UU. recogía la herencia de un Occidente que en sus previos siglos de modernidad se pensó en términos eurocéntricos. Fueron los tiempos de los imperios coloniales europeos, cuando Francia y Reino Unido dominaron la escena mundial, una vez desplazado el imperio español de su anterior hegemonía, así como frenada la expansión colonial portuguesa, realidades ambas propias de aquella primera modernidad de los siglos XVI y XVII, como bien lo subraya Enrique Dussel en sus estudios histórico-filosóficos. A finales del siglo XX y en estas primeras décadas del XXI tenemos que Europa sigue descolocada en medio de un proceso de globalización intensificado, con lo que su viejo eurocentrismo, que perdura en el imaginario cultural europeo con los consiguientes efectos políticos, queda cada vez más como mitificada visión que los hechos desmienten a cada paso. Siendo eso así, hay que añadir que ahora se ve fuertemente cuestionado no sólo ese eurocentrismo fácticamente desplazado en el interior del mismo Occidente, sino también lo que podemos llamar el occidentalocentrismo que le ha seguido como prolongación de la autocomprensión etnocéntrica que acompañó a la modernidad como el marco de su conciencia cultural. 

Desde los espacios culturales y políticos no occidentales de nuestro mundo no se acepta ya la hegemonía de Occidente

Ahora no estamos en el fin de la historia. ¿Estamos, sin embargo, en el fin de Occidente? Si por determinadas causas puede pensarse que es así, ¿en qué sentido? ¿Podemos ver, parafraseando el dicho citado anteriormente, el fin de Occidente sin que sea el fin del capitalismo? Si eso se diera, los apologetas del Occidente capitalista, identificado con el capitalismo occidental ya globalizado, verían refutados su etnocentrismo aunque no fuera así respecto a su dogmática neoliberal, lo cual podría dar pie a decir que llevaban razón los profetas de la decadencia occidental, fuera en una versión u otra. Lo curioso del caso, dicho coloquialmente, es que entonces el Occidente que ha globalizado su cultura por su dominio neocolonial hasta hacer de ella una “cultura-mundo” –trasunto en páginas de Gilles Lipovetsky de las teorizaciones de Wallerstein acerca del sistema-mundo– es el mismo que en su reverso lleva los factores de su decadencia. 

Los procesos y hechos que actualmente estamos viendo y viviendo obligan a algo más que a matizar las conclusiones que, como se acaba de señalar, puedan delinearse, aunque sea interrogativamente. No se debe prescindir de una constatación inexcusable: tanto los apologetas neoliberales como los analistas filosóficos de la decadencia establecen sus pronósticos desde dentro de la cultura occidental, sea para seguir anunciando una explosión de Occidente que se expande por el mundo, sea para advertir de la amenaza de un final de Occidente por una suerte de implosión como resultado de la colisión en su interior de fuerzas antagónicas. No siendo despreciables consideraciones de tal índole, sino todo lo contrario, lo que queda por tratar es justamente lo que acontecimientos actuales, cual signos de nuestro tiempo, muestran como señales de que el tiempo de Occidente, más exactamente el tiempo de la hegemonía planetaria de Occidente, se ha acabado, ocurriendo así porque, mal que les pese a los occidentales que no quieran asumirlo, desde los espacios culturales y políticos no occidentales de nuestro mundo no se acepta ya tal hegemonía. 

Señales de un menguante dominio sin hegemonía   

Si el rastreo retrospectivo de los diagnósticos de un Occidente en crisis pueden remontarse hasta Nietzsche, para las raíces del quebrantamiento de su hegemonía cultural, correlativa a una progresiva mengua de lo que ha sido su dominio planetario en los pasados siglos –dominio mantenido en las décadas finales del siglo pasado en clave de globalización, después de que los países occidentales se repusieran primero, por distintas vías, de los desastres de la II Guerra Mundial, concentrada sobre Europa salvo la extensión de la misma en Japón, y de que quedara atrás después el conflicto entre bloque capitalista y bloque comunista–. En nuestra actualidad más reciente encontramos esas aludidas señales que indican que la hegemonía de Occidente ha llegado a su fin, aunque aún no esté consumado dicho desenlace como algo patente. La misma incapacidad de Occidente para afrontar la pandemia de covid-19 con criterios consonantes con lo que es una crisis sanitaria global –lo evidencia el localismo de lo que se ha llamado el nacionalismo de las vacunas, desatendiendo de hecho la perentoria necesidad de hacer accesibles las vacunas a países que no pueden financiarlas para toda su población–, muestra una incapacidad de liderazgo que refuta el papel que todavía pretende en el mundo. 

En un contexto internacional en el que las crisis se sobreponen, desde las económicas hasta la medioambiental, pasando por las sociales y políticas, basta ir tomando nota de hechos particularmente significativos para levantar acta de una pérdida de relevancia de Occidente en la que se comprueba que incluso EE.UU. ve seriamente recortadas sus pretensiones de protagonismo. Hay que subrayar cómo a veces esa disolución de protagonismo se ve inducida por cuenta propia, como se ha visto con la retirada de las tropas occidentales de Afganistán decidida e iniciada por el gobierno estadounidense. El presidente Biden tenía reservada, al parecer, una sorprendente página para editarla en Kabul, recogiendo lo que su antagonista Trump había dejado preparado en negociaciones con los talibanes afganos relativas a la retirada de EE.UU. del país centroasiático, después de veinte años de ocupación. Lo relevante al caso, tras la toma de Kabul por los afganos el día 15 de agosto de 2021, haciéndose con el control del país, fue la caótica retirada que se emprendió, con fecha tope el 31 del mismo mes, la cual a duras penas permitió evacuar algunas decenas de miles de refugiados, dejando atrás incluso a muchos afganos que trabajaron para las fuerzas ocupantes de EE.UU. y demás países de la OTAN que participaron de la operación, incluida España. La irresponsabilidad política puesta de manifiesto en la manera de plantear la retirada es el reverso de la actuación al modo imperialista colonial en que se llevó a cabo la ocupación  de Afganistán, iniciada en 2001 tras los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York. El fracaso de EE.UU. en Afganistán, y de los países occidentales que le acompañaron, dando por consumada la derrota en una larga guerra, inútil respecto a los mismos objetivos con que se trató de justificar, es confirmación del engaño que se ha sostenido durante dos décadas. El presidente Biden, en sus declaraciones justificando la retirada –con notable deslealtad respecto a sus mismos aliados–, en un arrebato de sinceridad que es monumento al cinismo, reconoció que en realidad no se fue a Afganistán para proteger derechos humanos, instaurar democracia y reconstruir país, sino pura y simplemente para acabar con Bin Laden y la amenaza terrorista que recaía sobre EE.UU. 

Desde América Latina innumerables voces plantean un reenfoque hacia nuevas relaciones económicas, políticas y culturales, dirigiendo su mensaje hacia dentro

Tenemos, pues, que a la postre se dijo a las claras lo que todos podíamos saber; como pudo vislumbrarse que la ocupación, con la guerra que implicaba, terminaría en fracaso, tal cual advirtió Ahmed Rashid en su publicación, de 2009, Descenso al caos. EE.UU. y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central. Tan engañosa tarea, que se ha acabado justificando en términos de las perversiones de la posverdad, desgraciadamente va a seguir desde el discurso de una “misión cumplida” hasta la justificación de una acción humanitaria con la que se pretenderá blanquear las decisiones de Estados apresados entre su impotencia política y las pretensiones de un hegemonismo con resabios colonialista, el cual, de suyo y por otra parte, ni en conjunto pueden ya mantener. El mismo fracaso de una estrategia neoimperialista imposible de sostener evidencia que no sólo la hegemonía, sino el dominio de Occidente se encuentra resquebrajado. Los talibanes lo palpaban y actuaron en consecuencia, sin que ello, por otra parte, sume nada positivo a la negatividad de su fundamentalismo.  

Europa, que no fue tenida en cuenta para nada en la decisión sobre Afganistán, se vio de nuevo desplazada al poco tiempo cuando EE.UU., el Reino Unido –haciendo alarde de giro político tras el brexit– y Australia suscriben el “pacto indopacífico” o estratégico acuerdo de defensa alentando por el interés en poner freno al expansionismo de China. Aparte del efecto sobre una OTAN venida a menos, tal acuerdo corrobora las reubicaciones geopolíticas en virtud de las cuales a Europa se le hunden aún más los motivos de su imaginario eurocentrista y se confirma la aprensiva mirada de un Occidente bajo la batuta de EE.UU. hacia un eje del Pacífico en el que su presencia cuenta poco. Y si del eje oriental volvemos a los litigios próximos, inexcusable es fijar la vista sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia, con una Unión Europea incapaz ni siquiera de mediación diplomática y con un Occidente asomando la patita de la OTAN junto a no creíbles amenazas de sanciones por parte de EE.UU., todo ello entre las inclinaciones europeístas ucranianas y el expansionismo de la no democrática política de Putin. Rusia, por lo demás, junto a China, devuelve la pelota al desdibujado campo occidental descolgándose de la recientemente celebrada Cumbre del Clima, así como despreciando la Cumbre sobre la democracia –a la que por otra parte no fueron invitadas–, convocada por Biden en un esfuerzo tan inútil como socavado por las actuaciones antidemocráticas estadounidenses en el exterior como por sus debilidades democráticas en el interior. Y ya puestos a poner el foco sobre el creciente peso de China, y también de Rusia en lo que le toca, bien se puede reparar en cómo los países del norte de África, a excepción de Egipto –por motivos casi protocolarios–, dejaron de asistir a la Conferencia de la Unión por el Mediterráneo del pasado noviembre en Barcelona, y todo por acudir a reunión convocada simultáneamente por China, lo cual es indicativo de cómo se redibuja políticamente el mapa de la globalización.

Si junto a estas señales recientísimas se ponen otras, como las que emite la falta de voluntad del mundo occidental para afrontar los movimientos migratorios y los flujos de refugiados con políticas con valor democrático y de efectivo respeto a los derechos humanos, máxime cuando las políticas occidentales de ahora y de otrora suponen responsabilidades ineludibles en cuanto a las causas que los originan, quedando todo en represivas medidas de control de fronteras y devoluciones sin rigor jurídico alguno, tenemos razones de fondo de una pérdida de hegemonía imparable. Eso no quita que el nivel de vida de los países de inmigración siga actuando como polo de atracción de quienes emigran desde los suyos. 

Necesidad de toma de conciencia en la ‘provincia Europa’ para un Occidente no dominante 

La tozudez del principio de realidad, dicho al modo freudiano, no permite vivir en el autoengaño, a no ser que se imponga una suerte de inconsciente voluntad colectiva que no haría sino agravar ciertas “patologías de la razón”, como las señaladas por Axel Honneth, afectando gravemente a la razón política. Y la realidad emite señales de que la hegemonía cultural de Occidente llega a su fin, con lo cual la crisis de su modernidad, que hasta el día de hoy ha sido imperialista y colonialista, amén del reverso patriarcal del que no se desprendió,  viene a solaparse con una situación en la que la occidentalización del mundo ya se ve frenada y contrarrestada desde “mundos” diversos –no implica que sea siempre de la mejor manera–. 

Sin duda, la universalización del capitalismo forma parte de la mentada occidentalización del mundo y eso, que no hay que perder de vista, así lo subraya el sociólogo estadounidense de origen indio Vivek Chibber frente a los análisis de su paisano Ranajit Guha. Pero a éste no le falta razón al hacer hincapié en que la modernización capitalista no llegó a los países colonizados igual que se dio en las sociedades europeas, radicando ahí un déficit de modernidad en dichos países –de suyo, resistencia a ella– que impidió consolidar por parte del poder colonial una verdadera hegemonía cultural, con lo que implica de aceptación mayoritaria de patrones culturales, no limitada a una élite, acompañando al efectivo dominio imperialista. Ocurre que hoy ante nosotros precisamente una situación nueva de “dominio sin hegemonía”, arrancando del cuestionamiento de la hegemonía de Occidente desde países que sufrieron su colonialismo –evidentemente no sólo la India–, pero acentuando además ese cuestionamiento ante una flagrante pérdida de dominio –no puede mantenerse sin hegemonía–, como se pone de manifiesto por el auge de China y la política de Rusia. 

Exigir una descolonización efectiva no implica abominar de toda herencia de Europa que sea asumible en clave emancipadora bajo parámetros de un nuevo universalismo

Reenfocando nuestra lente hacia Europa como matriz de lo que se entiende por Occidente, Dipesh Chakrabarty, siguiendo al antes mencionado Guha, no sólo abunda sobre lo que se anuncia como final del predominio cultural europeo, sino que insiste en la tesis de la “provincialización de Europa”. Es decir, la crítica al imperialismo occidental, incluidas sus versiones “neo”, no deja de lado la crítica al eurocentrismo que aún sigue impregnando una determinada visión de la historia y del mundo, con mucho de mitificado respecto a las realidades históricas. La conclusión consecuente con esa crítica, coherente a su vez con tantas declaraciones políticas acerca de que estamos ante una globalización que exige enfoques multilateralistas, es que Europa ha de verse y reconocerse como “provincia” en este mundo nuestro donde se superponen muchas historias. 

Todo indica que con tal asunción de una posición no céntrica, Europa estaría en mejores condiciones para participar de los diálogos a múltiples bandas desde los que abordar los conflictos y graves problemas que a todos afectan en el mundo actual. Es por ahí por donde cabe apuntar a una globalización contrahegemónica, como plantea Boaventura de Sousa Santos, recogiendo los impulsos de tantos “sures” dispuestos a no transigir con mapas neocoloniales que siguen viendo el planeta dividido entre centro(s) y periferia(s). Desde América Latina son innumerables las voces que plantean de un modo u otro la necesidad de ese reenfoque hacia unas nuevas relaciones económicas, políticas y también culturales, dirigiendo su mensaje hacia dentro, sin eludir la “colonialidad del poder” que desde Perú denunció Aníbal Quijano como lastre enquistado en sociedades que no han logrado verse del todo sanadas de la “herida colonial” –respecto a Latinoamérica lo subraya Walter Mignolo–, y hacia fuera, habida cuenta de que podemos hablar con fundamento de “colonialidad global” del poder (Ramón Grosfoguel). 

Poner el dedo en la llaga de la herida colonial y exigir una descolonización total y efectiva no implica, hecha la crítica del eurocentrismo, abominar de toda herencia de Europa que sea asumible en clave emancipadora bajo parámetros de un nuevo universalismo. Ya lo vieron así Frantz Fanon y Aimé Césaire cuando desde los años cincuenta y sesenta del pasado siglo fueron pioneros en tal denuncia. En nuestros días, el filósofo africano Achille Mbembe, junto a su denuncia de un “devenir negro del mundo” por prácticas de dominio que generan nuevas formas de esclavitud, pone la necesidad de incluso un nuevo universalismo, al que podemos dar forma como humanismo otro elaborado desde nuevas claves. Éstas han de ser alternativa al falso universalismo, por monológico e impositivo, del que se ha servido Occidente para legitimar su imperialismo esgrimiendo una visión de la humanidad en la que se justificaba en términos racistas una supuesta desigualdad ontológica entre los de verdad humanos (civilizados) y los otros menos humanos (bárbaros considerados no civilizados). No le falta razón a Enrique Dussel cuando insiste, con su propuesta de “transmodernidad”, en que la cuestión no estriba en prorrogar la modernidad eurocéntrica a base de posmodernidades que no lo son menos, sino en aplicarle el filtro crítico para configurar un mundo distinto, mediando ineludible diálogo intercultural, lo que indudablemente conlleva pensar el mundo de otra forma. Por lo que nos toca, se trata de pensarlo en función de un Occidente no dominante, sabiendo que en la misma ‘provincia Europa’ algunos no hemos dejado de ser internamente periféricos. En España haríamos bien en tenerlo presente para actuar lúcidamente en consecuencia. 

Quien no está atento a los signos de los tiempos corre el riesgo de quedar como anacrónico en su propia época. Ese peligro no se cierne sólo sobre los individuos, con los problemas de desajuste que pueden producirse en sus propias vidas entre sus pretensiones y el mundo en el que están...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

José Antonio Pérez Tapias

Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de 'Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí