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Reportaje

La ruta de la muerte

A través de la selva Bialowieza, los migrantes y refugiados de Oriente Medio intentan alcanzar Europa tras haber creído en las promesas bielorrusas

Israel Merino Andrés Santafé Bialystok (Polonia) , 16/12/2021

<p>Sala Hasal, migrante iraquí, en las instalaciones de la Fundación Dialog en Polonia.</p>

Sala Hasal, migrante iraquí, en las instalaciones de la Fundación Dialog en Polonia.

I.M.

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En Bialystok, el cielo tiene siempre el color de las especias. Durante el día, cuando la luz solar está presente, las nubes perpetuas transforman la bóveda celeste en una especie de puré de ajo.

Cuando llega la noche en esta ciudad polaca a 45 kilómetros de la frontera con Bielorrusia, el color del ajo va mutando al de la nuez moscada hasta que, pocos minutos después de las tres y media de la tarde, adopta el tono definitivo del comino negro. La noche es profunda y llega muy pronto en Bialystok.

A las once y media de la mañana, el sol ya empieza a retirarse y un grupo de niños kurdos juegan al fútbol en el patio del centro de refugiados de la Fundación Dialog. No lo saben, pero su madre está ingresada en un hospital del pueblo fronterizo de Hajnówka. La encontraron en el bosque en estado de hipotermia avanzada, con el bebé del que estaba embarazada muerto. Su padre fuma compulsivamente, barre el patio y tira trozos de pan a las palomas, intentando distraerse de alguna forma, mientras los niños juegan y se divierten con una pelota. Bialystok, una ciudad tranquila y alejada de todo en el Este de Polonia, se ha convertido en el foco de la última gran crisis humanitaria de la que es parte activa Europa.

En un intento absurdo de desestabilizar la UE, pues Bielorrusia no estaba en ninguna ruta migratoria de Oriente Medio, el presidente de este país, Aleksandr Lukashenko, ha decidido mandar al mayor número posible de migrantes refugiados a la frontera exterior de Europa, en Polonia.

Ha fletado aviones a países en ruinas –y, curiosamente, aliados de Rusia– como Siria o Irak, con los que engañar a personas que buscan salir del territorio, haciéndoles creer que, a cambio de una gran cantidad de dinero, tendrán una casa y un trabajo estable en países como Holanda o Alemania.

Cuando aterrizan en Minsk, se dan cuenta de que la realidad es muy diferente. El ejército bielorruso les quita todas sus posesiones y, en condiciones completamente inhumanas, los tira a morir a los bosques que colindan con la frontera polaca.

Los pocos que consiguen cruzar a Polonia –se estiman en unas 4.000 las personas que están vagando por esos bosques– se encuentran con un Estado militarizado tomado por Libertad y Justicia, el partido ultraderechista dirigido por Andrzej Duda, que no duda en incumplir cualquier estatuto de derecho europeo y devolverlos en caliente a Bielorrusia. Ashraf es uno de los que ha vivido esta situación.

A Ashraf, de 32 años y origen sirio, le divierte ver a los periodistas extranjeros. “¿Dónde me puedo hacer uno de esos piercings que lleváis vosotros?”, pregunta en un perfecto inglés. A pesar de su buen humor, ha vivido un auténtico infierno: “Me suicidaría antes de volver a Bielorrusia. Los soldados de allí no son humanos. Son animales. Nos trataban como a perros”.

Ashraf en las instalaciones de la Fundación Dialog.

Fotografía de Xavié Ferré.

Ashraf es ingeniero industrial y creyó que podía tener una oportunidad de encontrar un futuro digno en Europa. Por eso decidió emprender el viaje desde su ciudad natal hasta Líbano, donde un grupo diplomático bielorruso lo engañó. “Nos dijeron que nos llevarían a Berlín, pero nos mintieron. Cuando aterrizamos en Minsk y vi dónde estábamos, supe que todo iba fatal. Que iba a ser horrible”. Le mandaron hasta un puesto fronterizo a treinta kilómetros de la frontera polaca, y allí, dirigido por un grupo de soldados que lo presionaban junto a otros hombres, tuvo que caminar durante tres días, en una auténtica caravana de seres humanos sin apenas nada, hasta que no podían más.

“No teníamos ni agua ni comida. No comí nada durante el tiempo que estuvimos en el bosque. Dormíamos en el suelo. Algunos se morían de frío. Cuando ya no pude aguantar más, le pedí agua a un soldado bielorruso. Cogió una botella, fue hasta un lago que había cerca, la rellenó y me obligó a pagarle cien dólares por ella”, cuenta mientras enseña un botellín de cristal igual al que le dieron. “Es la ruta de la muerte”, dice.

Después de esos tres días de travesía, consiguió cruzar al lado polaco, donde anduvo otros treinta kilómetros por el bosque de Bialoweski hasta Hajnówka, donde soldados europeos lo devolvieron ‘en caliente’, y vuelta a empezar.

“Tenía claro que no podía quedarme en Bielorrusia. Allí a la gente la tratan como si no fueran gente”, así que, pocos días después, volvió a intentarlo y consiguió cruzar otra vez. Desnutrido y con síntomas de hipotermia lo trasladaron a un hospital, donde estuvo tres días. Ahora lleva otros dos en el refugio de Dialog. “Pagué 3.000 dólares por ese viaje. De saberlo, no hubiese salido de Siria. Solo quería un futuro mejor”, explica.

Aunque su objetivo inicial era llegar a Alemania, ahora bromea con que el frío no es lo suyo: “Me gusta mucho Italia. También España. Tengo amigos en Canarias. Quizá me vaya con ellos”.

Su caso, asegura, no es de los peores. “Hay gente a la que la devuelven muchas veces”. Uno de ellos es Sala Hasal, que ha sufrido tres devoluciones ‘en caliente’.

Como el resto de los migrantes, Sala Hasal tiene prohibido salir del centro de la Fundación Dialog. Los barrotes metálicos que separan el modesto patio y el exterior, esos que hasta hacía unos minutos servían para que los niños jugaran al voleibol con la prensa internacional – “ellos se olvidarán mañana, pero yo lo recordaré toda la vida”, asegura un periodista extranjero– se convierten en el mejor lugar posible para entrevistar.

Carteles a las puertas de las instalaciones de la Fundación Dialog.

Fotografía de Xavié Ferré.

Al otro lado se encuentran dos jóvenes con historias increíblemente injustas. Sala proviene de Iraq y, a su lado, está Tharwat, una joven de origen sirio que hace las veces de intérprete porque Sala no habla inglés. No se lo permitieron. De hecho, a sus 23 años todavía no ha podido trabajar ni terminar su educación. Todo por culpa de la acción del Daesh en la zona donde vivía, que devastó vidas, familias, casas y pueblos enteros. Sala perdió a toda su familia.

Ahora, con poco ánimo, remarca que tiene 23 años y no 32 como en un principio había traducido Tharwat. Aparenta bastantes más; la expresión de sus ojos, entre el cansancio y la tristeza, refleja el drama que ha vivido. “Decidí venir porque no me quedaba nada”, explica Sala. Tras la explosión de una bomba en su propia casa, se convirtió, trágicamente, en el único superviviente de su familia.

Sí, consiguió sobrevivir, pero ni muchísimo menos salir ileso. Su pierna izquierda quedó completamente destrozada: “Os aseguro que no la queréis ver”, dice Tharwat. Ese fue uno de los motivos por el que decidió intentar llegar a Europa, para recibir un tratamiento adecuado.

Las piernas de Sala.

Fotografía de Xavié Ferré.

Se vio obligado a vender absolutamente todas sus pertenencias y las de su familia. Pero no solo eso: “Oh… esto es todavía peor”, exclama Tharwat tras entender la historia completa. Fueron los habitantes de su aldea quienes tuvieron que vender sus coches, casas y medios de vida para conseguir los 9.000 dólares necesarios para que el joven pudiera marcharse.

“Me dijeron que era la forma más fácil de llegar a Europa”. Tras adquirir un visado falso y aterrizar en Minsk, comenzaba otra odisea. Tuvo que atravesar kilómetros y kilómetros de un espesísimo bosque, la selva de Bialowieza.

Cuando no pudo seguir, por la lesión en la pierna, tuvieron que ser sus compañeros de marcha –a los que acababa de conocer– quienes lo transportaran a hombros durante casi una semana. Su experiencia con los soldados bielorrusos fue también traumática: “Me quitaron todo el dinero, la comida y me rompieron el móvil”, cuenta casi resignado. En sus ojos también se enciende la llama que prologa la rabia del desamparado. “Jamás lo volvería hacer, fue como sentir estar muerto, no quiero volver a vivirlo”.

Solo al despedirse, cansado porque no puede estar tanto tiempo de pie, nos enseña la pierna destrozada y esboza una media sonrisa cuando nos despedimos deseándole suerte.

Mientras regresa hacia el edificio, los niños siguen jugando en el patio.

En Bialystok, el cielo tiene siempre el color de las especias. Durante el día, cuando la luz solar está presente, las nubes perpetuas transforman la bóveda celeste en una especie de puré de ajo.

Cuando llega la noche en esta ciudad polaca a 45 kilómetros de la frontera con Bielorrusia, el color del ajo va...

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Andrés Santafé

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